Sep 30, 2026 | Escritos
Fue un sábado de hospitales, visité dos en la misma mañana. Muy temprano acompañé a un recién operado para que le hicieran la primera cura. El jueves por la tarde le habían hecho una pequeña cirugía ambulatoria y, aun siendo sábado, querían renovarle el apósito. Era un hospital pequeño y por ser muy pronto, no había nadie en el vestíbulo de la entrada, o eso me pareció a mí. De pie frente a la cartelería intentaba localizar a donde teníamos que ir; sonó una voz a mis espaldas ¿puedo ayudarles en algo? Me giré y encontré una cara sonriente detrás del mostrador. “Disculpe no la había visto” le dije mientras le enseñe el impreso. Leyó la cita y continuó en el mismo tono alegre “vayan al despacho 12 de la planta -1”. A la salida nos acercamos a darle las gracias y el recuerdo de su sonrisa iluminó mi cara como cuando tienes una alegría que deseas compartir.
Cerca de mediodía estuve en otro, en esta ocasión uno de los grandes. Mi amigo compartía habitación, la conversación enseguida se hizo única entre las dos camas y el tiempo pasó rápido. Al marchar me pidió que dejara aviso para que, al día siguiente domingo, pasara a verle el sacerdote. El vestíbulo era un trasiego intenso de gente que aturdía con el bullicio aquel espacio saturado. Me acerqué al puesto de información y antes de que abriera la boca, una señora de natural sencillo, con uniforme de colores vivos, me recibió con un “buenos días ¿en qué puedo ayudarle?” Fue muy eficaz, localizó enseguida al páter y le dejó el recado. Las gracias que le di quedaron minúsculas al lado de su sonriente contestación, una luminosa “de nada, que tenga un buen día”. Me admiró aquella capacidad de abstraerse al barullo reinante a su alrededor para atender a quienes acudíamos a ella como tabla de salvación en medio del caos.
Dicen que no hay dos sin tres; estaba escrito que aquel sábado tocaba, que antes de llegar a casa iba cumplirse el dicho popular. Uno de los artistas que me acompañan en los viajes con su música, es El Arrebato; un cantautor sevillano de rumba-pop y flamenco que tiene la virtud de poner música a la vida misma y convertirla en canciones alegres, cercanas y positivas. Y mira por dónde, en el trayecto de regreso sonó “Gente luminosa”, un canto a “quien no se preocupa de la marca de tu ropa / la que pone la alegría en su menú del día”; “quién me hace reír / y ríe conmigo, da igual la hora”; “quién enciende bombillas en mi camino / saca lo bueno de mí y me hace sentirme vivo” “qué guapa es la gente luminosa / la que baila porque sí / la que sonríe a todas horas”.
Era el homenaje a aquellas dos personas que esa mañana me habían contagiado su sonrisa; y en ellas, a todas las que nos recuerdan que la verdadera belleza humana se encuentra en gestos tan sencillos como sonreír; era el elogio a quienes con la sonrisa hacen del mundo un lugar más cálido y acogedor, de la gente que enciende bombillas en el camino de los demás, de la gente luminosa.
30-09-2026
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Sep 9, 2026 | Escritos
Las visitas de Joan en el mes de julio van camino de convertirse en un clásico del verano, con esa capacidad de transcender el tiempo y mantener vivo el interés por descubrir el arte de la mano de un ducho en la materia. Además de visitar museos también hubo paseos por la ciudad y nos adentramos en jardines que, por su armonía, gracia y estética, nos trasladaron de la belleza del interior a la del exterior.
El primer día llegamos al museo pasada la media tarde; nos sorprendió la fila larga de gente pegada al edificio al amparo de la estrecha franja de sombra. Cuando nos llegó el turno, planteamos algunas preguntas que seguramente habían oído miles de veces. Sin embargo, la señorita que nos atendió acompañó sus palabras de una sonrisa que nos hizo sentir únicos, como si nadie antes hubiera preguntado lo mismo. Su mirada y explicaciones, estaban impregnadas de un gesto vivo que transmitían comprensión. Cuando nos entregó las entradas, percibimos que venían acompañadas de un regalo, de un extra que no esperábamos; su sonrisa nos había contagiado.
