Una vida entregada

Una vida entregada

A mi tía Ignacia, la hermana de mi abuelo materno, le añadíamos el apelativo cariñoso y familiar de “la monja”, para distinguirla de la otra Ignacia, hermana de mi madre. Desde muy joven tuvo claro que quería ser monja de clausura, esos misterios que no se explican de modo racional, porque no era una familia especialmente religiosa ni había tenido un trato intenso con las monjas del pueblo. Su padre volvió enfermo de la guerra de Cuba y murió joven, dejando viuda y cinco hijos. El campo daba de comer a base de jornadas duras y muchas horas de sol a sol; para ellos no hubo excepción. La madre debió hacer un “máster en administración de escasos recursos en condiciones adversas”, porque de estar en segunda línea, fuera de los focos como era lo habitual en aquellas mujeres, pasó a ser la administradora eficaz que sacó la familia adelante. Llegaron los años de abandonar el nido y uno tras otro se casaron José, Rafael, Magdalena y Pilar. Lo de que Ignacia quería ser monja lo tenían todos claro y estaban por la labor; ella se había hecho el compromiso interior de no ingresar en religión mientras viviera la madre. Fue un descanso para todos y una alegría verla atender la casa y cuidar a la madre hasta el último suspiro. Optimista, activa, directa y cariñosa, era la tía de todas las sobrinas que acudían a ella en busca de consejo y a depositar confidencias. Marchó al monasterio cisterciense cuando estaba para cumplir los treinta años. El primer recuerdo que tengo de ella es de una visita que le hicimos cuando mi hermano hizo la primera comunión; el último, quince años más tarde cuando fui a verla con mi hermana. En medio, le escribí muchas cartas que me dictaba mi abuela; además de cuñadas, eran buenas amigas. “Querida Ignacia, espero que al recibo de la presente estés bien como nosotros, gracias a Dios. Sabrás que…” así empezaban todas las cartas, que para mí acababan con premio: la propina que me daba mi abuela, además de un mantecado y un vaso de gaseosa. Las visitas, las cartas, los recuerdos que mi madre cuenta de ella con frecuencia, se sostienen en una imagen risueña, de alegría serena, de interés por todos, de buenos consejos. La última vez, en el convento nuevo a las afueras de Zaragoza, nos acompañó hasta la puerta apoyándose en el bastón, con pasos cortos y aire de despedida.

El sábado pasado estuve en la ceremonia de profesión solemne de una religiosa de clausura en la orden de la Merced. Después de siete años de formación y discernimiento, de entregas temporales, llega la consagración definitiva, la confirmación del sí para siempre. Con la entrega del anillo y el escudo con la cadena, se convirtió en monja de pleno derecho; cuando se dio la vuelta para recibir el abrazo de sus hermanas de comunidad, nos emocionó con su alegría radiante disimulada con una mirada vergonzosa y unos pómulos sonrojados. Una a una se acercaron a felicitarla, empezando por las jóvenes postulantes. Cerraba la fila la de más edad, también porque era la más lenta en el andar, caminando despacio con pasos cortos; dejó el bastón a la que le acompañaba para poder entregar un abrazo envuelto en una sonrisa serena.

Aquellas dos mujeres me representaron a mi tía Ignacia, la monja; la una tenía su edad cuando ingresó en el convento, la otra la de la última vez que nos vimos. Entre la una y la otra, una vida de entrega a Dios; apartada del mundo, pero con una presencia notable en el corazón de toda la familia, porque en su corazón estábamos todos. La vida de estas mujeres no es una vida apartada, es una vida entregada.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

