Jul 1, 2026 | Escritos
Teníamos recién estrenados los treinta, esos años en los que el cóctel de energía, imaginación e ilusión se traduce en una actividad intensa, dentro y fuera del trabajo. Falta tiempo para llegar a todos los planes, las prisas forman parte del lenguaje habitual y vives como si no hubiera un mañana. A Juan no le había visto en toda la semana; no le di importancia porque solía suceder de vez en cuando. Y cuando pasó a recogerme para ir a jugar el partido de fútbol de los sábados por la tarde, lo primero que me salió es refunfuñar porque llegábamos tarde. Sólo después de un buen rato de hablar saltando de un tema a otro, me pareció que estaba un poco serio y no respondía con la rapidez habitual. “Se ha muerto mi abuela, la del pueblo” y me quedé tan fresco, sin valorar lo que suponía para él. Tampoco me había hablado mucho de ella y por eso concluí que no sería para tanto. El funeral era el lunes, casualmente fiesta laboral, pero no me planteaba asistir porque tenía el día programado, porque estaba lejos y porque -al fin y al cabo- era la abuela.
Cada vez que pienso en aquella reacción inicial, me ruborizo de vergüenza. Volvió a pasar ayer cuando leí un poema: “Se le olvidó que el regalo era el tiempo / y que todo es cuestión de prioridades. / Se le olvidó estar / y que lo que pierdes no vuelve igual, aunque vuelva”. Me sobraron kilos de prisas para dejar de pensar en mis ocupaciones y me faltaron quintales de sensibilidad para detectar que para Juan su abuela era mucho y que si había pasado a recogerme era para que yo no me perdiera el partido. Y para decirme que se iba para el pueblo.
Al acabar, mientras nos refrescábamos en el bar y compartíamos lo más destacado de la semana, les dije lo de Juan y las dudas que revoloteaban en mi cabeza sobre si tenía que asistir. Repetí los argumentos, tal vez para convencerme a mí mismo: tenía el día programado, estaba lejos y al fin y al cabo era la abuela. Ellos no estaban tan ligados a la familia de Juan, por eso me sorprendió su consejo, que me ha acompañado siempre desde entonces: Rafa, ante la duda, ves. Fui y acerté; ya aquel día sus padres me lo agradecieron con manifestaciones sinceras y profundas. Y Juan me lo ha recordado siempre que ha venido a cuento.
Hoy escribo este recuerdo porque también ayer, de regreso, sonó una canción de Los Secretos: ““Gracias… por estar siempre a mi lado sin pedirme explicación”. Y reafirmé lo que aprendí aquella mañana fría de un mes de enero ya lejano, en un cementerio descuidado de un pueblo pequeño: que regalar tiempo, es un magnífico regalo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
01/07/2026
Jun 3, 2026 | Escritos
Le llamé para saber lo que le había dicho el médico, una visita programada en la revisión anterior después de la operación. “Me han ingresado otra vez”; aparentemente todo iba bien, pero ya se ve que sólo en apariencia porque el galeno no dudó en retenerlo cerca. Se abrió una temporada larga de visitas diarias al caer la tarde, cuando la actividad en los pasillos da paso a la tranquilidad y en las habitaciones se hace la calma.
El primer día, antes de subir a la planta, pasé por la capilla. Me cautivó el recogimiento, la paz, el silencio de aquel lugar, con una luz centrada en el sagrario que invitaba a rezar. Allí me quedé un rato y pedí por los enfermos, por sus familias, por todo el personal que los cuida. Repetí en cada visita y así llegaba al encuentro con las pilas cargadas
Las conversaciones de aquellos días hicieron mella en los dos; nos sumergimos en temas que allí venían rodados y que fuera parecen forzados. En el hospital, al lado de los enfermos, la vida adquiere otra dimensión, los problemas de la calle son menos problemas; la importancia se pone en otros asuntos. El ruido de la calle, las prisas de la gente, los conflictos permanentes que nos ofrecen los medios de comunicación, vistos desde la ventana del hospital sujetado a un gotero, son de un calibre diminuto. Se considera el silencio por encima de la distracción, convertida en el valor por antonomasia en contraposición al silencio, un mal del que hay que huir por el medio que sea. Se valora la actuación de profesionales que, al interés por cumplir un contrato, añaden un cariño que sitúan la relación humana en un nivel superior. La sonrisa no puede ser impuesta por un reglamento, pero transforma lo que podría ser un lugar frío en un espacio acogedor. Se agradece la compañía por amistad, por amor, porque sí, sin reglas, porque quiero, porque te quiero; y porque en la calle, sin amor y sin amistad las relaciones se dirimen con tribunales y abogados, en una deriva progresiva hacia la judicialización de la vida social. El amor, la amistad, no surge del miedo, de la imposición, si no de la voluntad; ama el que quiere. Se descubre el error de confundir felicidad con bienestar, porque con frecuencia esta depende del dinero y el dinero no se puede compartir, si no repartir; y entonces vienen las discordias (como pasa en las herencias) y en la discordia nadie es feliz.