Al cabo de hora y media de recorrer salas y contemplar cuadros, estaba saturado. Necesitaba un reposo para sedimentar todo lo que había visto y oído. Al amparo de un parasol en la terraza de un bar, el camarero nos sirvió con la mirada perdida y sus palabras parecía que iban dirigidas a los de la mesa de al lado. Aquí el servicio fue escueto, sin el regalo de la sonrisa, sin la sorpresa del me importas. Cuando nos levantamos, el sol de retirada iluminaba los tejados y la sombra cubría las calles estrechas de la parte vieja. Caminamos sin prisa, hablamos poco de arte y mucho de sonrisas. El contraste entre la actitud de las dos personas que nos habían atendido era llamativo: dos formas de estar en la vida. Tenemos motivos para estar alegres y para estar tristes; hay heridas provocadas por agravios pasados que necesitan ser sanadas. Traerlas a colación es hacerse la víctima, actitud poco atractiva por egoísta. Mejor olvidar que recordar, aunque supone mayor generosidad y esfuerzo. Sonreír es un buen bálsamo para esas heridas y el camino para olvidarse de uno y pensar en el otro. Sonreír con la mirada, sonreír con los labios es una buena tarjeta de presentación en el momento del encuentro con otra persona. Y en el día a día en casa, en el trabajo, con los de siempre, la sonrisa -cuando no es frívola ni bobalicona- salpica la convivencia de momentos felices y aleja el mal humor. Vivimos momentos de confrontación, de discrepancia, de agresividad verbal, con demasiado espíritu crítico que destaca el lado oscuro de la vida y ensombrece el ambiente con una capa de tristeza. En ese panorama sombrío, una sonrisa puede ser el detonante que transforme el clima de la convivencia. Siempre hay un motivo para traer la alegría a los labios, sobre todo si se quiere hacer felices a los demás, no por calculada estrategia sino por el convencimiento de que los otros se merecen lo mejor. Sonreír es amar: la sonrisa iluminadora nace del espíritu enamorado de la vida; el amor causa entusiasmo y éste conduce a la alegría que se manifiesta a través de la sonrisa. Quien se entusiasma en hacer felices a los demás sonríe, sabiendo que es uno de los mejores regalos que puede ofrecer a los otros. Y, además, no cuesta dinero.
Con esta conversación llegamos a la entrada del metro; el trasiego de la gente, el ruido de la calle y la vaporada de calor que salía del interior, deshizo la magia que nos había acompañado en el trayecto. La conclusión surgió en forma de suspiro hondo: ¡qué bien se está cuando estamos acompañados de caras sonrientes!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/09/2026
Ago 12, 2026 | Escritos
La noche nos esperaba cálida y húmeda, combinación que luce presumida en esta primera quincena de agosto en la zona costera. Acabada la cena, la conversación continuaba en pequeños grupos mientras avanzábamos despacio hacia el porche, abalconado y generoso, que protege buena parte de la fachada y al que se accede por una escalinata suave cuando llegas a la casa. Al fondo de la parcela, de espaldas a la Serralada Litoral Catalana, se recorta el edificio de estilo neoclásico propio del siglo XIX; de frente mira al mar, a través de los plataneros y palmeras que acompañan los caminos de la finca y delimitan el jardín que desciende en leve pendiente, con mezcla de sabor indiano, italiano y francés.
En un rincón, Pep y Agustí ya preparaban las cazuelas de barro para el cremat, tradición marinera que consiste en flamear el ron mezclado con café, canela, azúcar y piel de limón. En el centro, junto a la puerta, Xavi, Joan y Jaume desenfundaban los instrumentos musicales, montaban atriles, buscaban enchufes para la megafonía. Iluminados sólo por la lámpara del interior, a propósito para generar una penumbra que diera intimidad a la celebvración, corrió la bandeja con los vasos de barro del cremat caliente. Sonaron las primeras notas de prueba, nos acomodamos en sillas y se hizo el silencio. Jaume, sentado con el acordeón sobre las piernas, presentó la colla habanera La mar serena, cuatro amigos que dedican parte de su tiempo libre a repartir una dedada de felicidad en forma de música allí donde se lo piden; hoy les falta Enrique. Este género musical surgido en Cuba durante el siglo XIX, arraigó en nuestro país y se transformó al estilo actual, con un resurgir a partir de mediados del siglo XX.
