El ratón en clase

El ratón en clase

Cargué la compra en el coche, volví para dejar el carro a la entrada y recoger a mi madre que se había quedado al lado de la cajera hablando con una antigua vecina. Mi presencia les causó la misma inquietud que la ausencia, ni se inmutaron; ¿y tus hijas? “pues la pequeña se casó y se fue a vivir a Zaragoza, tengo dos nietas preciosas. Y con la mayor, no sabes lo mal que lo estoy pasando; hace un año le detectaron un tumor y desde entonces convivo con un desasosiego continuo, una angustia permanente que me tiene apoquecida. Fíjate que he tenido que ir al médico a ver si me receta algo porque esto es un sinvivir”.

Por fin se dieron cuenta del tapón que formaban a la salida de la caja y se decidieron a cortar la conversación con una despedida que se alargó como un chicle. Dimos un rodeo para llegar al coche, un paseo tranquilo por la acera calentada por el sol tibio, al rebrigo del cierzo en aquella mañana fresca. Mi madre me contó el encuentro, tardó en reconocer a Vicenta porque llevaba años sin verla y porque la vista ha perdido frescura y necesita su tiempo para hacer nítida las figuras; no así la memoria, que proyecta las imágenes con los mismos detalles que si lo viera en directo. Volvió a contarme lo que habían hablado, también lo que ya había escuchado directamente. Me sorprendió que mi madre se compadeciera de Vicenta y no de su hija la del tumor, que se supone es quien lo estaría pasando mal. Esa capacidad de convertirse en el centro de la conversación y atraer hacia ella la atención, había triunfado. Sonreí con algo de ironía porque seguramente Vicenta no había leído la historia del ratón que cuenta Ana Iris Simón en su novela “Feria”.

En el cole donde estudiaba Ana cuando tenía siete años, se coló un ratón en clase. Se montó un guirigay como un circo, todo el mundo saltando de silla en silla incluida la profesora. El pobre ratón no sabía donde se había metido; por fin acertó a encontrar la salida y se hizo la calma. La profe de Lengua les mandó una redacción sobre el incidente. Llegó a casa toda excitada y se lo contó a su padre moviendo mucho las manos. Su padre le dijo que, si ellos se habían asustado, se imaginara al ratón al ver una veintena de energúmenos dando brincos. Ese comentario le hizo enfocar la redacción desde la mirada del roedor; y ganó el premio. De nuevo llegó a casa excitada y se lo contó a su padre moviendo mucho las manos; y le respondió que muy bien, pero que no se hiciera la chulita. “Años después iría a la universidad y estudiaría durante cinco cursos sin que nadie me enseñara nunca nada más importante que lo que me enseñó mi padre en segundo de primaria: que cuando uno escribía, cuando uno miraba, había que ser siempre el ratón y que nunca había que hacerse la chulita. Y que se necesitaba valor para ambas cosas.”

A lo mejor Vicenta habría hablado de su hija en lugar de hablar de ella misma y no se habría hecho la víctima, si hubiera leído la historia del ratón en clase.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

11/03/26

Los oídos del corazón

Los oídos del corazón

Levanté la persiana, abrí la ventana y me quedé un buen rato con los ojos cerrados aspirando el aire limpio de la mañana que venía a mi encuentro y me arrebujaba en un abrazo; la sierra al fondo, todavía con algún punto de nieve, se perfilaba en el interior con la misma nitidez que si la estuviera contemplando en directo. Los cantos del petirrojo que anida en el parque ponían la música a la escena matinal. Esa mañana asistí a una jornada con personas que trabajan en la secretaria de colegios. Uno de los ponentes destacaba la importancia de ese trabajo, de las oportunidades que ofrece para servir a los demás poniendo el corazón en lo que se hace, sobre todo escuchando con atención para entender al otro. Y en la pantalla apareció una frase “cerramos los ojos cuando besamos, cuando rezamos, cuando soñamos; porque hay cosas bonitas que no se ven con los ojos, se sienten en el corazón”. Mira por dónde, aquella mañana había cerrado los ojos para empaparme de lo que la naturaleza me ofrecía y el corazón se había alegrado.

Nos explicó que la idea original era de Helen Keller, una escritora sorda y ciega, que había dicho «las cosas más bellas y mejores del mundo no pueden verse ni tocarse; deben sentirse con el corazón».

