¿Y tú?

¿Y tú?

Cuando Laura llegó a la parada, Pablo ya estaba esperando apoyado en la pared con las manos en los bolsillos. Se incorporó para saludarla. Habían quedado con los compañeros de clase y eran los primeros en llegar. Ese miércoles tenían una jornada en la universidad, evento que les mantenía nerviosos conscientes de que estaban a punto de abandonar la zona confortable de la escuela y se adentraban en un territorio por descubrir.

Pablo tenía apariencia de tímido, escondido tras el pelo enmarañado que le tapaba la frente y ocultaba unos ojos negros de mirada serena. Laura le hablaba con desparpajo, acompañaba la palabra con el movimiento airoso de las manos, la barbilla un pelín levantada para facilitar el movimiento de cabeza a un lado y otro, con gracia, para centrar la melena sedosa que le caía hasta media espalda. Se conocieron en primero cuando llegaron con seis años, habían crecido juntos, compartido muchas horas de patio, muchas salidas con la clase, muchas conversaciones. Aunque fuera del cole tenían pandillas distintas, dentro había una querencia a buscarse. La pinta de parado que aparentaba Pablo era simple fachada y Laura lo sabía, lo conocía bien; jugaba al fútbol con un equipo del barrio, tocaba en un grupo musical, daba catequesis en la parroquia y en los estudios sacaba buenas notas a base de esfuerzo para suplir lo que a ella la naturaleza le había regalado con generosidad.

La primera vista del salón de actos resultaba simpática, con los alumnos de cada colegio agrupados por zonas, separados por asientos vacíos que rellenaron los rezagados a costa de estar lejos de los suyos. Para cuando Jaime subió al estrado, el ambiente ya se había caldeado: habían aplaudido varias veces y contestado con “siii” “nooo” cada vez más fuerte. Mientras proyectaba unas imágenes, Jaime les contó que entró a trabajar en el departamento de contabilidad nada más acabar los estudios de FP. Vivía fuera de Madrid, se desplazaba en moto; aquel viernes por la tarde regresaba a casa con una sonrisa amplia bajo el casco. La jefa le había llamado al despacho para hacer un repaso de sus seis primeros meses y le había puesto buena nota; además le esperaban en la fiesta de cumpleaños de un amigo y asistiría Isa, con la que había empezado a salir. Había llamado a su madre para avisarle de que llegaba en media hora y que cenaba fuera. La moto se movía con agilidad, contagiada del buen ánimo del conductor; conocía el camino con los ojos cerrados. No recuerda si los cerró, pero sí recuerda que cuando los abrió no estaba en su casa, ni en la fiesta de cumpleaños. Ambulancias, policía, lío de gente y la moto empotrada contra la pared por un coche. Volvió a nacer y dio gracias por la nueva vida. Siguieron dos años de hospitales, entradas y salidas del quirófano con la incertidumbre del hasta cuándo. Y tocó aprender a vivir de otra manera, ahora sin el brazo bueno. Ocho años después sigue en el departamento de contabilidad, juega a pádel, monta en bici y está recién casado. Aquí la muchachada estalló en una ovación espontánea. Cuando callaron los aplausos, Jaime hizo un silencio e introdujo dos nuevos personajes en la historia. La vida no sólo había cambiado para él; su madre tenía ahora un hijo con otras necesidades; y él no era el chaval completo del que Isa se había enamorado. Su esfuerzo no sólo era comprenderse en su nueva situación, también tenía que comprender a quienes están a su lado y a los que él les ha cambiado la vida.

Pablo se removió inquieto en su asiento, aquel enfoque de Jaime hacia el otro le había descargado una corriente que le recorrió de arriba abajo; quiso compartirlo con Laura que, sentada a su lado, había seguido toda la intervención despreocupada de la melena, atenta a la historia. Vio que las lágrimas le corrían por las mejillas sonrojadas y se mordía el labio inferior en un gesto que podía ser un sollozo retenido o una sonrisa esbozada. Estiró la pierna y posó su pie sobre el de Laura, presionando con suavidad como si de un abrazo disimulado se tratara.

