May 6, 2026 | Escritos
El Concierto de Aranjuez es la obra más importante de toda la literatura musical española, compuesta por el maestro Joaquín Rodrigo, interpretada en todo el mundo por grandes solistas que la han elevado a la categoría de obra maestra mundial; de paso, ha despertado el interés por conocer la ciudad. A mitad de camino entre Madrid y Toledo, en la confluencia de los ríos Tajo y Jarama, Aranjuez ha crecido favorecida por su entorno natural y situación estratégica, lugar de descanso para la monarquía española que le dio un impulso notable a partir de la mitad del siglo XVIII con las modas y gustos del último barroco italiano.
La visité por primera vez en el 2000, acompañado de Monto, Pepe y Xavi que estaban de paso por Madrid. Después he vuelto en otras ocasiones, pero es aquella primera vez la que siempre me viene al recuerdo cuando he de hablar de Aranjuez.
Eso mismo le pasó al maestro Rodrigo, cuando pasó la luna de miel en Aranjuez a principios de 1933 y atesoró recuerdos del sonido de las fuentes, los paseos por la ribera del Tajo, el canto de los pájaros y el perfume de las magnolias. En 1938 el famoso guitarrista Regino Sáinz le propuso que escribiera un concierto para guitarra, técnicamente difícil para conseguir que el sonido de la guitarra no quede tapado por la orquesta. Mientras regresa a París, le da vueltas al reto y se le ocurre establecer un diálogo entre la guitarra y la orquesta, alternando el sonido de una y otra. Sería una obra en tres tiempos con el título el Concierto de Aranjuez para evocar los años de esplendor del sitio real, en la que volcaría los recuerdos de su primera estancia. Con esto tenía resuelta la técnica, pero no la temática de la obra.
Joaquín había nacido en Sagunto en 1901, era el menor de diez hermanos; a los tres años, un brote de difteria le dejó ciego. Fue a un colegio de niños ciegos y a partir de los siete años empezó a recibir clases de solfeo, piano y violín. A los 22 años acabó la carrera de piano, a los 23 estrenó su primera obra. A los 26 decide seguir los pasos de grandes músicos a los que admiraba y se marcha a París para seguir sus estudios. En los ambientes musicales parisinos conoce a Falla, Ravel y Stravinski. En 1929 le presentan a la pianista Victoria Kamhi (nacida en Constantinopla) con quien se casa en 1933 y se quedan a vivir en Valencia. La familia de Joaquín entra en bancarrota y el matrimonio vuelve a París. En 1939 sucede el fatal desenlace, el peor momento de su vida: su hijo nace muerto y su mujer muy enferma puede morir. Rodrigo aparece muy abatido por la situación, ya que su mujer era todo para él: la luz de sus ojos, compañera inseparable, la más asidua colaboradora que le ayudaba a transcribir las obras que escribía en braille. Fueron momentos de soledad y tristeza por la pérdida del hijo, pero también de esperanza por ver recuperarse a su mujer. Fue entonces cuando le surge el 2º movimiento de la obra de un modo natural y espontáneo mientras pide dos cosas a Dios: que cuide de su hijo y que no se lleve a su mujer. De las noches pasadas en el hospital con ella, resuena en su mente el pulso del latido del corazón que marcaba un monitor en la habitación. Con ese incesante sonido de la frecuencia cardiaca metido en su cabeza, Rodrigo experimenta lo que llama una experiencia sobrenatural, un momento de inspiración inexplicable; toda la melodía del tempo lento del adagio le brota en su mente sin interrupción. Comienza con la guitarra emulando los sonidos del corazón. Continúa un diálogo entre Joaquín que es la guitarra y Dios que es el grueso de la orquesta: le increpa, le reprocha a Dios, le manifiesta su incomprensión por la muerte de su hijo y la situación en que se encuentra su mujer. La orquesta acaba imponiéndose al hilo melódico de la guitarra, oscureciendo, ensombreciendo el lamento de la guitarra, aunque ella insiste en su pesar una y otra vez. Pasado el punto álgido, la cumbre de este movimiento, llega el monologo final de la guitarra, un fragmento de gran virtuosismo, un pasaje de puro llanto y rabia por lo sucedido que culmina con la calma de la aceptación, con un Joaquín que queda en paz con Dios.
