Gracias hijo mío

Gracias hijo mío

La calle era un espacio de convivencia que generaba vínculos fuertes entre los vecinos, orgullo de pertenencia que se vivía con mayor intensidad cuanto más pequeños éramos. Los planes se concentraban en la calle y con los de la calle; en aquel micromundo amanecía y se ponía el sol sin agotar la pasión por el juego, ajenos al reloj, con la única limitación de la llamada de las madres a cenar que siempre llegaba demasiado pronto. La vida se compartía en la calle, la intimidad no era un valor cotizado, todos sabíamos lo de todos, o casi; las ayudas entre unos y otros eran frecuentes, aunque el roce intenso provoca fricciones y de vez en cuando había enfados subidos de tono.

Unas cuantas casas por debajo de la nuestra vivía Felisa, mujer de buena planta, serena, discreta, observadora, atenta y generosa para ayudar a quien lo necesitara. La adornaba una sentido común y sabiduría natural que atraía en busca de consejo. Para todos era la Sra. Felisa, la única con ese tratamiento en la calle, que reflejaba de un modo natural el reconocimiento de sus virtudes y no por su condición o posición económica como sucedía en otros casos. De origen humilde, eran familia de labradores con tierras en arriendo.

Supo servir, dejar de servir y dejarse servir. Mis padres la conocieron en la primera etapa, cuando la presencia de la Sra. Felisa aportaba soluciones a dificultades ordinarias que se hacían una montaña. Sus consejos prácticos, acompañados de cariño y comprensión, desataban nudos apretados. Sabía estar donde se le necesitaba sin hacerse imprescindible. Y también defender lo que era de todos, como en aquellos momentos que la sociedad se fracturó en dos partes y unos exaltados se presentaron con intención de quemar la ermita de La Balma con todo lo que había dentro; con aplomo, supo reconducir la ira de aquella gente y salvar de las llamas el edificio y la talla de la Virgen, una pequeña de madera que corona el pendón en la procesión. La conocí al final de la segunda etapa, cuando todavía acudíamos a ella en nuestras peleas de críos para que impartiera justicia y pusiera paz. Algo tenía aquella mujer que todos salíamos conformes. Su salud se resintió cuando el nieto mayor marchó a la mili en África; nunca supe si había una relación directa o fue coincidencia. Cuando se repuso ya no era la misma; ahora pasaba horas sentada en la puerta de casa, en una silla bajita. Desde allí seguía nuestros juegos, saludaba y la saludaban los mayores. En los juegos nos mezclábamos los pequeños y los adolescentes malotes, cuyo único objetivo parecía que era hacernos rabiar. Ella nos trataba por igual a unos y otros, con la sorpresa de que esos maleantes en potencia le obedecían a la primera, se transformaban ante su presencia. Para todos tenía un ¡gracias hijo mío! cuando agradecía un favor, mientras alargaba la mano y te daba dos galletas o un caramelo.

Una mañana la calle amaneció de luto, la chiquillería permaneció muda, los mayores hablaban bajito en un trasiego continuo de entradas y salidas a la casa. Por la tarde la acompañamos a la iglesia y al cementerio; la puesta del sol enrojecía las caras mientras la depositaban en el hoyo y desaparecía de nuestra vista con un sentimiento generalizado de que nos habíamos quedado huérfanos.

Al poco fui yo quien voló más allá de la calle y del pueblo, para recalar en la gran ciudad. La fascinación por el mundo que descubría siempre estuvo acompañada de las enseñanzas que aprendí en mi casa, en mi calle, en mi pandilla. Desde entonces he vivido muchas formas de dar las gracias: por cortesía, por conveniencia, postizas o espontáneas; de carácter profesional, por cambios y mejoras; he visto dar gracias a la vida y gracias a Dios. Sin embargo, cada vez que vuelvo al pueblo y entro por mi calle, veo con la imaginación a la Sra. Felisa sentada en una silla bajita a la puerta de su casa y compruebo que ninguna de ellas me ha dejado tanta huella como las que salían de aquella cara sonriente, arrugada y serena: ¡gracias hijo mío!!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

02/09/2026

Volver a vernos

Volver a vernos

Ayer por la mañana me fui bien temprano a pasar un rato a la orilla del río Ebro. Cuando llegué, la luna se acababa de despedir. Sus aguas embalsadas estaban todavía adormecidas, relajadas, tranquilas. En una orilla, el reflejo de los montes duplicaba su altura; en la otra, los árboles frutales de la plantación cercana se asomaban a contemplar orgullosos la imagen que el río les devuelve adornados de melocotones amarillos que doblegan sus ramas. En el centro, la mirada se posó en la superficie en un amerizaje suave para no alterar la paz, anticipo de la que dicen se disfruta en el cielo.

