“Cuando vuelva de la siega / asómate a la ventana / que a un labrador no le importa / que le de el sol cara a cara”, así canta la jota aragonesa compuesta para la película Nobleza Baturra que interpreta Imperio Argentina. Ahí la escuché por primera vez siendo un crío y después la he canturreado montones de veces porque alimenta mis raíces; la última vez fue un fin de semana que pasé en el pueblo en el mes de julio. Salí temprano para dar un paseo por los alrededores; regresé cuando el día despertaba y, en el cambio de rasante de la carretera que baja hasta el puente del río, se me presentó como asomado a la venta, con todo el sol naciente a la cara. La vista me removió, la imagen era la de siempre y, precisamente por eso, la emoción respiró hondo por todos los poros de la piel y le canté la jota.

Sentado en una piedra, dispuesto a disfrutar del momento, recordé la historia del rodaje de la película La Biblia (1966) que cuenta Gustavo Martín Garzo en su libro El cuarto de al lado: “La protagonizaban el productor de cine Dino de Laurentiis y el director francés Robert Bresson. Dino de Laurentiis preparaba su gran superproducción de La Biblia y, entre otros directores, había elegido a Bresson para que dirigiera el episodio de Noé. Fue a verle momentos antes de que iniciara el rodaje. Allí estaban en sus jaulas innumerables parejas de animales, y de Laurentiis no pudo menos de comentarle a Bresson lo contento que debía de estar con una producción como la suya, que no reparaba en gastos a la hora de permitirle el rodaje de las escenas más espectaculares. Bresson le contestó que se lo agradecía mucho, pero que lo único que se iba a ver de aquellos animales eran sus huellas sobre la arena. Esa misma tarde recibió una llamada diciéndole que estaba despedido. Dino de Laurentiis operaba sin duda con la lógica de una gran producción, igual que cuando programan actividades culturales. Enseguida proyectan magnos congresos, grandes ciudades de la cultura, auditorios magníficos. No saben que la poesía no está en ese mundo enfático de las grandes declaraciones y los grandes gestos, sino en las huellas casi imperceptibles sobre la arena del tiempo de los cuerpos que amamos.”

Desde que marché de Caspe con quince años, puedo decir – siguiendo el símil anterior-  que he asistido a “magnos congresos”, visitado “grandes ciudades”, disfrutado de “auditorios magníficos”; y aun siendo enriquecedoras esas experiencias, ninguna de ellas me ha marcado como el lugar de origen, el pueblo donde nací y crecí, cuyas huellas llevo en el corazón.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

05/08/2026

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