Jul 21, 2026 | Escritos
En mi casa, el abuelo Cirilo es nombre propio; de una de sus hijas nació mi padre que ha llenado sobremesas de invierno hablando de su ídolo. Debió venir al mundo poco después de 1860; por entonces, el tío Sancho, su mujer y los cinco hijos vivían en el campo, en una torre junto a la acequia del Molino Alto. Al pueblo sólo iban los domingos para oír misa y alguna gestión extraordinaria. Cada mañana salía a la calle nada más levantarse para mirar al cielo y ver el tiempo. Había dormido inquieto, se levantó antes de lo habitual; las primeras luces empezaban a clarear, pero antes de mirar al cielo, un bulto junto a la puerta llamó su atención. Dentro del capazo, algo se movía; lo destapó con cuidado y prevención: se encontró con dos ojos que relucían en la penumbra. Una criatura asustada arrancó a llorar y despertó a toda la familia. La mujer se hizo con el crío, lo calmó y recuperó la paz. Unos y otros se miraron con la pregunta en sus ojos; en unos segundos todas las cabezas se movían afirmativamente. Le llamaron Cirilo y fue el sexto de la familia Sancho, solo que no tuvieron en cuenta registrarlo y oficialmente no constaba en ningún sitio; por eso no hizo el servicio militar.
La economía familiar de entonces se sustentaba en la mano de obra, poco cualificada pero abundante. Así que Cirilo, como antes el resto de la pandilla, a los siete años empezó a servir con un señor que arreglaba calderos por los pueblos de la comarca. Cuando ya tuvo algo de fuerza para manejar herramientas, cambió de trabajo y lo pusieron con un labrador que tenía tierras en propiedad. Ahora comía algo más y se le notó en el desarrollo físico; apuntaba a buen mozo, bien parecido y de trato afable. Un contratista del pueblo que tenía una flota de carros volquetes, le ofreció trabajo en las obras de la estación del ferrocarril; la experiencia fue buena por ambas partes y en 1893 cuando paró el primer tren en Caspe, le hizo responsable de embarcar carros y mulos y llevarlos a Barcelona. Podía haber continuado con aquel trabajo, pero para entonces el corazoncito ya le latía con fuerza cuando se cruzaba con Vicenta por la calle de la Balsa, el paseo de moda en aquellos años. Buscó trabajo con otro labrador del pueblo y en cuanto estuvo asentado decidieron casarse. El párroco se empleó a fondo para convertir en ciudadano al buen Cirilo, que más bien parecía un ser de otro planeta porque no constaba en ningún registro. Consiguió empadronarlo en la inclusa y le pusieron los apellidos propios del hospicio: De Gracia y Expósito.
El joven matrimonio empezó su andadura con mucho futuro y algo menos presente. Cirilo se ganó la confianza de su jefe, soltero, que le trató como a un hijo, le traspasó todas las tierras en herencia y despejó el porvenir de la familia. En casa, Vicenta estaba entretenida con los siete hijos que correteaban arriba y abajo. Con tanto apoyo, la labranza prosperó y aquella casa era un trasiego de gente en busca de favores y consejos.
En enero de 1938, avanzada la guerra civil, dos guardias de asalto llamaron a la puerta y se lo llevaron detenido. No supieron el motivo ni en aquellos momentos era lo más importante, bastaba una denuncia sin fundamento. A finales de enero de 1939, un buen día apareció en el pueblo; la familia estalló en alegría y se montó una gran fiesta para recibir al abuelo Cirilo que con gran serenidad contó todo lo sucedido en aquel año, sin quejarse ni hablar mal de nadie. Le llevaron hasta Barcelona, pero por respeto a su edad, le dejaron en semilibertad controlada hasta que pudo regresar. En el mes de mayo, acabada la contienda, organizó una visita a la Virgen del Pilar para dar gracias por haberlo protegido.
El invierno de 1946 fue atípico en todo el país, especialmente frío, con heladas y nevadas extendidas a zonas poco habituales. La primavera de 1947 tardaba en llegar y los cuerpos más débiles acusaban el frío. El abuelo Cirilo cogió la gripe, se acostó para entrar en calor, y en la cama sin dar ni sufrir molestias, murió el 23 de abril.