El Ebro forma parte de los elementos que me encontré al nacer, como las escaleras de la Parroquia, la plaza del Ayuntamiento, las Escuelas, la Estación o la ermita de la Virgen de mi calle; los incorporas a tu vida porque ya estaban allí la primera vez que abres los ojos. Creces con ellos con la confianza de que son de los tuyos y alimentan un sentimiento de origen que corre por la sangre, junto con el de la familia, y fortalecen la raíz que te hace estar seguro, firme, anclado en una buena base para llegar lejos, a personas y lugares, manteniendo tu identidad. Vas y vienes, tratas con unos y con otros, aprendes de aquí y de allá, compartes con éstos y aquellos; pero sabes de dónde vienes, de quien eres.

Mi padre creció en una de las huertas que sus meandros enriquecían; con sus historias en las sobremesas de las cenas, engrandecía mi admiración por el río y multiplicaba la impaciencia por convertir en realidad las aventuras que la imaginación esbozaba. Cuando la bicicleta nos dio autonomía para recorrer más espacio en menos tiempo, las correrías en pandilla apuntaban con frecuencia a las orillas del río, donde siempre encontrábamos algún rincón nuevo para explorar. Luego vino el embalse y le cambió la fisonomía; y a muchas personas el sistema de vida porque desaparecieron las huertas que eran su sustento. Fueron años tensos, de transición, de adaptación, para el río y para sus gentes. Dejó atrás el empuje de las aguas que bajaban con fuerza y nos acostumbramos a verlo asentado, inmóvil.

Tuve la sensación de que se alegraba al verme y que me ofrecía asiento en una de las rocas que dominan los dos brazos de la curva. Pronto surgió una conversación imaginada y empezó a contarme historias: de labradores que se acercan a preguntarle si podrán regar, de pastores que llevan el ganado a beber y las ovejas se estiran por toda la orilla como un remiendo de paño blanco; de pescadores que le acompañan horas y horas mientras vigilan las cañas, del barquero que sale al atardecer provocando olas tímidas que desaparecen en un santiamén; del sol que cada mañana le saluda por el este, de la luna coqueta que le usa de espejo por la noche.

El tiempo había pasado rápido, lo habitual cuando estás a gusto con un amigo, el sol lucía alto y sus rayos recortaban las escasas sombras que nos protegían. Era el momento de la despedida, de unas fotos que anclen el recuerdo del encuentro, del adiós, del te quedas pero te llevo conmigo. Del propósito compartido: volver a vernos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

29/07/2026

El abuelo Cirilo

El abuelo Cirilo

En mi casa, el abuelo Cirilo es nombre propio; de una de sus hijas nació mi padre que ha llenado sobremesas de invierno hablando de su ídolo. Debió venir al mundo poco después de 1860; por entonces, el tío Sancho, su mujer y los cinco hijos vivían en el campo, en una torre junto a la acequia del Molino Alto. Al pueblo sólo iban los domingos para oír misa y alguna gestión extraordinaria. Cada mañana salía a la calle nada más levantarse para mirar al cielo y ver el tiempo. Había dormido inquieto, se levantó antes de lo habitual; las primeras luces empezaban a clarear, pero antes de mirar al cielo, un bulto junto a la puerta llamó su atención. Dentro del capazo, algo se movía; lo destapó con cuidado y prevención: se encontró con dos ojos que relucían en la penumbra. Una criatura asustada arrancó a llorar y despertó a toda la familia. La mujer se hizo con el crío, lo calmó y recuperó la paz. Unos y otros se miraron con la pregunta en sus ojos; en unos segundos todas las cabezas se movían afirmativamente. Le llamaron Cirilo y fue el sexto de la familia Sancho, solo que no tuvieron en cuenta registrarlo y oficialmente no constaba en ningún sitio; por eso no hizo el servicio militar.

La economía familiar de entonces se sustentaba en la mano de obra, poco cualificada pero abundante. Así que Cirilo, como antes el resto de la pandilla, a los siete años empezó a servir con un señor que arreglaba calderos por los pueblos de la comarca. Cuando ya tuvo algo de fuerza para manejar herramientas, cambió de trabajo y lo pusieron con un labrador que tenía tierras en propiedad. Ahora comía algo más y se le notó en el desarrollo físico; apuntaba a buen mozo, bien parecido y de trato afable. Un contratista del pueblo que tenía una flota de carros volquetes, le ofreció trabajo en las obras de la estación del ferrocarril; la experiencia fue buena por ambas partes y en 1893 cuando paró el primer tren en Caspe, le hizo responsable de embarcar carros y mulos y llevarlos a Barcelona. Podía haber continuado con aquel trabajo, pero para entonces el corazoncito ya le latía con fuerza cuando se cruzaba con Vicenta por la calle de la Balsa, el paseo de moda en aquellos años. Buscó trabajo con otro labrador del pueblo y en cuanto estuvo asentado decidieron casarse. El párroco se empleó a fondo para convertir en ciudadano al buen Cirilo, que más bien parecía un ser de otro planeta porque no constaba en ningún registro. Consiguió empadronarlo en la inclusa y le pusieron los apellidos propios del hospicio: De Gracia y Expósito.

