El abuelo Cirilo

El abuelo Cirilo

En mi casa, el abuelo Cirilo es nombre propio; de una de sus hijas nació mi padre que ha llenado sobremesas de invierno hablando de su ídolo. Debió venir al mundo poco después de 1860; por entonces, el tío Sancho, su mujer y los cinco hijos vivían en el campo, en una torre junto a la acequia del Molino Alto. Al pueblo sólo iban los domingos para oír misa y alguna gestión extraordinaria. Cada mañana salía a la calle nada más levantarse para mirar al cielo y ver el tiempo. Había dormido inquieto, se levantó antes de lo habitual; las primeras luces empezaban a clarear, pero antes de mirar al cielo, un bulto junto a la puerta llamó su atención. Dentro del capazo, algo se movía; lo destapó con cuidado y prevención: se encontró con dos ojos que relucían en la penumbra. Una criatura asustada arrancó a llorar y despertó a toda la familia. La mujer se hizo con el crío, lo calmó y recuperó la paz. Unos y otros se miraron con la pregunta en sus ojos; en unos segundos todas las cabezas se movían afirmativamente. Le llamaron Cirilo y fue el sexto de la familia Sancho, solo que no tuvieron en cuenta registrarlo y oficialmente no constaba en ningún sitio; por eso no hizo el servicio militar.

La economía familiar de entonces se sustentaba en la mano de obra, poco cualificada pero abundante. Así que Cirilo, como antes el resto de la pandilla, a los siete años empezó a servir con un señor que arreglaba calderos por los pueblos de la comarca. Cuando ya tuvo algo de fuerza para manejar herramientas, cambió de trabajo y lo pusieron con un labrador que tenía tierras en propiedad. Ahora comía algo más y se le notó en el desarrollo físico; apuntaba a buen mozo, bien parecido y de trato afable. Un contratista del pueblo que tenía una flota de carros volquetes, le ofreció trabajo en las obras de la estación del ferrocarril; la experiencia fue buena por ambas partes y en 1893 cuando paró el primer tren en Caspe, le hizo responsable de embarcar carros y mulos y llevarlos a Barcelona. Podía haber continuado con aquel trabajo, pero para entonces el corazoncito ya le latía con fuerza cuando se cruzaba con Vicenta por la calle de la Balsa, el paseo de moda en aquellos años. Buscó trabajo con otro labrador del pueblo y en cuanto estuvo asentado decidieron casarse. El párroco se empleó a fondo para convertir en ciudadano al buen Cirilo, que más bien parecía un ser de otro planeta porque no constaba en ningún registro. Consiguió empadronarlo en la inclusa y le pusieron los apellidos propios del hospicio: De Gracia y Expósito.

El joven matrimonio empezó su andadura con mucho futuro y algo menos presente. Cirilo se ganó la confianza de su jefe, soltero, que le trató como a un hijo, le traspasó todas las tierras en herencia y despejó el porvenir de la familia. En casa, Vicenta estaba entretenida con los siete hijos que correteaban arriba y abajo. Con tanto apoyo, la labranza prosperó y aquella casa era un trasiego de gente en busca de favores y consejos.

En enero de 1938, avanzada la guerra civil, dos guardias de asalto llamaron a la puerta y se lo llevaron detenido. No supieron el motivo ni en aquellos momentos era lo más importante, bastaba una denuncia sin fundamento. A finales de enero de 1939, un buen día apareció en el pueblo; la familia estalló en alegría y se montó una gran fiesta para recibir al abuelo Cirilo que con gran serenidad contó todo lo sucedido en aquel año, sin quejarse ni hablar mal de nadie. Le llevaron hasta Barcelona, pero por respeto a su edad, le dejaron en semilibertad controlada hasta que pudo regresar. En el mes de mayo, acabada la contienda, organizó una visita a la Virgen del Pilar para dar gracias por haberlo protegido.

El invierno de 1946 fue atípico en todo el país, especialmente frío, con heladas y nevadas extendidas a zonas poco habituales. La primavera de 1947 tardaba en llegar y los cuerpos más débiles acusaban el frío. El abuelo Cirilo cogió la gripe, se acostó para entrar en calor, y en la cama sin dar ni sufrir molestias, murió el 23 de abril.