Durante la entrega de diplomas alternada con la intervención de un rapero, se volvieron a oír las risas y acabaron con un fuerte aplauso, como un ¡gracias! sonoro.

El grupo de clase se despidió al salir del metro; Laura y Pablo continuaron juntos hasta la esquina. “Pablo tengo que darle vueltas a lo que nos ha dicho Jaime; me parece que cuando pienso en mi madre, no pienso en ella si no en mí” Y no se atrevió a decirle “y me da que cuando pienso en ti, no pienso en ti si no en mí”. Y guardó la pregunta que iba a continuación, aunque se moría de ganas por conocer la respuesta: ¿y tú?

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

25/02/26

La madre de Gabriel

La madre de Gabriel

La madre de Gabriel estaba abatida, se le esfumaba el escaso resto de esperanza que la sostenía después de un año de sufrimiento por la agonía y la muer­te anunciada de su único hijo varón; nacido nueve años después de la cuarta hija, de al­guna manera era más su hijo, quizá porque le había he­cho redescubrir su propia maternidad, cuando ya en su interior había enterrado para siempre esa riqueza de su cuerpo y de su espíritu.

Mucho antes de que el diagnóstico se instalara en su casa como huésped incómodo, ya había frecuentado espacios de sufrimiento. Todas las semanas acompañaba a unas amigas a vi­sitar la cárcel y hacer un rato de compañía a las reclusas. Y también a una residencia a dar de comer a unas enfermas ancianas y desahuciadas. Allí aprendió que el amor es más que un sentimiento cuando te lleva a la entrega y que no hay mayor libertad que la de elegir acompañar al que sufre.

Desde el primer momento, los médicos les hablaron con una claridad casi cruel: visto lo avanzado del proceso, las probabilidades de detener la expansión del tumor y de una curación eran escasas; cualquier medida que se le quisiera aplicar no tendría más utilidad que la de prolongar la agonía del pequeño. Se resistieron a aceptar la derrota sin in­tentar antes todo lo que estuviera a su alcance, y deci­dieron poner en marcha una auténtica batalla contra el enemigo.

Vinieron horas y horas de suspiros en hospitales y clínicas. El marido después de las primeras reacciones de ternura, se agobió con el lento avanzar de la enfermedad, se refugió en el trabajo, se alejó con viajes y la dejó. Ella decidió quedarse. En la soledad de las salas de espera, soportó el dolor del hijo y el aguijón de la culpa por si algún error pasado habría sembrado la semilla del mal. Incluso tuvo que cargar con el reproche cruel de un esposo que le recordaba que él «ya había sugerido abortar».

Con el tumor del hijo crecía también el cansancio y el agotamiento de la madre. El abandono del marido le resultaba despiadado y había perdido hasta las fuerzas para sublevarse. No era muy creyente, desde joven había borrado cualquier referencia a Dios en su vida; pero una tarde de vuelta de unas compras, pasó por delante de la Catedral y más como una sonámbula que como una persona consciente, cruzó el umbral. Sin sabérselo explicar, se en­contró arrodillada, contemplando un Crucificado. Y comenzó a hablar en voz alta sus pe­nas y angustias. No sabía muy bien lo que hacía, ni a Quien se dirigía, pero tenía clara conciencia de que nadie le había acogido jamás con brazos tan abiertos. Desde lo alto de la cruz el Cristo parecía dispuesto a escucharle y ofrecerle la fuerza que necesitaba para ser el trono de carne y hueso que su hijo necesitaba.

Aquel 5 de enero, la tarde estaba tem­plada, y el cielo completamente al raso. Al cruzarse su mirada con el gesto suplicante de Gabriel, la madre no lo dudó. Bien arropado, con su mejor abrigo y su ropa más elegante, Gabriel se vio en brazos de su madre camino del puente como en años anteriores.