Contento con lo que era y tenía, agradecido a la vida, sembraba su alrededor de paz y serenidad. Me ayuda en estos tiempos en que todos queremos más, y como el más no tiene límites, ha desaparecido la conformidad del horizonte, andamos inquietos, faltos de paz y alegría. Y ya se sabe que uno no puede dar lo que no tiene. Quizás hay que detenerse de vez en cuando a saborear lo que tenemos, a saborear la vida. Y entonces recuperar la sonrisa para hacer la vida más agradable a los demás, que es el fondo que me ha quedado de las historias que mi padre contaba del abuelo Cirilo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
22/07/2026
Jul 15, 2026 | Escritos
Llegué pasadas las diez de la noche, después de cuatro horas de viaje siempre con el sol de frente. Aunque bien se podría decir las diez de la tarde, de tan alargado que tenemos el ocaso en estos días, cuando el mes de julio está a punto de cubrir su primera mitad y nos regala atardeceres infinitos. El amarillo de los rastrojos ha sido el color dominante en el encuadre tras el cristal; resplandeciente en la primera parte cuando la carretera cruza la sierra y la tierra de labor en laderas y pendientes ofrece su corte reciente bien peinado; apagado y pajizo más adelante en las extensas llanuras de la meseta, planicies onduladas que se unen con el cielo allá en el horizonte. En su recorrido descendiente, el sol llega a molestar un buen trecho cuando sus rayos en horizontal impactan de frente y la mirada busca el refugio de cualquier objeto que haga sombra. Pero luego, cuando empieza a esconderse, tiñe el cielo de tonos cálidos y contagia el espíritu de la luz de esa hora dorada. Me noté arrastrado por el juego del gran astro y aparecieron los recuerdos.
Ya en la autovía, el coche sintonizó con el ambiente y entendió su papel como si me dijera “tú a lo tuyo, yo a lo mío”, reclamó poca atención y no importó que algunos nos adelantaran porque no era momento para intentar ser el más rápido del barrio. La cabeza se entretuvo con posibles soluciones a temas de trabajo, repasé ideas de una conferencia que glosaba unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta sobre compartir la alegría, recé por la hija de un amigo que pasa un momento clínico delicado; puse música y la quité enseguida, no era el momento. Otras veces me acompaña y estimula pensamientos, hoy me distraía y alejaba. Preferí el silencio exterior, miraba a derecha e izquierda, cielo a un lado y otro invitando a que los pensamientos fueran de largo recorrido.
De nuevo me asaltó el silencio; recordaba su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos los dos por el mismo silencio. Se acercaba silenciosa y, como si fuera la primera vez, me preguntaba ¿Cuándo te irás?; “mañana después de comer” le contestaba con la misma fuerza de la primera vez; ay, ¡qué bien! Y volvía a lo suyo. Desde mi sitio la contemplaba en la terraza, sentada en una silla con un par de almohadillas porque ya no llega a la mesa, inclinada sobre el cuaderno de sopa de letras. Cuando completa la cuadrícula, se da un respiro, levanta la mirada hacia las macetas que la rodean, las recorre una a una y vuelve a la tarea. Se abanica ¡qué calor! ¿tú no tienes calor?, pero no espera respuesta, es un modo de confirmar que nos acompañamos en silencio, cada uno en su tarea. Ya he acabado, voy a preparar la cena; me cuenta sus planes culinarios y en la conversación se va por las ramas para aterrizar en los recuerdos que almacena intactos. Hace el gesto de ir hacia la cocina y se vuelve, como a quien le asalta una pregunta inaplazable, ¿Cuándo te irás? Esbozo una sonrisa y como si nunca hubiéramos tratado este asunto, respondo “mañana después de comer». Y se va tan contenta.
La veo marchar -sin bastón anda balanceándose- con la sencillez de quien comprende la vida, precisamente porque sabe que se termina. Y de ello me habla con naturalidad, la espera de frente, preparada. Pero hasta entonces, tiene aún mucho que hacer.
