Sep 23, 2026 | Escritos
Un veintitrés de septiembre falleció mi padre. Veinte años después, mi madre le sobrevive con el recuerdo bien presente. Ella solía dar frecuentes caminatas hasta el cementerio mientras las piernas han aguantado la excursión; los ratos a solas y la oración continua han mantenido vivo el amor que les unió.
Pero en casa, el recuerdo de mi padre ha sido más un estímulo que un bloqueo, conscientes de que su vida ha sido un ejemplo del que tenemos mucho que aprender y agradecer. Nacido el 25 de enero de 1924, estrenó las Escuelas Nacionales en 1929 y las dejó a los once años para ponerse a trabajar en el campo con su padre. Ese fue su oficio hasta que la edad le apartó de la labranza. Los cincuenta y cinco años de matrimonio fueron una aventura feliz tejida con mi madre de la que somos testigos sus hijos. Caspe, su pueblo, ha sido su mundo del que sólo se ausentó durante los treinta meses de mili. El trabajo, la familia y su ciudad han llenado su vida. Fue secretario de la Cooperativa de Labradores San Lamberto, concejal del Ayuntamiento, presidente de la Cofradía El Cristo que procesiona en Semana Santa, presidente de la cofradía de La Virgen de la Balma, activo colaborador de Cáritas, de la Parroquia y otras instituciones, como contribución al pueblo que llevaba en su corazón. Su memoria extraordinaria, el afán por conocer la historia, el interés por la lectura y sus vivencias en tantas iniciativas locales, quedaron reflejados en un libro que escribió cuando dejó el campo en manos jóvenes. Lo tituló “Mamés” (el apodo de su familia) y sus trescientas sesenta páginas recogen más de un siglo de historia familiar, desde 1870 a 1996. Aún tuvo diez años para dedicar libro a libro, hasta que se agotaron los 120 ejemplares numerados de la única edición.
Los paseos hasta el cementerio de mi madre, ahora son virtuales, pero el cariño que mueve la imaginación es tan real como siempre. Durante todo este tiempo, él ha estado acompañado por ella y ella ha mantenido su corazón enamorado, encendido, vivo. Al lado de una persona enamorada se está a gusto y por eso ella también ha estado siempre acompañada.
Ingresó en el hospital un viernes por la tarde. Los cuatro hijos nos pusimos en marcha por lo que pudiera pasar. El sábado por la mañana mi hermana tomó el relevo a mi madre; volvió a media tarde y cuando las tenía a las dos en la cabecera, mi padre se fue muy bien acompañado.
23-09-2026
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Sep 16, 2026 | Escritos
Las farolas de la calle sonreían a nuestro paso con la alegría de quien se sabe útil por prestar ayuda a quien circula por aquel tramo en obras a una hora tan temprana. Tan contentas que nos acompañaron hasta donde las últimas casas dejan de verse en el retrovisor y te quedas solo en la carretera. Por delante la noche cerrada, arriba el firmamento oscuro salpicado de estrellas diminutas que brillan con tintineo intermitente. Los cuerpos se resistían a contravenir el ritmo de la naturaleza, el reloj biológico marcaba todavía la hora del sueño. Nadie a quien adelantar, nadie que nos adelante. En el horizonte se encendió una luz tenue y difusa; la silueta de la sierra se dibujó sobre un fondo claro. Las figuras se removieron, se desperezaron con unos estiramientos contenidos, el gallo imaginario había cantado para anunciar la salida del sol. Aquel punto de luz era el telonero del disco que emergía, tiñendo de rojo cálido los rastrojos. La conversación empezó con monosílabos espaciados y, como el astro rey, despegó sin sobresaltos hasta encarrilarse en un diálogo continuo con ritmo vivace.
