Mar 25, 2026 | Escritos
Que tenemos que quedar, que a ver cuándo nos vemos… y pasaban las semanas sin aterrizar el propósito. Por fin encontramos la oportunidad hace un par de sábados y nos citamos a comer en la terraza de un bar junto al parque, con horas por delante para ponernos al día. Pero el día se puso feo, tapado, con un ligero viento que desaconsejaba sentarse al exterior y amenazaba lluvia. No estábamos dispuestos a luchar contra los elementos, así que nos fuimos al McDonald’s que había al otro lado de la calle. Al fin y al cabo, lo que queríamos era hablar a la par que matar el gusanillo de mediodía.
El local era una planta baja que se barría de un vistazo, con ambiente cálido por el tipo de público que llenaba casi todas las mesas. Nos plantamos delante del panel de autoservicio con cara de expertos, como quien maneja con soltura ese modo impersonal de pedir en un restaurante de comida rápida. Hay un prurito a quedar mal si ante un quiosco digital tienes que leer las instrucciones y vas lento al marcar. Pero ni a Iñaki ni a mí nos importó tener que anular la operación por segunda vez y volver a empezar. Mientras él esperaba que prepararan el encargo, me senté en una mesa junto al ventanal para no quedarnos sin sitio. Fueron unos minutos en los que disfruté recorriendo las mesas con la mirada, como si fueran los fotogramas de una película que me arrancaba sonrisas y estimulaba la imaginación como en el cine mudo.
Al resguardo del mostrador, por la parte que se apoya en la pared, una mesa alargada con ambiente de celebración familiar. De entre pequeños y mayores, destacaba la figura esbelta de la abuela, un rostro enjuto como se adivinaba toda ella, de pelo plateado recién peinado y modales exquisitos; daba cuenta de una royaldeluxe sin perder la verticalidad sobre el plato y atendía los requerimientos de los nietos que la acompañaban en la aventura, cada uno afanado con la suya.
Delante de la nuestra, la mesa de cuatro la ocupaban un matrimonio joven y tres hijos que habían comido más rápido que los padres y ahora les dejaban hablar, sin reclamar su atención. El padre, con el bocado a mitad de camino entre el plato y la boca, escuchaba con atención a la madre, como si a su alrededor no hubiera nada más que ella.
En el rincón, una mesa medio escondida por las de al lado, la ocupaba una pareja de adolescentes en estado puro. Esperaban el pedido, no tenían nada que hacer y mataban el tiempo con gestos y muecas, allí no había conversación. El chaval con cara de cansado, gesto de aburrimiento y pelo desordenado tapándole la cara, adoptaba una posición entre sentado y tumbado. Ella mejor arreglada y bien sentada, lo miraba con ojos de “todo lo que haces me encanta”.
Al otro lado del panel, dos pequeños que casi no llegaban al tablero, gozaban con las patatas fritas que untaban en la salsa, bien sujetas por la punta para acertar al llevarlas a la boca. Sus padres seguían atentos cada movimiento de aquellos críos, para quienes la felicidad de todo el mundo se concentraba en el estuche de nuggets y patatas que tenían delante.
Con este ambiente, no parece que nadie nos prestara atención, ni cuando delante de la pantalla estudiábamos el menú, ni cuando sentados junto a la ventana nos comimos una auténtica Big Mac, ni cuando se nos pasó la hora hablando, ni cuando recogimos los restos al contenedor y salimos a la calle. Nos despedimos; antes de separarnos me giré hacia el restaurante; a través de los ventanales bajos se veían los grupos que habíamos dejado. Volví a sonreír, quién me iba a decir que pasaría un rato tan agradable entre hamburguesas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
25/03/26
Ago 20, 2025 | Escritos
El paseo de la playa dibuja una curva en forma de abrazo enorme, como si quisiera acoger en su seno todo el mar. Una sólida barandilla separa dos ambientes; el de la arena para los bañistas y el de la ronda salpicada de bancos y terrazas para aquellos que, como nosotros, prefieren dar un garbeo. Como el paseo tiene forma de U, siempre tienes delante la arena y el mar sin olas; la bravura del Cantábrico se frena a la entrada custodiada por un monte a cada lado. En el recorrido de un extremo a otro, algunas escenas quedan grabadas en el recuerdo.
