Jun 3, 2026 | Escritos
Le llamé para saber lo que le había dicho el médico, una visita programada en la revisión anterior después de la operación. “Me han ingresado otra vez”; aparentemente todo iba bien, pero ya se ve que sólo en apariencia porque el galeno no dudó en retenerlo cerca. Se abrió una temporada larga de visitas diarias al caer la tarde, cuando la actividad en los pasillos da paso a la tranquilidad y en las habitaciones se hace la calma.
El primer día, antes de subir a la planta, pasé por la capilla. Me cautivó el recogimiento, la paz, el silencio de aquel lugar, con una luz centrada en el sagrario que invitaba a rezar. Allí me quedé un rato y pedí por los enfermos, por sus familias, por todo el personal que los cuida. Repetí en cada visita y así llegaba al encuentro con las pilas cargadas
Las conversaciones de aquellos días hicieron mella en los dos; nos sumergimos en temas que allí venían rodados y que fuera parecen forzados. En el hospital, al lado de los enfermos, la vida adquiere otra dimensión, los problemas de la calle son menos problemas; la importancia se pone en otros asuntos. El ruido de la calle, las prisas de la gente, los conflictos permanentes que nos ofrecen los medios de comunicación, vistos desde la ventana del hospital sujetado a un gotero, son de un calibre diminuto. Se considera el silencio por encima de la distracción, convertida en el valor por antonomasia en contraposición al silencio, un mal del que hay que huir por el medio que sea. Se valora la actuación de profesionales que, al interés por cumplir un contrato, añaden un cariño que sitúan la relación humana en un nivel superior. La sonrisa no puede ser impuesta por un reglamento, pero transforma lo que podría ser un lugar frío en un espacio acogedor. Se agradece la compañía por amistad, por amor, porque sí, sin reglas, porque quiero, porque te quiero; y porque en la calle, sin amor y sin amistad las relaciones se dirimen con tribunales y abogados, en una deriva progresiva hacia la judicialización de la vida social. El amor, la amistad, no surge del miedo, de la imposición, si no de la voluntad; ama el que quiere. Se descubre el error de confundir felicidad con bienestar, porque con frecuencia esta depende del dinero y el dinero no se puede compartir, si no repartir; y entonces vienen las discordias (como pasa en las herencias) y en la discordia nadie es feliz.
Celebramos el día que le dieron el alta, pero tanto o más celebramos que la enfermedad nos hubiera brindado la oportunidad de bucear en intimidades que la calle no propicia. Y es que la vida se ve distinta desde la ventana de un hospital, sujeto a un gotero.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
03/06/26
May 20, 2026 | Escritos
Uno de los primeros días de este mes de mayo, acompañé a Miguel Ángel y José Ramón en la excursión matinal que cada semana tienen programada. Con tesón inquebrantable, cada siete días me llega su invitación y me ponen en un aprieto porque se me agotan los recursos para salir airoso del lance. El valor de la amistad está por encima y me hacen creer que la excusa ha colado: me dejan satisfecho, a sabiendas que en poco volverán a la carga. Claro que cuando acepto, disfruto de tal manera que yo solo alimento las ganas de volver.
Después de unos días de calor anticipado, como si el verano quisiera hacerse presente antes de su hora, giró el tiempo y volvimos a los días cubiertos, de viento y lluvia. Aquella mañana se presentaba incierta, con riesgo de agua y frío; pero a la convocatoria sólo acudió el frío, no tanto como anunciaban. Después de dos horas y media de ascensión, coronamos uno de los siete picos de la Sierra de Guadarrama. Allí me encontré con un árbol seco que me impresionó, un pino albar o pino silvestre propio de la zona, firme, seco, de tronco y ramas brillantes, pulidas por el viento que sopla con fuerza en la cresta, que ya en vida se habían adaptado al azote de las ráfagas continuas. A su alrededor había otros lozanos, verdes, limpios; pero el que me atrajo fue el pino seco, castigado pero enhiesto. Ante mí se levantaba un monumento a la diversidad, al que sale adelante con sus características, al que es como es.
