Gente luminosa

Gente luminosa

Fue un sábado de hospitales, visité dos en la misma mañana. Muy temprano acompañé a un recién operado para que le hicieran la primera cura. El jueves por la tarde le habían hecho una pequeña cirugía ambulatoria y, aun siendo sábado, querían renovarle el apósito. Era un hospital pequeño y por ser muy pronto, no había nadie en el vestíbulo de la entrada, o eso me pareció a mí. De pie frente a la cartelería intentaba localizar a donde teníamos que ir; sonó una voz a mis espaldas ¿puedo ayudarles en algo? Me giré y encontré una cara sonriente detrás del mostrador. “Disculpe no la había visto” le dije mientras le enseñe el impreso. Leyó la cita y continuó en el mismo tono alegre “vayan al despacho 12 de la planta -1”. A la salida nos acercamos a darle las gracias y el recuerdo de su sonrisa iluminó mi cara como cuando tienes una alegría que deseas compartir.

Cerca de mediodía estuve en otro, en esta ocasión uno de los grandes. Mi amigo compartía habitación, la conversación enseguida se hizo única entre las dos camas y el tiempo pasó rápido. Al marchar me pidió que dejara aviso para que, al día siguiente domingo, pasara a verle el sacerdote. El vestíbulo era un trasiego intenso de gente que aturdía con el bullicio aquel espacio saturado. Me acerqué al puesto de información y antes de que abriera la boca, una señora de natural sencillo, con uniforme de colores vivos, me recibió con un “buenos días ¿en qué puedo ayudarle?” Fue muy eficaz, localizó enseguida al páter y le dejó el recado. Las gracias que le di quedaron minúsculas al lado de su sonriente contestación, una luminosa “de nada, que tenga un buen día”. Me admiró aquella capacidad de abstraerse al barullo reinante a su alrededor para atender a quienes acudíamos a ella como tabla de salvación en medio del caos.

Dicen que no hay dos sin tres; estaba escrito que aquel sábado tocaba, que antes de llegar a casa iba cumplirse el dicho popular. Uno de los artistas que me acompañan en los viajes con su música, es El Arrebato; un cantautor sevillano de rumba-pop y flamenco que tiene la virtud de poner música a la vida misma y convertirla en canciones alegres, cercanas y positivas. Y mira por dónde, en el trayecto de regreso sonó “Gente luminosa”, un canto a “quien no se preocupa de la marca de tu ropa / la que pone la alegría en su menú del día”; “quién me hace reír / y ríe conmigo, da igual la hora”; “quién enciende bombillas en mi camino / saca lo bueno de mí y me hace sentirme vivo” “qué guapa es la gente luminosa / la que baila porque sí / la que sonríe a todas horas”.

Era el homenaje a aquellas dos personas que esa mañana me habían contagiado su sonrisa; y en ellas, a todas las que nos recuerdan que la verdadera belleza humana se encuentra en gestos tan sencillos como sonreír; era el elogio a quienes con la sonrisa hacen del mundo un lugar más cálido y acogedor, de la gente que enciende bombillas en el camino de los demás, de la gente luminosa.

30-09-2026

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

¿verdad que sí?

¿verdad que sí?

Las farolas de la calle sonreían a nuestro paso con la alegría de quien se sabe útil por prestar ayuda a quien circula por aquel tramo en obras a una hora tan temprana. Tan contentas que nos acompañaron hasta donde las últimas casas dejan de verse en el retrovisor y te quedas solo en la carretera. Por delante la noche cerrada, arriba el firmamento oscuro salpicado de estrellas diminutas que brillan con tintineo intermitente. Los cuerpos se resistían a contravenir el ritmo de la naturaleza, el reloj biológico marcaba todavía la hora del sueño. Nadie a quien adelantar, nadie que nos adelante. En el horizonte se encendió una luz tenue y difusa; la silueta de la sierra se dibujó sobre un fondo claro. Las figuras se removieron, se desperezaron con unos estiramientos contenidos, el gallo imaginario había cantado para anunciar la salida del sol. Aquel punto de luz era el telonero del disco que emergía, tiñendo de rojo cálido los rastrojos. La conversación empezó con monosílabos espaciados y, como el astro rey, despegó sin sobresaltos hasta encarrilarse en un diálogo continuo con ritmo vivace.

