Sep 9, 2026 | Escritos
Las visitas de Joan en el mes de julio van camino de convertirse en un clásico del verano, con esa capacidad de transcender el tiempo y mantener vivo el interés por descubrir el arte de la mano de un ducho en la materia. Además de visitar museos también hubo paseos por la ciudad y nos adentramos en jardines que, por su armonía, gracia y estética, nos trasladaron de la belleza del interior a la del exterior.
El primer día llegamos al museo pasada la media tarde; nos sorprendió la fila larga de gente pegada al edificio al amparo de la estrecha franja de sombra. Cuando nos llegó el turno, planteamos algunas preguntas que seguramente habían oído miles de veces. Sin embargo, la señorita que nos atendió acompañó sus palabras de una sonrisa que nos hizo sentir únicos, como si nadie antes hubiera preguntado lo mismo. Su mirada y explicaciones, estaban impregnadas de un gesto vivo que transmitían comprensión. Cuando nos entregó las entradas, percibimos que venían acompañadas de un regalo, de un extra que no esperábamos; su sonrisa nos había contagiado.
Al cabo de hora y media de recorrer salas y contemplar cuadros, estaba saturado. Necesitaba un reposo para sedimentar todo lo que había visto y oído. Al amparo de un parasol en la terraza de un bar, el camarero nos sirvió con la mirada perdida y sus palabras parecía que iban dirigidas a los de la mesa de al lado. Aquí el servicio fue escueto, sin el regalo de la sonrisa, sin la sorpresa del me importas. Cuando nos levantamos, el sol de retirada iluminaba los tejados y la sombra cubría las calles estrechas de la parte vieja. Caminamos sin prisa, hablamos poco de arte y mucho de sonrisas. El contraste entre la actitud de las dos personas que nos habían atendido era llamativo: dos formas de estar en la vida. Tenemos motivos para estar alegres y para estar tristes; hay heridas provocadas por agravios pasados que necesitan ser sanadas. Traerlas a colación es hacerse la víctima, actitud poco atractiva por egoísta. Mejor olvidar que recordar, aunque supone mayor generosidad y esfuerzo. Sonreír es un buen bálsamo para esas heridas y el camino para olvidarse de uno y pensar en el otro. Sonreír con la mirada, sonreír con los labios es una buena tarjeta de presentación en el momento del encuentro con otra persona. Y en el día a día en casa, en el trabajo, con los de siempre, la sonrisa -cuando no es frívola ni bobalicona- salpica la convivencia de momentos felices y aleja el mal humor. Vivimos momentos de confrontación, de discrepancia, de agresividad verbal, con demasiado espíritu crítico que destaca el lado oscuro de la vida y ensombrece el ambiente con una capa de tristeza. En ese panorama sombrío, una sonrisa puede ser el detonante que transforme el clima de la convivencia. Siempre hay un motivo para traer la alegría a los labios, sobre todo si se quiere hacer felices a los demás, no por calculada estrategia sino por el convencimiento de que los otros se merecen lo mejor. Sonreír es amar: la sonrisa iluminadora nace del espíritu enamorado de la vida; el amor causa entusiasmo y éste conduce a la alegría que se manifiesta a través de la sonrisa. Quien se entusiasma en hacer felices a los demás sonríe, sabiendo que es uno de los mejores regalos que puede ofrecer a los otros. Y, además, no cuesta dinero.
Con esta conversación llegamos a la entrada del metro; el trasiego de la gente, el ruido de la calle y la vaporada de calor que salía del interior, deshizo la magia que nos había acompañado en el trayecto. La conclusión surgió en forma de suspiro hondo: ¡qué bien se está cuando estamos acompañados de caras sonrientes!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/09/2026
Sep 2, 2026 | Escritos
La calle era un espacio de convivencia que generaba vínculos fuertes entre los vecinos, orgullo de pertenencia que se vivía con mayor intensidad cuanto más pequeños éramos. Los planes se concentraban en la calle y con los de la calle; en aquel micromundo amanecía y se ponía el sol sin agotar la pasión por el juego, ajenos al reloj, con la única limitación de la llamada de las madres a cenar que siempre llegaba demasiado pronto. La vida se compartía en la calle, la intimidad no era un valor cotizado, todos sabíamos lo de todos, o casi; las ayudas entre unos y otros eran frecuentes, aunque el roce intenso provoca fricciones y de vez en cuando había enfados subidos de tono.
Unas cuantas casas por debajo de la nuestra vivía Felisa, mujer de buena planta, serena, discreta, observadora, atenta y generosa para ayudar a quien lo necesitara. La adornaba una sentido común y sabiduría natural que atraía en busca de consejo. Para todos era la Sra. Felisa, la única con ese tratamiento en la calle, que reflejaba de un modo natural el reconocimiento de sus virtudes y no por su condición o posición económica como sucedía en otros casos. De origen humilde, eran familia de labradores con tierras en arriendo.