Será porque en la labor de tutoría con estudiantes en el colegio, detecto un malestar y sufrimiento provocado por el esfuerzo en gustar, por encajar en el modelo que consideran se espera de ellos, fruto de la presión familiar, de los amigos, de los medios de comunicación, de las redes sociales. Es lo que le sucedía al roble del cuento:
“Érase una vez un hermoso huerto con cientos de árboles frutales. Manzanos, perales, naranjos y limoneros convivían felices con chumberas y otros arbustos llenos de moras y frambuesas. Todo era alegría y satisfacción en el huerto excepto por un árbol que siempre estaba profundamente triste y todos los días repetía la misma canción. Los demás le apreciaban mucho e intentaban que recuperara la alegría con palabras de ánimo. El manzano, por ejemplo, solía hacer hincapié en que lo importante era centrarse en el problema.
– A ver, compañero, si no te concentras, nunca lo conseguirás. Relaja tu mente e intenta dar manzanas ¡A mí me resulta muy sencillo!
Pero el árbol, por mucho que se quedaba en silencio y trataba de imaginar verdes manzanas naciendo de sus ramas, no lo conseguía.
Otro que a menudo le consolaba era el mandarino, quien además insistía en que probara a dar mandarinas.
– A lo mejor te resulta más fácil con las mandarinas ¡Mira cuántas tengo yo! Son más pequeñas que las manzanas y pesan menos… ¡Venga, haz un esfuerzo a ver si lo logras!
Nada de nada; el árbol era incapaz y se sentía fatal por ser diferente y poco productivo
Un día se posó en sus ramas un búho, la más sabia de las aves. Al ver la desesperación del árbol exclamó:
-No te preocupes. Tu problema no es tan grave… Tu problema es el mismo que el de muchísimos seres sobre la Tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo. Conócete a ti mismo tal como eres. Para conseguir esto, escucha tu voz interior…
-Tú nunca darás manzanas porque no eres un manzano, ni crecerán en ti flores de azahar porque no eres un naranjo. Tú eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso para dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros y hacer del paisaje un lugar más bello. Tú tienes una misión en esta vida. ¡Cúmplela!
Y entonces fue cuando el roble se sintió fuerte y seguro de sí mismo.”
Y así sea un roble un pino seco.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/05/26
May 6, 2026 | Escritos
El Concierto de Aranjuez es la obra más importante de toda la literatura musical española, compuesta por el maestro Joaquín Rodrigo, interpretada en todo el mundo por grandes solistas que la han elevado a la categoría de obra maestra mundial; de paso, ha despertado el interés por conocer la ciudad. A mitad de camino entre Madrid y Toledo, en la confluencia de los ríos Tajo y Jarama, Aranjuez ha crecido favorecida por su entorno natural y situación estratégica, lugar de descanso para la monarquía española que le dio un impulso notable a partir de la mitad del siglo XVIII con las modas y gustos del último barroco italiano.
La visité por primera vez en el 2000, acompañado de Monto, Pepe y Xavi que estaban de paso por Madrid. Después he vuelto en otras ocasiones, pero es aquella primera vez la que siempre me viene al recuerdo cuando he de hablar de Aranjuez.
Eso mismo le pasó al maestro Rodrigo, cuando pasó la luna de miel en Aranjuez a principios de 1933 y atesoró recuerdos del sonido de las fuentes, los paseos por la ribera del Tajo, el canto de los pájaros y el perfume de las magnolias. En 1938 el famoso guitarrista Regino Sáinz le propuso que escribiera un concierto para guitarra, técnicamente difícil para conseguir que el sonido de la guitarra no quede tapado por la orquesta. Mientras regresa a París, le da vueltas al reto y se le ocurre establecer un diálogo entre la guitarra y la orquesta, alternando el sonido de una y otra. Sería una obra en tres tiempos con el título el Concierto de Aranjuez para evocar los años de esplendor del sitio real, en la que volcaría los recuerdos de su primera estancia. Con esto tenía resuelta la técnica, pero no la temática de la obra.