La Cabalgata de los Reyes Magos se acercaba y la comitiva de Melchor tardaría po­co en aparecer. Gabriel comenzó a agitarse levemente; ya no sentía el transcurrir del tiempo, y sólo conseguía hacer un esfuerzo para que el paso del Rey Mago no le encontrase con los ojos cerra­dos. Convertido en un leve conjunto de huesos, la madre notó que el cuerpo de su hijo se volvía más ligero, como si se preparara para elevarse. Le hizo señas a su madre para que lo alzara un po­co; y cuando vislumbró que el refulgor estaba muy cer­ca de sus ojos, con un hilo de voz, le dijo al Rey Mago: Melchor, yo también voy a ver a Jesús.

La madre contuvo las lágrimas. El recuerdo del naci­miento de su hijo le invadió la imaginación, la mente, todo su espíritu. No olvidaría nunca su suave y dulce adiós. Hizo un gesto a su hija, y volvieron rápidas a casa.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

11/02/26

Este relato es una adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”, capítulo “Una pregunta a Melchor”.

 

La loca del muelle

La loca del muelle

En mi familia somos de secano: mis padres, mis abuelos, los suyos, los de éstos y así hasta el siglo XIX donde ya figura nuestro apellido en el primer censo que se conoce del pueblo. Nuestras comparaciones y referencias han sido siempre las de tierra adentro. Será por nuestro origen que el mar me atrae con el embrujo de lo desconocido, me encandila con su infinitud; puedo pasar horas dejándome llevar por el vaivén de las olas y el ruido acompasado al romper en la playa. A mi madre le pasa algo parecido y aprovechamos sus estancias invernales en Barcelona para darnos una escapada por el paseo marítimo o por alguna de las playas cercanas. Al despertar una mañana soleada de la primera semana de enero, de eso hace cinco años, con un gesto de complicidad nos preparamos rápido y salimos en busca del mar; recalamos en la playa de Gavá. El viento había limpiado el cielo que lucía un azul de fiesta y encabritaba las olas para que rompieran con fuerza controlada; en su recorrido de ida y vuelta, el agua salada dejaba un paseo ancho de arena apretada, firme. Las pisadas dejaban huella por un instante, lo imprescindible para distinguir dos ritmos de estar en la vida. Por entonces mi madre ya había cruzado el umbral a esa etapa donde lo de ayer no queda registrado y lo de mañana necesita ser varias veces recordado; pero la infancia y juventud surgen con todo lujo de detalles y el relato adquiere vida fresca en sus palabras pausadas. Nos cruzamos con una pareja joven, de mirada limpia y sonrisa franca; se detuvieron para dedicarnos un piropo y la conversación surgió natural. Nos hicieron unas fotos antes de despedirnos. Aquel encuentro reactivó los recuerdos y mi madre, mientras miraba el horizonte apoyada en mi brazo, contó algunas travesuras que hizo mi padre antes de ser novios, para que ella se fijara en él; y locuras que el amor impulsó cuando ya les unió, primero a prueba y, después del sí, para siempre.

El mar, el horizonte, el punto de locura en el enamoramiento, el dolor de amor que madura la vida de entrega; gozamos de un paseo con ingredientes propios de gran película, por el tema que nos ocupaba, la fotografía que nos envolvía y la música de fondo que nos acompañaba.

De regreso rodamos despacio, para que las prisas no rompieran el encanto de la mañana. Le conté la historia de Rebeca, una mejicana fallecida en 2012, en la que también se juntan el mar y el amor, el horizonte y el punto de locura. La tarde de un martes de octubre de 1971, acompañó hasta el puerto a su novio Manuel que salía a faenar con sus otros compañeros pescadores, en el que tenía que ser el último trabajo antes de la boda preparada con todos los detalles para el domingo. El océano Pacífico regala en esa época unos atardeceres encendidos, con tonos violetas y naranjas. Cuando zarparon, el sol se cubrió de nubes oscuras y el viento empezó a soplar con fuerza de tormenta. Durante la noche, el huracán Priscila cambió el rumbo, se dirigió a tierra, pilló por sorpresa a los pescadores y de Manuel nunca más se supo. El muelle de San Blas se convirtió para Rebeca en el muelle de la esperanza, a donde acudió cada domingo vestida de novia; allí sus ojos se llenaron de amaneceres hasta que la muerte se la llevó, para entonces trastornada emocionalmente por el dolor de amor. El grupo Maná le dedicó la canción “el muelle de San Blas” que, aunque modifica algo la historia, es un homenaje al amor que encarnó Rebeca, la loca del muelle.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