La obra se estrenó en Barcelona en 1941 con gran éxito y a partir de 1950 empezó a difundirse por todo el mundo. Fueron años de mucho trabajo y grandes reconocimientos para el maestro Rodrigo. En medio de tanta actividad y éxitos, también se hizo presente el dolor. A veces entraba en depresiones; en todas sus obras intentó capturar el alma y transformarla en notas; para componer tantas obras desde el corazón, se requiere entrar muy dentro del alma y allí, en ocasiones, la oscuridad genera desasosiego. Cuando Joaquín volvía a salir a la luz, encontraba a su mujer esperándole con una sonrisa.
Vicky, como él la llamó siempre, había dejado su carrera como pianista para estar a su lado, no sólo como esposa si no como la colaboradora más importante: le inspiraba, le ayudaba en la mayoría de las piezas y le hacía de copista. Fue sus ojos hasta el último instante, para leerle noticias o describir el color y forma de las cosas. Unos días antes del fallecimiento de ella en 1997, aún se les ve tocando el piano a cuatro manos.
El maestro Rodrigo nos ha dejado un legado musical universal y un ejemplo de vida de superación; a pesar de las dificultades vivió con pasión y alegría entregado a la música y a su mujer, sostenido por su fe en Dios.
Falleció dos años después de su mujer, en 1999 a punto de cumplir los 98, y fueron enterrados juntos en Aranjuez.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
06/05/26
Abr 29, 2026 | Escritos
Puse un mix de música en el ordenador mientras ordenaba la mesa al acabar un trabajo que me había llevado más tiempo del previsto. Estas tardes de abril engañan con su luz alargada, se había hecho tarde. Abrí la ventana, respiré hondo el aire suavemente perfumado con las primeras rosas que despuntan en el jardín y dejé rodar la mirada hasta detenerse en la sierra allá al fondo, salpicada en la cumbre de pinceladas blancas de nieve aún visible, en contraste con el azul disperso de un cielo en retirada. El sonido cálido y melódico de una trompeta atrajo mi atención, abandoné la contemplación del atardecer y me acerqué a la pantalla con la curiosidad nerviosa de quien acude a una cita deseada. Las notas del adagio central de la obra musical El Concierto de Aranjuez, quedaban flotando en el ambiente y me arropaban como si el relente de la noche se anticipara. Allí de pie, con el aliento contenido y la atención centrada en la solista que tocaba el fliscorno con emoción, pasaron unos minutos hasta que el resto de instrumentos de viento-metal de la banda de música pusieron el punto final a la interpretación.
Lo que había sonado era una escena de la película Brasse off (Tocando el viento); la busqué y el siguiente fin de semana la vimos en casa. Ambientada en un pueblo del norte de Inglaterra que vive del carbón, los mineros mantienen viva la tradición de la banda de música desde hace tres generaciones. Aquellos tipos que salen de la mina sin personalidad, todos unificados por el mono amarillo, la cara tiznada y la linterna sujeta al casco, reviven su personalidad diversa por las tardes en el local de la banda de la mina. Horas de ensayo, de hacer sonar la boquilla metálica y mover pistones, válvulas o varas, les convierten en el orgullo de un pueblo que crece con estas manifestaciones culturales.
Frente a mi casa en el pueblo, al otro lado de la plaza, se levanta lo que fue un convento, un caserón singular de líneas sobrias y proporciones destacadas sobre las casas que le rodean. Cuando la desamortización de Mendizábal pasó a propiedad del Ayuntamiento, aunque luego lo cedió a los agustinos, escolapios, franciscanos y finalmente quedó vacío. En mis años de monaguillo, aquellas dependencias tenían el atractivo de lo prohibido. Grandes habitaciones de techos altos, paredes desconchadas y ventanas desajustadas, eran el territorio apetecido para las incursiones secretas. Una restauración acertada y costosa en tiempo y medios, devolvió el edificio a la vida y se dedicó a Casa de la música: en sus dependencias convivían la escuela de música, la banda, la coral y la rondalla. Por la noche, mientras en casa cenábamos tranquilamente (es un decir cuando a la mesa se sientan seres diminutos e inquietos), nos llegaban las notas -repetidas una y otra vez- de la banda que ensayaba hasta muy tarde. El mecánico, un carpintero, otro tendero, varios campesinos, un fontanero, el chapista y unos cuantos más, transformaban el esfuerzo por disfrutar de una afición en una seña de identidad colectiva, en una oportunidad de acercar la belleza de la música al alcance de los vecinos, en un motivo de crecimiento cultural que refuerza la dignidad de la persona.