Celebramos el día que le dieron el alta, pero tanto o más celebramos que la enfermedad nos hubiera brindado la oportunidad de bucear en intimidades que la calle no propicia. Y es que la vida se ve distinta desde la ventana de un hospital, sujeto a un gotero.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
03/06/26
May 27, 2026 | Escritos
La primavera se deja notar en la naturaleza, en las ciudades, en las personas. Nos despoja de las capas con las que nos hemos protegido del invierno y nos asomamos a la vida, al color, a la luz, al contacto, a la relación. Si pones en el buscador “primavera en la ciudad” seguramente te saldrá una canción de 1968 que un grupo musical español puso de moda y reflejaba esos colores distendidos y alegres que animan este tiempo.
A principios de mayo, han pasado cuatro años, estuve en Oporto de visita a un colegio. En estos viajes suele suceder que el día transcurre entre cuatro paredes y el único tiempo de asueto es el de espera en el aeropuerto para el regreso. Pero en aquella ocasión hicimos noche para continuar con el programa al día siguiente. Antonio se ofreció a guiarnos en un paseo por algunos rincones de la ciudad, mientras llegaba la hora de sentarnos en alguna terraza para la cena. Declinaba el día, nos ofrecía una temperatura suave y una luz alargada, novedad en aquella hora, para invitarnos a disfrutar de los espacios al aire libre.
Nos cruzamos con pandillas de universitarios festejando la vieja tradición de La Queima das Fitas (quema de las cintas), fiesta en la que celebran el final de los estudios. Llegamos a un rincón tranquilo, de los de estar sin prisas, reconvertido en terraza para beber la vida en pequeños sorbos y saborear cada mirada, cada encuadre que el colorido de las fachadas y un pequeño parque cercano nos ofrecía.
El camarero era quien encarnaba a la perfección la calma que allí se respiraba. Sin saberlo, fue el inductor de la conversación que prendió en la espera y se alimentó de un tono bajo por miedo a quebrar el ambiente. Sus intervenciones pausadas y los intervalos que las distanciaban, abonaron el terreno para adentrarnos en temas que la superficie oculta, porque a la naturaleza le gusta esconderse y la realidad está por debajo de las apariencias. El calor de la compañía hecha palabra era grato al corazón; se percibía por momentos que allí estábamos a gusto. Después de la intensidad de la jornada, la palabra se convertía en instrumento de paz, que aportaba sosiego y sembraba alegría en la conversación. Estaban ausentes las ironías, las indirectas y los comentarios graciosos que suelen esconder agresividad verbal y no contribuyen a la paz que necesitamos. Nuestros encuentros se empobrecen con las prisas, el recurso a temas convencionales, los consejos no solicitados o los comentarios insustanciales. Y aquella conversación discurría por otros derroteros.
La sombrilla que nos había protegido del tibio sol en retirada, se convirtió en faro que proyectaba un haz de luz tenue, suficiente para alumbrar el encuentro. El camarero hizo gala de su parsimonia hasta que nos despedimos con un boa noite, bien avanzada la velada. Aquellas horas en torno a la mesa, habían sosegado el ánimo y calentado el corazón; también avivaron el alma y costó encontrar el sueño, como si se resistiera a cerrar el día por miedo a perder lo vivido. No fue así, ni aquella noche ni aún hoy que sigue viva aquella conversación en una tarde de primavera portuense, enriquecida con palabras de paz.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/05/26
Abr 22, 2026 | Escritos
La vida no se lo ha puesto fácil a Javier, pero eso no lo descubres si no te lo cuenta, porque considera que no hay que exagerar, que tan poco es para tanto. Empezó a trabajar joven, después de adquirir la formación profesional suficiente para manejar máquinas en el gremio de las artes gráficas; la crisis del sector le llevó a pasar por varias empresas y finalmente el paro, donde recaló poco tiempo para saltar a otro trabajo, y otro y otro. Es de los que a primera vista engaña; no es activista pero no para. Su aspecto bonachón esconde un espíritu deportista; la sonrisa eterna que ilumina su cara disimula los madrugones que acumula de lunes a viernes; los gestos tranquilos con los que se desenvuelve amagan una imaginación creativa; las combinaciones un tanto simples de prendas y colores para vestir dejan paso a una sensibilidad aguda al componer poesía; que su formación académica se derivara hacia un oficio descuadra con su avidez por la lectura; los despistes que nos regala en las quedadas, se compensan con una memoria prodigiosa para entretenernos con siglos completos de historia.