04/02/2026

Vivir confiado

Vivir confiado

Pasaba unos días en el pueblo a finales del verano. Una tarde salí a dar un paseo. Me senté al borde de una piedra, los pies colgando, el horizonte allá lejos. Estaba sólo pero no aislado. La vista infinita que contemplaba abrió las puertas del corazón y me llevó con el pensamiento a recorrer rincones y personas queridas.

En mi casa aprendí a vivir confiando en las personas; las puertas estaban siempre abiertas. Sólo se cerraban cuándo había miedo. Así viven algunas personas, encerradas en sí mismas por miedo: a la enfermedad, al fracaso, al cambio, al que no piensa como tú. Suelen ser pesimistas, tristes. En contraste con aquellas otras que se abren a los demás con generosidad; su cara refleja alegría.

Me acordé de Martin, un chavalín de año y medio que ya llevaba tres operaciones por una anomalía de nacimiento. Su tía -una religiosa que encarna el ángel visible, siempre pendiente de los demás- me avisó con tiempo para que rezara antes de la última intervención porque se presentaba complicada. Al acabar, enseguida me puso al corriente, cinco horas de quirófano y toda la esperanza del mundo a flor de piel.

Me envió una foto recortada para salvaguardar la privacidad y centrar la atención en un gesto que cautiva: la mano diminuta del hijo agarra suavemente un dedo del padre. Lleno de tubos, el niño duerme confiado en que lo tiene allí, a su lado. El padre no le ha evitado el dolor de la operación, pero su compañía le conforta.

Unas voces a mis espaldas me confirmaron que estaba en la tierra y que el reloj no se había detenido; había que desandar el camino antes de que oscureciera. De regreso hice el propósito de que si un día me encuentro con Martín -su tía me dice que crece sano-, le agradeceré que me haya enseñado lo mismo que mis padres: a vivir confiado.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

28/01/2026

Bailar pegados

Bailar pegados

Bailar pegados es la canción que representó a España en el Festival de Eurovisión de 1991. Aquel sábado del mes de mayo en los estudios Cinecittà de Roma, el cantante Sergio Dalma conquistó al público con esta balada romántica, su voz quebrada y la sonrisa pícara. El cuarto puesto fue un trampolín que lanzó a la canción y al artista, y desde entonces ha sonado con la misma fuerza, en público o privado, en los rincones más insospechados o en el momento menos esperado. Es lo que me pasó ayer mientras escuchaba un audio grabado por un sacerdote joven, en el que a diario comenta el evangelio para ayudar a rezar. No sólo citó la canción y leyó una estrofa, sino que puso el estribillo durante unos segundos. La percepción que yo tenía de la pieza no encajaba en ese escenario; me revolví en el asiento y sacudí la modorra que sobrevolaba el sillón con la amenaza de aislarme del mundanal ruido. Si lo que pretendía era llevarnos por caminos que nos acerquen a Dios y al prójimo, no me parecía que aquella referencia fuera la más acertada. Presté atención y descubrí, una vez más, que conviene estar abierto a todos los mensajes, sin filtros que seleccionen sólo lo que coincide con mi modo de ver y entender la vida. De toda la letra, sólo dos estrofas le servían para el objetivo que pretendía y le fueron suficientes: “bailar pegados es bailar igual que baila el mar con los delfines, corazón con corazón” “bailar de lejos no es bailar, es como estar bailando solo”. Nos invitó a ensanchar el corazón con todas aquellas personas que pasan o están a nuestro lado y animaba a ser próximos -bailar pegados- con cada una de ellas; a veces basta una mirada, una sonrisa, una palabra amable. Bailar de lejos es bailar sólo.