Joaquín había nacido en Sagunto en 1901, era el menor de diez hermanos; a los tres años, un brote de difteria le dejó ciego. Fue a un colegio de niños ciegos y a partir de los siete años empezó a recibir clases de solfeo, piano y violín. A los 22 años acabó la carrera de piano, a los 23 estrenó su primera obra. A los 26 decide seguir los pasos de grandes músicos a los que admiraba y se marcha a París para seguir sus estudios. En los ambientes musicales parisinos conoce a Falla, Ravel y Stravinski. En 1929 le presentan a la pianista Victoria Kamhi (nacida en Constantinopla) con quien se casa en 1933 y se quedan a vivir en Valencia. La familia de Joaquín entra en bancarrota y el matrimonio vuelve a París. En 1939 sucede el fatal desenlace, el peor momento de su vida: su hijo nace muerto y su mujer muy enferma puede morir. Rodrigo aparece muy abatido por la situación, ya que su mujer era todo para él: la luz de sus ojos, compañera inseparable, la más asidua colaboradora que le ayudaba a transcribir las obras que escribía en braille. Fueron momentos de soledad y tristeza por la pérdida del hijo, pero también de esperanza por ver recuperarse a su mujer. Fue entonces cuando le surge el 2º movimiento de la obra de un modo natural y espontáneo mientras pide dos cosas a Dios: que cuide de su hijo y que no se lleve a su mujer. De las noches pasadas en el hospital con ella, resuena en su mente el pulso del latido del corazón que marcaba un monitor en la habitación. Con ese incesante sonido de la frecuencia cardiaca metido en su cabeza, Rodrigo experimenta lo que llama una experiencia sobrenatural, un momento de inspiración inexplicable; toda la melodía del tempo lento del adagio le brota en su mente sin interrupción. Comienza con la guitarra emulando los sonidos del corazón. Continúa un diálogo entre Joaquín que es la guitarra y Dios que es el grueso de la orquesta: le increpa, le reprocha a Dios, le manifiesta su incomprensión por la muerte de su hijo y la situación en que se encuentra su mujer. La orquesta acaba imponiéndose al hilo melódico de la guitarra, oscureciendo, ensombreciendo el lamento de la guitarra, aunque ella insiste en su pesar una y otra vez. Pasado el punto álgido, la cumbre de este movimiento, llega el monologo final de la guitarra, un fragmento de gran virtuosismo, un pasaje de puro llanto y rabia por lo sucedido que culmina con la calma de la aceptación, con un Joaquín que queda en paz con Dios.
La obra se estrenó en Barcelona en 1941 con gran éxito y a partir de 1950 empezó a difundirse por todo el mundo. Fueron años de mucho trabajo y grandes reconocimientos para el maestro Rodrigo. En medio de tanta actividad y éxitos, también se hizo presente el dolor. A veces entraba en depresiones; en todas sus obras intentó capturar el alma y transformarla en notas; para componer tantas obras desde el corazón, se requiere entrar muy dentro del alma y allí, en ocasiones, la oscuridad genera desasosiego. Cuando Joaquín volvía a salir a la luz, encontraba a su mujer esperándole con una sonrisa.
Vicky, como él la llamó siempre, había dejado su carrera como pianista para estar a su lado, no sólo como esposa si no como la colaboradora más importante: le inspiraba, le ayudaba en la mayoría de las piezas y le hacía de copista. Fue sus ojos hasta el último instante, para leerle noticias o describir el color y forma de las cosas. Unos días antes del fallecimiento de ella en 1997, aún se les ve tocando el piano a cuatro manos.
El maestro Rodrigo nos ha dejado un legado musical universal y un ejemplo de vida de superación; a pesar de las dificultades vivió con pasión y alegría entregado a la música y a su mujer, sostenido por su fe en Dios.
Falleció dos años después de su mujer, en 1999 a punto de cumplir los 98, y fueron enterrados juntos en Aranjuez.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
06/05/26
Feb 25, 2026 | Escritos
Cuando Laura llegó a la parada, Pablo ya estaba esperando apoyado en la pared con las manos en los bolsillos. Se incorporó para saludarla. Habían quedado con los compañeros de clase y eran los primeros en llegar. Ese miércoles tenían una jornada en la universidad, evento que les mantenía nerviosos conscientes de que estaban a punto de abandonar la zona confortable de la escuela y se adentraban en un territorio por descubrir.
