Ago 5, 2026 | Escritos
“Cuando vuelva de la siega / asómate a la ventana / que a un labrador no le importa / que le de el sol cara a cara”, así canta la jota aragonesa compuesta para la película Nobleza Baturra que interpreta Imperio Argentina. Ahí la escuché por primera vez siendo un crío y después la he canturreado montones de veces porque alimenta mis raíces; la última vez fue un fin de semana que pasé en el pueblo en el mes de julio. Salí temprano para dar un paseo por los alrededores; regresé cuando el día despertaba y, en el cambio de rasante de la carretera que baja hasta el puente del río, se me presentó como asomado a la venta, con todo el sol naciente a la cara. La vista me removió, la imagen era la de siempre y, precisamente por eso, la emoción respiró hondo por todos los poros de la piel y le canté la jota.
Sentado en una piedra, dispuesto a disfrutar del momento, recordé la historia del rodaje de la película La Biblia (1966) que cuenta Gustavo Martín Garzo en su libro El cuarto de al lado: “La protagonizaban el productor de cine Dino de Laurentiis y el director francés Robert Bresson. Dino de Laurentiis preparaba su gran superproducción de La Biblia y, entre otros directores, había elegido a Bresson para que dirigiera el episodio de Noé. Fue a verle momentos antes de que iniciara el rodaje. Allí estaban en sus jaulas innumerables parejas de animales, y de Laurentiis no pudo menos de comentarle a Bresson lo contento que debía de estar con una producción como la suya, que no reparaba en gastos a la hora de permitirle el rodaje de las escenas más espectaculares. Bresson le contestó que se lo agradecía mucho, pero que lo único que se iba a ver de aquellos animales eran sus huellas sobre la arena. Esa misma tarde recibió una llamada diciéndole que estaba despedido. Dino de Laurentiis operaba sin duda con la lógica de una gran producción, igual que cuando programan actividades culturales. Enseguida proyectan magnos congresos, grandes ciudades de la cultura, auditorios magníficos. No saben que la poesía no está en ese mundo enfático de las grandes declaraciones y los grandes gestos, sino en las huellas casi imperceptibles sobre la arena del tiempo de los cuerpos que amamos.”
Desde que marché de Caspe con quince años, puedo decir – siguiendo el símil anterior- que he asistido a “magnos congresos”, visitado “grandes ciudades”, disfrutado de “auditorios magníficos”; y aun siendo enriquecedoras esas experiencias, ninguna de ellas me ha marcado como el lugar de origen, el pueblo donde nací y crecí, cuyas huellas llevo en el corazón.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
05/08/2026
Jul 21, 2026 | Escritos
En mi casa, el abuelo Cirilo es nombre propio; de una de sus hijas nació mi padre que ha llenado sobremesas de invierno hablando de su ídolo. Debió venir al mundo poco después de 1860; por entonces, el tío Sancho, su mujer y los cinco hijos vivían en el campo, en una torre junto a la acequia del Molino Alto. Al pueblo sólo iban los domingos para oír misa y alguna gestión extraordinaria. Cada mañana salía a la calle nada más levantarse para mirar al cielo y ver el tiempo. Había dormido inquieto, se levantó antes de lo habitual; las primeras luces empezaban a clarear, pero antes de mirar al cielo, un bulto junto a la puerta llamó su atención. Dentro del capazo, algo se movía; lo destapó con cuidado y prevención: se encontró con dos ojos que relucían en la penumbra. Una criatura asustada arrancó a llorar y despertó a toda la familia. La mujer se hizo con el crío, lo calmó y recuperó la paz. Unos y otros se miraron con la pregunta en sus ojos; en unos segundos todas las cabezas se movían afirmativamente. Le llamaron Cirilo y fue el sexto de la familia Sancho, solo que no tuvieron en cuenta registrarlo y oficialmente no constaba en ningún sitio; por eso no hizo el servicio militar.
