Palabras de paz

Palabras de paz

La primavera se deja notar en la naturaleza, en las ciudades, en las personas. Nos despoja de las capas con las que nos hemos protegido del invierno y nos asomamos a la vida, al color, a la luz, al contacto, a la relación. Si pones en el buscador “primavera en la ciudad” seguramente te saldrá una canción de 1968 que un grupo musical español puso de moda y reflejaba esos colores distendidos y alegres que animan este tiempo.

A principios de mayo, han pasado cuatro años, estuve en Oporto de visita a un colegio. En estos viajes suele suceder que el día transcurre entre cuatro paredes y el único tiempo de asueto es el de espera en el aeropuerto para el regreso. Pero en aquella ocasión hicimos noche para continuar con el programa al día siguiente. Antonio se ofreció a guiarnos en un paseo por algunos rincones de la ciudad, mientras llegaba la hora de sentarnos en alguna terraza para la cena. Declinaba el día, nos ofrecía una temperatura suave y una luz alargada, novedad en aquella hora, para invitarnos a disfrutar de los espacios al aire libre.

Nos cruzamos con pandillas de universitarios festejando la vieja tradición de La Queima das Fitas (quema de las cintas), fiesta en la que celebran el final de los estudios. Llegamos a un rincón tranquilo, de los de estar sin prisas, reconvertido en terraza para beber la vida en pequeños sorbos y saborear cada mirada, cada encuadre que el colorido de las fachadas y un pequeño parque cercano nos ofrecía.

El camarero era quien encarnaba a la perfección la calma que allí se respiraba. Sin saberlo, fue el inductor de la conversación que prendió en la espera y se alimentó de un tono bajo por miedo a quebrar el ambiente. Sus intervenciones pausadas y los intervalos que las distanciaban, abonaron el terreno para adentrarnos en temas que la superficie oculta, porque a la naturaleza le gusta esconderse y la realidad está por debajo de las apariencias. El calor de la compañía hecha palabra era grato al corazón; se percibía por momentos que allí estábamos a gusto. Después de la intensidad de la jornada, la palabra se convertía en instrumento de paz, que aportaba sosiego y sembraba alegría en la conversación. Estaban ausentes las ironías, las indirectas y los comentarios graciosos que suelen esconder agresividad verbal y no contribuyen a la paz que necesitamos. Nuestros encuentros se empobrecen con las prisas, el recurso a temas convencionales, los consejos no solicitados o los comentarios insustanciales. Y aquella conversación discurría por otros derroteros.

La sombrilla que nos había protegido del tibio sol en retirada, se convirtió en faro que proyectaba un haz de luz tenue, suficiente para alumbrar el encuentro. El camarero hizo gala de su parsimonia hasta que nos despedimos con un boa noite, bien avanzada la velada. Aquellas horas en torno a la mesa, habían sosegado el ánimo y calentado el corazón; también avivaron el alma y costó encontrar el sueño, como si se resistiera a cerrar el día por miedo a perder lo vivido. No fue así, ni aquella noche ni aún hoy que sigue viva aquella conversación en una tarde de primavera portuense, enriquecida con palabras de paz.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