Pablo tenía apariencia de tímido, escondido tras el pelo enmarañado que le tapaba la frente y ocultaba unos ojos negros de mirada serena. Laura le hablaba con desparpajo, acompañaba la palabra con el movimiento airoso de las manos, la barbilla un pelín levantada para facilitar el movimiento de cabeza a un lado y otro, con gracia, para centrar la melena sedosa que le caía hasta media espalda. Se conocieron en primero cuando llegaron con seis años, habían crecido juntos, compartido muchas horas de patio, muchas salidas con la clase, muchas conversaciones. Aunque fuera del cole tenían pandillas distintas, dentro había una querencia a buscarse. La pinta de parado que aparentaba Pablo era simple fachada y Laura lo sabía, lo conocía bien; jugaba al fútbol con un equipo del barrio, tocaba en un grupo musical, daba catequesis en la parroquia y en los estudios sacaba buenas notas a base de esfuerzo para suplir lo que a ella la naturaleza le había regalado con generosidad.
La primera vista del salón de actos resultaba simpática, con los alumnos de cada colegio agrupados por zonas, separados por asientos vacíos que rellenaron los rezagados a costa de estar lejos de los suyos. Para cuando Jaime subió al estrado, el ambiente ya se había caldeado: habían aplaudido varias veces y contestado con “siii” “nooo” cada vez más fuerte. Mientras proyectaba unas imágenes, Jaime les contó que entró a trabajar en el departamento de contabilidad nada más acabar los estudios de FP. Vivía fuera de Madrid, se desplazaba en moto; aquel viernes por la tarde regresaba a casa con una sonrisa amplia bajo el casco. La jefa le había llamado al despacho para hacer un repaso de sus seis primeros meses y le había puesto buena nota; además le esperaban en la fiesta de cumpleaños de un amigo y asistiría Isa, con la que había empezado a salir. Había llamado a su madre para avisarle de que llegaba en media hora y que cenaba fuera. La moto se movía con agilidad, contagiada del buen ánimo del conductor; conocía el camino con los ojos cerrados. No recuerda si los cerró, pero sí recuerda que cuando los abrió no estaba en su casa, ni en la fiesta de cumpleaños. Ambulancias, policía, lío de gente y la moto empotrada contra la pared por un coche. Volvió a nacer y dio gracias por la nueva vida. Siguieron dos años de hospitales, entradas y salidas del quirófano con la incertidumbre del hasta cuándo. Y tocó aprender a vivir de otra manera, ahora sin el brazo bueno. Ocho años después sigue en el departamento de contabilidad, juega a pádel, monta en bici y está recién casado. Aquí la muchachada estalló en una ovación espontánea. Cuando callaron los aplausos, Jaime hizo un silencio e introdujo dos nuevos personajes en la historia. La vida no sólo había cambiado para él; su madre tenía ahora un hijo con otras necesidades; y él no era el chaval completo del que Isa se había enamorado. Su esfuerzo no sólo era comprenderse en su nueva situación, también tenía que comprender a quienes están a su lado y a los que él les ha cambiado la vida.
Pablo se removió inquieto en su asiento, aquel enfoque de Jaime hacia el otro le había descargado una corriente que le recorrió de arriba abajo; quiso compartirlo con Laura que, sentada a su lado, había seguido toda la intervención despreocupada de la melena, atenta a la historia. Vio que las lágrimas le corrían por las mejillas sonrojadas y se mordía el labio inferior en un gesto que podía ser un sollozo retenido o una sonrisa esbozada. Estiró la pierna y posó su pie sobre el de Laura, presionando con suavidad como si de un abrazo disimulado se tratara.
Durante la entrega de diplomas alternada con la intervención de un rapero, se volvieron a oír las risas y acabaron con un fuerte aplauso, como un ¡gracias! sonoro.
