Jul 15, 2026 | Escritos
Llegué pasadas las diez de la noche, después de cuatro horas de viaje siempre con el sol de frente. Aunque bien se podría decir las diez de la tarde, de tan alargado que tenemos el ocaso en estos días, cuando el mes de julio está a punto de cubrir su primera mitad y nos regala atardeceres infinitos. El amarillo de los rastrojos ha sido el color dominante en el encuadre tras el cristal; resplandeciente en la primera parte cuando la carretera cruza la sierra y la tierra de labor en laderas y pendientes ofrece su corte reciente bien peinado; apagado y pajizo más adelante en las extensas llanuras de la meseta, planicies onduladas que se unen con el cielo allá en el horizonte. En su recorrido descendiente, el sol llega a molestar un buen trecho cuando sus rayos en horizontal impactan de frente y la mirada busca el refugio de cualquier objeto que haga sombra. Pero luego, cuando empieza a esconderse, tiñe el cielo de tonos cálidos y contagia el espíritu de la luz de esa hora dorada. Me noté arrastrado por el juego del gran astro y aparecieron los recuerdos.
Ya en la autovía, el coche sintonizó con el ambiente y entendió su papel como si me dijera “tú a lo tuyo, yo a lo mío”, reclamó poca atención y no importó que algunos nos adelantaran porque no era momento para intentar ser el más rápido del barrio. La cabeza se entretuvo con posibles soluciones a temas de trabajo, repasé ideas de una conferencia que glosaba unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta sobre compartir la alegría, recé por la hija de un amigo que pasa un momento clínico delicado; puse música y la quité enseguida, no era el momento. Otras veces me acompaña y estimula pensamientos, hoy me distraía y alejaba. Preferí el silencio exterior, miraba a derecha e izquierda, cielo a un lado y otro invitando a que los pensamientos fueran de largo recorrido.
De nuevo me asaltó el silencio; recordaba su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos los dos por el mismo silencio. Se acercaba silenciosa y, como si fuera la primera vez, me preguntaba ¿Cuándo te irás?; “mañana después de comer” le contestaba con la misma fuerza de la primera vez; ay, ¡qué bien! Y volvía a lo suyo. Desde mi sitio la contemplaba en la terraza, sentada en una silla con un par de almohadillas porque ya no llega a la mesa, inclinada sobre el cuaderno de sopa de letras. Cuando completa la cuadrícula, se da un respiro, levanta la mirada hacia las macetas que la rodean, las recorre una a una y vuelve a la tarea. Se abanica ¡qué calor! ¿tú no tienes calor?, pero no espera respuesta, es un modo de confirmar que nos acompañamos en silencio, cada uno en su tarea. Ya he acabado, voy a preparar la cena; me cuenta sus planes culinarios y en la conversación se va por las ramas para aterrizar en los recuerdos que almacena intactos. Hace el gesto de ir hacia la cocina y se vuelve, como a quien le asalta una pregunta inaplazable, ¿Cuándo te irás? Esbozo una sonrisa y como si nunca hubiéramos tratado este asunto, respondo “mañana después de comer». Y se va tan contenta.
La veo marchar -sin bastón anda balanceándose- con la sencillez de quien comprende la vida, precisamente porque sabe que se termina. Y de ello me habla con naturalidad, la espera de frente, preparada. Pero hasta entonces, tiene aún mucho que hacer.
Al volante, el silencio del atardecer ha dado paso a la luz tenue del crepúsculo; estoy a punto de llegar, con ganas de compartir la alegría del fin de semana en su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos en silencio.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/07/2026
Ago 13, 2025 | Escritos
Su madre estaba ocupada con la plancha y además tenía la lavadora en marcha. La idea que otras veces había rechazado ahora volvió con fuerza y le arrastró a la cocina sin oponer resistencia. Empujó la silla desde la mesa hasta la encimera con cuidado para no hacer ruido, comprobó que estaba bien apoyada, se aupó hasta el asiento con movimientos mal coordinados pero eficaces. Se puso de pie, alargó la mano y se detuvo asustado por un ruido imprevisto; era la nevera. Comprobó que poniéndose de puntillas alcanzaba hasta la repisa donde su madre dejaba el encendedor de gas y la caja de cerillas. Se giró hacia la puerta, no había peligro y ahora sí se hizo con la caja. El corazón le temblaba y las manos se contagiaban; la mirada atenta a los movimientos que tenía interiorizados. Empujó con el pulgar y aparecieron las cerillas, ordenadas, quietas, dormidas. Sacó una, puso la caja de lado sin cerrarla y algunas cerillas cayeron al asiento de la silla. Las metió con nervios, desordenadas, cerró y presionando con la yema del índice desplazó la cerilla por el raspador. El fogonazo le pilló desprevenido, sin darle tiempo a separar el dedo y sintió la punzada de la quemadura. Soltó la cerilla y la llama se apagó mientras caía al suelo. Se chupó el dedo y lo restregó en el pantalón. Se aseguró de que estaba seco y volvió a intentarlo. Ahora estuvo más ágil y cuando el roce provocó la llama, sostuvo la madera entre el índice y el pulgar; la sonrisa le traspasó de oreja a oreja mientras la llama proyectaba dos sombras: la suya y la de su madre que escamada por el silencio se había acercado a la cocina y desde la puerta contemplaba la operación sin dejarse notar.