Conecté con ese planteamiento porque desde hace unos días le daba vueltas a los interrogantes que se formulan en la película “una quinta portuguesa”, que habíamos visto en casa la semana anterior. Unos protagonistas que recrean su identidad con relaciones personales que aparecen y desaparecen. Manolo, un jardinero que anda solo en la vida, presume de estar libre de ataduras y cambia con frecuencia de ciudad, así no se compromete con nadie. Fernando, profesor universitario, se queda descolocado en la vida cuando le abandona su mujer, pero encuentra un nuevo lugar donde rehacerse. Amalia, propietaria de la quinta que fue de su abuela, ha tenido que dar la espalda a su pasado; libre para viajar, cuando está lejos sabe que tiene un lugar a donde volver y eso le da paz. Personas buenas, vulnerables -con heridas en el currículum por los zarpazos que da la vida- hablan de soledad, de perdón, de amor, de hogar.

Y ahora, removido por la osadía de la grabación que había oído, entendí que también esos personajes hablaban el lenguaje del baile: la vida es rozarse, tejer relaciones, es bailar como el mar baila con los delfines, corazón con corazón, es bailar pegado.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

14/01/2026

Por mi cuenta nunca lo habría aprendido

Por mi cuenta nunca lo habría aprendido

Gracias a la insistencia de Miguel Ángel y JoseRa ayer disfruté de un magnífico día en la montaña. Aunque me gusta, mis preferencias deportivas se encaminan por otros derroteros y cuando algo no lo practicas con frecuencia, cuesta ponerse en marcha. Ellos en cambio, salen todas las semanas y lo tienen muy por la mano; por eso lo hacen fácil y me lo pusieron fácil. Fue muy sencillo dejarse llevar y recrearse con los muchos detalles con los que salpican la excursión. Así da gusto y estoy dispuesto a volver.

De regreso, cuando ya los había dejado a cada uno en su casa y conducía sólo, sonó la canción de “carta sin remitente” de Melendi, bien conocida de ocasiones anteriores pero que ahora me llamó la atención cuando dice: “pero siempre te voy a estar / eternamente agradecido / por esas cosas que sin ti / yo solo por mi cuenta, nunca habría aprendido”

Flotaba en mi mundo interior la sensación agradable de la experiencia montañera vivida y el reconocimiento a estos dos que habían puesto los medios para que los acompañara; la canción venía a expresar mi agradecimiento y se la dediqué con una ligera adaptación “por esas cosas que sin vosotros / por mi cuenta no habría vivido”. El semáforo rojo me detuvo al lado de una sucursal bancaria y mira por dónde, la cabeza fue dando saltos de un sitio a otro por asociación de ideas. Y allí apareció el Sr. Burillo con quien compartí los últimos cinco años de mi paso por la banca. Era el director de una oficina de la que me nombraron subdirector, recién estrenados mis primeros veinticuatro años. Todos los empleados, incluido el propio director, eran conscientes de que aquello me venía un poco grande de momento. Todos se daban cuenta menos yo, imbuido de un punto de inconsciencia y atrevimiento propio de quien, por ser joven, el mundo se le hace pequeño. Fueron cinco años de aprendizaje a su lado, de mucha paciencia por su parte para reconducir algún desaguisado que organicé, de hacerme partícipe de decisiones que podía tomar él sólo pero que lo hacía para enseñarme a valorar los distintos aspectos, que aprendiera a levantar la mirada y contemplar más allá de mis narices. Cuando dejé la banca, quien salió por la puerta de aquella sucursal era la misma persona que había entrado, pero muy mejorada. De aquella relación profesional fraguó una amistad personal y familiar; pasé entonces a llamarle José y aunque cambié de ciudad más tarde, estuvimos unidos en la distancia hasta que falleció. El agradecimiento que le profeso se mantiene vivo y por eso sale por los poros en cuanto tiene una oportunidad, como me pasó ayer al juntarse Miguel Ángel, JoseRa, Melendi y una sucursal bancaria.