Al volante, el silencio del atardecer ha dado paso a la luz tenue del crepúsculo; estoy a punto de llegar, con ganas de compartir la alegría del fin de semana en su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos en silencio.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/07/2026
Jul 8, 2026 | Escritos
Los domingos comían despacio, porque estaba su padre y había segundo plato: garbanzos con arroz, gallina (era su destino cuando dejaban de poner huevos) y manzanas de su tía, porque su padre no tenía frutales en el campo. Pero a Joselín le costaba aguantar sentado hasta el final; medio sentado, medio de pie, comía el postre inquieto, porque hacía tarde; sólo la paga le frenaba; esperaba con ansiedad el momento en que su madre sacaba el monedero del armario y repartía la paga a los dos hermanos. Y eso no sucedía hasta que no hubiera pasado el parte. A su padre le gustaba oír la radio, las noticias, y sólo los días que comía en casa podía escuchar el parte del mediodía. En ese momento bajaban la voz y escuchaban en silencio: “Al oír la última señal serán las catorce horas treinta minutos: pí, pí, pííí; Radio Nacional de España, diario hablado del mediodía”. A los pocos minutos, el ambiente se relajaba y Joselín volvía a los nervios, las prisas, la paga. Ahora recibía un duro, ¡una fortuna! Se acordaba de cuando le daban tres pesetas, luego pasaron a cuatro y ahora ¡cinco! En ese momento, su padre fingía una suave protesta porque él no tenía paga. Joselín marchaba corriendo, contento con su duro, después de besar alegre a su madre, alocadamente y con cuidado a su padre: el padre de Joselín se afeitaba los domingos por la tarde.
Ahora ya podía ir algunos domingos a butaca, con sus amigos. Hasta entonces iba siempre a general, porque butaca valía cuatro pesetas. Pero aquel domingo no iba al cine, porque había fútbol y en el fútbol el señor de las entradas les dejaba pasar cuando ya hacía un rato que había empezado el partido y no entraba más gente. Era buen hombre y conocía a un amigo de su padre; cuando llevaban un buen rato esperando y no molestaban, les daba lástima y los dejaba pasar a general, en el sol.
Ese domingo había fútbol, tenía prisa por llegar el primero a jugar a canicas, antes de ir al fútbol; si no llegaban los primeros, los mayores les quitaban el gua y no podían jugar en el rellano de piedra. Las escaleras de la Parroquia eran de losas grandes y tenían un rellano amplio, con guas arañados en la piedra en los que ya había jugado su padre, cuando vivió en el pueblo antes de marchar al campo, porque en la guerra una bomba les dejó sin casa.
Era primavera, el sol de aquella hora temprana apelmazaba el ambiente de la tarde. Sólo algún chiquillo bajaba la calle corriendo, en busca de la golosina esperada toda la semana. A ras de suelo, la partida reunía a Joselín y sus amigos alrededor del gua. Su madre le reñía por las rodillas, por las puntas peladas de los zapatos buenos del domingo, por los bolsillos del pantalón corto siempre cargados de bolas. Joselín tenía buena puntería y estilo propio; tenía buen ganar y buen perder y no le faltaban amigos para jugar al gua.
(Recuerdos autobiográficos, 1964/65)
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/07/2026
Jul 1, 2026 | Escritos
Teníamos recién estrenados los treinta, esos años en los que el cóctel de energía, imaginación e ilusión se traduce en una actividad intensa, dentro y fuera del trabajo. Falta tiempo para llegar a todos los planes, las prisas forman parte del lenguaje habitual y vives como si no hubiera un mañana. A Juan no le había visto en toda la semana; no le di importancia porque solía suceder de vez en cuando. Y cuando pasó a recogerme para ir a jugar el partido de fútbol de los sábados por la tarde, lo primero que me salió es refunfuñar porque llegábamos tarde. Sólo después de un buen rato de hablar saltando de un tema a otro, me pareció que estaba un poco serio y no respondía con la rapidez habitual. “Se ha muerto mi abuela, la del pueblo” y me quedé tan fresco, sin valorar lo que suponía para él. Tampoco me había hablado mucho de ella y por eso concluí que no sería para tanto. El funeral era el lunes, casualmente fiesta laboral, pero no me planteaba asistir porque tenía el día programado, porque estaba lejos y porque -al fin y al cabo- era la abuela.
Cada vez que pienso en aquella reacción inicial, me ruborizo de vergüenza. Volvió a pasar ayer cuando leí un poema: “Se le olvidó que el regalo era el tiempo / y que todo es cuestión de prioridades. / Se le olvidó estar / y que lo que pierdes no vuelve igual, aunque vuelva”. Me sobraron kilos de prisas para dejar de pensar en mis ocupaciones y me faltaron quintales de sensibilidad para detectar que para Juan su abuela era mucho y que si había pasado a recogerme era para que yo no me perdiera el partido. Y para decirme que se iba para el pueblo.