Desde entonces mantengo encendido el agradecimiento a todos los que dedican su tiempo libre a actividades que benefician a los demás. Por eso conecté con la película de la banda de la mina, por eso me enorgullezco cada vez que en el pueblo veo desfilar la banda de música.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
29/04/26
Abr 8, 2026 | Escritos
Las hierbas altas que habían crecido a los lados del camino me acompañaban en el paseo del sábado, sin destino fijo. Me recordaban las procesiones que hemos vivido unos días antes, largas filas de pie en las aceras señalando el recorrido por las calles, Quizás por eso, en mi soledad buscada, rememoraba la jota del encuentro cantada desde el balcón del Ayuntamiento a la Madre que llora frente a su Hijo cargado con la cruz, abajo en la plaza: Madre mía dolorosa / la noche de Martes Santo / cuando encuentras a tu Hijo / te deshaces en un llanto. Resentía el aire frío del miércoles por la noche -ese cierzo helador que algunos tenemos el gusto de conocer desde la cuna- cuando acompañamos al Cristo que visita las ermitas de la parte vieja en el vía crucis del silencio. Resonaban bien cerca aún, los tambores, bombos y trompetas en la procesión del Entierro, llevado a hombros y paso lento hasta depositarlo en el sepulcro simulado, sellado ante los mayordomos de las cofradías que aseguran el cuidado del mayor tesoro. ¿Y si todo acabara aquí? ¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos discípulos desorientados, desnortados? Llegó el sábado con un chorro de luz sin filtro, el sol calentó la calle y las gentes salimos a festejar la Resurrección anunciada por las bandas con un redoble de fiesta que llena todos los rincones de la noche. Vuelve la vida, el campo se abre a mi alrededor lleno de verde, bajo la capa azul sereno del cielo despejado; verde y azul espiritual, verde y amarillo vivo de pinceladas sueltas, verde y rojo amapola, verde y plata del río embalsado, verde y ocre de tierra yerma, verde y rosa pálido del cerezo en flor, verde y amarillento pardo de las lastras de arenisca salpicadas de musgo, verde y beige de la piedra que sostiene el lentisco. ¿Y si todo hubiera acabado allí? Aquí ha vuelto la vida, la naturaleza lo canta en un himno de olor y color que llena el silencio de la tarde. Y pone a vibrar los corazones: del que me contaba con emoción que su mujer se había volcado con él para suplir las limitaciones que padece por un traspiés tonto; del que compartía la alegría de que tras un calvario laboral, su hija había recobrado la paz; del que dedica tiempo y esfuerzo en resolver necesidades primarias de inmigrantes transeúntes; del matrimonio que no se imagina la vida sin el otro y se lo dicen mirándose a los ojos delante de mí; de los abuelos jóvenes que han renunciado a viajar por acoger hijos y nietos y te lo dicen con sencillez; del que pone el broche a una semana agotadora, después de horas y horas de ensayos, con el orgullo de haber servido a su pueblo; de quien ante el Monumento en una iglesia apartada, decide renunciar algo bueno desde un punto de vista humano, porque quiere que su corazón vuele más alto.
¿Y si todo hubiera acabado allí? Pues el hombre no estaría de nuevo de paseo por la Luna, ni la naturaleza nos mostraría su belleza en cada estación, ni el corazón del hombre se llenaría de ambiciones nobles que le hacen progresar. Amar el mundo y amar a Dios, es la idea central de una de las últimas canciones de una conocida artista que está en boca de todos; otros lo han dicho de otras maneras también acertadas, pero ella le ha puesto música y suena mejor. Hemos llegado al Domingo de Resurrección.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/04/26
Oct 15, 2025 | Escritos
¡Perfecto! Así respondía Víctor para agradecer cualquier favor que recibía, con una sonrisa que convertía en grande lo pequeño y te hacía sentir valioso; por que el grande y valioso era él, tanto como su corazón donde cabían todos y todo lo de todos. Esa frase resumía su actitud en la vida, su forma de estar en el hoy; con optimismo, pasando por encima de las dificultades que en forma de barreras se presentan a cualquier hora; y a él no le faltaron
Una meningitis le dejó sordo antes de que hubiera aprendido a hablar, recién cumplido su primer año. Esa limitación que fue para él una señal de identidad, la convirtió en la oportunidad de rodearse de amigos en los colegios para sordos de Málaga, Granada y Madrid donde estudió. Y de implicarse con ellos en una actividad incesante en las asociaciones Asogra, Ecosol-Sord o en la Parroquia de Santa María del Silencio.
