El gotero

El gotero

Le llamé para saber lo que le había dicho el médico, una visita programada en la revisión anterior después de la operación. “Me han ingresado otra vez”; aparentemente todo iba bien, pero ya se ve que sólo en apariencia porque el galeno no dudó en retenerlo cerca. Se abrió una temporada larga de visitas diarias al caer la tarde, cuando la actividad en los pasillos da paso a la tranquilidad y en las habitaciones se hace la calma.

El primer día, antes de subir a la planta, pasé por la capilla. Me cautivó el recogimiento, la paz, el silencio de aquel lugar, con una luz centrada en el sagrario que invitaba a rezar. Allí me quedé un rato y pedí por los enfermos, por sus familias, por todo el personal que los cuida. Repetí en cada visita y así llegaba al encuentro con las pilas cargadas

Las conversaciones de aquellos días hicieron mella en los dos; nos sumergimos en temas que allí venían rodados y que fuera parecen forzados. En el hospital, al lado de los enfermos, la vida adquiere otra dimensión, los problemas de la calle son menos problemas; la importancia se pone en otros asuntos. El ruido de la calle, las prisas de la gente, los conflictos permanentes que nos ofrecen los medios de comunicación, vistos desde la ventana del hospital sujetado a un gotero, son de un calibre diminuto. Se considera el silencio por encima de la distracción, convertida en el valor por antonomasia en contraposición al silencio, un mal del que hay que huir por el medio que sea. Se valora la actuación de profesionales que, al interés por cumplir un contrato, añaden un cariño que sitúan la relación humana en un nivel superior. La sonrisa no puede ser impuesta por un reglamento, pero transforma lo que podría ser un lugar frío en un espacio acogedor. Se agradece la compañía por amistad, por amor, porque sí, sin reglas, porque quiero, porque te quiero; y porque en la calle, sin amor y sin amistad las relaciones se dirimen con tribunales y abogados, en una deriva progresiva hacia la judicialización de la vida social. El amor, la amistad, no surge del miedo, de la imposición, si no de la voluntad; ama el que quiere. Se descubre el error de confundir felicidad con bienestar, porque con frecuencia esta depende del dinero y el dinero no se puede compartir, si no repartir; y entonces vienen las discordias (como pasa en las herencias) y en la discordia nadie es feliz.

Celebramos el día que le dieron el alta, pero tanto o más celebramos que la enfermedad nos hubiera brindado la oportunidad de bucear en intimidades que la calle no propicia. Y es que la vida se ve distinta desde la ventana de un hospital, sujeto a un gotero.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

03/06/26

David y Teresa

David y Teresa

David sale de madrugada. Estas últimas noches, el cielo está despejado, frío, iluminado por una luna blanca, oronda, que ciega las estrellas. La puerta del garaje se abre pausadamente, ruge el motor y ella sonríe. El coche se asoma despacio, la saluda antes del giro. Su rostro redondo, sereno y alegre, lanza un guiño; se cuela a través del cristal, entra inquieta, se acurruca. En el primer tramo de calles oscuras le ilumina el camino. Ya en la carretera, aumenta la velocidad y se sujeta al asiento, asustada; en el trayecto es confidente, compañera en el rezo. Antes del túnel se apea discreta y le deja, con los suyos que nunca va solo. A la salida ya no está; el cielo, oscuro sin ella, entristece la circulación, hoy espesa. Avanza hacia el este con lentitud, contrapunto del reloj del salpicadero que se mueve con agilidadh. Por entre los bloques altos, en un claro que provoca el parque, la primera luz tenue que anuncia el alba, difumina el negro. A contraluz del suave resplandor, se recortan las siluetas nítidas de los edificios; en breve, los más alejados quedaran bañados de rosicler en su camino hacia la luz completa. Nueva parada, ahora la vista descansa en la foto familiar sostenida por un discreto marco adherido; los repasa uno a uno. No hace tanto que se ha despedido y cómo la echa en falta.

