May 27, 2026 | Escritos
La primavera se deja notar en la naturaleza, en las ciudades, en las personas. Nos despoja de las capas con las que nos hemos protegido del invierno y nos asomamos a la vida, al color, a la luz, al contacto, a la relación. Si pones en el buscador “primavera en la ciudad” seguramente te saldrá una canción de 1968 que un grupo musical español puso de moda y reflejaba esos colores distendidos y alegres que animan este tiempo.
A principios de mayo, han pasado cuatro años, estuve en Oporto de visita a un colegio. En estos viajes suele suceder que el día transcurre entre cuatro paredes y el único tiempo de asueto es el de espera en el aeropuerto para el regreso. Pero en aquella ocasión hicimos noche para continuar con el programa al día siguiente. Antonio se ofreció a guiarnos en un paseo por algunos rincones de la ciudad, mientras llegaba la hora de sentarnos en alguna terraza para la cena. Declinaba el día, nos ofrecía una temperatura suave y una luz alargada, novedad en aquella hora, para invitarnos a disfrutar de los espacios al aire libre.
Nos cruzamos con pandillas de universitarios festejando la vieja tradición de La Queima das Fitas (quema de las cintas), fiesta en la que celebran el final de los estudios. Llegamos a un rincón tranquilo, de los de estar sin prisas, reconvertido en terraza para beber la vida en pequeños sorbos y saborear cada mirada, cada encuadre que el colorido de las fachadas y un pequeño parque cercano nos ofrecía.
El camarero era quien encarnaba a la perfección la calma que allí se respiraba. Sin saberlo, fue el inductor de la conversación que prendió en la espera y se alimentó de un tono bajo por miedo a quebrar el ambiente. Sus intervenciones pausadas y los intervalos que las distanciaban, abonaron el terreno para adentrarnos en temas que la superficie oculta, porque a la naturaleza le gusta esconderse y la realidad está por debajo de las apariencias. El calor de la compañía hecha palabra era grato al corazón; se percibía por momentos que allí estábamos a gusto. Después de la intensidad de la jornada, la palabra se convertía en instrumento de paz, que aportaba sosiego y sembraba alegría en la conversación. Estaban ausentes las ironías, las indirectas y los comentarios graciosos que suelen esconder agresividad verbal y no contribuyen a la paz que necesitamos. Nuestros encuentros se empobrecen con las prisas, el recurso a temas convencionales, los consejos no solicitados o los comentarios insustanciales. Y aquella conversación discurría por otros derroteros.
La sombrilla que nos había protegido del tibio sol en retirada, se convirtió en faro que proyectaba un haz de luz tenue, suficiente para alumbrar el encuentro. El camarero hizo gala de su parsimonia hasta que nos despedimos con un boa noite, bien avanzada la velada. Aquellas horas en torno a la mesa, habían sosegado el ánimo y calentado el corazón; también avivaron el alma y costó encontrar el sueño, como si se resistiera a cerrar el día por miedo a perder lo vivido. No fue así, ni aquella noche ni aún hoy que sigue viva aquella conversación en una tarde de primavera portuense, enriquecida con palabras de paz.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/05/26
Mar 18, 2026 | Escritos
El sábado nos despertó con cara de pocos amigos; el cielo cubierto de nubarrones feos nos ocultaba el sol y el aire enfriado por la nieve que ha vuelto a cubrir la sierra en estos días diluía las ganas de paseo. El tiempo desapacible aconsejó modificar los planes y buscar alternativas de interior, consolando el ansia de naturaleza con miradas a través del ventanal. Pero ¡ay el domingo! el domingo nos sorprendió vestido de fiesta y nos invitó a salir, a empaparnos de luz y sol, a recorrer calles, plazas y parques, a disfrutar del perfume de la primavera que asoma, de los colores vivos que salpican los jardines y anuncian su llegada.