La economía familiar de entonces se sustentaba en la mano de obra, poco cualificada pero abundante. Así que Cirilo, como antes el resto de la pandilla, a los siete años empezó a servir con un señor que arreglaba calderos por los pueblos de la comarca. Cuando ya tuvo algo de fuerza para manejar herramientas, cambió de trabajo y lo pusieron con un labrador que tenía tierras en propiedad. Ahora comía algo más y se le notó en el desarrollo físico; apuntaba a buen mozo, bien parecido y de trato afable. Un contratista del pueblo que tenía una flota de carros volquetes, le ofreció trabajo en las obras de la estación del ferrocarril; la experiencia fue buena por ambas partes y en 1893 cuando paró el primer tren en Caspe, le hizo responsable de embarcar carros y mulos y llevarlos a Barcelona. Podía haber continuado con aquel trabajo, pero para entonces el corazoncito ya le latía con fuerza cuando se cruzaba con Vicenta por la calle de la Balsa, el paseo de moda en aquellos años. Buscó trabajo con otro labrador del pueblo y en cuanto estuvo asentado decidieron casarse. El párroco se empleó a fondo para convertir en ciudadano al buen Cirilo, que más bien parecía un ser de otro planeta porque no constaba en ningún registro. Consiguió empadronarlo en la inclusa y le pusieron los apellidos propios del hospicio: De Gracia y Expósito.
El joven matrimonio empezó su andadura con mucho futuro y algo menos presente. Cirilo se ganó la confianza de su jefe, soltero, que le trató como a un hijo, le traspasó todas las tierras en herencia y despejó el porvenir de la familia. En casa, Vicenta estaba entretenida con los siete hijos que correteaban arriba y abajo. Con tanto apoyo, la labranza prosperó y aquella casa era un trasiego de gente en busca de favores y consejos.
En enero de 1938, avanzada la guerra civil, dos guardias de asalto llamaron a la puerta y se lo llevaron detenido. No supieron el motivo ni en aquellos momentos era lo más importante, bastaba una denuncia sin fundamento. A finales de enero de 1939, un buen día apareció en el pueblo; la familia estalló en alegría y se montó una gran fiesta para recibir al abuelo Cirilo que con gran serenidad contó todo lo sucedido en aquel año, sin quejarse ni hablar mal de nadie. Le llevaron hasta Barcelona, pero por respeto a su edad, le dejaron en semilibertad controlada hasta que pudo regresar. En el mes de mayo, acabada la contienda, organizó una visita a la Virgen del Pilar para dar gracias por haberlo protegido.
El invierno de 1946 fue atípico en todo el país, especialmente frío, con heladas y nevadas extendidas a zonas poco habituales. La primavera de 1947 tardaba en llegar y los cuerpos más débiles acusaban el frío. El abuelo Cirilo cogió la gripe, se acostó para entrar en calor, y en la cama sin dar ni sufrir molestias, murió el 23 de abril.
Contento con lo que era y tenía, agradecido a la vida, sembraba su alrededor de paz y serenidad. Me ayuda en estos tiempos en que todos queremos más, y como el más no tiene límites, ha desaparecido la conformidad del horizonte, andamos inquietos, faltos de paz y alegría. Y ya se sabe que uno no puede dar lo que no tiene. Quizás hay que detenerse de vez en cuando a saborear lo que tenemos, a saborear la vida. Y entonces recuperar la sonrisa para hacer la vida más agradable a los demás, que es el fondo que me ha quedado de las historias que mi padre contaba del abuelo Cirilo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
22/07/2026
Jul 8, 2026 | Escritos
Los domingos comían despacio, porque estaba su padre y había segundo plato: garbanzos con arroz, gallina (era su destino cuando dejaban de poner huevos) y manzanas de su tía, porque su padre no tenía frutales en el campo. Pero a Joselín le costaba aguantar sentado hasta el final; medio sentado, medio de pie, comía el postre inquieto, porque hacía tarde; sólo la paga le frenaba; esperaba con ansiedad el momento en que su madre sacaba el monedero del armario y repartía la paga a los dos hermanos. Y eso no sucedía hasta que no hubiera pasado el parte. A su padre le gustaba oír la radio, las noticias, y sólo los días que comía en casa podía escuchar el parte del mediodía. En ese momento bajaban la voz y escuchaban en silencio: “Al oír la última señal serán las catorce horas treinta minutos: pí, pí, pííí; Radio Nacional de España, diario hablado del mediodía”. A los pocos minutos, el ambiente se relajaba y Joselín volvía a los nervios, las prisas, la paga. Ahora recibía un duro, ¡una fortuna! Se acordaba de cuando le daban tres pesetas, luego pasaron a cuatro y ahora ¡cinco! En ese momento, su padre fingía una suave protesta porque él no tenía paga. Joselín marchaba corriendo, contento con su duro, después de besar alegre a su madre, alocadamente y con cuidado a su padre: el padre de Joselín se afeitaba los domingos por la tarde.
