Volver a vernos

Volver a vernos

Ayer por la mañana me fui bien temprano a pasar un rato a la orilla del río Ebro. Cuando llegué, la luna se acababa de despedir. Sus aguas embalsadas estaban todavía adormecidas, relajadas, tranquilas. En una orilla, el reflejo de los montes duplicaba su altura; en la otra, los árboles frutales de la plantación cercana se asomaban a contemplar orgullosos la imagen que el río les devuelve adornados de melocotones amarillos que doblegan sus ramas. En el centro, la mirada se posó en la superficie en un amerizaje suave para no alterar la paz, anticipo de la que dicen se disfruta en el cielo.

El Ebro forma parte de los elementos que me encontré al nacer, como las escaleras de la Parroquia, la plaza del Ayuntamiento, las Escuelas, la Estación o la ermita de la Virgen de mi calle; los incorporas a tu vida porque ya estaban allí la primera vez que abres los ojos. Creces con ellos con la confianza de que son de los tuyos y alimentan un sentimiento de origen que corre por la sangre, junto con el de la familia, y fortalecen la raíz que te hace estar seguro, firme, anclado en una buena base para llegar lejos, a personas y lugares, manteniendo tu identidad. Vas y vienes, tratas con unos y con otros, aprendes de aquí y de allá, compartes con éstos y aquellos; pero sabes de dónde vienes, de quien eres.

Mi padre creció en una de las huertas que sus meandros enriquecían; con sus historias en las sobremesas de las cenas, engrandecía mi admiración por el río y multiplicaba la impaciencia por convertir en realidad las aventuras que la imaginación esbozaba. Cuando la bicicleta nos dio autonomía para recorrer más espacio en menos tiempo, las correrías en pandilla apuntaban con frecuencia a las orillas del río, donde siempre encontrábamos algún rincón nuevo para explorar. Luego vino el embalse y le cambió la fisonomía; y a muchas personas el sistema de vida porque desaparecieron las huertas que eran su sustento. Fueron años tensos, de transición, de adaptación, para el río y para sus gentes. Dejó atrás el empuje de las aguas que bajaban con fuerza y nos acostumbramos a verlo asentado, inmóvil.

Tuve la sensación de que se alegraba al verme y que me ofrecía asiento en una de las rocas que dominan los dos brazos de la curva. Pronto surgió una conversación imaginada y empezó a contarme historias: de labradores que se acercan a preguntarle si podrán regar, de pastores que llevan el ganado a beber y las ovejas se estiran por toda la orilla como un remiendo de paño blanco; de pescadores que le acompañan horas y horas mientras vigilan las cañas, del barquero que sale al atardecer provocando olas tímidas que desaparecen en un santiamén; del sol que cada mañana le saluda por el este, de la luna coqueta que le usa de espejo por la noche.

El tiempo había pasado rápido, lo habitual cuando estás a gusto con un amigo, el sol lucía alto y sus rayos recortaban las escasas sombras que nos protegían. Era el momento de la despedida, de unas fotos que anclen el recuerdo del encuentro, del adiós, del te quedas pero te llevo conmigo. Del propósito compartido: volver a vernos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

29/07/2026

Gaudí en el Bernabéu

Gaudí en el Bernabéu

Aquel mes de octubre de 1972, las mañanas amanecían inusualmente frescas en Barcelona. Sin embargo, el martes día 10, era bien temprano y estaba sudando. El lunes me había presentado en el departamento de personal del banco y me asignaron una sucursal en el Paseo de Gracia. Era mi primer día de trabajo y quería asegurar la puntualidad. Madrugué, tomé el metro, equivoqué la salida y me desorienté. Por fin encontré el lado de los impares y empecé a caminar con desasosiego, comprobando que de un número a otro había varios portales y me entraron sudores de inquietud por si llegaba tarde. A eso se sumó la majestuosidad de los edificios, los espacios infinitos y las prisas de la gente; aquel cóctel fue difícil de digerir para un chaval recién llegado del pueblo y me tuve que parar, respirar hondo y esperar a que se pasara el mareo.

El recorrido se me hizo familiar; no era consciente de que pasaba por delante de algunos edificios representativos del modernismo, que se concentraban en la misma manzana de aquella ancha avenida: la casa Batlló, la casa Amatller, la casa Lleó Morera o la casa Mulleras. Cuando la confianza me ayudó a pasear relajado, descubrí los escaparates y las fachadas de los edificios. Me sorprendía la joyería Bagués y los mosaicos en la fachada de la casa Battló. Además, la sucursal del banco estaba frente a la casa Milá, más conocida por La Pedrera, otro edificio singular que atraía muchos visitantes. Por entonces me hablaron de Antonio Gaudí y me familiaricé con su historia. Algunos domingos iba a misa a la cripta de la Sagrada Familia y a la salida contemplaba las cuatro torres y la única fachada levantada. Más adelante, frecuentamos el Parque Güell con los chavales de la catequesis de Can Serra, un barrio de L´Hospitalet de Llobregat; el dragón, la figura más conocida del Parque, pasó a ser como uno más de nuestros juegos.