Volvió al cuarto y lo llamó ¿Andrés qué haces? Se asomó, la vio cómo se movía con destreza con la plancha en la mano “nada mamá”. En cuclillas para que las dos miradas quedaran a la misma altura lo besó. Le enseñó el dedo accidentado, algo ennegrecido. ¡Ahí va! ¿qué ha pasado? Empezó repitiendo palabras inconexas sin acertar en el relato; percibió que su madre se había olvidado de la plancha y le dedicaba toda la atención del mundo, así que poco a poco se entonó y le contó toda la aventura con la emoción de quien ha realizado una gesta inconmensurable. La madre le escuchaba con los ojos abiertos y los morritos de pez, como a quien le interesa esa historia lo más de lo más. Cuando acabó le dio un abrazo ¡que valiente mi chico! Y ahora vamos a curar el dedo. Allí quedó interrumpida la conversación porque se oyeron las voces de su padre y las tres hermanas mayores que llegaban de la calle.
Le costó dormirse, hecho un ovillo tan apenas abultaba en la cama bajo la sábana. Su madre le despertó más tarde, que para eso eran vacaciones; rezaron juntos las oraciones de la mañana y, después del aseo, se sentaron juntos a desayunar. ¿Cómo está el dedo chamuscado? Se lo enseñó mirándola a la cara. Va bien ¿Y qué tal has pasado la noche? Le contó que en su interior la cerilla había estado encendida toda la noche y una llama gigantesca le alumbró el sueño como si fuera de día. Con aquel relato se ganó un beso. Mira Andrés, lo que hiciste ayer no está bien. Le añadió unos cuantos motivos que escuchó con atención, a la vez que las piernas colgando de la silla se balanceaban con nerviosismo. Y esta tarde, cuando nos quedemos solos, te enseñaré cómo se enciende una cerilla.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
13/08/25
Ago 6, 2025 | Escritos
Los primeros días de agosto los paso en el pueblo, una estancia corta para poder llegar a todos los planes que se quedan pendientes para el verano. Hay aquí dos alicientes que hacen de estos pocos días algo irrenunciable: mi madre y la casa que me vio nacer, crecer y volar; cada peldaño, cada rincón, cada sala, almacenan vivencias que me acompañan allí donde esté sin necesidad de hacerse presentes.
Al atardecer, cuando el sol se esconde y mueve la brisa, me siento a leer en la terraza; antes de sumergirme en el libro, la vista recorre el horizonte paseando por encima de los tejados y, cruzando el puente sobre el pantano, se pierde en el infinito. El silencio llena el espacio, a ráfagas roto por el chillido de unos críos que juegan en el parque. Cuando la luz se hace débil, los pájaros revolotean en quiebros audaces en busca del alimento que llevar al nido. La silla baja que me acoge -dos palmos sobre el suelo- es la silla de costura de la abuela, la que después sacaba mi padre a la calle después de cenar en las noches de verano para hacer un rondo con los vecinos.