Supo servir, dejar de servir y dejarse servir. Mis padres la conocieron en la primera etapa, cuando la presencia de la Sra. Felisa aportaba soluciones a dificultades ordinarias que se hacían una montaña. Sus consejos prácticos, acompañados de cariño y comprensión, desataban nudos apretados. Sabía estar donde se le necesitaba sin hacerse imprescindible. Y también defender lo que era de todos, como en aquellos momentos que la sociedad se fracturó en dos partes y unos exaltados se presentaron con intención de quemar la ermita de La Balma con todo lo que había dentro; con aplomo, supo reconducir la ira de aquella gente y salvar de las llamas el edificio y la talla de la Virgen, una pequeña de madera que corona el pendón en la procesión. La conocí al final de la segunda etapa, cuando todavía acudíamos a ella en nuestras peleas de críos para que impartiera justicia y pusiera paz. Algo tenía aquella mujer que todos salíamos conformes. Su salud se resintió cuando el nieto mayor marchó a la mili en África; nunca supe si había una relación directa o fue coincidencia. Cuando se repuso ya no era la misma; ahora pasaba horas sentada en la puerta de casa, en una silla bajita. Desde allí seguía nuestros juegos, saludaba y la saludaban los mayores. En los juegos nos mezclábamos los pequeños y los adolescentes malotes, cuyo único objetivo parecía que era hacernos rabiar. Ella nos trataba por igual a unos y otros, con la sorpresa de que esos maleantes en potencia le obedecían a la primera, se transformaban ante su presencia. Para todos tenía un ¡gracias hijo mío! cuando agradecía un favor, mientras alargaba la mano y te daba dos galletas o un caramelo.
Una mañana la calle amaneció de luto, la chiquillería permaneció muda, los mayores hablaban bajito en un trasiego continuo de entradas y salidas a la casa. Por la tarde la acompañamos a la iglesia y al cementerio; la puesta del sol enrojecía las caras mientras la depositaban en el hoyo y desaparecía de nuestra vista con un sentimiento generalizado de que nos habíamos quedado huérfanos.
Al poco fui yo quien voló más allá de la calle y del pueblo, para recalar en la gran ciudad. La fascinación por el mundo que descubría siempre estuvo acompañada de las enseñanzas que aprendí en mi casa, en mi calle, en mi pandilla. Desde entonces he vivido muchas formas de dar las gracias: por cortesía, por conveniencia, postizas o espontáneas; de carácter profesional, por cambios y mejoras; he visto dar gracias a la vida y gracias a Dios. Sin embargo, cada vez que vuelvo al pueblo y entro por mi calle, veo con la imaginación a la Sra. Felisa sentada en una silla bajita a la puerta de su casa y compruebo que ninguna de ellas me ha dejado tanta huella como las que salían de aquella cara sonriente, arrugada y serena: ¡gracias hijo mío!!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
02/09/2026
Ago 12, 2026 | Escritos
La noche nos esperaba cálida y húmeda, combinación que luce presumida en esta primera quincena de agosto en la zona costera. Acabada la cena, la conversación continuaba en pequeños grupos mientras avanzábamos despacio hacia el porche, abalconado y generoso, que protege buena parte de la fachada y al que se accede por una escalinata suave cuando llegas a la casa. Al fondo de la parcela, de espaldas a la Serralada Litoral Catalana, se recorta el edificio de estilo neoclásico propio del siglo XIX; de frente mira al mar, a través de los plataneros y palmeras que acompañan los caminos de la finca y delimitan el jardín que desciende en leve pendiente, con mezcla de sabor indiano, italiano y francés.
En un rincón, Pep y Agustí ya preparaban las cazuelas de barro para el cremat, tradición marinera que consiste en flamear el ron mezclado con café, canela, azúcar y piel de limón. En el centro, junto a la puerta, Xavi, Joan y Jaume desenfundaban los instrumentos musicales, montaban atriles, buscaban enchufes para la megafonía. Iluminados sólo por la lámpara del interior, a propósito para generar una penumbra que diera intimidad a la celebvración, corrió la bandeja con los vasos de barro del cremat caliente. Sonaron las primeras notas de prueba, nos acomodamos en sillas y se hizo el silencio. Jaume, sentado con el acordeón sobre las piernas, presentó la colla habanera La mar serena, cuatro amigos que dedican parte de su tiempo libre a repartir una dedada de felicidad en forma de música allí donde se lo piden; hoy les falta Enrique. Este género musical surgido en Cuba durante el siglo XIX, arraigó en nuestro país y se transformó al estilo actual, con un resurgir a partir de mediados del siglo XX.