15/04/26

Domingo de Resurrección

Domingo de Resurrección

Las hierbas altas que habían crecido a los lados del camino me acompañaban en el paseo del sábado, sin destino fijo. Me recordaban las procesiones que hemos vivido unos días antes, largas filas de pie en las aceras señalando el recorrido por las calles, Quizás por eso, en mi soledad buscada, rememoraba la jota del encuentro cantada desde el balcón del Ayuntamiento a la Madre que llora frente a su Hijo cargado con la cruz, abajo en la plaza: Madre mía dolorosa / la noche de Martes Santo / cuando encuentras a tu Hijo / te deshaces en un llanto. Resentía el aire frío del miércoles por la noche -ese cierzo helador que algunos tenemos el gusto de conocer desde la cuna- cuando acompañamos al Cristo que visita las ermitas de la parte vieja en el vía crucis del silencio. Resonaban bien cerca aún, los tambores, bombos y trompetas en la procesión del Entierro, llevado a hombros y paso lento hasta depositarlo en el sepulcro simulado, sellado ante los mayordomos de las cofradías que aseguran el cuidado del mayor tesoro. ¿Y si todo acabara aquí? ¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos discípulos desorientados, desnortados? Llegó el sábado con un chorro de luz sin filtro, el sol calentó la calle y las gentes salimos a festejar la Resurrección anunciada por las bandas con un redoble de fiesta que llena todos los rincones de la noche. Vuelve la vida, el campo se abre a mi alrededor lleno de verde, bajo la capa azul sereno del cielo despejado; verde y azul espiritual, verde y amarillo vivo de pinceladas sueltas, verde y rojo amapola, verde y plata del río embalsado, verde y ocre de tierra yerma, verde y rosa pálido del cerezo en flor, verde y amarillento pardo de las lastras de arenisca salpicadas de musgo, verde y beige de la piedra que sostiene el lentisco. ¿Y si todo hubiera acabado allí? Aquí ha vuelto la vida, la naturaleza lo canta en un himno de olor y color que llena el silencio de la tarde. Y pone a vibrar los corazones: del que me contaba con emoción que su mujer se había volcado con él para suplir las limitaciones que padece por un traspiés tonto; del que compartía la alegría de que tras un calvario laboral, su hija había recobrado la paz; del que dedica tiempo y esfuerzo en resolver necesidades primarias de inmigrantes transeúntes; del matrimonio que no se imagina la vida sin el otro y se lo dicen mirándose a los ojos delante de mí; de los abuelos jóvenes que han renunciado a viajar por acoger hijos y nietos y te lo dicen con sencillez; del que pone el broche a una semana agotadora, después de horas y horas de ensayos, con el orgullo de haber servido a su pueblo; de quien ante el Monumento en una iglesia apartada, decide renunciar algo bueno desde un punto de vista humano, porque quiere que su corazón vuele más alto.

¿Y si todo hubiera acabado allí? Pues el hombre no estaría de nuevo de paseo por la Luna, ni la naturaleza nos mostraría su belleza en cada estación, ni el corazón del hombre se llenaría de ambiciones nobles que le hacen progresar. Amar el mundo y amar a Dios, es la idea central de una de las últimas canciones de una conocida artista que está en boca de todos; otros lo han dicho de otras maneras también acertadas, pero ella le ha puesto música y suena mejor. Hemos llegado al Domingo de Resurrección.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

08/04/26

Domingo de Ramos

Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. Para que esa puerta se abra, llevamos muchos días preparando el momento. Quienes viven la fe, han recorrido el camino de la cuaresma, cuarenta días de preparación interior para encontrarse con la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Hay quienes lo hacen como una tradición empapada de sentido religioso, que mantiene unido a un pueblo en torno a sus raíces; estos porque participan y sostienen las procesiones, aquellos porque regresan al pueblo a contemplarlas.

Desde que tengo uso de razón he crecido en el ambiente que se vive en torno a los preparativos de estos días. Desde finales de enero, las bandas de tambores se reunían al atardecer para ensayar, distribuidas por los cuatro puntos cardinales alrededor del pueblo y llenaban con sus redobles la calma de las primeras sombras de la noche. También porque mi padre era el secretario de una cofradía a la que dedicaba tiempo y esfuerzo, y en casa todos colaborábamos en las tareas necesarias.

Pero el Domingo de Ramos traía un interés añadido para los pequeños. La costumbre dictaba que había que estrenar algo ese día. Eran tiempos en que la hucha de los ahorros familiares andaba muy menguada; mi madre, como tantas otras, se las ingeniaba para tejer en casa lo que el escaparate de la tienda ofrecía y el bolsillo no alcanzaba. Y como los críos viven pegados a lo inmediato, éramos ajenos al esfuerzo que ponía por arañar tiempo para hacernos un jersey, coser un pantalón o sacar una camisa de otra prenda.