Otras personas hay en mi vida a quienes tributo sentimiento de gratitud. Hoy, treinta y uno de diciembre, se presta al balance por ser el último día del año y ahí aparecen todas ellas para pedirles perdón por las veces que les fallé y darles las gracias que se merecen por haberme ayudado a ser lo que soy. Y lo hago con la letra y música de Melendi que desde ayer llevo pegada: “pero siempre te voy a estar / eternamente agradecido / por esas cosas que sin ti / yo solo por mi cuenta, nunca habría aprendido”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

31/12/2025

Es Navidad

Es Navidad

Desde hace días los adornos de Navidad engalanan calles y escaparates; al oscurecer, cuando la tarde corta deja paso a la noche fría, el alumbrado se refuerza con dibujos y figuras que dan al ambiente una pincelada cálida y acogedora. El ánimo se prepara para recibir a quien baja del cielo a la tierra para enseñarnos, si queremos aprender, que aquí podemos vivir un anticipo de lo que nos espera allí.

En los colegios, esta semana hemos entrado en la recta final del trimestre; cuando recorro los pasillos, a través de los ventanales observo cómo en las aulas ensayan villancicos y representaciones que los pequeños preparan para sus padres. El silencio habitual se relaja, el movimiento se multiplica con idas y venidas; admiro a los profesores que, como directores de orquesta, conducen el grupo atendiendo a las peculiaridades de cada uno, a la vez que refuerzan las habilidades de unos y suplen las que les faltan a otros, y consiguen que todos se sientan implicados en el resultado final: el belén de la clase, que por la tarde del último día enseñaran con orgullo a las familias.

El martes amaneció un día despejado y gélido, un paréntesis en los días de lluvia a los que nos tiene acostumbrado este invierno. A mediodía, unas cuantas personas esperábamos la llegada del autobús a cobijo en el interior de la marquesina. Subí el último para poder saludar a Jaime, conductor habitual en esta línea, con el que hemos hecho amistad a base de trayectos. Después me senté y me distraje atraído por el esmero que el chófer ponía en cada uno de sus movimientos, atento a las personas que subían para saludar con una sonrisa o resolver dudas que daban seguridad.

En una de las paradas, cuando montó la última persona, Jaime cerró las puertas y arrancó el autobús. En ese momento, dos chavales de unos 12 años cruzaban el semáforo corriendo y le hicieron una señal agitando la mano levantada. Frenó, abrió de nuevo las puertas y los esperó. Venían del colegio que hay enfrente, al otro lado de la calle. Llegaron jadeando, con el uniforme descompuesto y el pelo alborotado; el primero validó su billete, se detuvo ante el conductor, le miró a la cara y le salió un “perdón, gracias” un tanto embarullado, pero con una intencionalidad muy clara. El segundo más o menos lo mismo, pero dirigiéndose al público que había seguido atento la operación. Un silencio generalizado redujo a murmullo las conversaciones interrumpidas con la frenada. Arrancó de nuevo, los chavales se sentaron delante de mí, recuperaron el ritmo de la respiración, se ajustaron el uniforme y se zambulleron en alegre conversación ajenos a las miradas que habían atraído.

A punto estuve de ponerme de pie y promover una ovación cerrada para los tres: el chófer y los dos jóvenes viajeros. No me atreví por aquello del “¡qué dirán!” pero lo que entonces no hice, lo propongo ahora con más empeño a través de este escrito. Se lo merecen, ellos y tantas personas con quienes tratamos a diario, que con su comportamiento contribuyen a que la vida sea un poco más cielo que tierra.

Los adornos, las luces, los villancicos, los belenes… y esas personas, nos recuerdan que es Navidad.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

24/12/2025

Me importas tú

Me importas tú

Guardo el recorte del periódico en la carpeta de historias permanentes, de las que no pierden actualidad; esas con las que disfrutas de nuevo como en la primera vez, o quizás un poco más porque en cada lectura descubres un matiz que antes te ha pasado desapercibido. No importa saber el desenlace, da lo mismo conocer el final de la historia; aquí el espóiler no trunca el interés por la lectura, más bien al contrario, porque te permite prestar atención a la frase, centrarte en la expresión, sin las prisas por llegar al “punto y aparte” para comenzar un nuevo párrafo.