El grupo de clase se despidió al salir del metro; Laura y Pablo continuaron juntos hasta la esquina. “Pablo tengo que darle vueltas a lo que nos ha dicho Jaime; me parece que cuando pienso en mi madre, no pienso en ella si no en mí” Y no se atrevió a decirle “y me da que cuando pienso en ti, no pienso en ti si no en mí”. Y guardó la pregunta que iba a continuación, aunque se moría de ganas por conocer la respuesta: ¿y tú?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
25/02/26
Feb 4, 2026 | Escritos
En mi familia somos de secano: mis padres, mis abuelos, los suyos, los de éstos y así hasta el siglo XIX donde ya figura nuestro apellido en el primer censo que se conoce del pueblo. Nuestras comparaciones y referencias han sido siempre las de tierra adentro. Será por nuestro origen que el mar me atrae con el embrujo de lo desconocido, me encandila con su infinitud; puedo pasar horas dejándome llevar por el vaivén de las olas y el ruido acompasado al romper en la playa. A mi madre le pasa algo parecido y aprovechamos sus estancias invernales en Barcelona para darnos una escapada por el paseo marítimo o por alguna de las playas cercanas. Al despertar una mañana soleada de la primera semana de enero, de eso hace cinco años, con un gesto de complicidad nos preparamos rápido y salimos en busca del mar; recalamos en la playa de Gavá. El viento había limpiado el cielo que lucía un azul de fiesta y encabritaba las olas para que rompieran con fuerza controlada; en su recorrido de ida y vuelta, el agua salada dejaba un paseo ancho de arena apretada, firme. Las pisadas dejaban huella por un instante, lo imprescindible para distinguir dos ritmos de estar en la vida. Por entonces mi madre ya había cruzado el umbral a esa etapa donde lo de ayer no queda registrado y lo de mañana necesita ser varias veces recordado; pero la infancia y juventud surgen con todo lujo de detalles y el relato adquiere vida fresca en sus palabras pausadas. Nos cruzamos con una pareja joven, de mirada limpia y sonrisa franca; se detuvieron para dedicarnos un piropo y la conversación surgió natural. Nos hicieron unas fotos antes de despedirnos. Aquel encuentro reactivó los recuerdos y mi madre, mientras miraba el horizonte apoyada en mi brazo, contó algunas travesuras que hizo mi padre antes de ser novios, para que ella se fijara en él; y locuras que el amor impulsó cuando ya les unió, primero a prueba y, después del sí, para siempre.
El mar, el horizonte, el punto de locura en el enamoramiento, el dolor de amor que madura la vida de entrega; gozamos de un paseo con ingredientes propios de gran película, por el tema que nos ocupaba, la fotografía que nos envolvía y la música de fondo que nos acompañaba.
De regreso rodamos despacio, para que las prisas no rompieran el encanto de la mañana. Le conté la historia de Rebeca, una mejicana fallecida en 2012, en la que también se juntan el mar y el amor, el horizonte y el punto de locura. La tarde de un martes de octubre de 1971, acompañó hasta el puerto a su novio Manuel que salía a faenar con sus otros compañeros pescadores, en el que tenía que ser el último trabajo antes de la boda preparada con todos los detalles para el domingo. El océano Pacífico regala en esa época unos atardeceres encendidos, con tonos violetas y naranjas. Cuando zarparon, el sol se cubrió de nubes oscuras y el viento empezó a soplar con fuerza de tormenta. Durante la noche, el huracán Priscila cambió el rumbo, se dirigió a tierra, pilló por sorpresa a los pescadores y de Manuel nunca más se supo. El muelle de San Blas se convirtió para Rebeca en el muelle de la esperanza, a donde acudió cada domingo vestida de novia; allí sus ojos se llenaron de amaneceres hasta que la muerte se la llevó, para entonces trastornada emocionalmente por el dolor de amor. El grupo Maná le dedicó la canción “el muelle de San Blas” que, aunque modifica algo la historia, es un homenaje al amor que encarnó Rebeca, la loca del muelle.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
04/02/2026