Al acabar, mientras nos refrescábamos en el bar y compartíamos lo más destacado de la semana, les dije lo de Juan y las dudas que revoloteaban en mi cabeza sobre si tenía que asistir. Repetí los argumentos, tal vez para convencerme a mí mismo: tenía el día programado, estaba lejos y al fin y al cabo era la abuela. Ellos no estaban tan ligados a la familia de Juan, por eso me sorprendió su consejo, que me ha acompañado siempre desde entonces: Rafa, ante la duda, ves. Fui y acerté; ya aquel día sus padres me lo agradecieron con manifestaciones sinceras y profundas. Y Juan me lo ha recordado siempre que ha venido a cuento.
Hoy escribo este recuerdo porque también ayer, de regreso, sonó una canción de Los Secretos: ““Gracias… por estar siempre a mi lado sin pedirme explicación”. Y reafirmé lo que aprendí aquella mañana fría de un mes de enero ya lejano, en un cementerio descuidado de un pueblo pequeño: que regalar tiempo, es un magnífico regalo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
01/07/2026
Jun 24, 2026 | Escritos
Aquel mes de octubre de 1972, las mañanas amanecían inusualmente frescas en Barcelona. Sin embargo, el martes día 10, era bien temprano y estaba sudando. El lunes me había presentado en el departamento de personal del banco y me asignaron una sucursal en el Paseo de Gracia. Era mi primer día de trabajo y quería asegurar la puntualidad. Madrugué, tomé el metro, equivoqué la salida y me desorienté. Por fin encontré el lado de los impares y empecé a caminar con desasosiego, comprobando que de un número a otro había varios portales y me entraron sudores de inquietud por si llegaba tarde. A eso se sumó la majestuosidad de los edificios, los espacios infinitos y las prisas de la gente; aquel cóctel fue difícil de digerir para un chaval recién llegado del pueblo y me tuve que parar, respirar hondo y esperar a que se pasara el mareo.
El recorrido se me hizo familiar; no era consciente de que pasaba por delante de algunos edificios representativos del modernismo, que se concentraban en la misma manzana de aquella ancha avenida: la casa Batlló, la casa Amatller, la casa Lleó Morera o la casa Mulleras. Cuando la confianza me ayudó a pasear relajado, descubrí los escaparates y las fachadas de los edificios. Me sorprendía la joyería Bagués y los mosaicos en la fachada de la casa Battló. Además, la sucursal del banco estaba frente a la casa Milá, más conocida por La Pedrera, otro edificio singular que atraía muchos visitantes. Por entonces me hablaron de Antonio Gaudí y me familiaricé con su historia. Algunos domingos iba a misa a la cripta de la Sagrada Familia y a la salida contemplaba las cuatro torres y la única fachada levantada. Más adelante, frecuentamos el Parque Güell con los chavales de la catequesis de Can Serra, un barrio de L´Hospitalet de Llobregat; el dragón, la figura más conocida del Parque, pasó a ser como uno más de nuestros juegos.
En las obras de Gaudí abundan los elementos vegetales y animales de la naturaleza, en formas generalmente curvas que revestía con trozos irregulares de cerámica, vidrio o mármol de colores brillantes y duraderos que en las superficies ondulantes potencian el brillo y los efectos plásticos. A esta técnica se le conoce como trencadís, uno de sus sellos más personales. Veía en esos trozos de distintos colores la belleza de la arquitectura; era una metáfora perfecta de su obra: la unión de mil fragmentos humildes para crear un conjunto glorioso y luminoso.