Esta semana le hemos acompañado a celebrar la primera meta volante de la etapa de los sesenta. Quedó bien retratado en la semblanza que le dedicaron, tomada de párrafos del libro “El principito” de Antoine de Saint-Exupery:
“Un día mi aeroplano sufrió una avería en el desierto de Sahara. La primera noche dormí sobre la arena a mil millas de toda la tierra habitada. Estaba más solo que un náufrago en medio del océano. En tales circunstancias, ya pueden imaginar mi sorpresa cuando al día siguiente al despertar, oí una simpática vocecita que me decía:
- Por favor… ¡dibújame un cordero!
Y las respuestas tras varios intentos:
- No, ése está muy enfermo. Hazme otro.
- Eso no es un cordero, es un carnero, tiene cuernos.
- Ese es muy viejo. Yo quiero uno joven para que viva mucho tiempo.
Cuando ya se agotaba la paciencia del aviador, garabateó un dibujo y le dijo: Esto es una caja, el cordero que quieres está ahí dentro” El Principito miró el dibujo y dijo:
- Así es precisamente como yo lo quería.
Es que los adultos tienen gran afición y respeto por los números. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan lo verdaderamente esencial. Nunca dicen ¿Cuál es su tono de voz? ¿o cuáles son los juegos que prefiere? ¿colecciona mariposas?
En cambio, preguntan ¿qué edad tiene? ¿cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Sólo entonces creen conocerlo.
Y si les dices “he visto una hermosa casa de ladrillos rosas, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado” … no logran imaginarla. Solo si dices “esa casa vale 100.000 francos”, entonces dicen ¡qué hermosa casa!
Y acabó así el relato: Tomé al principito en mis brazos, porque se quedó dormido y emprendí otra vez el camino. Me parecía que llevaba en brazos un frágil tesoro. Me parecía incluso que no existía nada tan frágil sobre la Tierra. Miré, a la luz de la luna, su frente pálida, sus ojos cerrados, los mechones de su cabellera agitados por el soplo del viento, y me dije: “Esto que veo aquí no es más que una corteza. Lo verdaderamente importante es invisible”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
22/04/26
Ene 14, 2026 | Escritos
Bailar pegados es la canción que representó a España en el Festival de Eurovisión de 1991. Aquel sábado del mes de mayo en los estudios Cinecittà de Roma, el cantante Sergio Dalma conquistó al público con esta balada romántica, su voz quebrada y la sonrisa pícara. El cuarto puesto fue un trampolín que lanzó a la canción y al artista, y desde entonces ha sonado con la misma fuerza, en público o privado, en los rincones más insospechados o en el momento menos esperado. Es lo que me pasó ayer mientras escuchaba un audio grabado por un sacerdote joven, en el que a diario comenta el evangelio para ayudar a rezar. No sólo citó la canción y leyó una estrofa, sino que puso el estribillo durante unos segundos. La percepción que yo tenía de la pieza no encajaba en ese escenario; me revolví en el asiento y sacudí la modorra que sobrevolaba el sillón con la amenaza de aislarme del mundanal ruido. Si lo que pretendía era llevarnos por caminos que nos acerquen a Dios y al prójimo, no me parecía que aquella referencia fuera la más acertada. Presté atención y descubrí, una vez más, que conviene estar abierto a todos los mensajes, sin filtros que seleccionen sólo lo que coincide con mi modo de ver y entender la vida. De toda la letra, sólo dos estrofas le servían para el objetivo que pretendía y le fueron suficientes: “bailar pegados es bailar igual que baila el mar con los delfines, corazón con corazón” “bailar de lejos no es bailar, es como estar bailando solo”. Nos invitó a ensanchar el corazón con todas aquellas personas que pasan o están a nuestro lado y animaba a ser próximos -bailar pegados- con cada una de ellas; a veces basta una mirada, una sonrisa, una palabra amable. Bailar de lejos es bailar sólo.
Conecté con ese planteamiento porque desde hace unos días le daba vueltas a los interrogantes que se formulan en la película “una quinta portuguesa”, que habíamos visto en casa la semana anterior. Unos protagonistas que recrean su identidad con relaciones personales que aparecen y desaparecen. Manolo, un jardinero que anda solo en la vida, presume de estar libre de ataduras y cambia con frecuencia de ciudad, así no se compromete con nadie. Fernando, profesor universitario, se queda descolocado en la vida cuando le abandona su mujer, pero encuentra un nuevo lugar donde rehacerse. Amalia, propietaria de la quinta que fue de su abuela, ha tenido que dar la espalda a su pasado; libre para viajar, cuando está lejos sabe que tiene un lugar a donde volver y eso le da paz. Personas buenas, vulnerables -con heridas en el currículum por los zarpazos que da la vida- hablan de soledad, de perdón, de amor, de hogar.
Y ahora, removido por la osadía de la grabación que había oído, entendí que también esos personajes hablaban el lenguaje del baile: la vida es rozarse, tejer relaciones, es bailar como el mar baila con los delfines, corazón con corazón, es bailar pegado.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
14/01/2026