El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. Para que esa puerta se abra, llevamos muchos días preparando el momento. Quienes viven la fe, han recorrido el camino de la cuaresma, cuarenta días de preparación interior para encontrarse con la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Hay quienes lo hacen como una tradición empapada de sentido religioso, que mantiene unido a un pueblo en torno a sus raíces; estos porque participan y sostienen las procesiones, aquellos porque regresan al pueblo a contemplarlas.

Desde que tengo uso de razón he crecido en el ambiente que se vive en torno a los preparativos de estos días. Desde finales de enero, las bandas de tambores se reunían al atardecer para ensayar, distribuidas por los cuatro puntos cardinales alrededor del pueblo y llenaban con sus redobles la calma de las primeras sombras de la noche. También porque mi padre era el secretario de una cofradía a la que dedicaba tiempo y esfuerzo, y en casa todos colaborábamos en las tareas necesarias.

Pero el Domingo de Ramos traía un interés añadido para los pequeños. La costumbre dictaba que había que estrenar algo ese día. Eran tiempos en que la hucha de los ahorros familiares andaba muy menguada; mi madre, como tantas otras, se las ingeniaba para tejer en casa lo que el escaparate de la tienda ofrecía y el bolsillo no alcanzaba. Y como los críos viven pegados a lo inmediato, éramos ajenos al esfuerzo que ponía por arañar tiempo para hacernos un jersey, coser un pantalón o sacar una camisa de otra prenda.

Ese domingo amanecía temprano porque los nervios son incompatibles con el sueño. Llegar puntuales a la procesión era un objetivo para nosotros que pasaba por delante de cualquier otra obligación. A mi madre le hubiera encantado compartir ese criterio, pero los varios frentes abiertos le hacían ser más realista. Cuando por fin estábamos listos, la salida de casa daba rienda suelta a las emociones en forma de sonrisa dibujada en la cara, por la alegría del estreno, por el ramo de laurel tan chulo que nos había traído mi padre y por el orgullo de ir de la mano con mi madre.

Han pasado los años y la foto del último domingo recoge a los mismos personajes con idénticas emociones: la alegría que da el cariño renovado cada día -como de estreno-, el ramo de laurel que ella luce y el orgullo de salir de casa cogidos de la mano para llegar puntuales a la procesión del Domingo de Ramos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

01/04/26

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