En las obras de Gaudí abundan los elementos vegetales y animales de la naturaleza, en formas generalmente curvas que revestía con trozos irregulares de cerámica, vidrio o mármol de colores brillantes y duraderos que en las superficies ondulantes potencian el brillo y los efectos plásticos. A esta técnica se le conoce como trencadís, uno de sus sellos más personales. Veía en esos trozos de distintos colores la belleza de la arquitectura; era una metáfora perfecta de su obra: la unión de mil fragmentos humildes para crear un conjunto glorioso y luminoso.

Cuando el Papa visitó Madrid a principios de junio, tuve la oportunidad de asistir al encuentro en el estadio Santiago Bernabéu. Era la primera vez que accedía después de la transformación integral que ha tenido; la aproximación al estadio, el acceso, el recorrido por los pasillos y la vista de las gradas desde la boca, me transportaron a aquellos primeros recorridos por el Paseo de Gracia. Desde mi puesto, dejé transcurrir el tiempo hasta que llegó el Papa recorriendo con la vista las gradas a rebosar de puntos diminutos, piezas de colores brillantes. Cada peregrino en su asiento, era como un trozo irregular de cerámica que se adaptaba a la forma curva y ondulante de la grada. La luz matizada al atravesar la cubierta retráctil producía destellos luminosos al impactar con cada uno de aquellos puntitos; el movimiento de los abanicos daba vida a la superficie multicolor, un vaivén pendular imaginario. La unión de aquellos setenta mil fragmentos humildes, unidos por la argamasa del cariño al Santo Padre, creaban un conjunto glorioso inspirado en la técnica del trencadís. Me resultó familiar, noté la presencia de Gaudí en el Bernabéu

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

24/06/2026

Tonos y Pili

Tonos y Pili

Jorge es un tipo de saber polifacético que lo vierte con suavidad en las conversaciones pausadas. Coincidimos todas las semanas en la reunión del Patronato de una labor social y esperamos con inquietud el momento informal de la comida, una vez resueltos los puntos que el orden del día marca para avanzar en la misión que se nos ha encomendado. Es la oportunidad de compartir novedades, de ponernos al corriente de los derroteros por los que transitamos, tan ricos y variados como la paleta multicolor del artista pintor. Y de ese abanico temático deriva el enriquecimiento de la conversación que hilvana el primer plato con el segundo y el postre con el café hasta que el tiempo se agota y cuesta despedirse porque no encontramos el momento para el punto final.

En una de las últimas ocasiones antes de las vacaciones de Navidad, escuchábamos con interés su actividad en el campo de la moda, tanto desde la docencia en la Universidad como en el asesoramiento de una marca de ropa en expansión. Hablaba de tendencias, de colores, de texturas, de combinaciones; hablaba sobre todo de personas, porque concibe ese mundo al servicio de las personas para resaltar sus valores y hacer más agradable la relación entre ellas. Hablaba de la elegancia como un concepto abierto con unos cánones que se actualizan en cada época, en cada generación. La persona elegante tiene un toque vanguardista, un sello personal, un estilo peculiar que sobrepone a la moda sin dejarse arrastrar por ella. Seguir ciegamente la moda nos despersonaliza, nos convierte en objetos moldeados, resultamos aburridos: conocido uno, conocidos todos. La elegancia requiere cierta exigencia, incompatible con la entrega cómoda e incondicional a la moda. Se alcanza con el esfuerzo de la inteligencia; el gusto se perfecciona, no es algo que se tiene y ya está. Saber escoger lo mejor se ensaya en cada elección personal; cada uno es elegante a su manera porque somos irrepetibles. Nos decía que no se trata de “ponerse elegante” si no de “ser elegante” y eso tiene mucho que ver con la sencillez y riqueza interior más que con el adorno de unas ropas, que la elegancia sale de dentro a fuera.

Mientras Jorge nos tenía con la cuchara suspendida a medio camino entre el plato y la boca para no perder el hilo de su exposición, me acordé de Pili la de Tonos, como la llama mi madre, aunque ya hace años que traspasó el negocio. Tonos es una tienda de telas en el pueblo y Pili era la propietaria, además de dependienta, asesora, confidente y amiga de quien entraba en aquel reducido local. Su gusto y sencillez lo reflejaba el minúsculo escaparate, del que fui asiduo contemplativo cada vez que iba al pueblo a visitar la familia. Aquel rincón perfumado con el aroma de la elegancia me atraía para contemplar en silencio la composición con la que mostraba los tejidos por temporadas. Recogido con mirada atenta, descubría la belleza que la luz de su interior alumbraba. Sensibilidad, claridad, orden, paz, calidez, humanidad; aquella decoración reflejaba un modo de entender la vida.