La explanada nos esperaba preparada, acogedora; la silueta del santuario destacaba su arquitectura rectilínea sobre un cielo azul, limpio. Los cipreses esbeltos permanecían enhiestos, ni una brizna de viento. La jornada convocaba a familias llegadas de rincones esparcidos por toda la geografía, por medios que ponen a prueba iniciativa e imaginación. Era una ocasión para el encuentro, pero no esperaba encontrarme con él; nos fundimos en un abrazo. Me llevó hasta los suyos, conocidos sólo de lo mucho que habla de ellos. “Aunque parezca mi hija mayor, Elena es mi mujer” y continuó con tres de los peques; el resto de una pandilla numerosa se había quedado con los abuelos. Arturo viene cada año al colegio a impartir un seminario al claustro; su presencia anima la sala de profesores, el comedor y cualquier oportunidad de mantener conversación. Pendiente de todo y todos, habla de su familia con la naturalidad del cariño que sale por los poros. Alguien le llamó, me quedé con Elena. “No nos acostumbramos a estar separados; no son muchas veces, pero lo extraño como al principio. Con vosotros estoy muy tranquila, porque sé que le cuidáis y siempre regresa muy contento”. Le conté que para nosotros es una alegría, por los conocimientos que transmite y por su actitud, por el testimonio de vida y de familia. Concluí con “es un tipo muy majo”. Se le iluminó la cara con una sonrisa ilusionada, se ruborizó ligeramente y con una mirada embelesada, contestó con un ¿verdad que sí?, una pregunta que no esperaba respuesta, una afirmación que no quería ser rotunda, una alegría compartida con quien también lo ha descubierto, aunque nada tuviera de secreto.

De regreso acompañamos de nuevo al sol, ahora en su retirada. Mientras se escondía tras la montaña, alumbraba el horizonte en una franja interminable que fue apagándose en un ocaso eterno. La primera estrella asomó en el firmamento, el lucero de la tarde me hacía guiños, entendí que era un mensaje luminoso como el que usan los faros con los barcos. Iniciamos una conversación que los demás no detectaron; hablamos de la jornada, de Arturo y Elena, del suspiro/pregunta/afirmación que me había impactado, de ese estar el uno en el otro sin que les afecte el paso del tiempo; o a lo mejor porque cada año, cada hijo, les mete más en el otro. Me llegó una respuesta a base de puntos, rayas y guiones, el código Morse habitual entre las estrellas: “no olvides que la felicidad no se consigue con una vida cómoda, si no con un corazón enamorado” ¿verdad que sí?

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

16/09/26

Caras sonrientes

Caras sonrientes

Las visitas de Joan en el mes de julio van camino de convertirse en un clásico del verano, con esa capacidad de transcender el tiempo y mantener vivo el interés por descubrir el arte de la mano de un ducho en la materia. Además de visitar museos también hubo paseos por la ciudad y nos adentramos en jardines que, por su armonía, gracia y estética, nos trasladaron de la belleza del interior a la del exterior.

El primer día llegamos al museo pasada la media tarde; nos sorprendió la fila larga de gente pegada al edificio al amparo de la estrecha franja de sombra. Cuando nos llegó el turno, planteamos algunas preguntas que seguramente habían oído miles de veces. Sin embargo, la señorita que nos atendió acompañó sus palabras de una sonrisa que nos hizo sentir únicos, como si nadie antes hubiera preguntado lo mismo. Su mirada y explicaciones, estaban impregnadas de un gesto vivo que transmitían comprensión. Cuando nos entregó las entradas, percibimos que venían acompañadas de un regalo, de un extra que no esperábamos; su sonrisa nos había contagiado.