Contento con lo que era y tenía, agradecido a la vida, sembraba su alrededor de paz y serenidad. Me ayuda en estos tiempos en que todos queremos más, y como el más no tiene límites, ha desaparecido la conformidad del horizonte, andamos inquietos, faltos de paz y alegría. Y ya se sabe que uno no puede dar lo que no tiene. Quizás hay que detenerse de vez en cuando a saborear lo que tenemos, a saborear la vida. Y entonces recuperar la sonrisa para hacer la vida más agradable a los demás, que es el fondo que me ha quedado de las historias que mi padre contaba del abuelo Cirilo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

22/07/2026

Lo invisible

Lo invisible

La vida no se lo ha puesto fácil a Javier, pero eso no lo descubres si no te lo cuenta, porque considera que no hay que exagerar, que tan poco es para tanto. Empezó a trabajar joven, después de adquirir la formación profesional suficiente para manejar máquinas en el gremio de las artes gráficas; la crisis del sector le llevó a pasar por varias empresas y finalmente el paro, donde recaló poco tiempo para saltar a otro trabajo, y otro y otro. Es de los que a primera vista engaña; no es activista pero no para. Su aspecto bonachón esconde un espíritu deportista; la sonrisa eterna que ilumina su cara disimula los madrugones que acumula de lunes a viernes; los gestos tranquilos con los que se desenvuelve amagan una imaginación creativa; las combinaciones un tanto simples de prendas y colores para vestir dejan paso a una sensibilidad aguda al componer poesía; que su formación académica se derivara hacia un oficio descuadra con su avidez por la lectura; los despistes que nos regala en las quedadas, se compensan con una memoria prodigiosa para entretenernos con siglos completos de historia.

Esta semana le hemos acompañado a celebrar la primera meta volante de la etapa de los sesenta. Quedó bien retratado en la semblanza que le dedicaron, tomada de párrafos del libro “El principito” de Antoine de Saint-Exupery:

“Un día mi aeroplano sufrió una avería en el desierto de Sahara. La primera noche dormí sobre la arena a mil millas de toda la tierra habitada. Estaba más solo que un náufrago en medio del océano. En tales circunstancias, ya pueden imaginar mi sorpresa cuando al día siguiente al despertar, oí una simpática vocecita que me decía:

  • Por favor… ¡dibújame un cordero!

Y las respuestas tras varios intentos:

  • No, ése está muy enfermo. Hazme otro.
  • Eso no es un cordero, es un carnero, tiene cuernos.
  • Ese es muy viejo. Yo quiero uno joven para que viva mucho tiempo.

Cuando ya se agotaba la paciencia del aviador, garabateó un dibujo y le dijo: Esto es una caja, el cordero que quieres está ahí dentro” El Principito miró el dibujo y dijo:

  • Así es precisamente como yo lo quería.

Es que los adultos tienen gran afición y respeto por los números. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan lo verdaderamente esencial. Nunca dicen ¿Cuál es su tono de voz? ¿o cuáles son los juegos que prefiere? ¿colecciona mariposas?

En cambio, preguntan ¿qué edad tiene? ¿cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Sólo entonces creen conocerlo.

Y si les dices “he visto una hermosa casa de ladrillos rosas, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado” … no logran imaginarla. Solo si dices “esa casa vale 100.000 francos”, entonces dicen ¡qué hermosa casa!

Y acabó así el relato: Tomé al principito en mis brazos, porque se quedó dormido y emprendí otra vez el camino. Me parecía que llevaba en brazos un frágil tesoro. Me parecía incluso que no existía nada tan frágil sobre la Tierra. Miré, a la luz de la luna, su frente pálida, sus ojos cerrados, los mechones de su cabellera agitados por el soplo del viento, y me dije: “Esto que veo aquí no es más que una corteza. Lo verdaderamente importante es invisible”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