Escenografías pensadas al detalle, elementos traídos de Dios sabe dónde, porque la pereza no tiene acomodo en su diccionario: una máquina de coser a pedal con base de hierro fundido, una escalera de madera, una cómoda con los cajones entreabiertos de los que sobresalían mantones de bobiné, el carro del afilador con el que recorría las calles afilando cuchillos, un espantapájaros de tamaño natural hecho con tela de saco. Recreaciones según la época del año: un rincón de aula con pupitre, pizarra, mapas y mesa de profesor; una chimenea de fuego bajo dando ambiente al salón de la casa; un cuadro compuesto con hojas secas otoñales y unas calabazas gigantes en la base; un mueble viejo recubierto con un tul transparente en tono fucsia adornado con motivos navideños.

Unos días después de aquella comida, aparqué al lado de una tienda que me llamó la atención. Me acerqué expectante: muchos metros de escaparate en la calle principal y la entrada al doblar la esquina. Estaba bien, pero continué caminando. El ruido del tráfico, las prisas de los viandantes, el frío de la tarde; esbocé una sonrisa, me arrebujé en el abrigo y con la imaginación volví al remanso humano y cálido de Tonos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

7 de mayo de 2025

El Encuentro de Martes Santo

El Encuentro de Martes Santo

El sábado fue un día de movimiento, de traslados y desplazamientos; se notaba en la circulación desde primera hora. Una vez en carretera propuse avanzar sin prisas, disfrutar de la conversación, del verde limpio del campo empapado de la lluvia abundante de los días anteriores. Repasamos planes para estos días, trabajos en la casa, encargos recibidos, visitas y encuentros de familia, de amigos. Y vivir la Semana Santa, algo que en mi casa siempre hemos hecho por devoción, por tradición, por implicación en la parroquia y en las cofradías.

Volver es revivir; la memoria y el recuerdo tienen la capacidad de hacer presente lo que en un pasado voló. Volvemos con la ilusión de encontrarnos allí donde nos despedimos. En los encuentros espontáneos, a veces, tardas en reconocer al que te saluda hasta que de repente acuden las imágenes, te sitúas en el momento y en el lugar que cimentaron tu vida y ahora re-vives.

Ni olvidar ni vivir anclado en el pasado. Las tradiciones mantenidas y actualizadas nos conectan con quienes nos antecedieron y ofrecieron a la siguiente generación el fruto de su trabajo. He visto a mi padre y tantos como él, gente sencilla, trabajadores natos, dedicar horas y esfuerzo en hacer realidad las procesiones, manifestación pública de fe, devoción y tradición. Luego vinieron otros que supieron tomar el testigo con renovado empeño y, lo que parecía agotado, volvió a prender con fuerza de unas brasas que nunca se apagaron.

Así se refuerza la identidad de las personas que alimentan sus raíces en las tradiciones de un pueblo y les permite andar firmes por la vida, como dice la cantadora: “con la jota de mi tierra, el mundo entero recorreré, y cuando me pregunten de dónde vengo, de Caspe gritaré”.

De todos los encuentros que se producen estos días, en la calle, en casa, entre familia y amigos, uno de los más emocionantes es el de la Virgen Dolorosa con Jesús Nazareno durante la procesión del Martes Santo. Después de recorrer algunas calles por separado, llegan a la plaza Mayor llena a rebosar de caras expectantes y entran por calles enfrentadas. Ella avanza con paso suave y firme; Él, balanceándose al ritmo que le marcan los costaleros, algo parecido a lo que debió suceder en la realidad. Se acercan lentamente el uno al otro, los tambores redoblan la intensidad advirtiendo que algo único está sucediendo y vale la pena prestar atención; se añaden las trompetas para elevar la vibración de lo que se vive en la plaza y, de repente, el silencio. Enmudecen tambores, trompetas y gargantas; todos pendientes de dos miradas que se encuentran y se hablan sin palabras: Madre e Hijo frente a frente.

La megafonía amplía la voz del lector que llega nítida a todos los rincones cuando relata la escena: “Cuarta estación: Jesús con la cruz a cuestas encuentra a su Santísima Madre”; la reflexión del Párroco se cuela en el interior de cada uno y remueve propósitos de mejora; la jota compuesta para la ocasión emociona al quedar suspendida en el aire en un final sostenido, eterno: “el silencio de la noche / solo lo rompe el lamento / de la Madre que ve al Hijo / por el calvario sufriendo”.

Cuando vuelven a desfilar tambores y trompetas marcando el camino de regreso a las dos cofradías, permanecemos en el sitio retenidos por la magia del Encuentro. Las palabras tardan en salir, algunos ojos brillan humedecidos. Desaparecen los últimos hachones al doblar la esquina de la calle Mayor y nos despedimos con un gesto sentido.

La mirada de la Madre al Hijo en el Encuentro me acompaña allá donde voy y, como la jota, me hace sentir lo que soy y de donde soy.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

16/04/2025