Al cabo de hora y media de recorrer salas y contemplar cuadros, estaba saturado. Necesitaba un reposo para sedimentar todo lo que había visto y oído. Al amparo de un parasol en la terraza de un bar, el camarero nos sirvió con la mirada perdida y sus palabras parecía que iban dirigidas a los de la mesa de al lado. Aquí el servicio fue escueto, sin el regalo de la sonrisa, sin la sorpresa del me importas. Cuando nos levantamos, el sol de retirada iluminaba los tejados y la sombra cubría las calles estrechas de la parte vieja. Caminamos sin prisa, hablamos poco de arte y mucho de sonrisas. El contraste entre la actitud de las dos personas que nos habían atendido era llamativo: dos formas de estar en la vida. Tenemos motivos para estar alegres y para estar tristes; hay heridas provocadas por agravios pasados que necesitan ser sanadas. Traerlas a colación es hacerse la víctima, actitud poco atractiva por egoísta. Mejor olvidar que recordar, aunque supone mayor generosidad y esfuerzo. Sonreír es un buen bálsamo para esas heridas y el camino para olvidarse de uno y pensar en el otro. Sonreír con la mirada, sonreír con los labios es una buena tarjeta de presentación en el momento del encuentro con otra persona. Y en el día a día en casa, en el trabajo, con los de siempre, la sonrisa -cuando no es frívola ni bobalicona- salpica la convivencia de momentos felices y aleja el mal humor. Vivimos momentos de confrontación, de discrepancia, de agresividad verbal, con demasiado espíritu crítico que destaca el lado oscuro de la vida y ensombrece el ambiente con una capa de tristeza. En ese panorama sombrío, una sonrisa puede ser el detonante que transforme el clima de la convivencia. Siempre hay un motivo para traer la alegría a los labios, sobre todo si se quiere hacer felices a los demás, no por calculada estrategia sino por el convencimiento de que los otros se merecen lo mejor. Sonreír es amar: la sonrisa iluminadora nace del espíritu enamorado de la vida; el amor causa entusiasmo y éste conduce a la alegría que se manifiesta a través de la sonrisa. Quien se entusiasma en hacer felices a los demás sonríe, sabiendo que es uno de los mejores regalos que puede ofrecer a los otros. Y, además, no cuesta dinero.

Con esta conversación llegamos a la entrada del metro; el trasiego de la gente, el ruido de la calle y la vaporada de calor que salía del interior, deshizo la magia que nos había acompañado en el trayecto. La conclusión surgió en forma de suspiro hondo: ¡qué bien se está cuando estamos acompañados de caras sonrientes!

 

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

09/09/2026

Gracias hijo mío

Gracias hijo mío

La calle era un espacio de convivencia que generaba vínculos fuertes entre los vecinos, orgullo de pertenencia que se vivía con mayor intensidad cuanto más pequeños éramos. Los planes se concentraban en la calle y con los de la calle; en aquel micromundo amanecía y se ponía el sol sin agotar la pasión por el juego, ajenos al reloj, con la única limitación de la llamada de las madres a cenar que siempre llegaba demasiado pronto. La vida se compartía en la calle, la intimidad no era un valor cotizado, todos sabíamos lo de todos, o casi; las ayudas entre unos y otros eran frecuentes, aunque el roce intenso provoca fricciones y de vez en cuando había enfados subidos de tono.

Unas cuantas casas por debajo de la nuestra vivía Felisa, mujer de buena planta, serena, discreta, observadora, atenta y generosa para ayudar a quien lo necesitara. La adornaba una sentido común y sabiduría natural que atraía en busca de consejo. Para todos era la Sra. Felisa, la única con ese tratamiento en la calle, que reflejaba de un modo natural el reconocimiento de sus virtudes y no por su condición o posición económica como sucedía en otros casos. De origen humilde, eran familia de labradores con tierras en arriendo.