27/05/26

Domingo de Resurrección

Domingo de Resurrección

Las hierbas altas que habían crecido a los lados del camino me acompañaban en el paseo del sábado, sin destino fijo. Me recordaban las procesiones que hemos vivido unos días antes, largas filas de pie en las aceras señalando el recorrido por las calles, Quizás por eso, en mi soledad buscada, rememoraba la jota del encuentro cantada desde el balcón del Ayuntamiento a la Madre que llora frente a su Hijo cargado con la cruz, abajo en la plaza: Madre mía dolorosa / la noche de Martes Santo / cuando encuentras a tu Hijo / te deshaces en un llanto. Resentía el aire frío del miércoles por la noche -ese cierzo helador que algunos tenemos el gusto de conocer desde la cuna- cuando acompañamos al Cristo que visita las ermitas de la parte vieja en el vía crucis del silencio. Resonaban bien cerca aún, los tambores, bombos y trompetas en la procesión del Entierro, llevado a hombros y paso lento hasta depositarlo en el sepulcro simulado, sellado ante los mayordomos de las cofradías que aseguran el cuidado del mayor tesoro. ¿Y si todo acabara aquí? ¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos discípulos desorientados, desnortados? Llegó el sábado con un chorro de luz sin filtro, el sol calentó la calle y las gentes salimos a festejar la Resurrección anunciada por las bandas con un redoble de fiesta que llena todos los rincones de la noche. Vuelve la vida, el campo se abre a mi alrededor lleno de verde, bajo la capa azul sereno del cielo despejado; verde y azul espiritual, verde y amarillo vivo de pinceladas sueltas, verde y rojo amapola, verde y plata del río embalsado, verde y ocre de tierra yerma, verde y rosa pálido del cerezo en flor, verde y amarillento pardo de las lastras de arenisca salpicadas de musgo, verde y beige de la piedra que sostiene el lentisco. ¿Y si todo hubiera acabado allí? Aquí ha vuelto la vida, la naturaleza lo canta en un himno de olor y color que llena el silencio de la tarde. Y pone a vibrar los corazones: del que me contaba con emoción que su mujer se había volcado con él para suplir las limitaciones que padece por un traspiés tonto; del que compartía la alegría de que tras un calvario laboral, su hija había recobrado la paz; del que dedica tiempo y esfuerzo en resolver necesidades primarias de inmigrantes transeúntes; del matrimonio que no se imagina la vida sin el otro y se lo dicen mirándose a los ojos delante de mí; de los abuelos jóvenes que han renunciado a viajar por acoger hijos y nietos y te lo dicen con sencillez; del que pone el broche a una semana agotadora, después de horas y horas de ensayos, con el orgullo de haber servido a su pueblo; de quien ante el Monumento en una iglesia apartada, decide renunciar algo bueno desde un punto de vista humano, porque quiere que su corazón vuele más alto.

¿Y si todo hubiera acabado allí? Pues el hombre no estaría de nuevo de paseo por la Luna, ni la naturaleza nos mostraría su belleza en cada estación, ni el corazón del hombre se llenaría de ambiciones nobles que le hacen progresar. Amar el mundo y amar a Dios, es la idea central de una de las últimas canciones de una conocida artista que está en boca de todos; otros lo han dicho de otras maneras también acertadas, pero ella le ha puesto música y suena mejor. Hemos llegado al Domingo de Resurrección.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

08/04/26

La palabra

La palabra

Este pasado fin de semana, lluvioso y frío, mientras leía frente a la ventana, la mirada quedó clavada en el horizonte teñido de gris tormenta y saltó el recuerdo de la carta que Pepe me escribió hace quince años en un domingo parecido, para compartir el impacto que una conversación le había dejado en su interior.

Querido Rafa: Se acaba un fin de semana largo que he podido disfrutar con intensidad. El viernes ya tuvimos fiesta y lo aproveché para esas gestiones que a diario es difícil de combinar con el trabajo; se pasó en un abrir y cerrar de ojos de tan ocupado que estuve, aunque ahora mismo no sabría decirte en qué.

Hoy domingo he despertado con el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado de pizarra que veo desde la ventana. La monotonía del sonido que se colaba en la habitación,  ha hecho más lento el despertar. Al regresar de Misa, el ambiente era frío, por el camino las gotas de agua perdían peso y ganaban volumen, caían suaves, resbalaban lentamente por el parabrisas del coche, se acumulaban en las aceras y las pintaban de blanco. Ahora ya por la tarde, mientras te escribo, contemplo los copos espesos que se posan en el cristal de la ventana inclinada, el jardín de la casa de enfrente cubierto de un manto espeso que amortigua los ruidos. Hasta aquí llega el silencio de fuera y los ruidos de dentro; en la sala de estar, apostados frente al televisor unos cuantos siguen animosos el partido de tenis. Este día invita a buscar el calor de la compañía, de la afición común.

A mí me lleva al ayer inmediato, al ayer de ayer, al ayer sábado que precedió a este domingo y llenó otra página del álbum histórico, esa colección de momentos entrañables que gusta recordar, no para anclarse en el pasado y lamentar el presente, si no para saborear esos instantes, tomar impulso y salir con garbo en busca de lo que nos espera a continuación.