Al sábado siguiente estuve en casa de Dani, una visita que tenía pendiente desde hacía tiempo. Antes de marchar me llevó a ver el búho que tiene en el jardín; era la novedad. Me agaché para ponerme a su altura, infló el plumaje manteniendo la postura erguida y sus grandes ojos de color naranja me miraron de frente con atención. Casi me pongo a contarle mi vida.

Al marchar, la mirada del animal me recordaba a esas personas que tienen la capacidad de prestarte toda la atención del mundo y en el tiempo que estás con ellas, hablas de lo que tú necesitas y no de lo que ellas quieren.

Tengo la suerte de tener a mi alrededor algunas de esas personas que como el búho no cierran los ojos cuando les hablas, pero estoy seguro de que escuchan con los oídos del corazón.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

04/03/26

¿Y tú?

¿Y tú?

Cuando Laura llegó a la parada, Pablo ya estaba esperando apoyado en la pared con las manos en los bolsillos. Se incorporó para saludarla. Habían quedado con los compañeros de clase y eran los primeros en llegar. Ese miércoles tenían una jornada en la universidad, evento que les mantenía nerviosos conscientes de que estaban a punto de abandonar la zona confortable de la escuela y se adentraban en un territorio por descubrir.

Pablo tenía apariencia de tímido, escondido tras el pelo enmarañado que le tapaba la frente y ocultaba unos ojos negros de mirada serena. Laura le hablaba con desparpajo, acompañaba la palabra con el movimiento airoso de las manos, la barbilla un pelín levantada para facilitar el movimiento de cabeza a un lado y otro, con gracia, para centrar la melena sedosa que le caía hasta media espalda. Se conocieron en primero cuando llegaron con seis años, habían crecido juntos, compartido muchas horas de patio, muchas salidas con la clase, muchas conversaciones. Aunque fuera del cole tenían pandillas distintas, dentro había una querencia a buscarse. La pinta de parado que aparentaba Pablo era simple fachada y Laura lo sabía, lo conocía bien; jugaba al fútbol con un equipo del barrio, tocaba en un grupo musical, daba catequesis en la parroquia y en los estudios sacaba buenas notas a base de esfuerzo para suplir lo que a ella la naturaleza le había regalado con generosidad.

La primera vista del salón de actos resultaba simpática, con los alumnos de cada colegio agrupados por zonas, separados por asientos vacíos que rellenaron los rezagados a costa de estar lejos de los suyos. Para cuando Jaime subió al estrado, el ambiente ya se había caldeado: habían aplaudido varias veces y contestado con “siii” “nooo” cada vez más fuerte. Mientras proyectaba unas imágenes, Jaime les contó que entró a trabajar en el departamento de contabilidad nada más acabar los estudios de FP. Vivía fuera de Madrid, se desplazaba en moto; aquel viernes por la tarde regresaba a casa con una sonrisa amplia bajo el casco. La jefa le había llamado al despacho para hacer un repaso de sus seis primeros meses y le había puesto buena nota; además le esperaban en la fiesta de cumpleaños de un amigo y asistiría Isa, con la que había empezado a salir. Había llamado a su madre para avisarle de que llegaba en media hora y que cenaba fuera. La moto se movía con agilidad, contagiada del buen ánimo del conductor; conocía el camino con los ojos cerrados. No recuerda si los cerró, pero sí recuerda que cuando los abrió no estaba en su casa, ni en la fiesta de cumpleaños. Ambulancias, policía, lío de gente y la moto empotrada contra la pared por un coche. Volvió a nacer y dio gracias por la nueva vida. Siguieron dos años de hospitales, entradas y salidas del quirófano con la incertidumbre del hasta cuándo. Y tocó aprender a vivir de otra manera, ahora sin el brazo bueno. Ocho años después sigue en el departamento de contabilidad, juega a pádel, monta en bici y está recién casado. Aquí la muchachada estalló en una ovación espontánea. Cuando callaron los aplausos, Jaime hizo un silencio e introdujo dos nuevos personajes en la historia. La vida no sólo había cambiado para él; su madre tenía ahora un hijo con otras necesidades; y él no era el chaval completo del que Isa se había enamorado. Su esfuerzo no sólo era comprenderse en su nueva situación, también tenía que comprender a quienes están a su lado y a los que él les ha cambiado la vida.