Supo servir, dejar de servir y dejarse servir. Mis padres la conocieron en la primera etapa, cuando la presencia de la Sra. Felisa aportaba soluciones a dificultades ordinarias que se hacían una montaña. Sus consejos prácticos, acompañados de cariño y comprensión, desataban nudos apretados. Sabía estar donde se le necesitaba sin hacerse imprescindible. Y también defender lo que era de todos, como en aquellos momentos que la sociedad se fracturó en dos partes y unos exaltados se presentaron con intención de quemar la ermita de La Balma con todo lo que había dentro; con aplomo, supo reconducir la ira de aquella gente y salvar de las llamas el edificio y la talla de la Virgen, una pequeña de madera que corona el pendón en la procesión. La conocí al final de la segunda etapa, cuando todavía acudíamos a ella en nuestras peleas de críos para que impartiera justicia y pusiera paz. Algo tenía aquella mujer que todos salíamos conformes. Su salud se resintió cuando el nieto mayor marchó a la mili en África; nunca supe si había una relación directa o fue coincidencia. Cuando se repuso ya no era la misma; ahora pasaba horas sentada en la puerta de casa, en una silla bajita. Desde allí seguía nuestros juegos, saludaba y la saludaban los mayores. En los juegos nos mezclábamos los pequeños y los adolescentes malotes, cuyo único objetivo parecía que era hacernos rabiar. Ella nos trataba por igual a unos y otros, con la sorpresa de que esos maleantes en potencia le obedecían a la primera, se transformaban ante su presencia. Para todos tenía un ¡gracias hijo mío! cuando agradecía un favor, mientras alargaba la mano y te daba dos galletas o un caramelo.

Una mañana la calle amaneció de luto, la chiquillería permaneció muda, los mayores hablaban bajito en un trasiego continuo de entradas y salidas a la casa. Por la tarde la acompañamos a la iglesia y al cementerio; la puesta del sol enrojecía las caras mientras la depositaban en el hoyo y desaparecía de nuestra vista con un sentimiento generalizado de que nos habíamos quedado huérfanos.

Al poco fui yo quien voló más allá de la calle y del pueblo, para recalar en la gran ciudad. La fascinación por el mundo que descubría siempre estuvo acompañada de las enseñanzas que aprendí en mi casa, en mi calle, en mi pandilla. Desde entonces he vivido muchas formas de dar las gracias: por cortesía, por conveniencia, postizas o espontáneas; de carácter profesional, por cambios y mejoras; he visto dar gracias a la vida y gracias a Dios. Sin embargo, cada vez que vuelvo al pueblo y entro por mi calle, veo con la imaginación a la Sra. Felisa sentada en una silla bajita a la puerta de su casa y compruebo que ninguna de ellas me ha dejado tanta huella como las que salían de aquella cara sonriente, arrugada y serena: ¡gracias hijo mío!!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

02/09/2026

El abuelo Cirilo

El abuelo Cirilo

En mi casa, el abuelo Cirilo es nombre propio; de una de sus hijas nació mi padre que ha llenado sobremesas de invierno hablando de su ídolo. Debió venir al mundo poco después de 1860; por entonces, el tío Sancho, su mujer y los cinco hijos vivían en el campo, en una torre junto a la acequia del Molino Alto. Al pueblo sólo iban los domingos para oír misa y alguna gestión extraordinaria. Cada mañana salía a la calle nada más levantarse para mirar al cielo y ver el tiempo. Había dormido inquieto, se levantó antes de lo habitual; las primeras luces empezaban a clarear, pero antes de mirar al cielo, un bulto junto a la puerta llamó su atención. Dentro del capazo, algo se movía; lo destapó con cuidado y prevención: se encontró con dos ojos que relucían en la penumbra. Una criatura asustada arrancó a llorar y despertó a toda la familia. La mujer se hizo con el crío, lo calmó y recuperó la paz. Unos y otros se miraron con la pregunta en sus ojos; en unos segundos todas las cabezas se movían afirmativamente. Le llamaron Cirilo y fue el sexto de la familia Sancho, solo que no tuvieron en cuenta registrarlo y oficialmente no constaba en ningún sitio; por eso no hizo el servicio militar.

La economía familiar de entonces se sustentaba en la mano de obra, poco cualificada pero abundante. Así que Cirilo, como antes el resto de la pandilla, a los siete años empezó a servir con un señor que arreglaba calderos por los pueblos de la comarca. Cuando ya tuvo algo de fuerza para manejar herramientas, cambió de trabajo y lo pusieron con un labrador que tenía tierras en propiedad. Ahora comía algo más y se le notó en el desarrollo físico; apuntaba a buen mozo, bien parecido y de trato afable. Un contratista del pueblo que tenía una flota de carros volquetes, le ofreció trabajo en las obras de la estación del ferrocarril; la experiencia fue buena por ambas partes y en 1893 cuando paró el primer tren en Caspe, le hizo responsable de embarcar carros y mulos y llevarlos a Barcelona. Podía haber continuado con aquel trabajo, pero para entonces el corazoncito ya le latía con fuerza cuando se cruzaba con Vicenta por la calle de la Balsa, el paseo de moda en aquellos años. Buscó trabajo con otro labrador del pueblo y en cuanto estuvo asentado decidieron casarse. El párroco se empleó a fondo para convertir en ciudadano al buen Cirilo, que más bien parecía un ser de otro planeta porque no constaba en ningún registro. Consiguió empadronarlo en la inclusa y le pusieron los apellidos propios del hospicio: De Gracia y Expósito.

El joven matrimonio empezó su andadura con mucho futuro y algo menos presente. Cirilo se ganó la confianza de su jefe, soltero, que le trató como a un hijo, le traspasó todas las tierras en herencia y despejó el porvenir de la familia. En casa, Vicenta estaba entretenida con los siete hijos que correteaban arriba y abajo. Con tanto apoyo, la labranza prosperó y aquella casa era un trasiego de gente en busca de favores y consejos.

En enero de 1938, avanzada la guerra civil, dos guardias de asalto llamaron a la puerta y se lo llevaron detenido. No supieron el motivo ni en aquellos momentos era lo más importante, bastaba una denuncia sin fundamento. A finales de enero de 1939, un buen día apareció en el pueblo; la familia estalló en alegría y se montó una gran fiesta para recibir al abuelo Cirilo que con gran serenidad contó todo lo sucedido en aquel año, sin quejarse ni hablar mal de nadie. Le llevaron hasta Barcelona, pero por respeto a su edad, le dejaron en semilibertad controlada hasta que pudo regresar. En el mes de mayo, acabada la contienda, organizó una visita a la Virgen del Pilar para dar gracias por haberlo protegido.

El invierno de 1946 fue atípico en todo el país, especialmente frío, con heladas y nevadas extendidas a zonas poco habituales. La primavera de 1947 tardaba en llegar y los cuerpos más débiles acusaban el frío. El abuelo Cirilo cogió la gripe, se acostó para entrar en calor, y en la cama sin dar ni sufrir molestias, murió el 23 de abril.

Contento con lo que era y tenía, agradecido a la vida, sembraba su alrededor de paz y serenidad. Me ayuda en estos tiempos en que todos queremos más, y como el más no tiene límites, ha desaparecido la conformidad del horizonte, andamos inquietos, faltos de paz y alegría. Y ya se sabe que uno no puede dar lo que no tiene. Quizás hay que detenerse de vez en cuando a saborear lo que tenemos, a saborear la vida. Y entonces recuperar la sonrisa para hacer la vida más agradable a los demás, que es el fondo que me ha quedado de las historias que mi padre contaba del abuelo Cirilo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

22/07/2026