Teresa se levanta pronto, cuando todos duermen aún. Le encanta recorrer el pasillo acompañada del silencio, con la taza caliente entre las manos; piensa en ellos, los ve con los ojos del corazón, los oye en el murmullo del descanso, repasa con cada uno los planes que hablaron anoche, les dicta consejos que de día no podrán oír. Se detiene ante los suspiros de la pequeña, la tos a trompicones de su hermana o el dormir inquieto del mayor. De la habitación del fondo se cuela un resplandor; al poco él sale despacio en un despertar lento, atraído por el olor a café que le guía hasta la cocina. Uno al lado del otro, remueven callados, no hablan, se miran; ella le arregla un pequeño detalle del pelo, él le coge la mano: “cada mañana me cuesta dejarte”. Es la hora, los dos se funden en uno, “cuídate, hasta la noche”; cierra la puerta, apoyada en la espalda, cierra los ojos y respira hondo, ¡guárdalo!

De nuevo el silencio domina la casa; es su tiempo, el momento de leer, de escribir, de hablar con Dios, de preparar el día. Suena el despertador, enciende luces, besa uno a uno, ayuda uno a uno, anima, urge, reprende si es el caso. Mochilas, carteras, abrigos, bufandas, el bolso y el portátil, todo entra en el ascensor.

Antes de pulsar el botón, la pregunta de rutina ¿tenéis todo? Suspira, se contesta bajito “faltas tú”; luego los mira, sonríe y ¡chicos, nos vamos!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/11/25

Los hijos de Laura

Los hijos de Laura

Los primeros capítulos de la nueva vida de Laura y Ramón transitaron por caminos distintos a los del guion de la novela que habían soñado el día de su boda, de eso hacía trece años. La alegría del primer embarazo llamó enseguida a la puerta y María se presentó con una parálisis desde la cintura a los pies. El segundo fue Javier, un síndrome de Down precioso y simpático que tenía su propio código de comunicación. Laura y Ramón se abrazaron a la realidad como se hace con quien más quieres en esta vida y la alegría de sus rostros era el resplandor del cariño que se respiraba en aquella casa. Después, Pedro, Carmen y Pablo llenaron los escasos huecos que quedaban en el piso, con un derroche de vitalidad que cubría su cupo y el de los dos mayores.

El matrimonio planeó reorientar los proyectos profesionales, porque aquella empresa familiar requería cabeza, corazón y tiempo. Laura era directiva en una gran empresa y aunque sus ingresos estaban por encima de los del marido, decidieron que diera un parón a sus actividades mientras los hijos la necesitaran. Ramón se multiplicó para aportar algo más de lo habitual y amortiguar las estrecheces económicas que se avecinaban.

Las rutinas organizativas de la familia cambiaban los fines de semana, cuando aprovechaban para hacer planes todos juntos. Los sábados los dedicaban a la compra en el centro comercial con un añadido en forma de helado. Los domingos iban andando a misa a la parroquia cerca de casa y luego de visita a los abuelos que vivían a dos manzanas.

Un domingo se cruzaron por la calle con una joven que empujaba un carrito con una criatura sana y robusta; se miraron sin llegar a decirse adiós. Laura quiso recordar aquella cara, la había visto antes y no acertaba a situarla. Dos semanas después, bajó al parque con María y Javier, a esperar que los otros tres llegaran del colegio. Al poco la vio llegar con el carrito, pero se quedó un poco apartada. Habría pasado media hora cuando la criatura empezó a toser y llorar; la madre nerviosa no sabía bien lo que hacer y pidió ayuda. Laura se acercó corriendo y entendió lo que estaba pasando; el crío se había atragantado, había empezado a cambiar de color y no respiraba. Lo tomó en sus brazos y con la experiencia de quien ha pasado por esa situación, lo volvió cara al suelo, le golpeó la espalda, le hizo unos movimientos en el pecho, en la garganta, y consiguió liberar la obstruc­ción. Calmada la madre y el hijo, se sentó con ellos para acompañarlos hasta que se recuperaran del susto. Todavía con los ojos humedecidos por las lágrimas de impotencia, la joven le dio las gracias por todo lo que su hijo le debía. Le contó que Laura y su familia no pasaban desapercibidos en el barrio y que ella y su marido se habían fijado en ellos en más de una ocasión; aunque él rechazaba aquel planteamiento de familia porque no quería tener hijos, ella sentía admiración. Cuando se quedó embarazada, el ambiente en su casa se volvió tenso y se vio sometida a presión, también por la familia del marido. Llegó un momento que aquello le superó y aceptó una propuesta que le partía el corazón. La mañana que les habían citado en la clínica, parados con el coche en el semáforo, comenzaron a pasar uno detrás de otro los cinco hijos de Laura: el discapacitado ayudaba al mayor a em­pujar el carrito de la paralítica, los otros dos iban tan contentos de la mano de la madre. Se le hizo un nudo en la garganta y rompió a llorar. Notó que su marido le pasaba la mano por el hombro, la recogía en un abrazo y que las lágrimas que caían sobre la blusa no eran sólo suyas. Se miraron como nunca lo habían hecho en un diálogo mudo que salía del corazón y regresaron a casa.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