Abrir la carpeta donde guardo esos recortes es como subir al desván; una vez que abres la puerta, la magia del recuerdo te envuelve y estimula la imaginación en cada objeto que te sale al paso para revivir, volver a vivir, las historias que conforman tu vida como losas de granito del camino firme que has recorrido hasta aquí. Brotan de nuevo los sentimientos de aquella primera ocasión que, al pasar ahora por el tamiz de la experiencia, mejoran el propósito y refuerzan la voluntad de solar con nuevas piezas el sendero hacia el horizonte que a cada uno espera.

Mientras esperaba que llegara la hora de ir a misa con la familia, me senté a ojear el periódico; estaba de invitado y, aunque me sentía en mi casa, hay momentos en que nada puedes hacer. El mes de diciembre estaba avanzado, de eso hace seis años, por eso no me sorprendió el título de la columna “cuento de navidad” firmado por Francisco Robles. Leía los primeros párrafos con mediano interés, el suficiente para no desconectar guiado por la curiosidad de encontrar algo que justificara la atención prestada. Y apareció hacia el final del párrafo donde parecía que todo se iba al garete: “… y no hace falta que traigas nada, ni vinos de reserva ni champán del bueno, porque lo único que quiero es que vengas tú”. Me removí en el sillón, abrí un poco más las hojas del diario para acercarlas a la vista y volví a deletrear despacio “porque lo único que quiero es que vengas tú”.

Allí estaba con las piernas cruzadas, los brazos en cruz sosteniendo el papel y la cabeza repitiendo “me importas tú por encima de todo lo demás; aunque no hubiera “lo demás”, me sigues importando”. ¡Nos vamos! y salimos todos. Más tarde, la mesa se quedaba pequeña para acoger a las bisabuelas, hijos y nietos; las risas y lloros se sobreponían a los villancicos que la televisión emitía sin que nadie le prestara atención; la conversación, de momento, no era fácil. Los dos iban y venían a la cocina con la alegría de tenernos allí. Cuando se sentaron, la tele enmudeció, los peques se calmaron y en aquel momento de paz, una de las bisabuelas incoó una oración de acción de gracias y en recuerdo de los ausentes.

Como decía el cuento, aquel piso no era un apartamento de lujo ni el frigorífico una despensa gourmet. Pero hubiera pavo o mortadela en la mesa me iba a dar lo mismo, porque el cuento se había hecho realidad. Cada uno de los que allí estábamos, percibía aquel “me importas tú”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

10/12/25

David y Teresa

David y Teresa

David sale de madrugada. Estas últimas noches, el cielo está despejado, frío, iluminado por una luna blanca, oronda, que ciega las estrellas. La puerta del garaje se abre pausadamente, ruge el motor y ella sonríe. El coche se asoma despacio, la saluda antes del giro. Su rostro redondo, sereno y alegre, lanza un guiño; se cuela a través del cristal, entra inquieta, se acurruca. En el primer tramo de calles oscuras le ilumina el camino. Ya en la carretera, aumenta la velocidad y se sujeta al asiento, asustada; en el trayecto es confidente, compañera en el rezo. Antes del túnel se apea discreta y le deja, con los suyos que nunca va solo. A la salida ya no está; el cielo, oscuro sin ella, entristece la circulación, hoy espesa. Avanza hacia el este con lentitud, contrapunto del reloj del salpicadero que se mueve con agilidadh. Por entre los bloques altos, en un claro que provoca el parque, la primera luz tenue que anuncia el alba, difumina el negro. A contraluz del suave resplandor, se recortan las siluetas nítidas de los edificios; en breve, los más alejados quedaran bañados de rosicler en su camino hacia la luz completa. Nueva parada, ahora la vista descansa en la foto familiar sostenida por un discreto marco adherido; los repasa uno a uno. No hace tanto que se ha despedido y cómo la echa en falta.

