Regalar tiempo

Regalar tiempo

Teníamos recién estrenados los treinta, esos años en los que el cóctel de energía, imaginación e ilusión se traduce en una actividad intensa, dentro y fuera del trabajo. Falta tiempo para llegar a todos los planes, las prisas forman parte del lenguaje habitual y vives como si no hubiera un mañana. A Juan no le había visto en toda la semana; no le di importancia porque solía suceder de vez en cuando. Y cuando pasó a recogerme para ir a jugar el partido de fútbol de los sábados por la tarde, lo primero que me salió es refunfuñar porque llegábamos tarde. Sólo después de un buen rato de hablar saltando de un tema a otro, me pareció que estaba un poco serio y no respondía con la rapidez habitual. “Se ha muerto mi abuela, la del pueblo” y me quedé tan fresco, sin valorar lo que suponía para él. Tampoco me había hablado mucho de ella y por eso concluí que no sería para tanto. El funeral era el lunes, casualmente fiesta laboral, pero no me planteaba asistir porque tenía el día programado, porque estaba lejos y porque -al fin y al cabo- era la abuela.

Cada vez que pienso en aquella reacción inicial, me ruborizo de vergüenza. Volvió a pasar ayer cuando leí un poema: “Se le olvidó que el regalo era el tiempo / y que todo es cuestión de prioridades. / Se le olvidó estar / y que lo que pierdes no vuelve igual, aunque vuelva”. Me sobraron kilos de prisas para dejar de pensar en mis ocupaciones y me faltaron quintales de sensibilidad para detectar que para Juan su abuela era mucho y que si había pasado a recogerme era para que yo no me perdiera el partido. Y para decirme que se iba para el pueblo.

Al acabar, mientras nos refrescábamos en el bar y compartíamos lo más destacado de la semana, les dije lo de Juan y las dudas que revoloteaban en mi cabeza sobre si tenía que asistir. Repetí los argumentos, tal vez para convencerme a mí mismo: tenía el día programado, estaba lejos y al fin y al cabo era la abuela. Ellos no estaban tan ligados a la familia de Juan, por eso me sorprendió su consejo, que me ha acompañado siempre desde entonces: Rafa, ante la duda, ves. Fui y acerté; ya aquel día sus padres me lo agradecieron con manifestaciones sinceras y profundas. Y Juan me lo ha recordado siempre que ha venido a cuento.

Hoy escribo este recuerdo porque también ayer, de regreso, sonó una canción de Los Secretos: ““Gracias… por estar siempre a mi lado sin pedirme explicación”. Y reafirmé lo que aprendí aquella mañana fría de un mes de enero ya lejano, en un cementerio descuidado de un pueblo pequeño: que regalar tiempo, es un magnífico regalo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

01/07/2026

Ir rápido

Ir rápido

Una mañana de primavera, de esas que en Madrid son limpias y frescas, regresé al colegio después de resolver unas gestiones. En el trayecto desde el aparcamiento a la entrada, me crucé con Luis Mª, un profesor joven con el que tenía confianza. Me levantó el dedo índice de la mano derecha, gesto que interpreté como “un momento por favor”. Oye Rafa ¿tienes prisa? Pues no, nada especial. Entonces ¿por qué vas tan rápido? Y cuando nos despedimos, hice el esfuerzo de continuar andando más despacio.

Eso sucedía en 2001, por entonces Luis Mª estaba soltero. Hoy es un veterano profesor, muy querido en el colegio, padre de cuatro hijos. Y en mí tiene un incondicional, que le está muy agradecido por aquella observación que la he tenido muy presente y me ha servido de mucho.

Pasados unos años, un mes de octubre estuve en Roma en un encuentro de escuelas europeas. Una de las tardes, fuimos a rezar a la Basílica de San Pedro. En la primera capilla que te encuentras a la derecha, se puede admirar “La Piedad” de Miguel Ángel. A continuación, en la segunda capilla, puedes rezar ante la tumba de San Juan Pablo II; sigue después la capilla del Santísimo con el sagrario monumental de Bernini, las reliquias de San Juan XXIII, la estatua de bronce de San Pedro, el baldaquino de Bernini…

Y ahí, después de haber cumplido todas las mandas que llevaba, mientras esperaba al resto del grupo al inicio de la nave, volví a recordar a Luis Mª y su consejo. Me vi reflejado en aquellas gentes que entraban precipitadas, deslumbradas por lo que descubrían, que se movían con prisa en su afán de llegar a todo. No es suficiente con ver, hay que mirar despacio, con serenidad, para descubrir la belleza que guardan las cosas. Las prisas nos llevan a la rutina, que convierte el paisaje que nos rodea en algo monótono, donde difícilmente vemos algo resaltable.

Una lástima entrar con prisas en San Pedro y, nada más entrar, perderse la contemplación de la belleza que desprende La Piedad. Allí se necesita un Luis Mª, que como a mí, levante el dedo índice de la mano derecha y pregunte a cada uno ¿dónde vas tan rápido?

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

7/06/23

Las petunias rojas

Las petunias rojas

Mi madre ha tenido desde siempre una gran afición por las flores y la mantiene en la medida que sus fuerzas le permiten llegar a los cuidados que requieren. Cuando de mayor tuvo más tiempo libre, la afición creció y también intentó conquistarme para ese mundo. No lo tenía fácil; por más que el alumno ponga empeño, hay sensibilidades que no crecen sólo con el esfuerzo y la buena voluntad.

Cada vez que voy a verle, paseamos por la terraza y me cuenta las peculiaridades de cada una: quién le dio la simiente, cuándo la sembró, las incidencias que ha tenido y cómo ha conseguido salvarla, los planes que tiene con ella… Sólo por ver su cara cuándo me habla de las plantas, vale la pena el viaje. Claro, que ella habla con esa emoción de todas las ilusiones que tiene en la vida: las plantas, los hijos, los nietos, los bisnietos y más cosas.

En la primavera de 2019 había comprado unas petunias. En el paseo por la terraza me describió sus características: plantas anuales de hojas alargadas o redondeadas, con flores solitarias y axilares que surgen en los ápices de las ramas. El cáliz es tubular, con corola en forma de trompeta y muy pedunculadas. La floración es abundante, sin parar desde principios de primavera hasta finales de otoño. Pueden tener cualquier color excepto el naranja. Toda la planta exhala un agradable aroma.

A la mañana siguiente nos sentamos a disfrutar del chocolate delicioso que hace para desayunar todos los domingos. La conversación estaba animada, tocó varios temas, pasaba de uno a otro con facilidad; de repente cambió el gesto, se detuvo y me dijo algo seria: “mira, no pongas petunias rojas porque son muy “apagás”; las de color rosa y las blancas son más agradecidas. A mí las rojas nunca me salen bien”.

Me detuve a mirarla con cara de interés, la cuchara a mitad de camino entre la taza y la boca, los ojos bien abiertos y por dentro procesando la información como si en ello me fuera la vida. Tuve suerte de que no me preguntara por las petunias blancas y de color rosa que me había dado en el viaje anterior, porque las tenía en casa muy pochas por haberlas regado más de lo que me dijo.

Cuántas veces me ha pesado no hacer caso a sus consejos; en asuntos prácticos y en otros de fondo, que las madres aciertan en todo.

Mientras acabábamos el chocolate, una voz interior me repetía: presta atención, toma buena nota y cuidado con las petunias rojas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

30/07/25