Ese domingo amanecía temprano porque los nervios son incompatibles con el sueño. Llegar puntuales a la procesión era un objetivo para nosotros que pasaba por delante de cualquier otra obligación. A mi madre le hubiera encantado compartir ese criterio, pero los varios frentes abiertos le hacían ser más realista. Cuando por fin estábamos listos, la salida de casa daba rienda suelta a las emociones en forma de sonrisa dibujada en la cara, por la alegría del estreno, por el ramo de laurel tan chulo que nos había traído mi padre y por el orgullo de ir de la mano con mi madre.

Han pasado los años y la foto del último domingo recoge a los mismos personajes con idénticas emociones: la alegría que da el cariño renovado cada día -como de estreno-, el ramo de laurel que ella luce y el orgullo de salir de casa cogidos de la mano para llegar puntuales a la procesión del Domingo de Ramos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

01/04/26

Entre hamburguesas

Entre hamburguesas

Que tenemos que quedar, que a ver cuándo nos vemos… y pasaban las semanas sin aterrizar el propósito. Por fin encontramos la oportunidad hace un par de sábados y nos citamos a comer en la terraza de un bar junto al parque, con horas por delante para ponernos al día. Pero el día se puso feo, tapado, con un ligero viento que desaconsejaba sentarse al exterior y amenazaba lluvia. No estábamos dispuestos a luchar contra los elementos, así que nos fuimos al McDonald’s que había al otro lado de la calle. Al fin y al cabo, lo que queríamos era hablar a la par que matar el gusanillo de mediodía.

El local era una planta baja que se barría de un vistazo, con ambiente cálido por el tipo de público que llenaba casi todas las mesas. Nos plantamos delante del panel de autoservicio con cara de expertos, como quien maneja con soltura ese modo impersonal de pedir en un restaurante de comida rápida. Hay un prurito a quedar mal si ante un quiosco digital tienes que leer las instrucciones y vas lento al marcar. Pero ni a Iñaki ni a mí nos importó tener que anular la operación por segunda vez y volver a empezar. Mientras él esperaba que prepararan el encargo, me senté en una mesa junto al ventanal para no quedarnos sin sitio. Fueron unos minutos en los que disfruté recorriendo las mesas con la mirada, como si fueran los fotogramas de una película que me arrancaba sonrisas y estimulaba la imaginación como en el cine mudo.

Al resguardo del mostrador, por la parte que se apoya en la pared, una mesa alargada con ambiente de celebración familiar. De entre pequeños y mayores, destacaba la figura esbelta de la abuela, un rostro enjuto como se adivinaba toda ella, de pelo plateado recién peinado y modales exquisitos; daba cuenta de una royaldeluxe sin perder la verticalidad sobre el plato y atendía los requerimientos de los nietos que la acompañaban en la aventura, cada uno afanado con la suya.

Delante de la nuestra, la mesa de cuatro la ocupaban un matrimonio joven y tres hijos que habían comido más rápido que los padres y ahora les dejaban hablar, sin reclamar su atención. El padre, con el bocado a mitad de camino entre el plato y la boca, escuchaba con atención a la madre, como si a su alrededor no hubiera nada más que ella.

En el rincón, una mesa medio escondida por las de al lado, la ocupaba una pareja de adolescentes en estado puro. Esperaban el pedido, no tenían nada que hacer y mataban el tiempo con gestos y muecas, allí no había conversación. El chaval con cara de cansado, gesto de aburrimiento y pelo desordenado tapándole la cara, adoptaba una posición entre sentado y tumbado. Ella mejor arreglada y bien sentada, lo miraba con ojos de “todo lo que haces me encanta”.

Al otro lado del panel, dos pequeños que casi no llegaban al tablero, gozaban con las patatas fritas que untaban en la salsa, bien sujetas por la punta para acertar al llevarlas a la boca. Sus padres seguían atentos cada movimiento de aquellos críos, para quienes la felicidad de todo el mundo se concentraba en el estuche de nuggets y patatas que tenían delante.