Leo una recopilación de apuntes que Gustavo Martín publicó en un libro titulado “El cuarto de al lado”, muchos de ellos proceden de escenas familiares. En la cena le repaso a mi madre uno que me ha impactado sobre los demás: “Son las ocho de la mañana. Antes de salir de casa entro a despedirme de los niños. Ella está tan recogida en su cama que apenas abulta sobre las mantas. Muerta de sueño te habla del partido de esta tarde. Le beso la mejilla, el cuello, y cada beso es un gol de su equipo. Luego voy a ver a él. Al acercarme frota su cabeza contra la mía, como un carnerito. Se lo digo “eres el vellocino de oro” y se echa a reír. También le lleno la cara de besos. Luego beso a mi mujer. Se estiran, bostezan, vuelven a arrebujarse entre las sábanas calientes y blancas, como embebidas de luz lunar. Luego me alejo por el pasillo con la sensación de ser una figura de sus sueños que se retira con cautela al iniciarse la escena siempre incierta de un nuevo día”.
Es mi madre la que reacciona enseguida, removidos sus recuerdos por la lectura. “En casa era distinto, tu padre se iba pronto al campo y era yo quien me encargaba de despertaros. Un día de verano cuando ya anochecía, llegaste a casa cansado y sudoroso, apoyado en tu bicicleta que antes fue la mía. Te recordé lo de cada noche: «lávate, cena y a la cama». Tu queja saltó como muelle comprimido, alegando que todavía tenías planes: «mamá, que después me esperan en la calle para jugar, y luego queremos hacer … Antes de llegar al postre cediste al cansancio y te quedaste dormido sobre la mesa, agotado, pero tu día no se había acabado. Me contaste que por la noche parecías un volcán en activo, tu imaginación sugería un sueño, otro y otro; confundiendo la realidad y la ficción, creíste seguir despierto. A la mañana cuando te desperté, de un sobresalto quedaste sentado sobre la cama, restregando tus ojos con las manos cerradas; de golpe acudieron a tu cabeza la pelota y el partido, la bicicleta y la excursión, la pandilla, la calle … No te iba a quedar tiempo para todo y pediste un deseo: ¡mamá, que no se acabe este día!”
¿Y me lo concediste? Mueve afirmativamente la cabeza, en un gesto casi imperceptible y nos reímos. Sabe, porque se lo he contado otras veces, que mis mañanas empiezan sentado en el borde de la cama o de rodillas al pie de la imagen que guarda mi cabecera para dar sentido a todos los planes y personas que llenan el día. Y que ella sigue presente en ese despertar.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
06/08/2025
Feb 28, 2024 | Escritos
Formo parte de un grupo inquieto por fomentar actividades de carácter cultural y darles difusión para despertar el interés por la búsqueda de la belleza en las distintas manifestaciones del arte. Descubrir que somos capaces de asombrarnos ante la belleza, nos ayuda a apreciar también lo verdadero y lo bueno.
Este grupo es abierto e informal, no tiene carácter asociativo, por lo que somos más amigos que socios de una entidad. Y aunque nos une un motivo tan loable, la realidad es tozuda y nos dice que si queremos encender la luz, estar calientes o ir al baño, hay que sufragar los gastos que se originan. Tenemos establecida una pequeña cuota mensual que habitualmente es suficiente. Digo habitualmente porque en 2022 nos quedamos cortos; el precio de la luz se puso por las nubes y todo subió una barbaridad. El que lleva las cuentas nos dijo que los números no cuadraban y propuso una “derrama”. A mí me da que ese concepto no tiene mucho que ver con la belleza, porque la mayoría se quedaron inmóviles como para ganar tiempo mientras buscaban en su acervo cultural el significado de la palabra. Todo el mundo dijo que ¡por supuesto! seguramente sin saber muy bien que eso afectaba directamente al bolsillo. Algunos se enterarían al llegar a casa y ver la reacción de su mujer. Como la cosa salió bien, el administrador le ha cogido afición a la palabra mágica y para el 2024 ha vuelto a proponer otra “derrama”; en esta ocasión nos ha pillado preparados y, además, el importe es más asumible.
El asunto es que hace unos días quedé con uno del grupo, un sevillano muy salao. Nos sentamos en una terraza y en el reparto de papeles, a mí me tocó el de escuchar. La conversación la mantenía animada, en palabras y en gestos; contando un sucedido me dice “… y cuando lo nombró, me entró una tiritera igual que cuando oigo la palabra esa, la de cuadrar las cuentas…” ¿derrama? ¡eso, la derrama! Me reí con ganas; mira por dónde, un concepto tan terrenal había entrado a formar parte del cielo cultural de algunos, consiguiendo el mismo efecto que el horizonte, que junta el cielo y la tierra.