Silencio total: “cuando tenía pocos años, el padre me llevaba en la barca…”; aplausos, el cremat moja los labios y Jaume nos prepara para la siguiente, la balada de Lucas, la historia de un fracaso con una buena lección; le sigue Torrevieja, en su opinión la habanera de las habaneras.
Hacemos una pausa. La noche avanza emotiva, nos cubre el cielo despejado sin que se vean las estrellas por la cercanía metropolitana; los pequeños edificios que nos separan de la playa, apagan el rumor de las olas cuando abrazan la arena de la playa, pero notamos la cercanía del mar por la humedad que nos llega a bocanadas, como si abriéndose paso entre la vegetación quisiera estar con nosotros y disfrutar de la compañía, de la música y del cremat.
Ahora es la bella Lola, y los pañuelos blancos acompañan el estribillo; La rosa del puerto, dedicada a la Virgen del Carmen, la más marinera. La gavina, que Marina Rosell cantaba con una voz inigualable, esa gaviota que vuela sobre el mar. Cerramos la velada con El meu avi, la más popular en esta zona.
Se ha hecho tarde, el tiempo pasa rápido cuando estás a gusto. Recogemos, se apagan las luces. Me quedo con ellos, los acompaño hasta la salida; el adiós con la mano se refuerza con un sentimiento de agradecimiento, por su generosidad con el tiempo, por su música que nos ayuda a descubrir rincones de alegría, que añaden una pincelada de color al cuadro de la vida. Así ha sido esta noche de habaneras.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/08/2026
Jul 21, 2026 | Escritos
En mi casa, el abuelo Cirilo es nombre propio; de una de sus hijas nació mi padre que ha llenado sobremesas de invierno hablando de su ídolo. Debió venir al mundo poco después de 1860; por entonces, el tío Sancho, su mujer y los cinco hijos vivían en el campo, en una torre junto a la acequia del Molino Alto. Al pueblo sólo iban los domingos para oír misa y alguna gestión extraordinaria. Cada mañana salía a la calle nada más levantarse para mirar al cielo y ver el tiempo. Había dormido inquieto, se levantó antes de lo habitual; las primeras luces empezaban a clarear, pero antes de mirar al cielo, un bulto junto a la puerta llamó su atención. Dentro del capazo, algo se movía; lo destapó con cuidado y prevención: se encontró con dos ojos que relucían en la penumbra. Una criatura asustada arrancó a llorar y despertó a toda la familia. La mujer se hizo con el crío, lo calmó y recuperó la paz. Unos y otros se miraron con la pregunta en sus ojos; en unos segundos todas las cabezas se movían afirmativamente. Le llamaron Cirilo y fue el sexto de la familia Sancho, solo que no tuvieron en cuenta registrarlo y oficialmente no constaba en ningún sitio; por eso no hizo el servicio militar.
La economía familiar de entonces se sustentaba en la mano de obra, poco cualificada pero abundante. Así que Cirilo, como antes el resto de la pandilla, a los siete años empezó a servir con un señor que arreglaba calderos por los pueblos de la comarca. Cuando ya tuvo algo de fuerza para manejar herramientas, cambió de trabajo y lo pusieron con un labrador que tenía tierras en propiedad. Ahora comía algo más y se le notó en el desarrollo físico; apuntaba a buen mozo, bien parecido y de trato afable. Un contratista del pueblo que tenía una flota de carros volquetes, le ofreció trabajo en las obras de la estación del ferrocarril; la experiencia fue buena por ambas partes y en 1893 cuando paró el primer tren en Caspe, le hizo responsable de embarcar carros y mulos y llevarlos a Barcelona. Podía haber continuado con aquel trabajo, pero para entonces el corazoncito ya le latía con fuerza cuando se cruzaba con Vicenta por la calle de la Balsa, el paseo de moda en aquellos años. Buscó trabajo con otro labrador del pueblo y en cuanto estuvo asentado decidieron casarse. El párroco se empleó a fondo para convertir en ciudadano al buen Cirilo, que más bien parecía un ser de otro planeta porque no constaba en ningún registro. Consiguió empadronarlo en la inclusa y le pusieron los apellidos propios del hospicio: De Gracia y Expósito.
El joven matrimonio empezó su andadura con mucho futuro y algo menos presente. Cirilo se ganó la confianza de su jefe, soltero, que le trató como a un hijo, le traspasó todas las tierras en herencia y despejó el porvenir de la familia. En casa, Vicenta estaba entretenida con los siete hijos que correteaban arriba y abajo. Con tanto apoyo, la labranza prosperó y aquella casa era un trasiego de gente en busca de favores y consejos.
