Las visitas de Joan en el mes de julio van camino de convertirse en un clásico del verano, con esa capacidad de transcender el tiempo y mantener vivo el interés por descubrir el arte de la mano de un ducho en la materia. Además de visitar museos también hubo paseos por la ciudad y nos adentramos en jardines que, por su armonía, gracia y estética, nos trasladaron de la belleza del interior a la del exterior.
El primer día llegamos al museo pasada la media tarde; nos sorprendió la fila larga de gente pegada al edificio al amparo de la estrecha franja de sombra. Cuando nos llegó el turno, planteamos algunas preguntas que seguramente habían oído miles de veces. Sin embargo, la señorita que nos atendió acompañó sus palabras de una sonrisa que nos hizo sentir únicos, como si nadie antes hubiera preguntado lo mismo. Su mirada y explicaciones, estaban impregnadas de un gesto vivo que transmitían comprensión. Cuando nos entregó las entradas, percibimos que venían acompañadas de un regalo, de un extra que no esperábamos; su sonrisa nos había contagiado.
Al cabo de hora y media de recorrer salas y contemplar cuadros, estaba saturado. Necesitaba un reposo para sedimentar todo lo que había visto y oído. Al amparo de un parasol en la terraza de un bar, el camarero nos sirvió con la mirada perdida y sus palabras parecía que iban dirigidas a los de la mesa de al lado. Aquí el servicio fue escueto, sin el regalo de la sonrisa, sin la sorpresa del me importas. Cuando nos levantamos, el sol de retirada iluminaba los tejados y la sombra cubría las calles estrechas de la parte vieja. Caminamos sin prisa, hablamos poco de arte y mucho de sonrisas. El contraste entre la actitud de las dos personas que nos habían atendido era llamativo: dos formas de estar en la vida. Tenemos motivos para estar alegres y para estar tristes; hay heridas provocadas por agravios pasados que necesitan ser sanadas. Traerlas a colación es hacerse la víctima, actitud poco atractiva por egoísta. Mejor olvidar que recordar, aunque supone mayor generosidad y esfuerzo. Sonreír es un buen bálsamo para esas heridas y el camino para olvidarse de uno y pensar en el otro. Sonreír con la mirada, sonreír con los labios es una buena tarjeta de presentación en el momento del encuentro con otra persona. Y en el día a día en casa, en el trabajo, con los de siempre, la sonrisa -cuando no es frívola ni bobalicona- salpica la convivencia de momentos felices y aleja el mal humor. Vivimos momentos de confrontación, de discrepancia, de agresividad verbal, con demasiado espíritu crítico que destaca el lado oscuro de la vida y ensombrece el ambiente con una capa de tristeza. En ese panorama sombrío, una sonrisa puede ser el detonante que transforme el clima de la convivencia. Siempre hay un motivo para traer la alegría a los labios, sobre todo si se quiere hacer felices a los demás, no por calculada estrategia sino por el convencimiento de que los otros se merecen lo mejor. Sonreír es amar: la sonrisa iluminadora nace del espíritu enamorado de la vida; el amor causa entusiasmo y éste conduce a la alegría que se manifiesta a través de la sonrisa. Quien se entusiasma en hacer felices a los demás sonríe, sabiendo que es uno de los mejores regalos que puede ofrecer a los otros. Y, además, no cuesta dinero.
Con esta conversación llegamos a la entrada del metro; el trasiego de la gente, el ruido de la calle y la vaporada de calor que salía del interior, deshizo la magia que nos había acompañado en el trayecto. La conclusión surgió en forma de suspiro hondo: ¡qué bien se está cuando estamos acompañados de caras sonrientes!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/09/2026
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.