22/04/26

Domingo de Resurrección

Domingo de Resurrección

Las hierbas altas que habían crecido a los lados del camino me acompañaban en el paseo del sábado, sin destino fijo. Me recordaban las procesiones que hemos vivido unos días antes, largas filas de pie en las aceras señalando el recorrido por las calles, Quizás por eso, en mi soledad buscada, rememoraba la jota del encuentro cantada desde el balcón del Ayuntamiento a la Madre que llora frente a su Hijo cargado con la cruz, abajo en la plaza: Madre mía dolorosa / la noche de Martes Santo / cuando encuentras a tu Hijo / te deshaces en un llanto. Resentía el aire frío del miércoles por la noche -ese cierzo helador que algunos tenemos el gusto de conocer desde la cuna- cuando acompañamos al Cristo que visita las ermitas de la parte vieja en el vía crucis del silencio. Resonaban bien cerca aún, los tambores, bombos y trompetas en la procesión del Entierro, llevado a hombros y paso lento hasta depositarlo en el sepulcro simulado, sellado ante los mayordomos de las cofradías que aseguran el cuidado del mayor tesoro. ¿Y si todo acabara aquí? ¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos discípulos desorientados, desnortados? Llegó el sábado con un chorro de luz sin filtro, el sol calentó la calle y las gentes salimos a festejar la Resurrección anunciada por las bandas con un redoble de fiesta que llena todos los rincones de la noche. Vuelve la vida, el campo se abre a mi alrededor lleno de verde, bajo la capa azul sereno del cielo despejado; verde y azul espiritual, verde y amarillo vivo de pinceladas sueltas, verde y rojo amapola, verde y plata del río embalsado, verde y ocre de tierra yerma, verde y rosa pálido del cerezo en flor, verde y amarillento pardo de las lastras de arenisca salpicadas de musgo, verde y beige de la piedra que sostiene el lentisco. ¿Y si todo hubiera acabado allí? Aquí ha vuelto la vida, la naturaleza lo canta en un himno de olor y color que llena el silencio de la tarde. Y pone a vibrar los corazones: del que me contaba con emoción que su mujer se había volcado con él para suplir las limitaciones que padece por un traspiés tonto; del que compartía la alegría de que tras un calvario laboral, su hija había recobrado la paz; del que dedica tiempo y esfuerzo en resolver necesidades primarias de inmigrantes transeúntes; del matrimonio que no se imagina la vida sin el otro y se lo dicen mirándose a los ojos delante de mí; de los abuelos jóvenes que han renunciado a viajar por acoger hijos y nietos y te lo dicen con sencillez; del que pone el broche a una semana agotadora, después de horas y horas de ensayos, con el orgullo de haber servido a su pueblo; de quien ante el Monumento en una iglesia apartada, decide renunciar algo bueno desde un punto de vista humano, porque quiere que su corazón vuele más alto.

¿Y si todo hubiera acabado allí? Pues el hombre no estaría de nuevo de paseo por la Luna, ni la naturaleza nos mostraría su belleza en cada estación, ni el corazón del hombre se llenaría de ambiciones nobles que le hacen progresar. Amar el mundo y amar a Dios, es la idea central de una de las últimas canciones de una conocida artista que está en boca de todos; otros lo han dicho de otras maneras también acertadas, pero ella le ha puesto música y suena mejor. Hemos llegado al Domingo de Resurrección.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

08/04/26

Bailar pegados

Bailar pegados

Bailar pegados es la canción que representó a España en el Festival de Eurovisión de 1991. Aquel sábado del mes de mayo en los estudios Cinecittà de Roma, el cantante Sergio Dalma conquistó al público con esta balada romántica, su voz quebrada y la sonrisa pícara. El cuarto puesto fue un trampolín que lanzó a la canción y al artista, y desde entonces ha sonado con la misma fuerza, en público o privado, en los rincones más insospechados o en el momento menos esperado. Es lo que me pasó ayer mientras escuchaba un audio grabado por un sacerdote joven, en el que a diario comenta el evangelio para ayudar a rezar. No sólo citó la canción y leyó una estrofa, sino que puso el estribillo durante unos segundos. La percepción que yo tenía de la pieza no encajaba en ese escenario; me revolví en el asiento y sacudí la modorra que sobrevolaba el sillón con la amenaza de aislarme del mundanal ruido. Si lo que pretendía era llevarnos por caminos que nos acerquen a Dios y al prójimo, no me parecía que aquella referencia fuera la más acertada. Presté atención y descubrí, una vez más, que conviene estar abierto a todos los mensajes, sin filtros que seleccionen sólo lo que coincide con mi modo de ver y entender la vida. De toda la letra, sólo dos estrofas le servían para el objetivo que pretendía y le fueron suficientes: “bailar pegados es bailar igual que baila el mar con los delfines, corazón con corazón” “bailar de lejos no es bailar, es como estar bailando solo”. Nos invitó a ensanchar el corazón con todas aquellas personas que pasan o están a nuestro lado y animaba a ser próximos -bailar pegados- con cada una de ellas; a veces basta una mirada, una sonrisa, una palabra amable. Bailar de lejos es bailar sólo.

