Ago 20, 2025 | Escritos
El paseo de la playa dibuja una curva en forma de abrazo enorme, como si quisiera acoger en su seno todo el mar. Una sólida barandilla separa dos ambientes; el de la arena para los bañistas y el de la ronda salpicada de bancos y terrazas para aquellos que, como nosotros, prefieren dar un garbeo. Como el paseo tiene forma de U, siempre tienes delante la arena y el mar sin olas; la bravura del Cantábrico se frena a la entrada custodiada por un monte a cada lado. En el recorrido de un extremo a otro, algunas escenas quedan grabadas en el recuerdo.
A primera hora, cuando algunas personas empiezan a bajar a la playa para tomar posiciones y marcar territorio, un matrimonio pasea tranquilamente con los pies en el agua. Destacan por su porte, elegancia, atuendo y edad. Ella lleva un vestido sobre el bañador y un capazo de rafia donde guarda los zapatos; él los lleva en una mano y con la otra toma la de ella. Alto, delgado, sus pasos lentos bien marcados. Viste un pantalón de tergal fresco con raya que remarca su altura y camisa de lino de manga larga abotonada con unos gemelos informales. De cara enjuta, pómulos algo salientes, nariz con personalidad y pelo blanco que peina todavía con raya. La mirada serena se alterna entre las olas para evitar que alguna les sorprenda, la arena donde pisan y ella. Sonríe cuando la vista se pierde en el horizonte, cuando se fija en lo concreto, cuando la contempla. La conversación es de pocas palabras, les basta el gozo de saberse juntos.
Un padre juega a pala con su hijo; procura que los golpes a la pelota sean fáciles de devolver y a veces falla intencionadamente, pero con tal disimulo que el crío brinca de alegría porque le ha ganado un punto a su padre.
En la arena junto a la pared que sostiene la barandilla, una madre pone crema a su hijo con rasgos síndrome de Down. El niño no colabora y ella lo convence contándole una historia divertida. El olor a crema invade ese trozo de paseo.
Dos niñas y un niño han hecho una piscina redonda excavada en la arena, de un metro de diámetro y un palmo de profundidad. Tan apenas caben, pero los tres chapotean, ríen y disfrutan ajenos al mundo que le rodea.
Cuatro chicas jóvenes usan la toalla como tapete y juegan una partida de cartas; las miradas se entrecruzan dos a dos. La que tengo de frente toma una carta, la incorpora a la mano, la mira, levanta la vista hacia su compañera y sonríe pícaramente.
El padre y la niña que lleva el mismo bañador con el que vino al mundo, construyen un castillo de arena humedecida; cada vez que ella trae un puñadito en una sola mano y la coloca en lo más alto, el padre aplaude y ella vuelve radiante a por más.
Una señora mayor y una chica joven empujan una silla de ruedas con dirección al agua; llevan un mozalbete fuerte y largo que debe pesar lo suyo, con síntomas de alguna enfermedad degenerativa. A pesar del esfuerzo, avanzan con alegría y le cuentan lo bien que lo van a pasar en el agua.
Faltan doscientos metros para llegar al final del paseo cuando unos gritos nos sorprenden y detienen nuestros pasos hasta que localizamos la procedencia. En la arena dos mujeres corren al encuentro con los brazos extendidos y gritan ¡pero qué alegría! ¡quién me lo iba a decir después de tanto tiempo! ¡no me lo puedo creer! La niña pequeña un poquito apartada contempla admirada el abrazo largo de su madre con la amiga. El marido de ésta se ha hecho a un lado y las deja hablar ¡una posibilidad de entre 1000! ¡pues mira que nunca entro por estas escaleras! Continuamos el paseo y al llegar a la punta damos la vuelta, volvemos y todavía están allí, hablando en ese tono alto que refleja alegría, la alegría del encuentro.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/08/25
Jul 9, 2025 | Escritos
“No sé si aún me recuerdas / nos conocimos al tiempo / tú, el mar y el cielo…” Sonó la inconfundible voz del grupo La Oreja de Van Gogh y me agarré fuerte al volante para saborearla. El fin de semana en el pueblo había sido fecundo en recuerdos por cuenta de mi madre. Apoyada en mi brazo y su bastón, recorrimos las calles al ritmo que le permiten sus muchos años, quizás para darle tiempo a contar la historia que le sugiere cada rincón. Asombra la frescura y el detalle con el que cuenta cada una de las vivencias guardadas en los repliegues del corazón.