A primera hora, cuando algunas personas empiezan a bajar a la playa para tomar posiciones y marcar territorio, un matrimonio pasea tranquilamente con los pies en el agua. Destacan por su porte, elegancia, atuendo y edad. Ella lleva un vestido sobre el bañador y un capazo de rafia donde guarda los zapatos; él los lleva en una mano y con la otra toma la de ella. Alto, delgado, sus pasos lentos bien marcados. Viste un pantalón de tergal fresco con raya que remarca su altura y camisa de lino de manga larga abotonada con unos gemelos informales. De cara enjuta, pómulos algo salientes, nariz con personalidad y pelo blanco que peina todavía con raya. La mirada serena se alterna entre las olas para evitar que alguna les sorprenda, la arena donde pisan y ella. Sonríe cuando la vista se pierde en el horizonte, cuando se fija en lo concreto, cuando la contempla. La conversación es de pocas palabras, les basta el gozo de saberse juntos.
Un padre juega a pala con su hijo; procura que los golpes a la pelota sean fáciles de devolver y a veces falla intencionadamente, pero con tal disimulo que el crío brinca de alegría porque le ha ganado un punto a su padre.
En la arena junto a la pared que sostiene la barandilla, una madre pone crema a su hijo con rasgos síndrome de Down. El niño no colabora y ella lo convence contándole una historia divertida. El olor a crema invade ese trozo de paseo.
Dos niñas y un niño han hecho una piscina redonda excavada en la arena, de un metro de diámetro y un palmo de profundidad. Tan apenas caben, pero los tres chapotean, ríen y disfrutan ajenos al mundo que le rodea.
Cuatro chicas jóvenes usan la toalla como tapete y juegan una partida de cartas; las miradas se entrecruzan dos a dos. La que tengo de frente toma una carta, la incorpora a la mano, la mira, levanta la vista hacia su compañera y sonríe pícaramente.
El padre y la niña que lleva el mismo bañador con el que vino al mundo, construyen un castillo de arena humedecida; cada vez que ella trae un puñadito en una sola mano y la coloca en lo más alto, el padre aplaude y ella vuelve radiante a por más.
Una señora mayor y una chica joven empujan una silla de ruedas con dirección al agua; llevan un mozalbete fuerte y largo que debe pesar lo suyo, con síntomas de alguna enfermedad degenerativa. A pesar del esfuerzo, avanzan con alegría y le cuentan lo bien que lo van a pasar en el agua.
Faltan doscientos metros para llegar al final del paseo cuando unos gritos nos sorprenden y detienen nuestros pasos hasta que localizamos la procedencia. En la arena dos mujeres corren al encuentro con los brazos extendidos y gritan ¡pero qué alegría! ¡quién me lo iba a decir después de tanto tiempo! ¡no me lo puedo creer! La niña pequeña un poquito apartada contempla admirada el abrazo largo de su madre con la amiga. El marido de ésta se ha hecho a un lado y las deja hablar ¡una posibilidad de entre 1000! ¡pues mira que nunca entro por estas escaleras! Continuamos el paseo y al llegar a la punta damos la vuelta, volvemos y todavía están allí, hablando en ese tono alto que refleja alegría, la alegría del encuentro.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/08/25
Abr 2, 2025 | Escritos
Después de tantos días de lluvia sin ver el sol, el ánimo andaba un tanto replegado; aunque uno pone buena voluntad de su parte, faltaba la ayuda que presta la naturaleza para alegrarnos la vida; echaba en falta el cielo limpio que te llena de luz y produce el mismo efecto que un sorbo de energía.
Me entretuve en el trabajo más de lo previsto, se había hecho tarde y regresaba a casa con ganas de llegar cuanto antes, con esas prisas que a uno le entran de estar con los suyos. La circulación estaba espesa, la jornada había sido intensa y llevaba tensión acumulada. Por si fuera poco, se encendió la luz del aviso de la gasolina. El drama estaba servido, en esa situación cualquier tontería se eleva a la categoría de tragedia. En mi interior resonaron dos voces: la primera me recordaba que era tarde, que estaba cansado, que me esperaban en casa, que mejor madrugar al día siguiente y pasar por la gasolinera. Estaba convencido de que tenía razón y había que hacerle caso. Pero entonces se oyó la segunda que me recordaba que mejor ahora, que si me desviaba un poco, encontraría una gasolinera en el camino y así me ahorraría el susto por la mañana. Triunfó la segunda todavía no sé por qué, giré a tiempo, di un pequeño rodeo y la encontré en un plis plas.