Ahora ya podía ir algunos domingos a butaca, con sus amigos. Hasta entonces iba siempre a general, porque butaca valía cuatro pesetas. Pero aquel domingo no iba al cine, porque había fútbol y en el fútbol el señor de las entradas les dejaba pasar cuando ya hacía un rato que había empezado el partido y no entraba más gente. Era buen hombre y conocía a un amigo de su padre; cuando llevaban un buen rato esperando y no molestaban, les daba lástima y los dejaba pasar a general, en el sol.
Ese domingo había fútbol, tenía prisa por llegar el primero a jugar a canicas, antes de ir al fútbol; si no llegaban los primeros, los mayores les quitaban el gua y no podían jugar en el rellano de piedra. Las escaleras de la Parroquia eran de losas grandes y tenían un rellano amplio, con guas arañados en la piedra en los que ya había jugado su padre, cuando vivió en el pueblo antes de marchar al campo, porque en la guerra una bomba les dejó sin casa.
Era primavera, el sol de aquella hora temprana apelmazaba el ambiente de la tarde. Sólo algún chiquillo bajaba la calle corriendo, en busca de la golosina esperada toda la semana. A ras de suelo, la partida reunía a Joselín y sus amigos alrededor del gua. Su madre le reñía por las rodillas, por las puntas peladas de los zapatos buenos del domingo, por los bolsillos del pantalón corto siempre cargados de bolas. Joselín tenía buena puntería y estilo propio; tenía buen ganar y buen perder y no le faltaban amigos para jugar al gua.
(Recuerdos autobiográficos, 1964/65)
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/07/2026
Jun 10, 2026 | Escritos
Julio es un joven padre de familia, al que los hijos le han hecho madurar algo más rápido que a sus compañeros de clase. Se le nota por fuera, aunque le trae sin cuidado que se lo digamos; pero sobre todo se le nota cuando habla, cuando opina, cuando aconseja, cuando cuenta su día a día sin alardes. Disfruta con su trabajo de médico y le encanta trabajar en urgencias, porque considera que es allí donde mejor puede vivir a fondo su vocación profesional. Es uno de los habituales al desayuno tempranero de los sábados, un encuentro semanal que mantiene viva la llama de la amistad del grupo del instituto; es inflexible con la hora de marchar, porque le espera la logística con la pandilla de casa y la lista de la compra. Conversador ameno, pero sobre todo buen provocador de conversación y consigue que los demás hablen porque se sienten escuchados, virtud que le acompaña tanto con los amigos, como en casa o en el hospital.
El último día contaba el caso de un matrimonio mayor que llegó a urgencias en busca de un informe que necesitaban. En la recepción trataron de explicarle que allí no se lo podían hacer y le daban indicaciones para que se dirigieran al sitio adecuado. La mujer estaba tensa, no atendía a razones, resoplaba, se movía inquieta como quien se encuentra ante un muro insalvable. Afloraron los nervios, surgieron las críticas y se le escapó alguna amenaza. El hombre tenía la mirada ausente, de vez en cuando decía frases inconexas.