Ahora la canción volvía a poner en primer plano los recuerdos. Conducía con tranquilidad por una carretera de rectas interminables, por en medio de sembrados maduros que el sol de atardecer bañaba de luz dorada: “Más de cincuenta veranos / hace hoy que no nos vemos / ni tú, ni el mar, ni el cielo…” Volver la mirada a lo pasado sin nostalgia, sin entorpecer el presente, sin anclarnos en el antes; revivir aquel momento, hacerlo presente de nuevo para disfrutarlo es volver a vivir. Ese sentido positivo del recuerdo me llevó a la historia que cuenta Ernesto Juliá en un libro titulado “Desde la ribera”.
“Pedro era tan buen abogado como tímido para las relaciones sociales; de joven tan apenas consiguió salir más de un mes seguido con dos o tres conocidas y en vista del escaso entendimiento, decidió centrarse en el trabajo. Recién estrenada la decena de los sesenta, una tarde le asaltó una duda y consultó el libro de derecho penal que usaba en la facultad. Entre las hojas encontró una nota escrita a mano, firmada por Rosa “espero que los apuntes te sean útiles”. Se quedó pensativo ¿quién era? Repasó mentalmente los nombres de clase y no encontró ninguna Rosa. A la mañana se despertó con esa inquietud y quiso averiguar de quien se trataba. Llamó a Ramón, antiguo compañero de Derecho; entre los dos localizaron tres chicas en la clase con ese nombre. Supuso quien de ellas era la de la nota; aunque su relación con ella no había pasado de conversaciones esporádicas sobre los estudios, recordó que durante un tiempo se ponía colorado cuando sus miradas se cruzaban. Aquel papel algo desvaído le despertó inquietudes dormidas; se sorprendió cuando la idea de llamarla le empezó a rondar con frecuencia. Sonó el teléfono ¿está la señora? “un momento” contestó una voz de niña de siete años, se oyó correr por el pasillo ¡abuela, supongo que preguntan por ti! ¿Rosa? soy Pedro de la facultad ¿Pedro? No conozco… La conversación no fue fácil porque a Pedro no le salían las palabras; fue ella quien a base de preguntas unió el lazo deshecho al acabar la carrera. Rosa se había trasladado a otra ciudad, donde enviudó hacía diez años; con cinco hijos, todo este tiempo había sido intenso, muy dedicada a sacar la familia adelante. Ahora, la última hija estaba a punto de casarse y la dejaría sola. Volvieron a hablar al cabo de un mes, aunque a ella la imagen de Pedro le acompañó esos días al recordar que, durante un tiempo en la facultad, se fijaba en aquel chico discreto y le hacía tilín. Quedaron en verse y al regreso, los nietos notaron que la abuela sonreía con cara de felicidad. No tardaron en conocer la historia y en aplaudir cada vez que la veían arreglarse para la visita. Recibió la aprobación de todos los hijos cuando insinuó la posibilidad de boda. Nadie habló de nuevas ramas en troncos viejos, ni de locura colectiva. La ceremonia se celebró con sencillez y desbordada emoción cuando el novio y la abuela se miraron a los ojos para decir el ¡sí quiero! ante Dios”.
Bien podría sonar para ellos el estribillo “Más de cincuenta veranos / hacía hoy que no nos vemos / tú, el mar y el cielo…”
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/07/25
Abr 30, 2025 | Escritos
(Recuerdos autobiográficos)
Los domingos comían despacio porque estaba su padre y había más platos: garbanzos con arroz, gallina con patatas y manzanas que les daba su tía (su padre no tenía frutales en el campo). Pero a Joselín le costaba aguantar sentado hasta el final; medio sentado, medio de pie, comía el postre inquieto, porque hacía tarde; sólo la paga le frenaba; esperaba con ansiedad el momento en que su madre sacaba el monedero del armario y repartía la paga a los dos hermanos. Y eso no sucedía hasta que no hubiera pasado el parte. A su padre le gustaba oír la radio, las noticias, y sólo los días que comía en casa podía escuchar el parte del mediodía. En ese momento bajaban la voz y escuchaban en silencio: “Al oír la última señal serán las catorce horas treinta minutos: pí, pí, pííí; Radio Nacional de España, diario hablado del mediodía”. A los pocos minutos, el ambiente se relajaba y Joselín volvía a los nervios, las prisas, la paga. Ahora recibía un duro, ¡una fortuna! Se acordaba de cuando le daban tres pesetas, luego pasaron a cuatro y ahora ¡cinco! En ese momento, su padre fingía una suave protesta porque él no tenía paga. Joselín marchaba corriendo, contento con su duro, después de besar alocadamente a su madre y con cuidado a su padre: el padre de Joselín se afeitaba los domingos por la tarde.