Era el único cliente, parece que me estaban esperando. Enseguida me atendió un empleado joven que me recibió con un amable “buenas noches” para, a continuación, ofrecerme un tipo de gasolina que tiene mejor rendimiento y … No presté atención a todo lo que me decía, porque no estaba para muchas historias y quería acabar pronto aquella operación. Me salió un “no gracias” sin pensarlo demasiado, algo seco. No se lo tomó a mal y con la misma cara alegre continuó “¿y qué tal el día?”
La pregunta me pilló dando vueltas a mis asuntos. Le miré, sonreía a la espera de una respuesta con la intención de sacarme de mi encierro y provocar una conversación mientras se llenaba el depósito. Me sorprendió que, a esas horas, alguien se interesara por mí. Respiré hondo para evitar una frase evasiva, empecé con un “bien, nada especial” y acabé contándole un par de anécdotas que me habían sucedido en el colegio. Nos reímos y él también respondió con un chascarrillo divertido. Cuando regresé de pagar estaba con otro cliente, levantó la vista y con un gesto expresivo se despidió “que descanse”.
Llegué a casa con el ánimo cambiado, como si el sol tan esperado hubiera salido en aquellas horas de la noche; fue fácil sonreír cuando al oírme entrar, alguien a quien le importo y que me esperaba preguntó desde el fondo del pasillo ¿qué tal el día?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
02/04/25
Ago 7, 2024 | Escritos
¡Señora, los cordones! ¿Qué? ¡Que lleva los cordones desatados! Aquella señora mayor cargada con una bolsa en cada mano, no entendía lo que la motorista le decía; el casco amortiguaba las palabras, ella con sus noventayuno ya no estaba fina de oído y, además, estaba fatigada del paseo y del peso de la compra y de la vida; hizo un gesto de ¡es igual! y continúo cruzando el paso de peatones. Beatriz se había detenido con el semáforo en rojo, dejó la moto en marcha, corrió hasta alcanzar a Nuria, se arrodilló sin quitarse el casco, le ató el cordón, volvió corriendo a por la moto, el semáforo se puso verde y Nuria la vio desaparecer en medio del tráfico sin tan siquiera verle la cara.
Era un martes del pasado mes de junio a mediodía, en el cruce de la calle Muntaner y General Mitre en Barcelona.
En casa de Nuria, las estanterías del salón están repletas de libros; y los cajones de la mesa guardan unas cuantas libretas donde escribe cuentos infantiles. A la tarde, con calma, quiso agradecer el detalle que había vivido y en una de esas libretas redactó una carta al periódico. No solamente la publicaron, si no que una emisora local se hizo eco en un programa que comentan noticias de los periódicos. Aquel día Beatriz dejó a los niños en el colegio y volvió a casa, no tenía que ir al despacho. Puso la radio y se quedó de piedra cuando el locutor leyó la carta y se reconoció ¡esa soy yo! Sus padres que también conocían la historia la llamaron ¿has oído la radio? Llama y diles que eres la protagonista; ¡pero si no tiene mayor importancia! Pasión de padres, lo hicieron ellos; el periódico La Vanguardia juntó a las dos mujeres en un encuentro emotivo y publicó un reportaje.
Acerté a leer la noticia y me enganchó desde el primer momento, porque el cariño que Beatriz puso en el detalle de atar los cordones de Nuria, como si se lo hiciera a su madre, convertía aquel gesto ordinario en extraordinario. También porque ese paso de peatones lo cruzo con frecuencia cuando voy a Barcelona a ver a mi madre, que pasa buena parte del año en casa de mi hermana allí cerca, y me situaba perfectamente en la escena.
Envié el recorte de la noticia a un matrimonio amigo, que siempre han vivido en esa zona de Barcelona y ahora están asentados en Lisboa por motivos de trabajo. Ella me contestó enseguida: ¡qué coincidencia! mi madre es amiga de la hermana de Nuria. Lo que me faltaba, mi alegría se había multiplicado como si yo estuviera implicado en la historia; aquello que nos alegra tendemos a contarlo, a compartirlo: el bien es difusivo. Por eso, este escrito quiere rendir homenaje a las dos mujeres protagonistas de la historia. Y como dice Nuria en el inicio de una de sus obras: los cuentos no se escriben para dormir a los niños, si no para despertar a los mayores.