Nació y creció en Granada, en el seno de una familia numerosa, arropado por sus padres y hermanos que le trataron como uno más, que tan poco él quería distinciones. En la misma casa tenían de vecinos a los abuelos y a los primos. Cuando los López-Jurado y los Escribano salían a jugar, la calle Duquesa y la plaza de la Trinidad se llenaban de griterío y las palomas volaban a sitio seguro. Los veranos en Huétor Santillán son un pozo repleto de recuerdos que surgen cuando los hermanos se juntan salvando las distancias físicas, que las del cariño nunca les han separado.
Tenía destreza para el dibujo y sensibilidad para plasmar en la tela lo que otros no vemos al contemplar la naturaleza. Esas cualidades le permitieron incorporarse como delineante al despacho de arquitectos de su tío, donde empezó a trabajar muy joven. En Madrid, donde recaló la familia por traslado profesional de su padre, compaginó el trabajo y los estudios de Restauración en la Escuela de Bellas Artes. Superó la selección para una plaza de restaurador en el Museo del Ejército, puesto que cubrió sus aspiraciones profesionales hasta la jubilación, complementado con muchas horas dedicas en su estudio a pintar cuadros y encargos que le llegaban. De sus estancias en El Cárcamo, la finca familiar en un pueblecito cerca de Loja regresaba con la carpeta repleta de apuntes que luego trasladaba al lienzo.
La fe que impregnaba su vida y que procuraba hacer realidad en el día a día, le llevaba a ser leal con Dios y con sus amigos, a los que dedicaba tiempo y cariño. Últimamente salía de excursión al monte cada semana. Lo disfrutaba y te lo hacía disfrutar cuando lo contaba. Un martes de febrero volvió cansado y notó que le costaba respirar. Sus compañeros de caminata no habían notado ningún signo de flojera. Aprovechó una visita al médico para una revisión periódica y le comentó los síntomas. El buen galeno confirmó con pruebas posteriores lo que en la primera prospección le alarmó; unos ocupas disfrazados de células cancerígenas habían invadido el pulmón derecho y constreñían la libertad de respirar aire limpio con la frecuencia que pedía el ritmo de sus pasos ligeros, porque Victor no era de los que andaban despacio.
Recibió la noticia de la enfermedad como si de algo pasajero se tratara y adaptó su ritmo de trabajo con la mirada puesta en el cielo y en los proyectos que tenía en la tierra. En este tiempo hemos tenido oportunidad de hablar de lo divino y de lo humano; miraba a la muerte de frente pero no la tenía presente, consciente de que llegaría, pero todavía tenía mucho que hacer y no estaba dispuesto a esperarla sentado. Alguna vez se preguntó ¿por qué a mí? ¿por qué ahora? sin esperar respuesta y a continuación redoblar su confianza en Dios.
El primer domingo de octubre estuvo en la parroquia dando catequesis; por la tarde ingresó en urgencias con insuficiencia respiratoria. El lunes le acompañé durante la noche en la clínica; su modo de agradecer a las enfermeras cada una de sus intervenciones, no era una pose, dejaba poso. El miércoles ya muy tarde estuvimos hablando por videollamada; a pesar de la mascarilla que le dificultaba, quería contar las visitas recibidas, que había estado preparando la clase siguiente y los planes para el jueves. Esa conversación era un resumen de su vida: siempre en activo pensando en los demás. Cuando el diez de octubre se desperezaba y la clínica recuperaba la actividad, Dios le modificó la agenda y nos dejó huérfanos de Víctor.