Los domingos después de comer iba al cine; ahora ya podía ir a butaca con sus amigos. Hasta entonces iba siempre a general, porque butaca valía cuatro pesetas. Pero aquel domingo no iba al cine; había fútbol y en el fútbol el señor de la puerta les dejaba pasar después de que había empezado el partido y ya no entraba más gente. Era buen hombre y conocía a un amigo de su padre; cuando llevaban un buen rato esperando y no molestaban, les daba lástima y los dejaba pasar a general, en el sol.
Ese domingo tenía prisa por llegar el primero a jugar a canicas, antes de ir al fútbol; si no llegaban los primeros, los mayores les quitaban el guá y no podían jugar en el rellano de piedra. Las escaleras de la Parroquia eran de losas grandes y tenían un descanso amplio, con guás arañados en la piedra en los que ya había jugado su padre, cuando vivió en el pueblo antes de marchar al campo, porque en la guerra una bomba les dejó sin casa.
Era primavera, el sol de aquella hora temprana apelmazaba el ambiente de la tarde, el silencio de la siesta amortiguaba el inoportuno ruido de un motor o los gritos de algún chiquillo que bajaba la calle corriendo en busca de la golosina esperada toda la semana. A ras de suelo, la partida reunía a Joselín y sus amigos alrededor del guá. Su madre le reñía por las rodillas, por las puntas peladas de los zapatos buenos del domingo, por los bolsillos del pantalón corto siempre cargados de bolas. Joselín tenía buena puntería y estilo propio; tenía buen ganar y buen perder, por eso no le faltaban amigos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
30 de abril de 2025
Ene 5, 2025 | Escritos
Mi madre viaja en un tren que avanza tranquilo para que los pasajeros puedan disfrutar de la conversación, del paisaje y de los recuerdos que afloran. Las estaciones coinciden con los años y ayer hizo parada en la de LOS CIEN. A mi padre hace dieciocho años que una enfermedad le apeó del tren y mi madre continuó el viaje ella sola, asomada a la ventana mirando hacia atrás por si le veía y, a ratos, hacia adelante. Poco a poco, el recuerdo del trayecto recorrido juntos le dio fuerza para hablar más del futuro que del pasado. Y dedicó su tiempo a ayudar a los hijos, la familia, las amigas, las vecinas y cualquier persona a quien pudiera prestar un favor. De nuevo sus conversaciones se llenaron de contento por lo hecho y de alegría por lo que tenía por hacer. Nos ha enseñado a disfrutar de las pequeñas cosas y de las grandes, aunque de estas pocas encontramos en su currículum; salvo que, al vivirlas con intensidad, las pequeñas se convierten en grandes.
Fui el primer hijo en marchar de casa. De pie en la estación, con la maleta a los pies, un domingo de octubre esperamos el tren que me llevaría al futuro. Los nervios y la juventud me sujetaron al “yo” y fui incapaz de darme cuenta de lo que mi madre estaba viviendo en aquel momento. Más adelante lo he podido comprender, porque cuenta con mucho detalle todo lo que guarda en su memoria, aunque se le olvida lo de ayer. “Cuando marchaste a los quince años procuré rellenar el hueco con tus hermanos; ellos, el trabajo de la casa, ayudar a tu padre y atender otras necesidades, mantenían la mirada alta. Pero luego marchó José Antonio, Elvira, Joaquín… las habitaciones se quedaron vacías y me daba no sé qué pasar por allí”.
Ese no sé qué era por nosotros, no por ella. Mi madre no habla de cosas, habla de personas. En sus relatos, los aspectos materiales tienen un papel segundón, importan poco; sus historias son con personas: su abuela, los padres, los hermanos, las primas, las amigas, la familia, los hijos, los nietos, los bisnietos. Lo que llena su corazón son los demás y por eso habla de ellos.