Julio pasó por allí, se dio cuenta de que algo no funcionaba y ofreció su colaboración. Ella, asustada, agobiada, volvió a pedir el informe con maneras destempladas. Se los llevó a una consulta, la escuchó y poco a poco volvió la calma. María y Juan llevan 80 años largos a la espalda y algo más de 50 de casados. A él le afecta una demencia progresiva y los últimos meses han sido muy difíciles. Sus hijos fuera, ella le cuida y se ocupa de todo. Está agotada; quiere estar junto a él, pero no puede atenderle como necesita y los dos empeoran. Ha decidido llevarle a una residencia y le piden un informe.
Julio habló por teléfono con la trabajadora social y quedaron para el día siguiente; se ofreció para ayudarles en todo lo que necesiten. Durante la conversación, María acariciaba la mejilla de su marido mientras le decía “y tú serás siempre mi Juan”. Se despidieron, apoyado en el umbral del despacho, los vio alejarse de la mano y pasar por el mostrador para pedir disculpas y dar las gracias porque ya estaba solucionado.
Después, Julio añadía que, con el tiempo, en su trabajo ha aprendido dos cosas; la primera que hay personas que cuando te hablan, por dentro piensan “Sólo te pido que me escuches; no hace falta que me des consejos, ni que me cuentes una historia que conoces parecía a la mía. Sólo pido que me escuches”. Y la segunda, que a esas personas se les cura con la escucha y eso no se despacha con una receta para la farmacia; hace falta algo de tiempo y algo de actitud. Y eso cuesta, pero con un poco de buena voluntad y otro poco de esfuerzo, se aprende a escuchar.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/06/2026
Abr 1, 2026 | Escritos
El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. Para que esa puerta se abra, llevamos muchos días preparando el momento. Quienes viven la fe, han recorrido el camino de la cuaresma, cuarenta días de preparación interior para encontrarse con la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Hay quienes lo hacen como una tradición empapada de sentido religioso, que mantiene unido a un pueblo en torno a sus raíces; estos porque participan y sostienen las procesiones, aquellos porque regresan al pueblo a contemplarlas.
Desde que tengo uso de razón he crecido en el ambiente que se vive en torno a los preparativos de estos días. Desde finales de enero, las bandas de tambores se reunían al atardecer para ensayar, distribuidas por los cuatro puntos cardinales alrededor del pueblo y llenaban con sus redobles la calma de las primeras sombras de la noche. También porque mi padre era el secretario de una cofradía a la que dedicaba tiempo y esfuerzo, y en casa todos colaborábamos en las tareas necesarias.
Pero el Domingo de Ramos traía un interés añadido para los pequeños. La costumbre dictaba que había que estrenar algo ese día. Eran tiempos en que la hucha de los ahorros familiares andaba muy menguada; mi madre, como tantas otras, se las ingeniaba para tejer en casa lo que el escaparate de la tienda ofrecía y el bolsillo no alcanzaba. Y como los críos viven pegados a lo inmediato, éramos ajenos al esfuerzo que ponía por arañar tiempo para hacernos un jersey, coser un pantalón o sacar una camisa de otra prenda.
Ese domingo amanecía temprano porque los nervios son incompatibles con el sueño. Llegar puntuales a la procesión era un objetivo para nosotros que pasaba por delante de cualquier otra obligación. A mi madre le hubiera encantado compartir ese criterio, pero los varios frentes abiertos le hacían ser más realista. Cuando por fin estábamos listos, la salida de casa daba rienda suelta a las emociones en forma de sonrisa dibujada en la cara, por la alegría del estreno, por el ramo de laurel tan chulo que nos había traído mi padre y por el orgullo de ir de la mano con mi madre.
Han pasado los años y la foto del último domingo recoge a los mismos personajes con idénticas emociones: la alegría que da el cariño renovado cada día -como de estreno-, el ramo de laurel que ella luce y el orgullo de salir de casa cogidos de la mano para llegar puntuales a la procesión del Domingo de Ramos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
01/04/26