La mañana soleada pasó entre las paredes del despacho, resolviendo cuatro asuntos pendientes que requerían algo de la paz que el día ordinario les niega. La satisfacción de haber rebajado la lista de tareas en los asuntos propuestos, también aporta su granito al balance del día. La cita de la tarde dejó la impronta de lo inesperado. Un encuentro sobrio, sin más adorno que la palabra; frente a frente, la conversación fluía ligera, sin prisas, tejida de habla y escucha, de pregunta y respuesta, de asentimiento y disconformidad; variedad, diversidad, comunión de ideas, diferencia de matiz, coincidencia en el fondo. A la palabra le acompañaba el gesto, la adornaba la sonrisa, la fortalecía la mirada. Ideas, sentimientos, dudas, convicciones; un mundo interior que la palabra descubría discretamente, sin llamar la atención, como pidiendo perdón por el atrevimiento de salir, de darse a conocer. Consciente de que eso no sucede siempre que dos personas hablan, abría los poros para dejarme empapar de aquella lluvia fina que nos cubría; no puedo decir que el tiempo pasaba sin darme cuenta, porque las agujas del reloj daban un salto imponente cada vez que las miraba; temía el momento de marchar como el estudiante el final de las vacaciones; agradecí la prórroga primera, y la segunda y la tercera. Quedaba mucho por decir, pero ya no era posible pedir más.

El frío de la tarde se había colado por las rendijas de la sala. Abstraído por el calor de la conversación, sólo cuando llegué a casa me di cuenta que me había quedado helado. Tomé algo caliente. Gozoso, lento, recogí con cuidado, ordené las cosas y algo de mi vida. Me acosté, cerré los ojos; poco a poco se fueron apagando las luces de un día que había dejado señal. Y aquí me tienes contándotelo, para compartirlo contigo y que te alegres conmigo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

12/03/25

Solos en la Alhambra

Solos en la Alhambra

La primera vez que me hablaron de “Recuerdos de la Alhambra” supuse que se trataría de un libro y tuve que añadir a mi historial una nueva metedura de pata; bien es verdad que como por entonces era muy joven, no me afectó mucho al orgullo. Aprendí que era una pieza para guitarra clásica compuesta en 1896 por el famoso guitarrista español Francisco Tárrega. Y que a través de la música también se cuentan historias. Con esa lección aprendida, más adelante comprobé que mi simpatía por Granada se alimentaba exclusivamente de canciones; hasta que en 1998 pasé allí unos días del mes de abril, asistiendo a un curso organizado por un colegio del Sacromonte. Los paseos por el Albaicín y la visita nocturna a la Alhambra multiplicaron el atractivo por la ciudad y busqué más leña para alimentar aquel fuego; la encontré en el libro “Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving escrito en 1829. Este americano enamorado del embrujo de la misteriosa Alhambra, recopiló leyendas, fábulas y cuentos transmitidos de generación en generación, convirtiéndolos en historias apasionantes, donde destaca lo legendario y fantástico.

La pieza musical tiene el mismo título que el libro, si entendemos que recuerdos y cuentos se mezclan y entrelazan ficción y realidad; es quizás la obra más célebre del mundo para guitarra sola, inspirada en el espectacular conjunto de palacios y jardines de la Alhambra. Y si dejas volar la imaginación, también en las leyendas que se cuentan en el libro. Por ser una obra tan célebre ha tenido infinidad de versiones para todo tipo de instrumentos y de estilos. De las versiones vocales guardo especial cariño por “Solos en la Alhambra” (1983) del grupo español Mocedades. La música tiene la virtud de evocar recuerdos y emociones vinculadas a situaciones específicas de nuestra vida. Escuchar una canción que estuvo presente en un momento significativo, puede refrescar emociones ligadas a esa circunstancia y nos conecta con nuestro pasado de una manera intensa. Cuando suena el estribillo “Pasas junto a mí / y vuela mi sombra / hombre entre mil hombres / solos en la Alhambra”, en mi interior se mezclan las historias de Irwing con la música de Tárrega y la imaginación recorre las estancias de la Alhambra en busca de la sombra anhelada.

El mes pasado volví a la Alhambra; al acabar las sesiones del congreso al que asistía, nos habían preparado una visita para dos grupos reducidos, una vez que se cierra el horario del público. La tarde se había quedado fría y el tiempo de espera hizo que encogiéramos el cuello y nos aisláramos del otro. La guía, una tipa joven muy bien preparada, detectó el ambiente y se empleó a fondo desde el primer momento: con gracia, con profesionalidad, provocando nuestro interés, conectando con detalles personales. Poco a poco estiramos el cuello, salimos de nuestro yo y volvimos a ser grupo; incluso pareció que el tiempo mejoraba, seguramente por cada uno había mejorado la actitud. Es lo mismo que sucede en la vida, cuando ante las dificultades tendemos a escondernos en la cueva y estamos más pendientes de lo mío que de lo tuyo.