En enero de 1938, avanzada la guerra civil, dos guardias de asalto llamaron a la puerta y se lo llevaron detenido. No supieron el motivo ni en aquellos momentos era lo más importante, bastaba una denuncia sin fundamento. A finales de enero de 1939, un buen día apareció en el pueblo; la familia estalló en alegría y se montó una gran fiesta para recibir al abuelo Cirilo que con gran serenidad contó todo lo sucedido en aquel año, sin quejarse ni hablar mal de nadie. Le llevaron hasta Barcelona, pero por respeto a su edad, le dejaron en semilibertad controlada hasta que pudo regresar. En el mes de mayo, acabada la contienda, organizó una visita a la Virgen del Pilar para dar gracias por haberlo protegido.
El invierno de 1946 fue atípico en todo el país, especialmente frío, con heladas y nevadas extendidas a zonas poco habituales. La primavera de 1947 tardaba en llegar y los cuerpos más débiles acusaban el frío. El abuelo Cirilo cogió la gripe, se acostó para entrar en calor, y en la cama sin dar ni sufrir molestias, murió el 23 de abril.
Contento con lo que era y tenía, agradecido a la vida, sembraba su alrededor de paz y serenidad. Me ayuda en estos tiempos en que todos queremos más, y como el más no tiene límites, ha desaparecido la conformidad del horizonte, andamos inquietos, faltos de paz y alegría. Y ya se sabe que uno no puede dar lo que no tiene. Quizás hay que detenerse de vez en cuando a saborear lo que tenemos, a saborear la vida. Y entonces recuperar la sonrisa para hacer la vida más agradable a los demás, que es el fondo que me ha quedado de las historias que mi padre contaba del abuelo Cirilo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
22/07/2026
Jul 8, 2026 | Escritos
Los domingos comían despacio, porque estaba su padre y había segundo plato: garbanzos con arroz, gallina (era su destino cuando dejaban de poner huevos) y manzanas de su tía, porque su padre no tenía frutales en el campo. Pero a Joselín le costaba aguantar sentado hasta el final; medio sentado, medio de pie, comía el postre inquieto, porque hacía tarde; sólo la paga le frenaba; esperaba con ansiedad el momento en que su madre sacaba el monedero del armario y repartía la paga a los dos hermanos. Y eso no sucedía hasta que no hubiera pasado el parte. A su padre le gustaba oír la radio, las noticias, y sólo los días que comía en casa podía escuchar el parte del mediodía. En ese momento bajaban la voz y escuchaban en silencio: “Al oír la última señal serán las catorce horas treinta minutos: pí, pí, pííí; Radio Nacional de España, diario hablado del mediodía”. A los pocos minutos, el ambiente se relajaba y Joselín volvía a los nervios, las prisas, la paga. Ahora recibía un duro, ¡una fortuna! Se acordaba de cuando le daban tres pesetas, luego pasaron a cuatro y ahora ¡cinco! En ese momento, su padre fingía una suave protesta porque él no tenía paga. Joselín marchaba corriendo, contento con su duro, después de besar alegre a su madre, alocadamente y con cuidado a su padre: el padre de Joselín se afeitaba los domingos por la tarde.
Ahora ya podía ir algunos domingos a butaca, con sus amigos. Hasta entonces iba siempre a general, porque butaca valía cuatro pesetas. Pero aquel domingo no iba al cine, porque había fútbol y en el fútbol el señor de las entradas les dejaba pasar cuando ya hacía un rato que había empezado el partido y no entraba más gente. Era buen hombre y conocía a un amigo de su padre; cuando llevaban un buen rato esperando y no molestaban, les daba lástima y los dejaba pasar a general, en el sol.
Ese domingo había fútbol, tenía prisa por llegar el primero a jugar a canicas, antes de ir al fútbol; si no llegaban los primeros, los mayores les quitaban el gua y no podían jugar en el rellano de piedra. Las escaleras de la Parroquia eran de losas grandes y tenían un rellano amplio, con guas arañados en la piedra en los que ya había jugado su padre, cuando vivió en el pueblo antes de marchar al campo, porque en la guerra una bomba les dejó sin casa.
Era primavera, el sol de aquella hora temprana apelmazaba el ambiente de la tarde. Sólo algún chiquillo bajaba la calle corriendo, en busca de la golosina esperada toda la semana. A ras de suelo, la partida reunía a Joselín y sus amigos alrededor del gua. Su madre le reñía por las rodillas, por las puntas peladas de los zapatos buenos del domingo, por los bolsillos del pantalón corto siempre cargados de bolas. Joselín tenía buena puntería y estilo propio; tenía buen ganar y buen perder y no le faltaban amigos para jugar al gua.
(Recuerdos autobiográficos, 1964/65)
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/07/2026