Llegué pasadas las diez de la noche, después de cuatro horas de viaje siempre con el sol de frente. Aunque bien se podría decir las diez de la tarde, de tan alargado que tenemos el ocaso en estos días, cuando el mes de julio está a punto de cubrir su primera mitad y nos regala atardeceres infinitos. El amarillo de los rastrojos ha sido el color dominante en el encuadre tras el cristal; resplandeciente en la primera parte cuando la carretera cruza la sierra y la tierra de labor en laderas y pendientes ofrece su corte reciente bien peinado; apagado y pajizo más adelante en las extensas llanuras de la meseta, planicies onduladas que se unen con el cielo allá en el horizonte. En su recorrido descendiente, el sol llega a molestar un buen trecho cuando sus rayos en horizontal impactan de frente y la mirada busca el refugio de cualquier objeto que haga sombra. Pero luego, cuando empieza a esconderse, tiñe el cielo de tonos cálidos y contagia el espíritu de la luz de esa hora dorada. Me noté arrastrado por el juego del gran astro y aparecieron los recuerdos.
Ya en la autovía, el coche sintonizó con el ambiente y entendió su papel como si me dijera “tú a lo tuyo, yo a lo mío”, reclamó poca atención y no importó que algunos nos adelantaran porque no era momento para intentar ser el más rápido del barrio. La cabeza se entretuvo con posibles soluciones a temas de trabajo, repasé ideas de una conferencia que glosaba unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta sobre compartir la alegría, recé por la hija de un amigo que pasa un momento clínico delicado; puse música y la quité enseguida, no era el momento. Otras veces me acompaña y estimula pensamientos, hoy me distraía y alejaba. Preferí el silencio exterior, miraba a derecha e izquierda, cielo a un lado y otro invitando a que los pensamientos fueran de largo recorrido.
De nuevo me asaltó el silencio; recordaba su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos los dos por el mismo silencio. Se acercaba silenciosa y, como si fuera la primera vez, me preguntaba ¿Cuándo te irás?; “mañana después de comer” le contestaba con la misma fuerza de la primera vez; ay, ¡qué bien! Y volvía a lo suyo. Desde mi sitio la contemplaba en la terraza, sentada en una silla con un par de almohadillas porque ya no llega a la mesa, inclinada sobre el cuaderno de sopa de letras. Cuando completa la cuadrícula, se da un respiro, levanta la mirada hacia las macetas que la rodean, las recorre una a una y vuelve a la tarea. Se abanica ¡qué calor! ¿tú no tienes calor?, pero no espera respuesta, es un modo de confirmar que nos acompañamos en silencio, cada uno en su tarea. Ya he acabado, voy a preparar la cena; me cuenta sus planes culinarios y en la conversación se va por las ramas para aterrizar en los recuerdos que almacena intactos. Hace el gesto de ir hacia la cocina y se vuelve, como a quien le asalta una pregunta inaplazable, ¿Cuándo te irás? Esbozo una sonrisa y como si nunca hubiéramos tratado este asunto, respondo “mañana después de comer». Y se va tan contenta.
La veo marchar -sin bastón anda balanceándose- con la sencillez de quien comprende la vida, precisamente porque sabe que se termina. Y de ello me habla con naturalidad, la espera de frente, preparada. Pero hasta entonces, tiene aún mucho que hacer.
Al volante, el silencio del atardecer ha dado paso a la luz tenue del crepúsculo; estoy a punto de llegar, con ganas de compartir la alegría del fin de semana en su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos en silencio.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/07/2026
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.