Doña Encarna era mi maestra de párvulos en la escuela de la calle Alta; un caserón viejo del Ayuntamiento, que usaba de almacén en la planta baja. En el primer piso tenía dos aulas grandes con el suelo de madera crujiente y techos muy altos; o a lo mejor es que nosotros éramos muy bajitos. En la clase de al lado estaba doña Julia; en el recreo siempre estaban juntas, pero luego nunca nos mezclaban, eran dos mundos distintos, dos modos de trabajar. La una cariñosa; la otra exigente. Con doña Encarna, hacíamos el mes de mayo: en ese mes, cada día uno de nosotros traía unas flores y se las ponía a la Virgen; antes de salir por la tarde, nos juntaba alrededor de la imagen y le cantábamos a coro con un ligero balanceo. Después de la primera comunión pasé con don Emilio y de allí al Instituto. Aquellas angelicales prácticas quedaron desplazadas por letras y números, a veces acompañados de un palmetazo que te devolvía a la realidad si te quedabas distraído. Nuevas ilusiones impulsaban a salir corriendo hacia el cole, otras emociones nos esperaban fuera de clase; y así los días se vivían intensos.

Pasa el tiempo y descubres que en tu interior hay un almacén como el del Ayuntamiento en la planta baja de la escuela de la calle Alta; y que allí hay recuerdos de vivencias que saltan a la superficie cuando el diapasón de la vida entra en sintonía con ellos. Ahora que el jardín nos ofrece un abanico de rosales, y en el paseo disfruto de sus formas, olores y colores, se me ilumina la cara con la sonrisa del párvulo que canta el mes de mayo. Con la fresca de la mañana, la tijera corta aquí y allá, para adornar un rincón, alegrar la mesa o acompañar una imagen.

De entre todos, hay un rosal que me atrae de un modo especial; lo plantaron muy al principio, escondido, apartado, rodeado de vegetación. Por una mezcla de descuido y abandono, se estropeó el riego; pasó sed de agua y hambre de cariño. Pero era recio, resistió el envite y se sobrepuso. Desde entonces sólo saca tres o cuatro rosas en toda la temporada, una tras otra, nunca dos a la vez. Valen su peso en oro: aterciopeladas, vistosas, olorosas. Cuando me acerco a saludarlo, se enorgullece de ofrecerme su rosa, se contonea y susurra la canción del mes de mayo, aquella que cantábamos los pequeños alumnos de doña Encarna.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

13/05/26

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