Silencio total: “cuando tenía pocos años, el padre me llevaba en la barca…”; aplausos, el cremat moja los labios y Jaume nos prepara para la siguiente, la balada de Lucas, la historia de un fracaso con una buena lección; le sigue Torrevieja, en su opinión la habanera de las habaneras.
Hacemos una pausa. La noche avanza emotiva, nos cubre el cielo despejado sin que se vean las estrellas por la cercanía metropolitana; los pequeños edificios que nos separan de la playa, apagan el rumor de las olas cuando abrazan la arena de la playa, pero notamos la cercanía del mar por la humedad que nos llega a bocanadas, como si abriéndose paso entre la vegetación quisiera estar con nosotros y disfrutar de la compañía, de la música y del cremat.
Ahora es la bella Lola, y los pañuelos blancos acompañan el estribillo; La rosa del puerto, dedicada a la Virgen del Carmen, la más marinera. La gavina, que Marina Rosell cantaba con una voz inigualable, esa gaviota que vuela sobre el mar. Cerramos la velada con El meu avi, la más popular en esta zona.
Se ha hecho tarde, el tiempo pasa rápido cuando estás a gusto. Recogemos, se apagan las luces. Me quedo con ellos, los acompaño hasta la salida; el adiós con la mano se refuerza con un sentimiento de agradecimiento, por su generosidad con el tiempo, por su música que nos ayuda a descubrir rincones de alegría, que añaden una pincelada de color al cuadro de la vida. Así ha sido esta noche de habaneras.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/08/2026
Jul 29, 2026 | Escritos
Ayer por la mañana me fui bien temprano a pasar un rato a la orilla del río Ebro. Cuando llegué, la luna se acababa de despedir. Sus aguas embalsadas estaban todavía adormecidas, relajadas, tranquilas. En una orilla, el reflejo de los montes duplicaba su altura; en la otra, los árboles frutales de la plantación cercana se asomaban a contemplar orgullosos la imagen que el río les devuelve adornados de melocotones amarillos que doblegan sus ramas. En el centro, la mirada se posó en la superficie en un amerizaje suave para no alterar la paz, anticipo de la que dicen se disfruta en el cielo.
El Ebro forma parte de los elementos que me encontré al nacer, como las escaleras de la Parroquia, la plaza del Ayuntamiento, las Escuelas, la Estación o la ermita de la Virgen de mi calle; los incorporas a tu vida porque ya estaban allí la primera vez que abres los ojos. Creces con ellos con la confianza de que son de los tuyos y alimentan un sentimiento de origen que corre por la sangre, junto con el de la familia, y fortalecen la raíz que te hace estar seguro, firme, anclado en una buena base para llegar lejos, a personas y lugares, manteniendo tu identidad. Vas y vienes, tratas con unos y con otros, aprendes de aquí y de allá, compartes con éstos y aquellos; pero sabes de dónde vienes, de quien eres.
Mi padre creció en una de las huertas que sus meandros enriquecían; con sus historias en las sobremesas de las cenas, engrandecía mi admiración por el río y multiplicaba la impaciencia por convertir en realidad las aventuras que la imaginación esbozaba. Cuando la bicicleta nos dio autonomía para recorrer más espacio en menos tiempo, las correrías en pandilla apuntaban con frecuencia a las orillas del río, donde siempre encontrábamos algún rincón nuevo para explorar. Luego vino el embalse y le cambió la fisonomía; y a muchas personas el sistema de vida porque desaparecieron las huertas que eran su sustento. Fueron años tensos, de transición, de adaptación, para el río y para sus gentes. Dejó atrás el empuje de las aguas que bajaban con fuerza y nos acostumbramos a verlo asentado, inmóvil.
Tuve la sensación de que se alegraba al verme y que me ofrecía asiento en una de las rocas que dominan los dos brazos de la curva. Pronto surgió una conversación imaginada y empezó a contarme historias: de labradores que se acercan a preguntarle si podrán regar, de pastores que llevan el ganado a beber y las ovejas se estiran por toda la orilla como un remiendo de paño blanco; de pescadores que le acompañan horas y horas mientras vigilan las cañas, del barquero que sale al atardecer provocando olas tímidas que desaparecen en un santiamén; del sol que cada mañana le saluda por el este, de la luna coqueta que le usa de espejo por la noche.