Cuando pasamos por el Patio de los Arrayanes la guía nos animó a hacernos una foto aprovechando que el viento había parado y el agua del estanque parecía un espejo. Por la noche en la habitación del hotel, recibí un mensaje con la foto que me habían hecho. Al abrirla me pareció que sonaba un fondo musical -o quizás fue sólo en mi interior- con la canción de Mocedades, porque también nosotros estábamos solos en la Alhambra.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

13/11/24

10.000 y más

10.000 y más

Este mes el contador del blog ha superado las 10.000 visitas acumuladas; no es un gran número y en sí mismo dice poco, salvo para mí que me provoca a decir mucho. Por ejemplo, a dar las gracias porque es una manifestación más de que esta vida la recorremos acompañados y mejor si es en buena compañía; quienes leen esos escritos me acompañan y deben ser buenas personas, porque manifiestan cariño, interés y cercanía.

La idea surgió durante las comidas en el colegio, momento de distensión y aprendizaje. En torno a la misma hora, coincidíamos un grupo variopinto con capacidad de hablar de casi todo; sólo un tema estaba vetado: los alumnos. Era un momento de desconexión, de abrir las ventanas y que corriera el aire. Unos días salían temas interesantes, otros no; pero siempre nos divertíamos y esperábamos ese momento para disfrutar. Fruto de esas conversaciones empecé a usar las redes sociales y encontré el cauce para volcar comentarios breves sacados de la experiencia diaria. Al cabo de unos años, Lolo se ofreció a diseñarme un blog donde los escritos permanecerían al alcance de cualquiera. Lo bauticé con el nombre de “vidaescuela” en honor a lo que aprendo en la “escuela de la vida”.

Pero antes de que aquellas hayan movido el contador, otras me han acompañado en esta escuela de la vida, ayudando a forjarme como persona, a superar obstáculos, a levantarme cuando he tropezado y a llegar a esta meta volante con la mirada puesta en la siguiente. Por eso, también para todas ellas ¡muchas gracias! Imposible nombrarlas a todas: ahí están mis padres, mi hermano José Antonio con quien nos peleábamos tanto como nos queríamos; mi vecino Jesús que me lleva cuatro meses, juntos aprendimos a dar los primeros pasos y juntos seguimos unidos por una profunda amistad; el padre Mariano, un franciscano de la iglesia donde fui monaguillo, que regó la semilla de la fe sembrada por mis padres; los amigos de la pandilla con quienes hemos recorrido la adolescencia, la juventud, la madurez y seguimos unidos hasta que el último apague la luz; aquella moceta que despertó en mi corazón la experiencia del primer amor y tanto me ha servido para entender el querer humano y divino; Miguel, un chavalote moreno de patillas recias que me acogió el primer día de trabajo en el banco y me enseñó todas las prácticas para hacer bien mi tarea; Jesús, un tipo del instituto que iba dos cursos por delante del mío, con el que años más tarde me crucé en Barcelona y me ayudó a ampliar los horizontes de mi vida; José, apoderado del banco que cuando le nombraron director quiso contar conmigo de segundo y me ayudó a crecer humana y profesionalmente; Mariano, que me introdujo en el mundo de la educación y le debo la impagable experiencia de haber pasado por cuatro colegios; Jordi, que con cariño y fortaleza me ayudó a superar el batacazo que me pegué cuando el orgullo me hizo imaginar lo que no era; Paco, con el que compartí una aventura profesional durante siete años y me hizo creer que yo sabía más que él; Barto, que me abrió la puerta de su casa cuando cambié de ciudad y me hizo sentir en la mía desde el primer instante; esa alma sencilla que brilla como un lucero y con su luz me ayuda a caminar seguro; mi madre que a punto de cumplir los cien me sigue enseñando cada día. Podría seguir, pero como dice San Juan al final de su evangelio:” Hay, además, otras muchas, que, si se escribieran una por una, pienso que en el mundo no cabrían los libros que se tendrían que escribir”.

Son las personas quienes dejan marca; no digo que los hechos no tengan impacto, pero si miro mi corazón, las muescas que llevo son de personas. Los hechos los vivimos con personas, los compartimos con personas. Y a todas esas que me han acompañado y me acompañan en esta escuela de la vida, tengo ahora la excusa para darles las gracias, que son diez mil y más.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

17/07/24