La explanada nos esperaba preparada, acogedora; la silueta del santuario destacaba su arquitectura rectilínea sobre un cielo azul, limpio. Los cipreses esbeltos permanecían enhiestos, ni una brizna de viento. La jornada convocaba a familias llegadas de rincones esparcidos por toda la geografía, por medios que ponen a prueba iniciativa e imaginación. Era una ocasión para el encuentro, pero no esperaba encontrarme con él; nos fundimos en un abrazo. Me llevó hasta los suyos, conocidos sólo de lo mucho que habla de ellos. “Aunque parezca mi hija mayor, Elena es mi mujer” y continuó con tres de los peques; el resto de una pandilla numerosa se había quedado con los abuelos. Arturo viene cada año al colegio a impartir un seminario al claustro; su presencia anima la sala de profesores, el comedor y cualquier oportunidad de mantener conversación. Pendiente de todo y todos, habla de su familia con la naturalidad del cariño que sale por los poros. Alguien le llamó, me quedé con Elena. “No nos acostumbramos a estar separados; no son muchas veces, pero lo extraño como al principio. Con vosotros estoy muy tranquila, porque sé que le cuidáis y siempre regresa muy contento”. Le conté que para nosotros es una alegría, por los conocimientos que transmite y por su actitud, por el testimonio de vida y de familia. Concluí con “es un tipo muy majo”. Se le iluminó la cara con una sonrisa ilusionada, se ruborizó ligeramente y con una mirada embelesada, contestó con un ¿verdad que sí?, una pregunta que no esperaba respuesta, una afirmación que no quería ser rotunda, una alegría compartida con quien también lo ha descubierto, aunque nada tuviera de secreto.
De regreso acompañamos de nuevo al sol, ahora en su retirada. Mientras se escondía tras la montaña, alumbraba el horizonte en una franja interminable que fue apagándose en un ocaso eterno. La primera estrella asomó en el firmamento, el lucero de la tarde me hacía guiños, entendí que era un mensaje luminoso como el que usan los faros con los barcos. Iniciamos una conversación que los demás no detectaron; hablamos de la jornada, de Arturo y Elena, del suspiro/pregunta/afirmación que me había impactado, de ese estar el uno en el otro sin que les afecte el paso del tiempo; o a lo mejor porque cada año, cada hijo, les mete más en el otro. Me llegó una respuesta a base de puntos, rayas y guiones, el código Morse habitual entre las estrellas: “no olvides que la felicidad no se consigue con una vida cómoda, si no con un corazón enamorado” ¿verdad que sí?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
16/09/26
Sep 2, 2026 | Escritos
La calle era un espacio de convivencia que generaba vínculos fuertes entre los vecinos, orgullo de pertenencia que se vivía con mayor intensidad cuanto más pequeños éramos. Los planes se concentraban en la calle y con los de la calle; en aquel micromundo amanecía y se ponía el sol sin agotar la pasión por el juego, ajenos al reloj, con la única limitación de la llamada de las madres a cenar que siempre llegaba demasiado pronto. La vida se compartía en la calle, la intimidad no era un valor cotizado, todos sabíamos lo de todos, o casi; las ayudas entre unos y otros eran frecuentes, aunque el roce intenso provoca fricciones y de vez en cuando había enfados subidos de tono.
Unas cuantas casas por debajo de la nuestra vivía Felisa, mujer de buena planta, serena, discreta, observadora, atenta y generosa para ayudar a quien lo necesitara. La adornaba una sentido común y sabiduría natural que atraía en busca de consejo. Para todos era la Sra. Felisa, la única con ese tratamiento en la calle, que reflejaba de un modo natural el reconocimiento de sus virtudes y no por su condición o posición económica como sucedía en otros casos. De origen humilde, eran familia de labradores con tierras en arriendo.
Supo servir, dejar de servir y dejarse servir. Mis padres la conocieron en la primera etapa, cuando la presencia de la Sra. Felisa aportaba soluciones a dificultades ordinarias que se hacían una montaña. Sus consejos prácticos, acompañados de cariño y comprensión, desataban nudos apretados. Sabía estar donde se le necesitaba sin hacerse imprescindible. Y también defender lo que era de todos, como en aquellos momentos que la sociedad se fracturó en dos partes y unos exaltados se presentaron con intención de quemar la ermita de La Balma con todo lo que había dentro; con aplomo, supo reconducir la ira de aquella gente y salvar de las llamas el edificio y la talla de la Virgen, una pequeña de madera que corona el pendón en la procesión. La conocí al final de la segunda etapa, cuando todavía acudíamos a ella en nuestras peleas de críos para que impartiera justicia y pusiera paz. Algo tenía aquella mujer que todos salíamos conformes. Su salud se resintió cuando el nieto mayor marchó a la mili en África; nunca supe si había una relación directa o fue coincidencia. Cuando se repuso ya no era la misma; ahora pasaba horas sentada en la puerta de casa, en una silla bajita. Desde allí seguía nuestros juegos, saludaba y la saludaban los mayores. En los juegos nos mezclábamos los pequeños y los adolescentes malotes, cuyo único objetivo parecía que era hacernos rabiar. Ella nos trataba por igual a unos y otros, con la sorpresa de que esos maleantes en potencia le obedecían a la primera, se transformaban ante su presencia. Para todos tenía un ¡gracias hijo mío! cuando agradecía un favor, mientras alargaba la mano y te daba dos galletas o un caramelo.