Avanzamos despacio siguiendo el carro fúnebre; la sepultura abierta esperaba la llegada del cortejo. Los operarios sujetaron el féretro y, a una indicación, iniciaron el descenso; la música que recorría los rincones del cementerio, allí se mezclaba con las avemarías que incoaba el sacerdote. Unos cuantos claveles cayeron sobre la tapa de madera y la losa empezó a deslizarse lentamente, hasta que un sonido blando, redondo, anunció que había encajado completamente y el acto se daba por finalizado. Costaba levantar la mirada porque los ojos aún seguían borrosos, secuelas de alguna lágrima furtiva. Salimos despacio para apurar los últimos momentos en su compañía; antes de cruzar la verja del portón, me volví reclamado por una voz. Entre el verde de los cipreses y el azul del cielo, la figura de Víctor me sonreía con el pulgar hacia arriba, señalando la sepultura con la mirada y diciéndome ¡perfecto!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/10/25
Sep 10, 2025 | Escritos
He sido muy feliz; ¿qué digo? ¡soy muy feliz! Así remataba la conversación que mantuvimos mientras recorríamos las dependencias del colegio el primer día que me lo enseñó. Aquella monja risueña, menudita, de movimientos ágiles y hábito caféconleche, hablaba con ilusión de lo que veíamos en cada aula, en cada rincón, y lo intercalaba con los recuerdos que unían el entonces con el ahora, los inicios con el presente. Todo tenía un porqué y ahora buscaban el relevo de quien alumbrara el mañana antes de que el hoy se apagara. Contagiaba la alegría de una vida de entrega a los demás, de un recorrido de servicio al prójimo a la luz de la fe que le alumbró desde el primer instante, cuando siendo niña se encendió en su interior la llama de la vocación y decidió ser como ellas. Ellas eran unas monjas que pasaron por el pueblo poco antes de la Semana Santa y fueron a la escuela a explicarles lo que hacían, como era la vida de una religiosa. Se lo contó a su madre nada más llegar a casa, hablando deprisa, moviendo las coletas de las que faltaba un lazo. “Se le pasará” dijo para sus adentros, porque la novela que tenía escrita para ella se desarrollaba en otros escenarios. La segunda de cuatro hermanos, la mayor de las chicas, servicial, alegre, despierta, trabajadora. Removía la pandilla con sus propuestas y sabían divertirse con los recursos a su alcance; en ese ambiente de grupo experimentó las aspiraciones del corazón que latía con fuerza cuando hablaba con el zagalote que la rondaba, hasta que encauzaron los sentimientos en una conversación un tanto nerviosa pero eficaz y siguieron tratándose sólo como amigos, porque ella se reservaba para Dios. En casa tenían una posición económica desahogada sin alardes, que les permitía costear sus estudios en la capital. Cuando llegó ese momento sentó a su padre y a su madre para recordarles que seguía viva la brasa que alimentaba su decisión. Se fue al internado con las monjas, avanzó en los estudios y en la vida religiosa; caminaba por la vida con la seguridad de quien se fía de alguien grande porque ella es pequeña y lo que haga no será sólo por sus méritos. A la devoción añadía trabajo, estudio y tiempo para los demás. La universidad le amplió horizontes y premió su esfuerzo y talento con un título de Licenciada en Ciencias. Puso aquel diploma a disposición de la superiora el mismo día que acabó las clases y en unas semanas viajaba a Perú para poner en marcha una misión que el Obispo les había encomendado. Su tarea fecunda cuajó en obras y personas que dieron sombra a quienes allí siguieron cuando ella regresó a los diez años, porque ahora le pedían arrimar el hombro en los inicios del colegio que hoy me enseñaba. Aquel sueño cuarenta años atrás que prendió en un pequeño local se había hecho realidad y de nuevo estaba preparada para que otros continuaran, porque ella y su sonrisa se iban a donde le dijeran sin importarle que el atardecer de la vida asomaba en el horizonte. Fue entonces cuando me dijo: “he sido muy feliz”; me miró en silencio con un punto de suspense, respiró hondo y con el brillo de los ojos iluminando su cara, apostilló ¡soy muy feliz!
Fue unos días más tarde cuando escuché por primera vez la canción de Rosalía que da título a este relato y tuve la sensación de que ponía música a la historia de la monja:
“Si me das a elegir entre tú y la riqueza / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y la gloria / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y el cielo libre para ir a otros nidos / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir en tú y mis ideas (que sin ellas estoy perdida) / ay, amor me quedo contigo”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/09/25