Quien quiera que se siente a su lado en este viaje de la vida, tardará muy poco en verse acogida en una conversación que empieza por lo evidente, por lo más sencillo; y acaba no se sabe cuándo ni donde, porque la cabeza y las fuerzas le acompañan, y los temas de su interés son amplios.
Doy gracias a Dios que nos ha permitido revivir aquella escena de un domingo de octubre, pero con los papeles invertidos: ahora ha sido una bienvenida en lugar de una despedida; quienes la queremos estábamos en el andén esperando el tren que la lleva por la vida y la hemos visto llegar arreglándose el pelo en el cristal de la ventanilla, mientras canturreaba una jota y se le iluminaba la cara de alegría al vernos bajo el cartel que anuncia: estación LOS CIEN.
05/01/25
Sep 4, 2024 | Escritos
Así empieza un poema de Carmelo Guillén, un sevillano de mi quinta que conocí durante una velada cultural en un curso de verano en Jerez de la Frontera. Por entonces, recién estrenado el nuevo milenio, era profesor de instituto además de escribir poesía y bastante bien según la crítica. Sentados en la terraza para aliviar el calor con el ligero fresco de la noche jerezana, formamos un semicírculo amplio en torno al poeta que nos explicaba los detalles de cada poesía; poco a poco las sillas se fueron acercando, cerrando el círculo a medida que aumentaba el interés por las palabras del artista. Recitó alguna de sus composiciones, acompañando cada verso de una musicalidad y ritmo que te envolvía y elevaba hasta devolverte a la tierra con el punto final en un aterrizaje suave.
Desde aquella noche, recuerdo con frecuencia la que empieza con el título de este escrito “De amigos ando bien y me gusta enseñarlos en álbumes de fotos y hacerles coincidir y que se den sus números de teléfono, que tengan entre ellos un trato”. A lo mejor será también porque retrata muy bien a mi amigo José Manuel, de quien me enorgullece que me tenga en su corazón y en su lista de amigos y, de vez en cuando, me haga coincidir con otros de esa lista. Por eso conozco a padres de alumnos del colegio donde trabaja, a compañeros de su anterior trabajo, a vecinos del barrio donde creció, a su cuñado, a colegas de su hijo universitario; y tengo sus teléfonos y de vez en cuando nos cruzamos algún mensaje de pedir favor.
Sus padres dejaron el pueblo de unos pocos cientos de habitantes, marcharon a la capital y se instalaron en un barrio de la periferia. Al poco de nacer José Manuel descubrieron que su corazón no era de serie, que estaba hecho de otra pasta más flexible, con capacidad de ensancharse para albergar ilusiones y personas sin tener que decir basta. Dejó pronto la escuela por aquello de ayudar en casa cuanto antes; pero ya de casado y con hijos sacó carrera universitaria, aunque eso no lo dice a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, que lo suyo es lo de menos y lo tuyo lo de más.
“De amigos ando bien y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo, que vienen a mi vida y me cogen el peine, y se peinan, y me ponen los versos perdidos de afecto, y se resbalan en este corazón que es su casa”. Así es mi amigo, su corazón es mi casa o la tuya si eres mi amigo; y su casa un corazón, porque así de a gusto estás cuando franqueas la puerta y te recibe la sonrisa de Carmen, su mujer que le anima a invitarnos a todos, porque antes que a todos ella ya ha recibido más que nadie y se siente privilegiada. Aunque a veces ella lo mira con esa mezcla de cariño y amonestación, porque cuando está entre amigos, en algún momento sus gestos pueden resultar un poco toscos y su voz algo estridente; pero a nosotros nos da lo mismo porque andamos ocupados en él, como dice el poema “De amigos ando bien, y andan ocupados en mí, en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo en mangas de cariño o si llevo o no el cuello rozado de quererles”.
Tiene una fe recia en su Dios y la hace realidad en nosotros sus amigos, sin reconvenciones ni monsergas; en todo caso me dice que de ahí saca fuerza para querer a los suyos, que me los hace sentir como míos; y a los míos que hace tiempo los hizo suyos. En eso y en otras cosas es para nosotros ejemplo, precisamente porque no va de ejemplar y nos echa a nosotros la culpa de ser feliz: “De amigos ando bien y me noto importante, tal vez algo más gordo de ser feliz, por eso me quedan las camisas estrechas y me sale un brillo en la mirada sólo porque de amigos ando bien”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
04/09/24