Pero limitar la derrama a cuestiones crematísticas me parece que es empobrecerla o condenarla a un significado peyorativo. Por eso propongo aplicarla también a otros aspectos de la vida. Por ejemplo, al dolor; quien se haya operado de algún hueso, sabe que el despertar de la anestesia añade al dolor general una derrama que dura unas horas de la primera noche. O también se puede aplicar al cariño; lo cuentan las madres con cada hijo que llega. Les parece que en su corazón ya no hay sitio para más y resulta que en cada parto aportan una derrama de cariño y ¡ala! caben todos.
El domingo pasado entró en la iglesia un matrimonio joven con cinco hijos que fueron corriendo a sentarse con los abuelos, maternos digo yo porque la madre y la abuela tenían la misma cara. Poco a poco se serenaron, la madre los repartió unos con el padre en el banco de delante, otros con ella y los abuelos. Después se arrodilló y se recogió en oración, o mejor lo intentó; el pequeño que sostenía en brazos era como un rabo de lagartija que no paraba de moverse; a la izquierda, una de las niñas reposaba la cabeza en su hombro y ella la acariciaba; otro a su derecha quería decirle algo, ella con gesto amable y el dedo índice en los labios le pedía silencio; del banco de delante, otro se giró y le dio un beso en la frente. A ratos me distraje de la misa, me dejé cautivar por el cuadro que tenía delante, asombrado por la belleza que contemplaba. Y me acordé de la derrama, concepto que aquella madre manejaba con soltura a la hora de repartir cariño.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/02/24
Dic 27, 2023 | Escritos
La llamada se alargó más de lo que esperaba; cuando colgué, los de secretaría ya se habían ido. Así que también di por concluida la jornada, ordené la mesa, cerré el despacho y pasé un instante por la capilla del colegio. En la puerta me encontré con Ramón y Blanca hablando con dos profesores mientras esperaban que uno de los hijos acabase el entrenamiento. Me incorporé al corro, la tarde primaveral invitaba a la cháchara sin prisas. Su hija Pilar de cuatro años se entretenía a nuestro lado haciendo piruetas; en uno de los intentos perdió el equilibrio y se dio un sonoro golpe en el suelo. Se levantó enseguida; nos miró uno a uno con cara de asustada, la boca cerrada y los ojos muy abiertos; como no lloró, di por supuesto que no había sido gran cosa y continuamos hablando. Sin embargo, Blanca reaccionó enseguida, la subió en brazos y se la llevó aparte, donde no las veíamos. Oímos llorar con fuerza y al poco regresaron de la mano; Pilar volvía a brincar como si no hubiera pasado lo que pasó. Blanca comentó “pobrecita, necesitaba llorar, pero le daba vergüenza hacerlo delante de unos señores que no conoce”.
Aquella capacidad de Blanca para ponerse en la piel de la niña y entender sus necesidades, me impactó de tal modo que han pasado treinta años y lo sigo teniendo presente. Sobre todo, cuando me cuesta comprender la actuación de los demás. Con los años, el cuerpo pierde flexibilidad, se hace rígido; y lo mismo le pasa a la mente si no la trabajas. Por eso es muy bueno el ejercicio de ponerse a la altura de un niño, el hacerse como niños. En estos días de Navidad el ambiente favorece que lo intentemos, que no se trata tanto de pensar en los regalos que nos hacían de pequeños, si no en dejar a un lado nuestros esquemas para comprender los del otro.
Algo así debió pasar durante la Primera Guerra Mundial, en lo que se conoce como la “tregua de Navidad”. En la víspera de la Noche Buena de 1914, militares de los dos bandos se hicieron señales de paz y salieron desarmados de las trincheras en un alto el fuego espontáneo que duró hasta el día siguiente a la Navidad, dejaron a un lado sus esquemas y fueron capaces de abrazar al contrario. Hubo intercambio de comida, regalos y ropa, jugaron al fútbol, se hicieron fotografías y cantaron villancicos, aunque no hablaban el mismo idioma. La celebración del nacimiento de Jesús pudo más que lo que les enemistaba y se hicieron como niños.
Cuando estos días visito belenes, recuerdo el gesto de Blanca y me ayuda a ponerme a la altura de su hija Pilar; así puedo entrar en las casitas que pueblan las montañas, correr entre las ovejas, beber agua del río, caminar con el zagal que lleva un presente y entrar con él en la gruta para adorar a Jesús como niños.
¡Feliz Navidad!
27/12/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader