Abr 8, 2026 | Escritos
Las hierbas altas que habían crecido a los lados del camino me acompañaban en el paseo del sábado, sin destino fijo. Me recordaban las procesiones que hemos vivido unos días antes, largas filas de pie en las aceras señalando el recorrido por las calles, Quizás por eso, en mi soledad buscada, rememoraba la jota del encuentro cantada desde el balcón del Ayuntamiento a la Madre que llora frente a su Hijo cargado con la cruz, abajo en la plaza: Madre mía dolorosa / la noche de Martes Santo / cuando encuentras a tu Hijo / te deshaces en un llanto. Resentía el aire frío del miércoles por la noche -ese cierzo helador que algunos tenemos el gusto de conocer desde la cuna- cuando acompañamos al Cristo que visita las ermitas de la parte vieja en el vía crucis del silencio. Resonaban bien cerca aún, los tambores, bombos y trompetas en la procesión del Entierro, llevado a hombros y paso lento hasta depositarlo en el sepulcro simulado, sellado ante los mayordomos de las cofradías que aseguran el cuidado del mayor tesoro. ¿Y si todo acabara aquí? ¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos discípulos desorientados, desnortados? Llegó el sábado con un chorro de luz sin filtro, el sol calentó la calle y las gentes salimos a festejar la Resurrección anunciada por las bandas con un redoble de fiesta que llena todos los rincones de la noche. Vuelve la vida, el campo se abre a mi alrededor lleno de verde, bajo la capa azul sereno del cielo despejado; verde y azul espiritual, verde y amarillo vivo de pinceladas sueltas, verde y rojo amapola, verde y plata del río embalsado, verde y ocre de tierra yerma, verde y rosa pálido del cerezo en flor, verde y amarillento pardo de las lastras de arenisca salpicadas de musgo, verde y beige de la piedra que sostiene el lentisco. ¿Y si todo hubiera acabado allí? Aquí ha vuelto la vida, la naturaleza lo canta en un himno de olor y color que llena el silencio de la tarde. Y pone a vibrar los corazones: del que me contaba con emoción que su mujer se había volcado con él para suplir las limitaciones que padece por un traspiés tonto; del que compartía la alegría de que tras un calvario laboral, su hija había recobrado la paz; del que dedica tiempo y esfuerzo en resolver necesidades primarias de inmigrantes transeúntes; del matrimonio que no se imagina la vida sin el otro y se lo dicen mirándose a los ojos delante de mí; de los abuelos jóvenes que han renunciado a viajar por acoger hijos y nietos y te lo dicen con sencillez; del que pone el broche a una semana agotadora, después de horas y horas de ensayos, con el orgullo de haber servido a su pueblo; de quien ante el Monumento en una iglesia apartada, decide renunciar algo bueno desde un punto de vista humano, porque quiere que su corazón vuele más alto.
¿Y si todo hubiera acabado allí? Pues el hombre no estaría de nuevo de paseo por la Luna, ni la naturaleza nos mostraría su belleza en cada estación, ni el corazón del hombre se llenaría de ambiciones nobles que le hacen progresar. Amar el mundo y amar a Dios, es la idea central de una de las últimas canciones de una conocida artista que está en boca de todos; otros lo han dicho de otras maneras también acertadas, pero ella le ha puesto música y suena mejor. Hemos llegado al Domingo de Resurrección.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/04/26
Ene 14, 2026 | Escritos
Bailar pegados es la canción que representó a España en el Festival de Eurovisión de 1991. Aquel sábado del mes de mayo en los estudios Cinecittà de Roma, el cantante Sergio Dalma conquistó al público con esta balada romántica, su voz quebrada y la sonrisa pícara. El cuarto puesto fue un trampolín que lanzó a la canción y al artista, y desde entonces ha sonado con la misma fuerza, en público o privado, en los rincones más insospechados o en el momento menos esperado. Es lo que me pasó ayer mientras escuchaba un audio grabado por un sacerdote joven, en el que a diario comenta el evangelio para ayudar a rezar. No sólo citó la canción y leyó una estrofa, sino que puso el estribillo durante unos segundos. La percepción que yo tenía de la pieza no encajaba en ese escenario; me revolví en el asiento y sacudí la modorra que sobrevolaba el sillón con la amenaza de aislarme del mundanal ruido. Si lo que pretendía era llevarnos por caminos que nos acerquen a Dios y al prójimo, no me parecía que aquella referencia fuera la más acertada. Presté atención y descubrí, una vez más, que conviene estar abierto a todos los mensajes, sin filtros que seleccionen sólo lo que coincide con mi modo de ver y entender la vida. De toda la letra, sólo dos estrofas le servían para el objetivo que pretendía y le fueron suficientes: “bailar pegados es bailar igual que baila el mar con los delfines, corazón con corazón” “bailar de lejos no es bailar, es como estar bailando solo”. Nos invitó a ensanchar el corazón con todas aquellas personas que pasan o están a nuestro lado y animaba a ser próximos -bailar pegados- con cada una de ellas; a veces basta una mirada, una sonrisa, una palabra amable. Bailar de lejos es bailar sólo.
Conecté con ese planteamiento porque desde hace unos días le daba vueltas a los interrogantes que se formulan en la película “una quinta portuguesa”, que habíamos visto en casa la semana anterior. Unos protagonistas que recrean su identidad con relaciones personales que aparecen y desaparecen. Manolo, un jardinero que anda solo en la vida, presume de estar libre de ataduras y cambia con frecuencia de ciudad, así no se compromete con nadie. Fernando, profesor universitario, se queda descolocado en la vida cuando le abandona su mujer, pero encuentra un nuevo lugar donde rehacerse. Amalia, propietaria de la quinta que fue de su abuela, ha tenido que dar la espalda a su pasado; libre para viajar, cuando está lejos sabe que tiene un lugar a donde volver y eso le da paz. Personas buenas, vulnerables -con heridas en el currículum por los zarpazos que da la vida- hablan de soledad, de perdón, de amor, de hogar.
Y ahora, removido por la osadía de la grabación que había oído, entendí que también esos personajes hablaban el lenguaje del baile: la vida es rozarse, tejer relaciones, es bailar como el mar baila con los delfines, corazón con corazón, es bailar pegado.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
14/01/2026
Dic 31, 2025 | Escritos
Gracias a la insistencia de Miguel Ángel y JoseRa ayer disfruté de un magnífico día en la montaña. Aunque me gusta, mis preferencias deportivas se encaminan por otros derroteros y cuando algo no lo practicas con frecuencia, cuesta ponerse en marcha. Ellos en cambio, salen todas las semanas y lo tienen muy por la mano; por eso lo hacen fácil y me lo pusieron fácil. Fue muy sencillo dejarse llevar y recrearse con los muchos detalles con los que salpican la excursión. Así da gusto y estoy dispuesto a volver.
De regreso, cuando ya los había dejado a cada uno en su casa y conducía sólo, sonó la canción de “carta sin remitente” de Melendi, bien conocida de ocasiones anteriores pero que ahora me llamó la atención cuando dice: “pero siempre te voy a estar / eternamente agradecido / por esas cosas que sin ti / yo solo por mi cuenta, nunca habría aprendido”
Flotaba en mi mundo interior la sensación agradable de la experiencia montañera vivida y el reconocimiento a estos dos que habían puesto los medios para que los acompañara; la canción venía a expresar mi agradecimiento y se la dediqué con una ligera adaptación “por esas cosas que sin vosotros / por mi cuenta no habría vivido”. El semáforo rojo me detuvo al lado de una sucursal bancaria y mira por dónde, la cabeza fue dando saltos de un sitio a otro por asociación de ideas. Y allí apareció el Sr. Burillo con quien compartí los últimos cinco años de mi paso por la banca. Era el director de una oficina de la que me nombraron subdirector, recién estrenados mis primeros veinticuatro años. Todos los empleados, incluido el propio director, eran conscientes de que aquello me venía un poco grande de momento. Todos se daban cuenta menos yo, imbuido de un punto de inconsciencia y atrevimiento propio de quien, por ser joven, el mundo se le hace pequeño. Fueron cinco años de aprendizaje a su lado, de mucha paciencia por su parte para reconducir algún desaguisado que organicé, de hacerme partícipe de decisiones que podía tomar él sólo pero que lo hacía para enseñarme a valorar los distintos aspectos, que aprendiera a levantar la mirada y contemplar más allá de mis narices. Cuando dejé la banca, quien salió por la puerta de aquella sucursal era la misma persona que había entrado, pero muy mejorada. De aquella relación profesional fraguó una amistad personal y familiar; pasé entonces a llamarle José y aunque cambié de ciudad más tarde, estuvimos unidos en la distancia hasta que falleció. El agradecimiento que le profeso se mantiene vivo y por eso sale por los poros en cuanto tiene una oportunidad, como me pasó ayer al juntarse Miguel Ángel, JoseRa, Melendi y una sucursal bancaria.
Otras personas hay en mi vida a quienes tributo sentimiento de gratitud. Hoy, treinta y uno de diciembre, se presta al balance por ser el último día del año y ahí aparecen todas ellas para pedirles perdón por las veces que les fallé y darles las gracias que se merecen por haberme ayudado a ser lo que soy. Y lo hago con la letra y música de Melendi que desde ayer llevo pegada: “pero siempre te voy a estar / eternamente agradecido / por esas cosas que sin ti / yo solo por mi cuenta, nunca habría aprendido”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
31/12/2025
Dic 24, 2025 | Escritos
Desde hace días los adornos de Navidad engalanan calles y escaparates; al oscurecer, cuando la tarde corta deja paso a la noche fría, el alumbrado se refuerza con dibujos y figuras que dan al ambiente una pincelada cálida y acogedora. El ánimo se prepara para recibir a quien baja del cielo a la tierra para enseñarnos, si queremos aprender, que aquí podemos vivir un anticipo de lo que nos espera allí.
En los colegios, esta semana hemos entrado en la recta final del trimestre; cuando recorro los pasillos, a través de los ventanales observo cómo en las aulas ensayan villancicos y representaciones que los pequeños preparan para sus padres. El silencio habitual se relaja, el movimiento se multiplica con idas y venidas; admiro a los profesores que, como directores de orquesta, conducen el grupo atendiendo a las peculiaridades de cada uno, a la vez que refuerzan las habilidades de unos y suplen las que les faltan a otros, y consiguen que todos se sientan implicados en el resultado final: el belén de la clase, que por la tarde del último día enseñaran con orgullo a las familias.
El martes amaneció un día despejado y gélido, un paréntesis en los días de lluvia a los que nos tiene acostumbrado este invierno. A mediodía, unas cuantas personas esperábamos la llegada del autobús a cobijo en el interior de la marquesina. Subí el último para poder saludar a Jaime, conductor habitual en esta línea, con el que hemos hecho amistad a base de trayectos. Después me senté y me distraje atraído por el esmero que el chófer ponía en cada uno de sus movimientos, atento a las personas que subían para saludar con una sonrisa o resolver dudas que daban seguridad.
En una de las paradas, cuando montó la última persona, Jaime cerró las puertas y arrancó el autobús. En ese momento, dos chavales de unos 12 años cruzaban el semáforo corriendo y le hicieron una señal agitando la mano levantada. Frenó, abrió de nuevo las puertas y los esperó. Venían del colegio que hay enfrente, al otro lado de la calle. Llegaron jadeando, con el uniforme descompuesto y el pelo alborotado; el primero validó su billete, se detuvo ante el conductor, le miró a la cara y le salió un “perdón, gracias” un tanto embarullado, pero con una intencionalidad muy clara. El segundo más o menos lo mismo, pero dirigiéndose al público que había seguido atento la operación. Un silencio generalizado redujo a murmullo las conversaciones interrumpidas con la frenada. Arrancó de nuevo, los chavales se sentaron delante de mí, recuperaron el ritmo de la respiración, se ajustaron el uniforme y se zambulleron en alegre conversación ajenos a las miradas que habían atraído.
A punto estuve de ponerme de pie y promover una ovación cerrada para los tres: el chófer y los dos jóvenes viajeros. No me atreví por aquello del “¡qué dirán!” pero lo que entonces no hice, lo propongo ahora con más empeño a través de este escrito. Se lo merecen, ellos y tantas personas con quienes tratamos a diario, que con su comportamiento contribuyen a que la vida sea un poco más cielo que tierra.
Los adornos, las luces, los villancicos, los belenes… y esas personas, nos recuerdan que es Navidad.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/12/2025
Sep 10, 2025 | Escritos
He sido muy feliz; ¿qué digo? ¡soy muy feliz! Así remataba la conversación que mantuvimos mientras recorríamos las dependencias del colegio el primer día que me lo enseñó. Aquella monja risueña, menudita, de movimientos ágiles y hábito caféconleche, hablaba con ilusión de lo que veíamos en cada aula, en cada rincón, y lo intercalaba con los recuerdos que unían el entonces con el ahora, los inicios con el presente. Todo tenía un porqué y ahora buscaban el relevo de quien alumbrara el mañana antes de que el hoy se apagara. Contagiaba la alegría de una vida de entrega a los demás, de un recorrido de servicio al prójimo a la luz de la fe que le alumbró desde el primer instante, cuando siendo niña se encendió en su interior la llama de la vocación y decidió ser como ellas. Ellas eran unas monjas que pasaron por el pueblo poco antes de la Semana Santa y fueron a la escuela a explicarles lo que hacían, como era la vida de una religiosa. Se lo contó a su madre nada más llegar a casa, hablando deprisa, moviendo las coletas de las que faltaba un lazo. “Se le pasará” dijo para sus adentros, porque la novela que tenía escrita para ella se desarrollaba en otros escenarios. La segunda de cuatro hermanos, la mayor de las chicas, servicial, alegre, despierta, trabajadora. Removía la pandilla con sus propuestas y sabían divertirse con los recursos a su alcance; en ese ambiente de grupo experimentó las aspiraciones del corazón que latía con fuerza cuando hablaba con el zagalote que la rondaba, hasta que encauzaron los sentimientos en una conversación un tanto nerviosa pero eficaz y siguieron tratándose sólo como amigos, porque ella se reservaba para Dios. En casa tenían una posición económica desahogada sin alardes, que les permitía costear sus estudios en la capital. Cuando llegó ese momento sentó a su padre y a su madre para recordarles que seguía viva la brasa que alimentaba su decisión. Se fue al internado con las monjas, avanzó en los estudios y en la vida religiosa; caminaba por la vida con la seguridad de quien se fía de alguien grande porque ella es pequeña y lo que haga no será sólo por sus méritos. A la devoción añadía trabajo, estudio y tiempo para los demás. La universidad le amplió horizontes y premió su esfuerzo y talento con un título de Licenciada en Ciencias. Puso aquel diploma a disposición de la superiora el mismo día que acabó las clases y en unas semanas viajaba a Perú para poner en marcha una misión que el Obispo les había encomendado. Su tarea fecunda cuajó en obras y personas que dieron sombra a quienes allí siguieron cuando ella regresó a los diez años, porque ahora le pedían arrimar el hombro en los inicios del colegio que hoy me enseñaba. Aquel sueño cuarenta años atrás que prendió en un pequeño local se había hecho realidad y de nuevo estaba preparada para que otros continuaran, porque ella y su sonrisa se iban a donde le dijeran sin importarle que el atardecer de la vida asomaba en el horizonte. Fue entonces cuando me dijo: “he sido muy feliz”; me miró en silencio con un punto de suspense, respiró hondo y con el brillo de los ojos iluminando su cara, apostilló ¡soy muy feliz!
Fue unos días más tarde cuando escuché por primera vez la canción de Rosalía que da título a este relato y tuve la sensación de que ponía música a la historia de la monja:
“Si me das a elegir entre tú y la riqueza / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y la gloria / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y el cielo libre para ir a otros nidos / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir en tú y mis ideas (que sin ellas estoy perdida) / ay, amor me quedo contigo”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/09/25