Tan pronto como pude, salí con el ánimo contagiado del ambiente que había contemplado desde la ventana, calzado con las botas andariegas en dirección a la Casa de Campo, un parque generoso en rutas y extenso de perímetro. Allí se cruzaban los caminantes y los ciclistas, los corredores y los excursionistas; solitarios, en pareja o en grupo; en animada conversación o enfundados en su música; quienes bien abrigados y otros en manga corta. El contraste de temperatura entre el sol y la sombra era propio de estos días marceros; aguanté un buen rato hasta que el calor corporal pedía desprenderse de alguna prenda. Aproveché para conectar los cascos y distraerme con noticias. Sintonicé una emisora que se recibía con nitidez y acoplé el ritmo de los pasos con la respiración en modo automático. El locutor hablaba con rapidez, el tono un poco alto, pronunciación impecable; daba gusto oírle. Contaba la agitación que tenían en la redacción para atender a todos los eventos del día, cargado de noticias de sumo interés. Ya sean las elecciones a la presidencia de un Club, las votaciones autonómicas de una parte del país o la ceremonia de los Oscar y, a la vez, pendientes de lo que pasa en el conflicto del Golfo. El estado de alerta que me provocaba la invasión de noticias en tono de alarma, de superimportante, de no te lo puedes perder, chocaba con la paz que me aportaba la caminata y el contacto con la naturaleza que me rodeaba. Opté por desconectar y centrarme en la belleza que contemplaba a cada paso. En el collage de la vida encontramos alegrías y tristezas, armonías y contradicciones. Y ahora tocaba aprovechar el despuntar de la primavera que estamos esperando. Me permití retocar la poesía que una monja carmelita nos regaló en tiempos de pandemia:
“Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Para que recorra las calles de nuestros pueblos ahora soleados, colgando en nuestros balcones la magia de sus geranios. Que deje su sonrisa esculpida en nuestros campos, pintando nuestros jardines de verde, de rojo y blanco. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando llegue nos verá en las calles, en los barrios, podrá escuchar en el parque el paso de los ancianos, y el bullicio siempre alegre de los chiquillos jugando. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando estalle jubilosa llenando de puntos blancos los almendros, los ciruelos, los jazmines, los naranjos… una lluvia de azahar refrescando nuestros patios. Y vea que a la Virgen la engalanan para el Paso, tejiendo una alfombra a sus pies con pétalos y con nardos. Si sabrá la primavera que ya la estamos soñando… Asomados al balcón de la Esperanza, esperamos como nunca, que ella vuelva y nos regale el milagro de ver florecer la vida que cada día nace en nuestras manos… ¡Bienvenida, primavera! Hueles a incienso y a ramos, con tu traje de colores y los cantos de tus pájaros. Ven a pintar de azul-cielo esta tierra que habitamos. ¿No sentís que en este mundo algo nuevo está brotando? Si será la primavera que está apresurando el paso…»
A última hora de la tarde me acerqué a casa de Teresa y Roger para llevarles un recado que tenía desde hacía días. Estaban en plena operación cena, con María en brazos sin hacer mucho caso al biberón y Pablo en su silla alta, chapurreando un idioma ininteligible para mí, dando golpes con la cuchara como quien no está por la labor de lo que ahora toca. La calma y sonrisa de los padres para atenderles a ellos y a la visita, me hizo pensar que allí también están esperando la primavera.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
18/03/26
Mar 4, 2026 | Escritos
Levanté la persiana, abrí la ventana y me quedé un buen rato con los ojos cerrados aspirando el aire limpio de la mañana que venía a mi encuentro y me arrebujaba en un abrazo; la sierra al fondo, todavía con algún punto de nieve, se perfilaba en el interior con la misma nitidez que si la estuviera contemplando en directo. Los cantos del petirrojo que anida en el parque ponían la música a la escena matinal. Esa mañana asistí a una jornada con personas que trabajan en la secretaria de colegios. Uno de los ponentes destacaba la importancia de ese trabajo, de las oportunidades que ofrece para servir a los demás poniendo el corazón en lo que se hace, sobre todo escuchando con atención para entender al otro. Y en la pantalla apareció una frase “cerramos los ojos cuando besamos, cuando rezamos, cuando soñamos; porque hay cosas bonitas que no se ven con los ojos, se sienten en el corazón”. Mira por dónde, aquella mañana había cerrado los ojos para empaparme de lo que la naturaleza me ofrecía y el corazón se había alegrado.
Nos explicó que la idea original era de Helen Keller, una escritora sorda y ciega, que había dicho «las cosas más bellas y mejores del mundo no pueden verse ni tocarse; deben sentirse con el corazón».
Al sábado siguiente estuve en casa de Dani, una visita que tenía pendiente desde hacía tiempo. Antes de marchar me llevó a ver el búho que tiene en el jardín; era la novedad. Me agaché para ponerme a su altura, infló el plumaje manteniendo la postura erguida y sus grandes ojos de color naranja me miraron de frente con atención. Casi me pongo a contarle mi vida.
Al marchar, la mirada del animal me recordaba a esas personas que tienen la capacidad de prestarte toda la atención del mundo y en el tiempo que estás con ellas, hablas de lo que tú necesitas y no de lo que ellas quieren.
Tengo la suerte de tener a mi alrededor algunas de esas personas que como el búho no cierran los ojos cuando les hablas, pero estoy seguro de que escuchan con los oídos del corazón.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
04/03/26
Nov 19, 2025 | Escritos
Un día que llueva; era la respuesta de mi padre cuando mi madre le pedía algún arreglo en la casa o surgía la necesidad de una gestión en el pueblo: “eso para un día que llueva”. Esos días, más bien escasos, no se podía trabajar en el campo y los labradores aprovechaban para achicar la lista de tareas pendientes. Tal vez por eso relacioné la lluvia con días de actividad; con el tiempo he descubierto que sí, que la lluvia te invita a la actividad, pero a una actividad interior, a un recogimiento, a un desconectar de lo exterior que queda adormecido por el agua.