17/09/25

Adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”.

Me quedo contigo

Me quedo contigo

He sido muy feliz; ¿qué digo? ¡soy muy feliz! Así remataba la conversación que mantuvimos mientras recorríamos las dependencias del colegio el primer día que me lo enseñó. Aquella monja risueña, menudita, de movimientos ágiles y hábito caféconleche, hablaba con ilusión de lo que veíamos en cada aula, en cada rincón, y lo intercalaba con los recuerdos que unían el entonces con el ahora, los inicios con el presente. Todo tenía un porqué y ahora buscaban el relevo de quien alumbrara el mañana antes de que el hoy se apagara. Contagiaba la alegría de una vida de entrega a los demás, de un recorrido de servicio al prójimo a la luz de la fe que le alumbró desde el primer instante, cuando siendo niña se encendió en su interior la llama de la vocación y decidió ser como ellas. Ellas eran unas monjas que pasaron por el pueblo poco antes de la Semana Santa y fueron a la escuela a explicarles lo que hacían, como era la vida de una religiosa. Se lo contó a su madre nada más llegar a casa, hablando deprisa, moviendo las coletas de las que faltaba un lazo. “Se le pasará” dijo para sus adentros, porque la novela que tenía escrita para ella se desarrollaba en otros escenarios. La segunda de cuatro hermanos, la mayor de las chicas, servicial, alegre, despierta, trabajadora. Removía la pandilla con sus propuestas y sabían divertirse con los recursos a su alcance; en ese ambiente de grupo experimentó las aspiraciones del corazón que latía con fuerza cuando hablaba con el zagalote que la rondaba, hasta que encauzaron los sentimientos en una conversación un tanto nerviosa pero eficaz y siguieron tratándose sólo como amigos, porque ella se reservaba para Dios. En casa tenían una posición económica desahogada sin alardes, que les permitía costear sus estudios en la capital. Cuando llegó ese momento sentó a su padre y a su madre para recordarles que seguía viva la brasa que alimentaba su decisión. Se fue al internado con las monjas, avanzó en los estudios y en la vida religiosa; caminaba por la vida con la seguridad de quien se fía de alguien grande porque ella es pequeña y lo que haga no será sólo por sus méritos. A la devoción añadía trabajo, estudio y tiempo para los demás. La universidad le amplió horizontes y premió su esfuerzo y talento con un título de Licenciada en Ciencias. Puso aquel diploma a disposición de la superiora el mismo día que acabó las clases y en unas semanas viajaba a Perú para poner en marcha una misión que el Obispo les había encomendado. Su tarea fecunda cuajó en obras y personas que dieron sombra a quienes allí siguieron cuando ella regresó a los diez años, porque ahora le pedían arrimar el hombro en los inicios del colegio que hoy me enseñaba. Aquel sueño cuarenta años atrás que prendió en un pequeño local se había hecho realidad y de nuevo estaba preparada para que otros continuaran, porque ella y su sonrisa se iban a donde le dijeran sin importarle que el atardecer de la vida asomaba en el horizonte. Fue entonces cuando me dijo: “he sido muy feliz”; me miró en silencio con un punto de suspense, respiró hondo y con el brillo de los ojos iluminando su cara, apostilló ¡soy muy feliz!

