Puse un mix de música en el ordenador mientras ordenaba la mesa al acabar un trabajo que me había llevado más tiempo del previsto. Estas tardes de abril engañan con su luz alargada, se había hecho tarde. Abrí la ventana, respiré hondo el aire suavemente perfumado con las primeras rosas que despuntan en el jardín y dejé rodar la mirada hasta detenerse en la sierra allá al fondo, salpicada en la cumbre de pinceladas blancas de nieve aún visible, en contraste con el azul disperso de un cielo en retirada. El sonido cálido y melódico de una trompeta atrajo mi atención, abandoné la contemplación del atardecer y me acerqué a la pantalla con la curiosidad nerviosa de quien acude a una cita deseada. Las notas del adagio central de la obra musical El Concierto de Aranjuez, quedaban flotando en el ambiente y me arropaban como si el relente de la noche se anticipara. Allí de pie, con el aliento contenido y la atención centrada en la solista que tocaba el fliscorno con emoción, pasaron unos minutos hasta que el resto de instrumentos de viento-metal de la banda de música pusieron el punto final a la interpretación.

Lo que había sonado era una escena de la película Brasse off (Tocando el viento); la busqué y el siguiente fin de semana la vimos en casa. Ambientada en un pueblo del norte de Inglaterra que vive del carbón, los mineros mantienen viva la tradición de la banda de música desde hace tres generaciones. Aquellos tipos que salen de la mina sin personalidad, todos unificados por el mono amarillo, la cara tiznada y la linterna sujeta al casco, reviven su personalidad diversa por las tardes en el local de la banda de la mina. Horas de ensayo, de hacer sonar la boquilla metálica y mover pistones, válvulas o varas, les convierten en el orgullo de un pueblo que crece con estas manifestaciones culturales.

Frente a mi casa en el pueblo, al otro lado de la plaza, se levanta lo que fue un convento, un caserón singular de líneas sobrias y proporciones destacadas sobre las casas que le rodean. Cuando la desamortización de Mendizábal pasó a propiedad del Ayuntamiento, aunque luego lo cedió a los agustinos, escolapios, franciscanos y finalmente quedó vacío. En mis años de monaguillo, aquellas dependencias tenían el atractivo de lo prohibido. Grandes habitaciones de techos altos, paredes desconchadas y ventanas desajustadas, eran el territorio apetecido para las incursiones secretas. Una restauración acertada y costosa en tiempo y medios, devolvió el edificio a la vida y se dedicó a Casa de la música: en sus dependencias convivían la escuela de música, la banda, la coral y la rondalla. Por la noche, mientras en casa cenábamos tranquilamente (es un decir cuando a la mesa se sientan seres diminutos e inquietos), nos llegaban las notas -repetidas una y otra vez- de la banda que ensayaba hasta muy tarde. El mecánico, un carpintero, otro tendero, varios campesinos, un fontanero, el chapista y unos cuantos más, transformaban el esfuerzo por disfrutar de una afición en una seña de identidad colectiva, en una oportunidad de acercar la belleza de la música al alcance de los vecinos, en un motivo de crecimiento cultural que refuerza la dignidad de la persona.

Desde entonces mantengo encendido el agradecimiento a todos los que dedican su tiempo libre a actividades que benefician a los demás. Por eso conecté con la película de la banda de la mina, por eso me enorgullezco cada vez que en el pueblo veo desfilar la banda de música.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

29/04/26

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