Hemos pasado el ecuador del otoño acompañados de lluvia este fin de semana. De noche el repiqueteo sobre el tejado me arrulla el sueño; de día, desde el balcón la veo caer sobre los árboles y arrastrar las hojas muertas. Dentro de la casa, la soledad acompañada del silencio me invita a la reflexión, al encuentro personal enriquecedor. Cuando te alejas del problema cambia la perspectiva; los asuntos materiales pierden importancia y la ganan las personas.
Salgo al jardín a respirar el aire del otoño, a empaparme de sus colores, sin intermediarios. El cielo, los árboles, las piedras, el silencio… me retienen con su mensaje. La lluvia fina resbala por la capucha, contemplo absorto el manto de hojas que cubren la hierba. Los amarillos se sobreponen a los verdes crepusculares, en el árbol y en el suelo. Las ramas despojadas de color parecen reclamar el abrazo de la mirada que consuele su lento declinar y cubra su desnudez durante el invierno.
Más allá de la tapia que encierra el jardín, los campos humedecidos por la lluvia otoñal se tiñen de un verde tierno y tímido, distintivo de los primeros sembrados que tienen prisa por despuntar. Es un verde inocente con poco recorrido, un contraste con la naturaleza que se duerme, un verde que habla de esperanza, que promete más de lo que muestra. Vendrá el frío, la nieve tal vez, y crecerá hacia dentro. Será en primavera cuando brote con fuerza, a la vez que las ramas se cubrirán de yemas y luego de flores; llegará el estallido del color, la alegría del fruto, el gozo de la cosecha.
La vida sorprende a cada paso con la emoción de las cosas sencillas; y aquí de pie bajo la lluvia me descubre que es algo más que hacer cosas, más allá de las que mi padre dejaba para un día que llueva.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
19/11/25
May 14, 2025 | Escritos
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al ponerse de pie, se notó destemplado. Era pronto para encender la calefacción, la casa se había quedado fría y aquel lunes otoñal le pillaba con un resfriado que le había rondado todo el fin de semana. Desde la ventana confirmó que el día estaba a tono con su cuerpo; cielo gris, lluvia fina, tráfico lento y gente encorvada bajo el paraguas avanzando con dificultad por las aceras. Daban ganas de quedarse en casa y dejar la visita para otro día. Pero la llamada de este pensamiento no fue atendida en su interior y continuó con las rutinas, un gran invento para cuando la cabeza está embotada y no acierta a dar indicaciones al cuerpo. La infusión caliente le devolvió algo de color a la cara, sonrió al tipo que le miraba desde el espejo y cerró la puerta con cuidado.
Por el camino avisó de que podía llegar con retraso, aunque no acertó con la previsión. El trayecto fue mejor de lo que esperaba y el ángel de la guarda le había reservado un sitio para aparcar casi en la puerta. Ya que no podía darle propina, le hubiera gustado dedicarle una sonrisa generosa, pero le salió una de mínimos.
El colegio ya le resultaba familiar después de varias visitas a la directora, una monja a punto de jubilarse como docente pero que necesitaría otra vida para poner en marcha todos los proyectos que tenía en cola; ni las fuerzas ni la disposición le faltaban y era tal el entusiasmo que ponía al contarlos que contagiaba sus ánimos. Aunque sólo fuera por el chute vital que recibía, daba por bien empleado el tiempo que pasaba con ella. Con los pies firmemente asentados en el suelo, la cabeza bien amueblada con la experiencia de la vida y el corazón metido en Dios, aquella mujer convertía en sencillos los temas profundos desgranados en una conversación amena y se les iba el tiempo transitando de lo humano a lo divino, en un viaje de ida y vuelta.
En la sala ya habían puesto la alfombra del invierno, el radiador desprendía un ligero temple, el ambiente era acogedor. Pero lo que de verdad le hizo entrar en calor y olvidarse del resfriado, de la lluvia y del incordio del tráfico, fue el recibimiento de aquella sonrisa enmarcada en la toca, la acogida afectuosa, las palabras cariñosas y la mirada atenta. La calidez que le envolvió tenía más de emocional que de material; notó que el corazón recuperaba el ritmo, el cuerpo se desencogía y los ojos le brillaban para acompañar sus primeras palabras.
Le llamaron la atención unos ángeles de porcelana sobre el mueble; aquellas figuras en distintas posiciones transmitían una sensación de paz. Cogió el que le pareció más simpático y lo llevó a la mesa donde iban a trabajar. El pobre angelote se quedó dormido al poco, aburrido de escuchar análisis y propuestas de asuntos terrenos que entre los suyos están devaluados.
Mientras la directora salió para atender una llamada, lo tomó delicadamente entre las manos y, contemplándolo, casi se queda dormido también. Tal era la paz que aquella figura le transmitía, la que se respiraba en aquella sala y la que había percibido en el recibimiento. La paz es fruto del ejercicio del bien. Por eso aquellas personas que se esfuerzan por practicarlo, encuentran la paz en su interior y además la transmiten a su alrededor.
Aquel lunes otoñal se estaba caldeando, recuperaba el tono anímico y la alegría de vivir gracias a esas personas que te encuentras en la vida y, también, al angelito del mueble.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/05/2025