Cuando el Papa visitó Madrid a principios de junio, tuve la oportunidad de asistir al encuentro en el estadio Santiago Bernabéu. Era la primera vez que accedía después de la transformación integral que ha tenido; la aproximación al estadio, el acceso, el recorrido por los pasillos y la vista de las gradas desde la boca, me transportaron a aquellos primeros recorridos por el Paseo de Gracia. Desde mi puesto, dejé transcurrir el tiempo hasta que llegó el Papa recorriendo con la vista las gradas a rebosar de puntos diminutos, piezas de colores brillantes. Cada peregrino en su asiento, era como un trozo irregular de cerámica que se adaptaba a la forma curva y ondulante de la grada. La luz matizada al atravesar la cubierta retráctil producía destellos luminosos al impactar con cada uno de aquellos puntitos; el movimiento de los abanicos daba vida a la superficie multicolor, un vaivén pendular imaginario. La unión de aquellos setenta mil fragmentos humildes, unidos por la argamasa del cariño al Santo Padre, creaban un conjunto glorioso inspirado en la técnica del trencadís. Me resultó familiar, noté la presencia de Gaudí en el Bernabéu
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/06/2026
Jun 17, 2026 | Escritos
A las cinco de la tarde, cuando Lorenzo cae a plomo sobre los pobladores de nuestro hemisferio sin amortiguadores que suavicen su impacto, nos presentamos en la zona donde el Papa iba a visitar el Centro de Cáritas. Por la mañana salió el comentario en el desayuno, uno de los presentes -que no aprobó el curso de profeta- aventuró que seguramente habría poca gente porque el recorrido no estaba bien anunciado y propuso asistir para rescatar la convocatoria de la soledad profetizada. Allí nos presentamos con el coche bien repleto en la confianza de que sería fácil aparcar y esperar a la sombra. Cuando hicimos el giro a la derecha para enfilar la avenida que sube en cuesta los quinientos metros hasta la entrada del Centro, nos vimos envueltos de una multitud de asistentes a un lado y otra multitud de policías al otro que nos impidió detenernos; obligados a continuar hasta que el cordón de seguridad se diluyó, nos alejamos del epicentro lo suficiente como para que empezara a sobrevolar la sensación de fracaso. Mis acompañantes se apearon y anduve callejeando hasta encontrar un hueco para el coche. Renuncié a encontrarme con ellos y avancé poco a poco, abriéndome paso entre las gentes estáticas, satisfechas de una posición que les reportaba la esperanza de alcanzar su deseo. Llegue a la altura de la fachada de la iglesia que también visitaría el Santo Padre. El templo estaba en lado sombra, al público nos tocaba en frente, lado sol, bien juntitos para aprovechar el espacio, sin huecos por los que se colara un suspiro de aire; la espesura humana se extendía a derecha e izquierda hasta donde la vista alcanzaba, que por estar en un cambio de rasante tenía una visión amplia. Quedaba una hora y los ánimos estaban como si la llegada fuera inminente. A la derecha, un grupo peruano de Chiclayo amenizaba la espera con cantos y flauta dulce; algunas de ellas vestidas con traje típico de falda ancha con vuelo, camisa blanca y sombrero. A la izquierda, un grupo parroquial se decantaba por corear frases que manifestaban el cariño al Papa. Una simple cinta señalizadora sujetada de árbol en árbol, hacía de baliza para fijar la línea que no debíamos traspasar; el policía asignado en aquella zona, alto como una de las torres de la Sagrada Familia que a los tres días veríamos por la tele, nos miraba sonriente y atento, entre la seriedad del trabajo encomendado y la familiaridad que se respiraba en el grupo; bajo la gorra y tras las gafas oscuras, se escondía un tipo avezado en estas lides que nos cuidaba como ángel de la guarda. Cuando ya había pasado casi una hora, le vimos abalanzarse sobre la acera y se armó un poco de revuelo. Atento como estaba a cada uno de nosotros, advirtió que una de las peruanas cargadas de ropa se desvanecía y llegó a tiempo de sujetarla hasta que sus compañeras la pudieron asistir. Con agua, abanicos y cariño, se recuperó enseguida. Detrás de mí se apostó un joven negro, alto como dos cabezas por encima de la mía, de sonrisa generosa; acerté a situarle cuando una joven estirada de pelo rizado, dos filas por delante, se giró para saludarle; le señaló el rosario blanco que resaltaba en su mano negra, se hablaron con la mirada más que con las palabras y continuaron en su posición. La espera y el sol hicieron mella y se oyeron algunos lamentos “y encima igual no lo vemos”; otro le respondió “pues al menos habremos rezado por él”. En uno de los giros y movimientos necesarios para desentumecer los músculos, me llamó la atención una familia apartada de las primeras líneas; aquel joven matrimonio había buscado la sombra de un árbol para proteger a las tres niñas, que se entretenían jugando con la tierra del alcorque. A mi lado, una señora bajita agotaba el frasco de la paciencia y empezaba a refunfuñar por cualquier cosa: la señal de tráfico que le tapaba la vista, la señora que tenía el baile san vito y la ponía nerviosa, los cantos que no la dejaban oír; aún con todo nos hizo reír en una de aquellas salidas de cascarrabias, cuando un señor a su lado se pulverizó agua para refrescarse y una parte le cayó a ella “oiga, a ver si apunta bien que me ha caído a mí toda ¡para una vez que me pinto!»