Esta historia que es real, de las de verdad, consigue el mismo efecto que pretende Nuria con sus cuentos: despertar a los mayores. Será por eso por lo que desde que la leí procuro ir un poco más despierto por la vida, atento a las necesidades de los otros, y descubro que hay muchas maneras de llevar los cordones desatados.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
07/08/24
Jun 19, 2024 | Escritos
“La penumbra somnolienta envolvía las caballerías y las dibujaba fijas como las figuras de plástico que los niños usan en sus juegos; ni el chirriar de la puerta ni el rayo de luz han distraído su calma.
Desde el fondo de la cuadra llegaba el golpeteo de cascos contra el adoquín del suelo y el relincho quedo de un animal inquieto; resoplaba nervioso, sacudiendo la cola, cabeceando arriba y abajo, como quien espera que llegue la hora de la cita.”
Así imaginaba la escena en aquella antigua finca Santa María del Pino a las afueras de Jerez de la Frontera, que ahora toma el nombre del pozo y el albero que le rodea, enclavado donde los caminos del paseo se cruzan. Hace ahora veinticinco años que pasé allí el mes de agosto en un curso de verano. En el recuerdo queda el blanco de las paredes encaladas; el verde de pinos, palmeras y cipreses en distintos tonos; el amarillo albero de los caminos que serpean el jardín. Los paseos adoquinados que se recorren a la sombra del atardecer, la plaza enchiná que reúne los edificios de la vivienda, los soportales que acogen las tertulias al fresco de la noche.
La finca conserva los lagares y las cuadras, ahora habilitadas para otras actividades. El olor a uva en los días de vendimia y el relincho de los caballos que otrora se utilizarían, los percibía en el ambiente. Acoplado en el sillón de mimbre trenzado, con los ojos entornados a la brisa de los pinos, dejé correr la película que había empezado a pasar por mi cabeza.
“Una tarde a la hora de la siesta, cuando los hombres dormitaban su cansancio y las mujeres trajinaban silenciosas en la cocina, D. Manuel salió de la casa -él solo- hacia la cuadra.
El animal sabía que era su día; lo intuía desde que hubo movimiento a su alrededor por la mañana, cuando trajeron un arnés completo con olor de piel nueva. Ahora cerraba los ojos y quedaba relajado al notar las caricias en la frente, el cepillo sobre la piel y unas palmadas de cariño. Mansamente jugaba a ser cómplice del estreno y facilitaba el movimiento para que le colocara el cabezal de borlajes y la montura con baticola, festoneadas de cascabeles dorados.
Antes de la próxima feria quería probarlo con tranquilidad -solos los dos-, por los caminos sombreados del jardín. Desde la casa hasta el pozo, entre acacias, palmeras, pinos y plátanos, repetían pasos de dos, de tres, trote suave, cambios de ritmo, giros y arreones.
De regreso, con engallamiento airoso y paso campanera, caminaba confiado, orgulloso de la carga, levantando la cola como una cascada de espuma, dócil a la mano suave que le sujeta las riendas en corto.
Atraídos por el sonsonete trotón, los hombres han salido uno a uno por la puerta, bostezando su pereza, a sentarse en el banco de piedra del porche enchinado.
Al repicar en el patio empedrado se han puesto de pie para recibirlos bajo los arcos. Terminaba la prueba sonriente, satisfecho. Con una mano le acariciaba el cuello y con la otra le acercaba la oreja para susurrarle algunas palabras. Le ha despedido con una palmada y el caballo ha marchado -sólo- hacia la cuadra.
En corro, los hombres comentaban su sorpresa y se admiraban del arte de D. Manuel, que toma un caballo cualquiera -uno más de la cuadra-, lo enjaeza gustosamente y en sus manos es un animal inteligente, fuerte, temperamental.”
Me removí en el sillón, volví a la realidad y pensé que también en la vida he tenido esa experiencia, la de convivir con personas extraordinarias que no se dan importancia al ayudar a los demás y pasan desapercibidas como otra cualquiera.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
19/06/2024