El joven matrimonio empezó su andadura con mucho futuro y algo menos presente. Cirilo se ganó la confianza de su jefe, soltero, que le trató como a un hijo, le traspasó todas las tierras en herencia y despejó el porvenir de la familia. En casa, Vicenta estaba entretenida con los siete hijos que correteaban arriba y abajo. Con tanto apoyo, la labranza prosperó y aquella casa era un trasiego de gente en busca de favores y consejos.

En enero de 1938, avanzada la guerra civil, dos guardias de asalto llamaron a la puerta y se lo llevaron detenido. No supieron el motivo ni en aquellos momentos era lo más importante, bastaba una denuncia sin fundamento. A finales de enero de 1939, un buen día apareció en el pueblo; la familia estalló en alegría y se montó una gran fiesta para recibir al abuelo Cirilo que con gran serenidad contó todo lo sucedido en aquel año, sin quejarse ni hablar mal de nadie. Le llevaron hasta Barcelona, pero por respeto a su edad, le dejaron en semilibertad controlada hasta que pudo regresar. En el mes de mayo, acabada la contienda, organizó una visita a la Virgen del Pilar para dar gracias por haberlo protegido.

El invierno de 1946 fue atípico en todo el país, especialmente frío, con heladas y nevadas extendidas a zonas poco habituales. La primavera de 1947 tardaba en llegar y los cuerpos más débiles acusaban el frío. El abuelo Cirilo cogió la gripe, se acostó para entrar en calor, y en la cama sin dar ni sufrir molestias, murió el 23 de abril.

Contento con lo que era y tenía, agradecido a la vida, sembraba su alrededor de paz y serenidad. Me ayuda en estos tiempos en que todos queremos más, y como el más no tiene límites, ha desaparecido la conformidad del horizonte, andamos inquietos, faltos de paz y alegría. Y ya se sabe que uno no puede dar lo que no tiene. Quizás hay que detenerse de vez en cuando a saborear lo que tenemos, a saborear la vida. Y entonces recuperar la sonrisa para hacer la vida más agradable a los demás, que es el fondo que me ha quedado de las historias que mi padre contaba del abuelo Cirilo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

22/07/2026

Envueltos en silencio

Envueltos en silencio

Llegué pasadas las diez de la noche, después de cuatro horas de viaje siempre con el sol de frente.  Aunque bien se podría decir las diez de la tarde, de tan alargado que tenemos el ocaso en estos días, cuando el mes de julio está a punto de cubrir su primera mitad y nos regala atardeceres infinitos. El amarillo de los rastrojos ha sido el color dominante en el encuadre tras el cristal; resplandeciente en la primera parte cuando la carretera cruza la sierra y la tierra de labor en laderas y pendientes ofrece su corte reciente bien peinado; apagado y pajizo más adelante en las extensas llanuras de la meseta, planicies onduladas que se unen con el cielo allá en el horizonte. En su recorrido descendiente, el sol llega a molestar un buen trecho cuando sus rayos en horizontal impactan de frente y la mirada busca el refugio de cualquier objeto que haga sombra. Pero luego, cuando empieza a esconderse, tiñe el cielo de tonos cálidos y contagia el espíritu de la luz de esa hora dorada. Me noté arrastrado por el juego del gran astro y aparecieron los recuerdos.

Ya en la autovía, el coche sintonizó con el ambiente y entendió su papel como si me dijera “tú a lo tuyo, yo a lo mío”, reclamó poca atención y no importó que algunos nos adelantaran porque no era momento para intentar ser el más rápido del barrio. La cabeza se entretuvo con posibles soluciones a temas de trabajo, repasé ideas de una conferencia que glosaba unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta sobre compartir la alegría, recé por la hija de un amigo que pasa un momento clínico delicado; puse música y la quité enseguida, no era el momento. Otras veces me acompaña y estimula pensamientos, hoy me distraía y alejaba. Preferí el silencio exterior, miraba a derecha e izquierda, cielo a un lado y otro invitando a que los pensamientos fueran de largo recorrido.