El ruido de las motos, los helicópteros sobrevolando, los policías tensos en sus puestos y el grito esperado ¡que llega el Papa! La comitiva entró en la calle del Centro de Cáritas, algunos vimos un punto blanco bajar del coche que nos ayudó a rezar con más intensidad y de nuevo la espera abonada de comentarios y suposiciones. Nadie sabía lo que iba a pasar, pero nadie se movió de su sitio. La periodista de una televisión asentada en nuestra zona, nos informaba de lo que veía a través de su pantalla. Acabó la actuación, el Papa entró un momento en la iglesia y a la salida, nos saludó desde la balconada que protege la escalera. La gente a mi alrededor me superó en fuerza y entusiasmo para lanzar muestras de cariño hasta que el último rastro de los acompañantes del Papa desapareció avenida abajo.
Lentamente fuimos marchando, como quien no quiere renunciar a lo vivido, alargando la vivencia sobre el terreno hasta que la realidad se impone. No tenía prisa, recuperar el coche y los amigos me llevaría tiempo y allí estuve disfrutando del impacto que me había producido sentirme en medio de una muchedumbre que vibraba de cariño por el Papa, uno más entre muchos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/06/2026
Jun 10, 2026 | Escritos
Julio es un joven padre de familia, al que los hijos le han hecho madurar algo más rápido que a sus compañeros de clase. Se le nota por fuera, aunque le trae sin cuidado que se lo digamos; pero sobre todo se le nota cuando habla, cuando opina, cuando aconseja, cuando cuenta su día a día sin alardes. Disfruta con su trabajo de médico y le encanta trabajar en urgencias, porque considera que es allí donde mejor puede vivir a fondo su vocación profesional. Es uno de los habituales al desayuno tempranero de los sábados, un encuentro semanal que mantiene viva la llama de la amistad del grupo del instituto; es inflexible con la hora de marchar, porque le espera la logística con la pandilla de casa y la lista de la compra. Conversador ameno, pero sobre todo buen provocador de conversación y consigue que los demás hablen porque se sienten escuchados, virtud que le acompaña tanto con los amigos, como en casa o en el hospital.
El último día contaba el caso de un matrimonio mayor que llegó a urgencias en busca de un informe que necesitaban. En la recepción trataron de explicarle que allí no se lo podían hacer y le daban indicaciones para que se dirigieran al sitio adecuado. La mujer estaba tensa, no atendía a razones, resoplaba, se movía inquieta como quien se encuentra ante un muro insalvable. Afloraron los nervios, surgieron las críticas y se le escapó alguna amenaza. El hombre tenía la mirada ausente, de vez en cuando decía frases inconexas.
Julio pasó por allí, se dio cuenta de que algo no funcionaba y ofreció su colaboración. Ella, asustada, agobiada, volvió a pedir el informe con maneras destempladas. Se los llevó a una consulta, la escuchó y poco a poco volvió la calma. María y Juan llevan 80 años largos a la espalda y algo más de 50 de casados. A él le afecta una demencia progresiva y los últimos meses han sido muy difíciles. Sus hijos fuera, ella le cuida y se ocupa de todo. Está agotada; quiere estar junto a él, pero no puede atenderle como necesita y los dos empeoran. Ha decidido llevarle a una residencia y le piden un informe.
Julio habló por teléfono con la trabajadora social y quedaron para el día siguiente; se ofreció para ayudarles en todo lo que necesiten. Durante la conversación, María acariciaba la mejilla de su marido mientras le decía “y tú serás siempre mi Juan”. Se despidieron, apoyado en el umbral del despacho, los vio alejarse de la mano y pasar por el mostrador para pedir disculpas y dar las gracias porque ya estaba solucionado.
Después, Julio añadía que, con el tiempo, en su trabajo ha aprendido dos cosas; la primera que hay personas que cuando te hablan, por dentro piensan “Sólo te pido que me escuches; no hace falta que me des consejos, ni que me cuentes una historia que conoces parecía a la mía. Sólo pido que me escuches”. Y la segunda, que a esas personas se les cura con la escucha y eso no se despacha con una receta para la farmacia; hace falta algo de tiempo y algo de actitud. Y eso cuesta, pero con un poco de buena voluntad y otro poco de esfuerzo, se aprende a escuchar.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/06/2026
Jun 3, 2026 | Escritos
Le llamé para saber lo que le había dicho el médico, una visita programada en la revisión anterior después de la operación. “Me han ingresado otra vez”; aparentemente todo iba bien, pero ya se ve que sólo en apariencia porque el galeno no dudó en retenerlo cerca. Se abrió una temporada larga de visitas diarias al caer la tarde, cuando la actividad en los pasillos da paso a la tranquilidad y en las habitaciones se hace la calma.
El primer día, antes de subir a la planta, pasé por la capilla. Me cautivó el recogimiento, la paz, el silencio de aquel lugar, con una luz centrada en el sagrario que invitaba a rezar. Allí me quedé un rato y pedí por los enfermos, por sus familias, por todo el personal que los cuida. Repetí en cada visita y así llegaba al encuentro con las pilas cargadas
Las conversaciones de aquellos días hicieron mella en los dos; nos sumergimos en temas que allí venían rodados y que fuera parecen forzados. En el hospital, al lado de los enfermos, la vida adquiere otra dimensión, los problemas de la calle son menos problemas; la importancia se pone en otros asuntos. El ruido de la calle, las prisas de la gente, los conflictos permanentes que nos ofrecen los medios de comunicación, vistos desde la ventana del hospital sujetado a un gotero, son de un calibre diminuto. Se considera el silencio por encima de la distracción, convertida en el valor por antonomasia en contraposición al silencio, un mal del que hay que huir por el medio que sea. Se valora la actuación de profesionales que, al interés por cumplir un contrato, añaden un cariño que sitúan la relación humana en un nivel superior. La sonrisa no puede ser impuesta por un reglamento, pero transforma lo que podría ser un lugar frío en un espacio acogedor. Se agradece la compañía por amistad, por amor, porque sí, sin reglas, porque quiero, porque te quiero; y porque en la calle, sin amor y sin amistad las relaciones se dirimen con tribunales y abogados, en una deriva progresiva hacia la judicialización de la vida social. El amor, la amistad, no surge del miedo, de la imposición, si no de la voluntad; ama el que quiere. Se descubre el error de confundir felicidad con bienestar, porque con frecuencia esta depende del dinero y el dinero no se puede compartir, si no repartir; y entonces vienen las discordias (como pasa en las herencias) y en la discordia nadie es feliz.
Celebramos el día que le dieron el alta, pero tanto o más celebramos que la enfermedad nos hubiera brindado la oportunidad de bucear en intimidades que la calle no propicia. Y es que la vida se ve distinta desde la ventana de un hospital, sujeto a un gotero.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
03/06/26
May 27, 2026 | Escritos
La primavera se deja notar en la naturaleza, en las ciudades, en las personas. Nos despoja de las capas con las que nos hemos protegido del invierno y nos asomamos a la vida, al color, a la luz, al contacto, a la relación. Si pones en el buscador “primavera en la ciudad” seguramente te saldrá una canción de 1968 que un grupo musical español puso de moda y reflejaba esos colores distendidos y alegres que animan este tiempo.
A principios de mayo, han pasado cuatro años, estuve en Oporto de visita a un colegio. En estos viajes suele suceder que el día transcurre entre cuatro paredes y el único tiempo de asueto es el de espera en el aeropuerto para el regreso. Pero en aquella ocasión hicimos noche para continuar con el programa al día siguiente. Antonio se ofreció a guiarnos en un paseo por algunos rincones de la ciudad, mientras llegaba la hora de sentarnos en alguna terraza para la cena. Declinaba el día, nos ofrecía una temperatura suave y una luz alargada, novedad en aquella hora, para invitarnos a disfrutar de los espacios al aire libre.
Nos cruzamos con pandillas de universitarios festejando la vieja tradición de La Queima das Fitas (quema de las cintas), fiesta en la que celebran el final de los estudios. Llegamos a un rincón tranquilo, de los de estar sin prisas, reconvertido en terraza para beber la vida en pequeños sorbos y saborear cada mirada, cada encuadre que el colorido de las fachadas y un pequeño parque cercano nos ofrecía.
El camarero era quien encarnaba a la perfección la calma que allí se respiraba. Sin saberlo, fue el inductor de la conversación que prendió en la espera y se alimentó de un tono bajo por miedo a quebrar el ambiente. Sus intervenciones pausadas y los intervalos que las distanciaban, abonaron el terreno para adentrarnos en temas que la superficie oculta, porque a la naturaleza le gusta esconderse y la realidad está por debajo de las apariencias. El calor de la compañía hecha palabra era grato al corazón; se percibía por momentos que allí estábamos a gusto. Después de la intensidad de la jornada, la palabra se convertía en instrumento de paz, que aportaba sosiego y sembraba alegría en la conversación. Estaban ausentes las ironías, las indirectas y los comentarios graciosos que suelen esconder agresividad verbal y no contribuyen a la paz que necesitamos. Nuestros encuentros se empobrecen con las prisas, el recurso a temas convencionales, los consejos no solicitados o los comentarios insustanciales. Y aquella conversación discurría por otros derroteros.
La sombrilla que nos había protegido del tibio sol en retirada, se convirtió en faro que proyectaba un haz de luz tenue, suficiente para alumbrar el encuentro. El camarero hizo gala de su parsimonia hasta que nos despedimos con un boa noite, bien avanzada la velada. Aquellas horas en torno a la mesa, habían sosegado el ánimo y calentado el corazón; también avivaron el alma y costó encontrar el sueño, como si se resistiera a cerrar el día por miedo a perder lo vivido. No fue así, ni aquella noche ni aún hoy que sigue viva aquella conversación en una tarde de primavera portuense, enriquecida con palabras de paz.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/05/26
May 20, 2026 | Escritos
Uno de los primeros días de este mes de mayo, acompañé a Miguel Ángel y José Ramón en la excursión matinal que cada semana tienen programada. Con tesón inquebrantable, cada siete días me llega su invitación y me ponen en un aprieto porque se me agotan los recursos para salir airoso del lance. El valor de la amistad está por encima y me hacen creer que la excusa ha colado: me dejan satisfecho, a sabiendas que en poco volverán a la carga. Claro que cuando acepto, disfruto de tal manera que yo solo alimento las ganas de volver.
Después de unos días de calor anticipado, como si el verano quisiera hacerse presente antes de su hora, giró el tiempo y volvimos a los días cubiertos, de viento y lluvia. Aquella mañana se presentaba incierta, con riesgo de agua y frío; pero a la convocatoria sólo acudió el frío, no tanto como anunciaban. Después de dos horas y media de ascensión, coronamos uno de los siete picos de la Sierra de Guadarrama. Allí me encontré con un árbol seco que me impresionó, un pino albar o pino silvestre propio de la zona, firme, seco, de tronco y ramas brillantes, pulidas por el viento que sopla con fuerza en la cresta, que ya en vida se habían adaptado al azote de las ráfagas continuas. A su alrededor había otros lozanos, verdes, limpios; pero el que me atrajo fue el pino seco, castigado pero enhiesto. Ante mí se levantaba un monumento a la diversidad, al que sale adelante con sus características, al que es como es.
Será porque en la labor de tutoría con estudiantes en el colegio, detecto un malestar y sufrimiento provocado por el esfuerzo en gustar, por encajar en el modelo que consideran se espera de ellos, fruto de la presión familiar, de los amigos, de los medios de comunicación, de las redes sociales. Es lo que le sucedía al roble del cuento:
“Érase una vez un hermoso huerto con cientos de árboles frutales. Manzanos, perales, naranjos y limoneros convivían felices con chumberas y otros arbustos llenos de moras y frambuesas. Todo era alegría y satisfacción en el huerto excepto por un árbol que siempre estaba profundamente triste y todos los días repetía la misma canción. Los demás le apreciaban mucho e intentaban que recuperara la alegría con palabras de ánimo. El manzano, por ejemplo, solía hacer hincapié en que lo importante era centrarse en el problema.
– A ver, compañero, si no te concentras, nunca lo conseguirás. Relaja tu mente e intenta dar manzanas ¡A mí me resulta muy sencillo!
Pero el árbol, por mucho que se quedaba en silencio y trataba de imaginar verdes manzanas naciendo de sus ramas, no lo conseguía.
Otro que a menudo le consolaba era el mandarino, quien además insistía en que probara a dar mandarinas.
– A lo mejor te resulta más fácil con las mandarinas ¡Mira cuántas tengo yo! Son más pequeñas que las manzanas y pesan menos… ¡Venga, haz un esfuerzo a ver si lo logras!
Nada de nada; el árbol era incapaz y se sentía fatal por ser diferente y poco productivo
Un día se posó en sus ramas un búho, la más sabia de las aves. Al ver la desesperación del árbol exclamó:
-No te preocupes. Tu problema no es tan grave… Tu problema es el mismo que el de muchísimos seres sobre la Tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo. Conócete a ti mismo tal como eres. Para conseguir esto, escucha tu voz interior…
-Tú nunca darás manzanas porque no eres un manzano, ni crecerán en ti flores de azahar porque no eres un naranjo. Tú eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso para dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros y hacer del paisaje un lugar más bello. Tú tienes una misión en esta vida. ¡Cúmplela!
Y entonces fue cuando el roble se sintió fuerte y seguro de sí mismo.”
Y así sea un roble un pino seco.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/05/26