Fue unos días más tarde cuando escuché por primera vez la canción de Rosalía que da título a este relato y tuve la sensación de que ponía música a la historia de la monja:

“Si me das a elegir entre tú y la riqueza / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y la gloria / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y el cielo libre para ir a otros nidos / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir en tú y mis ideas (que sin ellas estoy perdida) / ay, amor me quedo contigo”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

10/09/25

Tú, el mar y el cielo

Tú, el mar y el cielo

“No sé si aún me recuerdas / nos conocimos al tiempo / tú, el mar y el cielo…” Sonó la inconfundible voz del grupo La Oreja de Van Gogh y me agarré fuerte al volante para saborearla. El fin de semana en el pueblo había sido fecundo en recuerdos por cuenta de mi madre. Apoyada en mi brazo y su bastón, recorrimos las calles al ritmo que le permiten sus muchos años, quizás para darle tiempo a contar la historia que le sugiere cada rincón. Asombra la frescura y el detalle con el que cuenta cada una de las vivencias guardadas en los repliegues del corazón.

Ahora la canción volvía a poner en primer plano los recuerdos. Conducía con tranquilidad por una carretera de rectas interminables, por en medio de sembrados maduros que el sol de atardecer bañaba de luz dorada: “Más de cincuenta veranos / hace hoy que no nos vemos / ni tú, ni el mar, ni el cielo…” Volver la mirada a lo pasado sin nostalgia, sin entorpecer el presente, sin anclarnos en el antes; revivir aquel momento, hacerlo presente de nuevo para disfrutarlo es volver a vivir. Ese sentido positivo del recuerdo me llevó a la historia que cuenta Ernesto Juliá en un libro titulado “Desde la ribera”.

“Pedro era tan buen abogado como tímido para las relaciones sociales; de joven tan apenas consiguió salir más de un mes seguido con dos o tres conocidas y en vista del escaso entendimiento, decidió centrarse en el trabajo. Recién estrenada la decena de los sesenta, una tarde le asaltó una duda y consultó el libro de derecho penal que usaba en la facultad. Entre las hojas encontró una nota escrita a mano, firmada por Rosa “espero que los apuntes te sean útiles”. Se quedó pensativo ¿quién era? Repasó mentalmente los nombres de clase y no encontró ninguna Rosa. A la mañana se despertó con esa inquietud y quiso averiguar de quien se trataba. Llamó a Ramón, antiguo compañero de Derecho; entre los dos localizaron tres chicas en la clase con ese nombre. Supuso quien de ellas era la de la nota; aunque su relación con ella no había pasado de conversaciones esporádicas sobre los estudios, recordó que durante un tiempo se ponía colorado cuando sus miradas se cruzaban. Aquel papel algo desvaído le despertó inquietudes dormidas; se sorprendió cuando la idea de llamarla le empezó a rondar con frecuencia. Sonó el teléfono ¿está la señora? “un momento” contestó una voz de niña de siete años, se oyó correr por el pasillo ¡abuela, supongo que preguntan por ti! ¿Rosa? soy Pedro de la facultad ¿Pedro? No conozco… La conversación no fue fácil porque a Pedro no le salían las palabras; fue ella quien a base de preguntas unió el lazo deshecho al acabar la carrera. Rosa se había trasladado a otra ciudad, donde enviudó hacía diez años; con cinco hijos, todo este tiempo había sido intenso, muy dedicada a sacar la familia adelante. Ahora, la última hija estaba a punto de casarse y la dejaría sola. Volvieron a hablar al cabo de un mes, aunque a ella la imagen de Pedro le acompañó esos días al recordar que, durante un tiempo en la facultad, se fijaba en aquel chico discreto y le hacía tilín. Quedaron en verse y al regreso, los nietos notaron que la abuela sonreía con cara de felicidad. No tardaron en conocer la historia y en aplaudir cada vez que la veían arreglarse para la visita. Recibió la aprobación de todos los hijos cuando insinuó la posibilidad de boda. Nadie habló de nuevas ramas en troncos viejos, ni de locura colectiva. La ceremonia se celebró con sencillez y desbordada emoción cuando el novio y la abuela se miraron a los ojos para decir el ¡sí quiero! ante Dios”.

Bien podría sonar para ellos el estribillo “Más de cincuenta veranos / hacía hoy que no nos vemos / tú, el mar y el cielo…”

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

09/07/25