Una mañana la calle amaneció de luto, la chiquillería permaneció muda, los mayores hablaban bajito en un trasiego continuo de entradas y salidas a la casa. Por la tarde la acompañamos a la iglesia y al cementerio; la puesta del sol enrojecía las caras mientras la depositaban en el hoyo y desaparecía de nuestra vista con un sentimiento generalizado de que nos habíamos quedado huérfanos.
Al poco fui yo quien voló más allá de la calle y del pueblo, para recalar en la gran ciudad. La fascinación por el mundo que descubría siempre estuvo acompañada de las enseñanzas que aprendí en mi casa, en mi calle, en mi pandilla. Desde entonces he vivido muchas formas de dar las gracias: por cortesía, por conveniencia, postizas o espontáneas; de carácter profesional, por cambios y mejoras; he visto dar gracias a la vida y gracias a Dios. Sin embargo, cada vez que vuelvo al pueblo y entro por mi calle, veo con la imaginación a la Sra. Felisa sentada en una silla bajita a la puerta de su casa y compruebo que ninguna de ellas me ha dejado tanta huella como las que salían de aquella cara sonriente, arrugada y serena: ¡gracias hijo mío!!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
02/09/2026
Ago 26, 2026 | Escritos
Estuve con Pedro tomando un café a finales de junio, un sábado por la tarde que tenía la familia fuera. “Este año adelanto un poco las vacaciones por organización familiar; también porque a primeros de agosto viene un amigo americano que estará en casa tres días, camino de Granada para una reunión internacional de su empresa”. Luego hemos estado casi dos meses sin vernos, porque sus vacaciones se han solapado con las mías. La semana pasada nos volvimos a encontrar con ganas de ponernos al día. Cuando ya llevábamos un buen rato de cháchara le pregunté por su amigo ¿qué tal lo ha pasado? ¡Toma! ¿cómo quieres que se lo pase? Pues fenomenal porque me lo curré a base de bien. Ya el día de su llegada, me encontré con un atasco camino del aeropuerto para recogerlo que, no es por nada, pero si le pilla a otro no llega ni a cenar; pero me espabilé y conseguí sortear los puntos críticos para llegar a tiempo, justo cuando anunciaban el aterrizaje de su vuelo. Aún así, me tocó esperar un buen rato después de que ya había salido todo su pasaje; apareció muy nervioso porque le habían perdido la maleta y tardaron en encontrarla. En lugar de agradecerme que estuviera allí, venga a darle vueltas al tema de la maleta que no había forma de hablar de otra cosa. No es por nada, pero si da con otro lo deja allí plantado hablando con la farola de la dichosa maleta. A continuación, en el viaje, se le fue pasando poco a poco y recuperó la cordura habitual. Cuando llegamos a casa le había preparado un buen recibimiento, que mi esfuerzo me costó -no es por nada-, que las cosas no salen solas y hay que pensarlas y trabajarlas. Admirado se quedó de la habitación, nada del otro mundo, pero con unos cuantos detalles personalizados; y la sorpresa de la comida, con guiños a sus gustos que me los conozco muy bien. En esos días visitamos un par de museos que, mal está que lo diga yo, mi trabajo me costó encontrar entrada para los días y horario que nos encajaban; además, preparé un recorrido para aprovechar bien el tiempo, con una guía impresa en inglés, porque de castellano va muy pillado; me quedó magnífica, mucho mejor que las que te ofrecen a la entrada. A la salida paseamos por el casco histórico, explicándole los detalles de edificios y monumentos que salían al paso, con tal soltura y naturalidad que ni los que acompañan a las personalidades lo hacen mejor; aunque eso no era gratuito, unos días antes trabajé la ruta porque hacía mucho tiempo que no pasaba por allí. Suerte tiene mi amigo de que mi nivel de inglés es muy bueno, de lo contrario lo hubiera pasado fatal sin enterarse de la misa la mitad. Fíjate que nos sentamos en una cafetería de caché, muy frecuentada por turistas, donde los camareros están acostumbrados a desenvolverse en varios idiomas y al oírnos hablar me tomaron por americano. La verdad es que salió todo redondo, por eso mi amigo marchó muy contento y desde luego, motivos no le faltaban. No es por nada, pero da con otro y no es lo mismo.