Teresa se levanta pronto, cuando todos duermen aún. Le encanta recorrer el pasillo acompañada del silencio, con la taza caliente entre las manos; piensa en ellos, los ve con los ojos del corazón, los oye en el murmullo del descanso, repasa con cada uno los planes que hablaron anoche, les dicta consejos que de día no podrán oír. Se detiene ante los suspiros de la pequeña, la tos a trompicones de su hermana o el dormir inquieto del mayor. De la habitación del fondo se cuela un resplandor; al poco él sale despacio en un despertar lento, atraído por el olor a café que le guía hasta la cocina. Uno al lado del otro, remueven callados, no hablan, se miran; ella le arregla un pequeño detalle del pelo, él le coge la mano: “cada mañana me cuesta dejarte”. Es la hora, los dos se funden en uno, “cuídate, hasta la noche”; cierra la puerta, apoyada en la espalda, cierra los ojos y respira hondo, ¡guárdalo!

De nuevo el silencio domina la casa; es su tiempo, el momento de leer, de escribir, de hablar con Dios, de preparar el día. Suena el despertador, enciende luces, besa uno a uno, ayuda uno a uno, anima, urge, reprende si es el caso. Mochilas, carteras, abrigos, bufandas, el bolso y el portátil, todo entra en el ascensor.

Antes de pulsar el botón, la pregunta de rutina ¿tenéis todo? Suspira, se contesta bajito “faltas tú”; luego los mira, sonríe y ¡chicos, nos vamos!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/11/25

Un día que llueva

Un día que llueva

Un día que llueva; era la respuesta de mi padre cuando mi madre le pedía algún arreglo en la casa o surgía la necesidad de una gestión en el pueblo: “eso para un día que llueva”. Esos días, más bien escasos, no se podía trabajar en el campo y los labradores aprovechaban para achicar la lista de tareas pendientes. Tal vez por eso relacioné la lluvia con días de actividad; con el tiempo he descubierto que sí, que la lluvia te invita a la actividad, pero a una actividad interior, a un recogimiento, a un desconectar de lo exterior que queda adormecido por el agua.
Hemos pasado el ecuador del otoño acompañados de lluvia este fin de semana. De noche el repiqueteo sobre el tejado me arrulla el sueño; de día, desde el balcón la veo caer sobre los árboles y arrastrar las hojas muertas. Dentro de la casa, la soledad acompañada del silencio me invita a la reflexión, al encuentro personal enriquecedor. Cuando te alejas del problema cambia la perspectiva; los asuntos materiales pierden importancia y la ganan las personas.
Salgo al jardín a respirar el aire del otoño, a empaparme de sus colores, sin intermediarios. El cielo, los árboles, las piedras, el silencio… me retienen con su mensaje. La lluvia fina resbala por la capucha, contemplo absorto el manto de hojas que cubren la hierba. Los amarillos se sobreponen a los verdes crepusculares, en el árbol y en el suelo. Las ramas despojadas de color parecen reclamar el abrazo de la mirada que consuele su lento declinar y cubra su desnudez durante el invierno.
Más allá de la tapia que encierra el jardín, los campos humedecidos por la lluvia otoñal se tiñen de un verde tierno y tímido, distintivo de los primeros sembrados que tienen prisa por despuntar. Es un verde inocente con poco recorrido, un contraste con la naturaleza que se duerme, un verde que habla de esperanza, que promete más de lo que muestra. Vendrá el frío, la nieve tal vez, y crecerá hacia dentro. Será en primavera cuando brote con fuerza, a la vez que las ramas se cubrirán de yemas y luego de flores; llegará el estallido del color, la alegría del fruto, el gozo de la cosecha.
La vida sorprende a cada paso con la emoción de las cosas sencillas; y aquí de pie bajo la lluvia me descubre que es algo más que hacer cosas, más allá de las que mi padre dejaba para un día que llueva.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
19/11/25