El tiempo había pasado rápido, lo habitual cuando estás a gusto con un amigo, el sol lucía alto y sus rayos recortaban las escasas sombras que nos protegían. Era el momento de la despedida, de unas fotos que anclen el recuerdo del encuentro, del adiós, del te quedas pero te llevo conmigo. Del propósito compartido: volver a vernos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
29/07/2026
Jul 15, 2026 | Escritos
Llegué pasadas las diez de la noche, después de cuatro horas de viaje siempre con el sol de frente. Aunque bien se podría decir las diez de la tarde, de tan alargado que tenemos el ocaso en estos días, cuando el mes de julio está a punto de cubrir su primera mitad y nos regala atardeceres infinitos. El amarillo de los rastrojos ha sido el color dominante en el encuadre tras el cristal; resplandeciente en la primera parte cuando la carretera cruza la sierra y la tierra de labor en laderas y pendientes ofrece su corte reciente bien peinado; apagado y pajizo más adelante en las extensas llanuras de la meseta, planicies onduladas que se unen con el cielo allá en el horizonte. En su recorrido descendiente, el sol llega a molestar un buen trecho cuando sus rayos en horizontal impactan de frente y la mirada busca el refugio de cualquier objeto que haga sombra. Pero luego, cuando empieza a esconderse, tiñe el cielo de tonos cálidos y contagia el espíritu de la luz de esa hora dorada. Me noté arrastrado por el juego del gran astro y aparecieron los recuerdos.
Ya en la autovía, el coche sintonizó con el ambiente y entendió su papel como si me dijera “tú a lo tuyo, yo a lo mío”, reclamó poca atención y no importó que algunos nos adelantaran porque no era momento para intentar ser el más rápido del barrio. La cabeza se entretuvo con posibles soluciones a temas de trabajo, repasé ideas de una conferencia que glosaba unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta sobre compartir la alegría, recé por la hija de un amigo que pasa un momento clínico delicado; puse música y la quité enseguida, no era el momento. Otras veces me acompaña y estimula pensamientos, hoy me distraía y alejaba. Preferí el silencio exterior, miraba a derecha e izquierda, cielo a un lado y otro invitando a que los pensamientos fueran de largo recorrido.
De nuevo me asaltó el silencio; recordaba su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos los dos por el mismo silencio. Se acercaba silenciosa y, como si fuera la primera vez, me preguntaba ¿Cuándo te irás?; “mañana después de comer” le contestaba con la misma fuerza de la primera vez; ay, ¡qué bien! Y volvía a lo suyo. Desde mi sitio la contemplaba en la terraza, sentada en una silla con un par de almohadillas porque ya no llega a la mesa, inclinada sobre el cuaderno de sopa de letras. Cuando completa la cuadrícula, se da un respiro, levanta la mirada hacia las macetas que la rodean, las recorre una a una y vuelve a la tarea. Se abanica ¡qué calor! ¿tú no tienes calor?, pero no espera respuesta, es un modo de confirmar que nos acompañamos en silencio, cada uno en su tarea. Ya he acabado, voy a preparar la cena; me cuenta sus planes culinarios y en la conversación se va por las ramas para aterrizar en los recuerdos que almacena intactos. Hace el gesto de ir hacia la cocina y se vuelve, como a quien le asalta una pregunta inaplazable, ¿Cuándo te irás? Esbozo una sonrisa y como si nunca hubiéramos tratado este asunto, respondo “mañana después de comer». Y se va tan contenta.
La veo marchar -sin bastón anda balanceándose- con la sencillez de quien comprende la vida, precisamente porque sabe que se termina. Y de ello me habla con naturalidad, la espera de frente, preparada. Pero hasta entonces, tiene aún mucho que hacer.
Al volante, el silencio del atardecer ha dado paso a la luz tenue del crepúsculo; estoy a punto de llegar, con ganas de compartir la alegría del fin de semana en su compañía, dedicados cada uno a su tarea, envueltos en silencio.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/07/2026