Vale que Pedro tiende a ponerse medallas, es cierto; tan cierto como que tiene un corazón generoso, que se desvive por los que están a su alrededor, que es amable, servicial y un gran profesional. Y además le adorna una agudeza intelectual, alimentada con dedicación y esfuerzo, con la que te ayuda al hacer fácil lo difícil, sencillo lo complicado y le convierte en ameno comunicador. Y como el cariño todo lo justifica, coincido con el americano en el orgullo de tener un amigo así.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
26/08/2026
Ago 19, 2026 | Escritos
Es habitual el comentario de que uno descubre la ciudad dónde vive cuando la tiene que enseñar a otros. Así me pasó hace cuatro años, en estos últimos días de agosto a caballo entre el regreso de las vacaciones y la espera a incorporarnos a la actividad habitual. Fueron tres días de circuitos urbanos enriquecedores, con visitas intercaladas a museos y monumentos que se convirtieron en un curso acelerado de historia del arte, no en balde el acompañante era profesor de esa materia en la universidad. En una de las iglesias que visitamos, nos llamó la atención el cartel que habían puesto junto al desconchado de una columna: “no rasquen la pintura, debajo no hay piedra”. La estética del aviso no guardaba relación con la monumentalidad de lo que más adentro nos esperaba; sin embargo, la conversación a la salida se centró en esa advertencia y dejamos de lado la maravilla del retablo en madera que habíamos contemplado. La situación recordaba el refrán castellano “dónde no hay, no se puede sacar”, si bien su carácter peyorativo hace que se aplique con sentido negativo a personas que no dan más de sí. Sucede en nuestras relaciones a diario, que nos molestamos porque el otro no responde como esperamos. Y puede que el problema sea nuestro, por no hacer el esfuerzo de conocerlo mejor y saber lo que puede dar. Si le pido peras a un manzano, el problema es mío y no del manzano. Tal vez habría que convertir en positivo el refrán para quedarnos con “saca de lo que hay”.
Después de la reflexión seria, nos reímos un rato con el recuerdo de Andrés, un chaval por entonces de diez años que participaba en las actividades de tiempo libre que organizábamos en una asociación del barrio. Era muy aficionado a los bichos -lo que hoy llamamos un friki- y animador de la actividad de biología. Una vez vino de campamento; el primer día por la tarde tocaba partido de fútbol. Andrés no quería jugar porque prefería ir a descubrir naturaleza, pero por falta de jugadores le insistieron hasta convencerlo de que jugara de portero. A los cinco minutos ya había descubierto un hormiguero en la base del poste y se entretuvo con las hormigas. El primer balón que llegó a puerta, entró como Pedro por su casa. Los de su equipo pillaron un rebote morrocotudo con él y los monitores tuvimos que intervenir para que aquello no fuera a mayores. Andrés era muy creativo y de imaginación desbordante, sus relatos nos mantenían con la boca abierta y podía pasar horas hablando, sobre todo de animales. Pero pedirle que jugara al fútbol era como pedirle peras al manzano.
El arte de la buena convivencia pasa, primero por el conocimiento propio. Y luego por el conocimiento del otro; estar juntos no es suficiente. Hace falta un interés por los pequeños detalles, las preferencias y los gustos de la otra persona; es preciso prestar atención a lo que dice, porque con frecuencia hablamos de lo que somos. Conocer también es querer, y quien quiere sabe descubrir en la conducta del otro lo que esa persona es. Y entonces tenemos más posibilidades de acertar al pedir, porque sabremos sacar de lo que hay y nos evitaremos el cartel de “no rasquen la pintura”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
19/08/2026