Conecté con ese planteamiento porque desde hace unos días le daba vueltas a los interrogantes que se formulan en la película “una quinta portuguesa”, que habíamos visto en casa la semana anterior. Unos protagonistas que recrean su identidad con relaciones personales que aparecen y desaparecen. Manolo, un jardinero que anda solo en la vida, presume de estar libre de ataduras y cambia con frecuencia de ciudad, así no se compromete con nadie. Fernando, profesor universitario, se queda descolocado en la vida cuando le abandona su mujer, pero encuentra un nuevo lugar donde rehacerse. Amalia, propietaria de la quinta que fue de su abuela, ha tenido que dar la espalda a su pasado; libre para viajar, cuando está lejos sabe que tiene un lugar a donde volver y eso le da paz. Personas buenas, vulnerables -con heridas en el currículum por los zarpazos que da la vida- hablan de soledad, de perdón, de amor, de hogar.

Y ahora, removido por la osadía de la grabación que había oído, entendí que también esos personajes hablaban el lenguaje del baile: la vida es rozarse, tejer relaciones, es bailar como el mar baila con los delfines, corazón con corazón, es bailar pegado.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

14/01/2026

Por mi cuenta nunca lo habría aprendido

Por mi cuenta nunca lo habría aprendido

Gracias a la insistencia de Miguel Ángel y JoseRa ayer disfruté de un magnífico día en la montaña. Aunque me gusta, mis preferencias deportivas se encaminan por otros derroteros y cuando algo no lo practicas con frecuencia, cuesta ponerse en marcha. Ellos en cambio, salen todas las semanas y lo tienen muy por la mano; por eso lo hacen fácil y me lo pusieron fácil. Fue muy sencillo dejarse llevar y recrearse con los muchos detalles con los que salpican la excursión. Así da gusto y estoy dispuesto a volver.

De regreso, cuando ya los había dejado a cada uno en su casa y conducía sólo, sonó la canción de “carta sin remitente” de Melendi, bien conocida de ocasiones anteriores pero que ahora me llamó la atención cuando dice: “pero siempre te voy a estar / eternamente agradecido / por esas cosas que sin ti / yo solo por mi cuenta, nunca habría aprendido”

Flotaba en mi mundo interior la sensación agradable de la experiencia montañera vivida y el reconocimiento a estos dos que habían puesto los medios para que los acompañara; la canción venía a expresar mi agradecimiento y se la dediqué con una ligera adaptación “por esas cosas que sin vosotros / por mi cuenta no habría vivido”. El semáforo rojo me detuvo al lado de una sucursal bancaria y mira por dónde, la cabeza fue dando saltos de un sitio a otro por asociación de ideas. Y allí apareció el Sr. Burillo con quien compartí los últimos cinco años de mi paso por la banca. Era el director de una oficina de la que me nombraron subdirector, recién estrenados mis primeros veinticuatro años. Todos los empleados, incluido el propio director, eran conscientes de que aquello me venía un poco grande de momento. Todos se daban cuenta menos yo, imbuido de un punto de inconsciencia y atrevimiento propio de quien, por ser joven, el mundo se le hace pequeño. Fueron cinco años de aprendizaje a su lado, de mucha paciencia por su parte para reconducir algún desaguisado que organicé, de hacerme partícipe de decisiones que podía tomar él sólo pero que lo hacía para enseñarme a valorar los distintos aspectos, que aprendiera a levantar la mirada y contemplar más allá de mis narices. Cuando dejé la banca, quien salió por la puerta de aquella sucursal era la misma persona que había entrado, pero muy mejorada. De aquella relación profesional fraguó una amistad personal y familiar; pasé entonces a llamarle José y aunque cambié de ciudad más tarde, estuvimos unidos en la distancia hasta que falleció. El agradecimiento que le profeso se mantiene vivo y por eso sale por los poros en cuanto tiene una oportunidad, como me pasó ayer al juntarse Miguel Ángel, JoseRa, Melendi y una sucursal bancaria.

Otras personas hay en mi vida a quienes tributo sentimiento de gratitud. Hoy, treinta y uno de diciembre, se presta al balance por ser el último día del año y ahí aparecen todas ellas para pedirles perdón por las veces que les fallé y darles las gracias que se merecen por haberme ayudado a ser lo que soy. Y lo hago con la letra y música de Melendi que desde ayer llevo pegada: “pero siempre te voy a estar / eternamente agradecido / por esas cosas que sin ti / yo solo por mi cuenta, nunca habría aprendido”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

31/12/2025