Pablo se removió inquieto en su asiento, aquel enfoque de Jaime hacia el otro le había descargado una corriente que le recorrió de arriba abajo; quiso compartirlo con Laura que, sentada a su lado, había seguido toda la intervención despreocupada de la melena, atenta a la historia. Vio que las lágrimas le corrían por las mejillas sonrojadas y se mordía el labio inferior en un gesto que podía ser un sollozo retenido o una sonrisa esbozada. Estiró la pierna y posó su pie sobre el de Laura, presionando con suavidad como si de un abrazo disimulado se tratara.

Durante la entrega de diplomas alternada con la intervención de un rapero, se volvieron a oír las risas y acabaron con un fuerte aplauso, como un ¡gracias! sonoro.

El grupo de clase se despidió al salir del metro; Laura y Pablo continuaron juntos hasta la esquina. “Pablo tengo que darle vueltas a lo que nos ha dicho Jaime; me parece que cuando pienso en mi madre, no pienso en ella si no en mí” Y no se atrevió a decirle “y me da que cuando pienso en ti, no pienso en ti si no en mí”. Y guardó la pregunta que iba a continuación, aunque se moría de ganas por conocer la respuesta: ¿y tú?

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

25/02/26

La madre de Gabriel

La madre de Gabriel

La madre de Gabriel estaba abatida, se le esfumaba el escaso resto de esperanza que la sostenía después de un año de sufrimiento por la agonía y la muer­te anunciada de su único hijo varón; nacido nueve años después de la cuarta hija, de al­guna manera era más su hijo, quizá porque le había he­cho redescubrir su propia maternidad, cuando ya en su interior había enterrado para siempre esa riqueza de su cuerpo y de su espíritu.

Mucho antes de que el diagnóstico se instalara en su casa como huésped incómodo, ya había frecuentado espacios de sufrimiento. Todas las semanas acompañaba a unas amigas a vi­sitar la cárcel y hacer un rato de compañía a las reclusas. Y también a una residencia a dar de comer a unas enfermas ancianas y desahuciadas. Allí aprendió que el amor es más que un sentimiento cuando te lleva a la entrega y que no hay mayor libertad que la de elegir acompañar al que sufre.

Desde el primer momento, los médicos les hablaron con una claridad casi cruel: visto lo avanzado del proceso, las probabilidades de detener la expansión del tumor y de una curación eran escasas; cualquier medida que se le quisiera aplicar no tendría más utilidad que la de prolongar la agonía del pequeño. Se resistieron a aceptar la derrota sin in­tentar antes todo lo que estuviera a su alcance, y deci­dieron poner en marcha una auténtica batalla contra el enemigo.

Vinieron horas y horas de suspiros en hospitales y clínicas. El marido después de las primeras reacciones de ternura, se agobió con el lento avanzar de la enfermedad, se refugió en el trabajo, se alejó con viajes y la dejó. Ella decidió quedarse. En la soledad de las salas de espera, soportó el dolor del hijo y el aguijón de la culpa por si algún error pasado habría sembrado la semilla del mal. Incluso tuvo que cargar con el reproche cruel de un esposo que le recordaba que él «ya había sugerido abortar».

Con el tumor del hijo crecía también el cansancio y el agotamiento de la madre. El abandono del marido le resultaba despiadado y había perdido hasta las fuerzas para sublevarse. No era muy creyente, desde joven había borrado cualquier referencia a Dios en su vida; pero una tarde de vuelta de unas compras, pasó por delante de la Catedral y más como una sonámbula que como una persona consciente, cruzó el umbral. Sin sabérselo explicar, se en­contró arrodillada, contemplando un Crucificado. Y comenzó a hablar en voz alta sus pe­nas y angustias. No sabía muy bien lo que hacía, ni a Quien se dirigía, pero tenía clara conciencia de que nadie le había acogido jamás con brazos tan abiertos. Desde lo alto de la cruz el Cristo parecía dispuesto a escucharle y ofrecerle la fuerza que necesitaba para ser el trono de carne y hueso que su hijo necesitaba.

Aquel 5 de enero, la tarde estaba tem­plada, y el cielo completamente al raso. Al cruzarse su mirada con el gesto suplicante de Gabriel, la madre no lo dudó. Bien arropado, con su mejor abrigo y su ropa más elegante, Gabriel se vio en brazos de su madre camino del puente como en años anteriores.