De nuevo me asaltó el silencio; recordaba su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos los dos por el mismo silencio. Se acercaba silenciosa y, como si fuera la primera vez, me preguntaba ¿Cuándo te irás?; “mañana después de comer” le contestaba con la misma fuerza de la primera vez; ay, ¡qué bien! Y volvía a lo suyo. Desde mi sitio la contemplaba en la terraza, sentada en una silla con un par de almohadillas porque ya no llega a la mesa, inclinada sobre el cuaderno de sopa de letras. Cuando completa la cuadrícula, se da un respiro, levanta la mirada hacia las macetas que la rodean, las recorre una a una y vuelve a la tarea. Se abanica ¡qué calor! ¿tú no tienes calor?, pero no espera respuesta, es un modo de confirmar que nos acompañamos en silencio, cada uno en su tarea. Ya he acabado, voy a preparar la cena; me cuenta sus planes culinarios y en la conversación se va por las ramas para aterrizar en los recuerdos que almacena intactos. Hace el gesto de ir hacia la cocina y se vuelve, como a quien le asalta una pregunta inaplazable, ¿Cuándo te irás? Esbozo una sonrisa y como si nunca hubiéramos tratado este asunto, respondo “mañana después de comer».  Y se va tan contenta.

La veo marchar -sin bastón anda balanceándose- con la sencillez de quien comprende la vida, precisamente porque sabe que se termina. Y de ello me habla con naturalidad, la espera de frente, preparada. Pero hasta entonces, tiene aún mucho que hacer.

Al volante, el silencio del atardecer ha dado paso a la luz tenue del crepúsculo; estoy a punto de llegar, con ganas de compartir la alegría del fin de semana en su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos en silencio.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

15/07/2026

Palabras de paz

Palabras de paz

La primavera se deja notar en la naturaleza, en las ciudades, en las personas. Nos despoja de las capas con las que nos hemos protegido del invierno y nos asomamos a la vida, al color, a la luz, al contacto, a la relación. Si pones en el buscador “primavera en la ciudad” seguramente te saldrá una canción de 1968 que un grupo musical español puso de moda y reflejaba esos colores distendidos y alegres que animan este tiempo.

A principios de mayo, han pasado cuatro años, estuve en Oporto de visita a un colegio. En estos viajes suele suceder que el día transcurre entre cuatro paredes y el único tiempo de asueto es el de espera en el aeropuerto para el regreso. Pero en aquella ocasión hicimos noche para continuar con el programa al día siguiente. Antonio se ofreció a guiarnos en un paseo por algunos rincones de la ciudad, mientras llegaba la hora de sentarnos en alguna terraza para la cena. Declinaba el día, nos ofrecía una temperatura suave y una luz alargada, novedad en aquella hora, para invitarnos a disfrutar de los espacios al aire libre.

Nos cruzamos con pandillas de universitarios festejando la vieja tradición de La Queima das Fitas (quema de las cintas), fiesta en la que celebran el final de los estudios. Llegamos a un rincón tranquilo, de los de estar sin prisas, reconvertido en terraza para beber la vida en pequeños sorbos y saborear cada mirada, cada encuadre que el colorido de las fachadas y un pequeño parque cercano nos ofrecía.

El camarero era quien encarnaba a la perfección la calma que allí se respiraba. Sin saberlo, fue el inductor de la conversación que prendió en la espera y se alimentó de un tono bajo por miedo a quebrar el ambiente. Sus intervenciones pausadas y los intervalos que las distanciaban, abonaron el terreno para adentrarnos en temas que la superficie oculta, porque a la naturaleza le gusta esconderse y la realidad está por debajo de las apariencias. El calor de la compañía hecha palabra era grato al corazón; se percibía por momentos que allí estábamos a gusto. Después de la intensidad de la jornada, la palabra se convertía en instrumento de paz, que aportaba sosiego y sembraba alegría en la conversación. Estaban ausentes las ironías, las indirectas y los comentarios graciosos que suelen esconder agresividad verbal y no contribuyen a la paz que necesitamos. Nuestros encuentros se empobrecen con las prisas, el recurso a temas convencionales, los consejos no solicitados o los comentarios insustanciales. Y aquella conversación discurría por otros derroteros.

La sombrilla que nos había protegido del tibio sol en retirada, se convirtió en faro que proyectaba un haz de luz tenue, suficiente para alumbrar el encuentro. El camarero hizo gala de su parsimonia hasta que nos despedimos con un boa noite, bien avanzada la velada. Aquellas horas en torno a la mesa, habían sosegado el ánimo y calentado el corazón; también avivaron el alma y costó encontrar el sueño, como si se resistiera a cerrar el día por miedo a perder lo vivido. No fue así, ni aquella noche ni aún hoy que sigue viva aquella conversación en una tarde de primavera portuense, enriquecida con palabras de paz.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

27/05/26