Con este ambiente, no parece que nadie nos prestara atención, ni cuando delante de la pantalla estudiábamos el menú, ni cuando sentados junto a la ventana nos comimos una auténtica Big Mac, ni cuando se nos pasó la hora hablando, ni cuando recogimos los restos al contenedor y salimos a la calle. Nos despedimos; antes de separarnos me giré hacia el restaurante; a través de los ventanales bajos se veían los grupos que habíamos dejado. Volví a sonreír, quién me iba a decir que pasaría un rato tan agradable entre hamburguesas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

25/03/26

Esperando la primavera

Esperando la primavera

El sábado nos despertó con cara de pocos amigos; el cielo cubierto de nubarrones feos nos ocultaba el sol y el aire enfriado por la nieve que ha vuelto a cubrir la sierra en estos días diluía las ganas de paseo. El tiempo desapacible aconsejó modificar los planes y buscar alternativas de interior, consolando el ansia de naturaleza con miradas a través del ventanal. Pero ¡ay el domingo! el domingo nos sorprendió vestido de fiesta y nos invitó a salir, a empaparnos de luz y sol, a recorrer calles, plazas y parques, a disfrutar del perfume de la primavera que asoma, de los colores vivos que salpican los jardines y anuncian su llegada.

Tan pronto como pude, salí con el ánimo contagiado del ambiente que había contemplado desde la ventana, calzado con las botas andariegas en dirección a la Casa de Campo, un parque generoso en rutas y extenso de perímetro. Allí se cruzaban los caminantes y los ciclistas, los corredores y los excursionistas; solitarios, en pareja o en grupo; en animada conversación o enfundados en su música; quienes bien abrigados y otros en manga corta. El contraste de temperatura entre el sol y la sombra era propio de estos días marceros; aguanté un buen rato hasta que el calor corporal pedía desprenderse de alguna prenda. Aproveché para conectar los cascos y distraerme con noticias. Sintonicé una emisora que se recibía con nitidez y acoplé el ritmo de los pasos con la respiración en modo automático. El locutor hablaba con rapidez, el tono un poco alto, pronunciación impecable; daba gusto oírle. Contaba la agitación que tenían en la redacción para atender a todos los eventos del día, cargado de noticias de sumo interés. Ya sean las elecciones a la presidencia de un Club, las votaciones autonómicas de una parte del país o la ceremonia de los Oscar y, a la vez, pendientes de lo que pasa en el conflicto del Golfo. El estado de alerta que me provocaba la invasión de noticias en tono de alarma, de superimportante, de no te lo puedes perder, chocaba con la paz que me aportaba la caminata y el contacto con la naturaleza que me rodeaba. Opté por desconectar y centrarme en la belleza que contemplaba a cada paso. En el collage de la vida encontramos alegrías y tristezas, armonías y contradicciones. Y ahora tocaba aprovechar el despuntar de la primavera que estamos esperando.  Me permití retocar la poesía que una monja carmelita nos regaló en tiempos de pandemia:

“Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Para que recorra las calles de nuestros pueblos ahora soleados, colgando en nuestros balcones la magia de sus geranios. Que deje su sonrisa esculpida en nuestros campos, pintando nuestros jardines de verde, de rojo y blanco. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando llegue nos verá en las calles, en los barrios, podrá escuchar en el parque el paso de los ancianos, y el bullicio siempre alegre de los chiquillos jugando. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando estalle jubilosa llenando de puntos blancos los almendros, los ciruelos, los jazmines, los naranjos… una lluvia de azahar refrescando nuestros patios. Y vea que a la Virgen la engalanan para el Paso, tejiendo una alfombra a sus pies con pétalos y con nardos. Si sabrá la primavera que ya la estamos soñando… Asomados al balcón de la Esperanza, esperamos como nunca, que ella vuelva y nos regale el milagro de ver florecer la vida que cada día nace en nuestras manos… ¡Bienvenida, primavera! Hueles a incienso y a ramos, con tu traje de colores y los cantos de tus pájaros. Ven a pintar de azul-cielo esta tierra que habitamos. ¿No sentís que en este mundo algo nuevo está brotando? Si será la primavera que está apresurando el paso…»

A última hora de la tarde me acerqué a casa de Teresa y Roger para llevarles un recado que tenía desde hacía días. Estaban en plena operación cena, con María en brazos sin hacer mucho caso al biberón y Pablo en su silla alta, chapurreando un idioma ininteligible para mí, dando golpes con la cuchara como quien no está por la labor de lo que ahora toca. La calma y sonrisa de los padres para atenderles a ellos y a la visita, me hizo pensar que allí también están esperando la primavera.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18/03/26