La Cabalgata de los Reyes Magos se acercaba y la comitiva de Melchor tardaría po­co en aparecer. Gabriel comenzó a agitarse levemente; ya no sentía el transcurrir del tiempo, y sólo conseguía hacer un esfuerzo para que el paso del Rey Mago no le encontrase con los ojos cerra­dos. Convertido en un leve conjunto de huesos, la madre notó que el cuerpo de su hijo se volvía más ligero, como si se preparara para elevarse. Le hizo señas a su madre para que lo alzara un po­co; y cuando vislumbró que el refulgor estaba muy cer­ca de sus ojos, con un hilo de voz, le dijo al Rey Mago: Melchor, yo también voy a ver a Jesús.

La madre contuvo las lágrimas. El recuerdo del naci­miento de su hijo le invadió la imaginación, la mente, todo su espíritu. No olvidaría nunca su suave y dulce adiós. Hizo un gesto a su hija, y volvieron rápidas a casa.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

11/02/26

Este relato es una adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”, capítulo “Una pregunta a Melchor”.

 

La loca del muelle

La loca del muelle

En mi familia somos de secano: mis padres, mis abuelos, los suyos, los de éstos y así hasta el siglo XIX donde ya figura nuestro apellido en el primer censo que se conoce del pueblo. Nuestras comparaciones y referencias han sido siempre las de tierra adentro. Será por nuestro origen que el mar me atrae con el embrujo de lo desconocido, me encandila con su infinitud; puedo pasar horas dejándome llevar por el vaivén de las olas y el ruido acompasado al romper en la playa. A mi madre le pasa algo parecido y aprovechamos sus estancias invernales en Barcelona para darnos una escapada por el paseo marítimo o por alguna de las playas cercanas. Al despertar una mañana soleada de la primera semana de enero, de eso hace cinco años, con un gesto de complicidad nos preparamos rápido y salimos en busca del mar; recalamos en la playa de Gavá. El viento había limpiado el cielo que lucía un azul de fiesta y encabritaba las olas para que rompieran con fuerza controlada; en su recorrido de ida y vuelta, el agua salada dejaba un paseo ancho de arena apretada, firme. Las pisadas dejaban huella por un instante, lo imprescindible para distinguir dos ritmos de estar en la vida. Por entonces mi madre ya había cruzado el umbral a esa etapa donde lo de ayer no queda registrado y lo de mañana necesita ser varias veces recordado; pero la infancia y juventud surgen con todo lujo de detalles y el relato adquiere vida fresca en sus palabras pausadas. Nos cruzamos con una pareja joven, de mirada limpia y sonrisa franca; se detuvieron para dedicarnos un piropo y la conversación surgió natural. Nos hicieron unas fotos antes de despedirnos. Aquel encuentro reactivó los recuerdos y mi madre, mientras miraba el horizonte apoyada en mi brazo, contó algunas travesuras que hizo mi padre antes de ser novios, para que ella se fijara en él; y locuras que el amor impulsó cuando ya les unió, primero a prueba y, después del sí, para siempre.

El mar, el horizonte, el punto de locura en el enamoramiento, el dolor de amor que madura la vida de entrega; gozamos de un paseo con ingredientes propios de gran película, por el tema que nos ocupaba, la fotografía que nos envolvía y la música de fondo que nos acompañaba.

De regreso rodamos despacio, para que las prisas no rompieran el encanto de la mañana. Le conté la historia de Rebeca, una mejicana fallecida en 2012, en la que también se juntan el mar y el amor, el horizonte y el punto de locura. La tarde de un martes de octubre de 1971, acompañó hasta el puerto a su novio Manuel que salía a faenar con sus otros compañeros pescadores, en el que tenía que ser el último trabajo antes de la boda preparada con todos los detalles para el domingo. El océano Pacífico regala en esa época unos atardeceres encendidos, con tonos violetas y naranjas. Cuando zarparon, el sol se cubrió de nubes oscuras y el viento empezó a soplar con fuerza de tormenta. Durante la noche, el huracán Priscila cambió el rumbo, se dirigió a tierra, pilló por sorpresa a los pescadores y de Manuel nunca más se supo. El muelle de San Blas se convirtió para Rebeca en el muelle de la esperanza, a donde acudió cada domingo vestida de novia; allí sus ojos se llenaron de amaneceres hasta que la muerte se la llevó, para entonces trastornada emocionalmente por el dolor de amor. El grupo Maná le dedicó la canción “el muelle de San Blas” que, aunque modifica algo la historia, es un homenaje al amor que encarnó Rebeca, la loca del muelle.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

04/02/2026