May 20, 2026 | Escritos
Uno de los primeros días de este mes de mayo, acompañé a Miguel Ángel y José Ramón en la excursión matinal que cada semana tienen programada. Con tesón inquebrantable, cada siete días me llega su invitación y me ponen en un aprieto porque se me agotan los recursos para salir airoso del lance. El valor de la amistad está por encima y me hacen creer que la excusa ha colado: me dejan satisfecho, a sabiendas que en poco volverán a la carga. Claro que cuando acepto, disfruto de tal manera que yo solo alimento las ganas de volver.
Después de unos días de calor anticipado, como si el verano quisiera hacerse presente antes de su hora, giró el tiempo y volvimos a los días cubiertos, de viento y lluvia. Aquella mañana se presentaba incierta, con riesgo de agua y frío; pero a la convocatoria sólo acudió el frío, no tanto como anunciaban. Después de dos horas y media de ascensión, coronamos uno de los siete picos de la Sierra de Guadarrama. Allí me encontré con un árbol seco que me impresionó, un pino albar o pino silvestre propio de la zona, firme, seco, de tronco y ramas brillantes, pulidas por el viento que sopla con fuerza en la cresta, que ya en vida se habían adaptado al azote de las ráfagas continuas. A su alrededor había otros lozanos, verdes, limpios; pero el que me atrajo fue el pino seco, castigado pero enhiesto. Ante mí se levantaba un monumento a la diversidad, al que sale adelante con sus características, al que es como es.
Será porque en la labor de tutoría con estudiantes en el colegio, detecto un malestar y sufrimiento provocado por el esfuerzo en gustar, por encajar en el modelo que consideran se espera de ellos, fruto de la presión familiar, de los amigos, de los medios de comunicación, de las redes sociales. Es lo que le sucedía al roble del cuento:
“Érase una vez un hermoso huerto con cientos de árboles frutales. Manzanos, perales, naranjos y limoneros convivían felices con chumberas y otros arbustos llenos de moras y frambuesas. Todo era alegría y satisfacción en el huerto excepto por un árbol que siempre estaba profundamente triste y todos los días repetía la misma canción. Los demás le apreciaban mucho e intentaban que recuperara la alegría con palabras de ánimo. El manzano, por ejemplo, solía hacer hincapié en que lo importante era centrarse en el problema.
– A ver, compañero, si no te concentras, nunca lo conseguirás. Relaja tu mente e intenta dar manzanas ¡A mí me resulta muy sencillo!
Pero el árbol, por mucho que se quedaba en silencio y trataba de imaginar verdes manzanas naciendo de sus ramas, no lo conseguía.
Otro que a menudo le consolaba era el mandarino, quien además insistía en que probara a dar mandarinas.
– A lo mejor te resulta más fácil con las mandarinas ¡Mira cuántas tengo yo! Son más pequeñas que las manzanas y pesan menos… ¡Venga, haz un esfuerzo a ver si lo logras!
Nada de nada; el árbol era incapaz y se sentía fatal por ser diferente y poco productivo
Un día se posó en sus ramas un búho, la más sabia de las aves. Al ver la desesperación del árbol exclamó:
-No te preocupes. Tu problema no es tan grave… Tu problema es el mismo que el de muchísimos seres sobre la Tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo. Conócete a ti mismo tal como eres. Para conseguir esto, escucha tu voz interior…
-Tú nunca darás manzanas porque no eres un manzano, ni crecerán en ti flores de azahar porque no eres un naranjo. Tú eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso para dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros y hacer del paisaje un lugar más bello. Tú tienes una misión en esta vida. ¡Cúmplela!
Y entonces fue cuando el roble se sintió fuerte y seguro de sí mismo.”
Y así sea un roble un pino seco.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/05/26
Ago 27, 2025 | Escritos
Ni tan mal, oye. Así me respondió José Luis cuando le pregunté cómo le había ido el año. Nos sentamos juntos en la cena de la primera noche del curso de verano en el que hemos coincidido en San Sebastián. Está de maestro en un pueblo del norte de Navarra desde hace treinta años y habla con el acento de aquella zona, levantando ligeramente el tono en el final de la frase. En cada región tenemos expresiones propias, pero esta me dejó desconcertado porque ni la tenía registrada ni me la esperaba: bien, estupendo, fenomenal (arrastrando los labios y dejando la boca abierta que queda muy bien en algunos ambientes). Pero ese convertir en negativo lo que quieres que sea positivo, me dejó con el paso cambiado; el “ni” es negación y el “mal” ausencia de bien; a qué demonios responder así cuando lo que quieres decir es que te ha ido bien. En los días siguientes tuve ocasión de oírla más veces; llegué a familiarizarme con ella primero y luego, hasta me resultó simpática con ese “oye” final en tono ascendente.
El encuentro con el que inauguramos el curso facilitó que después hayamos compartido horas de conversación y actividades, entre otras una excursión a la Sierra de Andía en Navarra. De los cinco que fuimos, Chema se lanzó a contar en la sobremesa de la noche cuando otro preguntó cómo nos había ido.
Dejamos el coche en una explanada nada más pasar el túnel de Lizarra; la primera parte es una ascensión empinada, sostenida, hasta alcanzar la meseta ondulada con ligeras elevaciones que fuimos coronando. El andar se hace cómodo sobre los pastos que cubren la superficie de una tierra caliza, pobre para tareas agrícolas y escasa en agua. Zonas de brezo como si de una plantación se tratara; arbustos de espino blanco que bien puede parecer árbol pequeño, también conocido por majuelo como su fruto de aspecto similar a la cereza; algún enebro que presta su sombra como refugio a los animales y, abajo en el valle, bosques de hayas y pinos. Después de comer se nos vino la tormenta encima y en un instante nos había calado hasta los huesos; fue un rato intenso en el que sólo pudimos cobijar la cabeza bajo un espino blanco, como hacía el ganado que andaba suelto por la sierra. De regreso salió el sol y pudimos disfrutar de un paseo entre vacas pirenaicas, ovejas latxas, yeguas burguete y potros simpáticos con un lucero dibujado en la frente; sentados en una piedra para reponer fuerzas, contemplamos los buitres colgados en las paredes verticales y unas chovas (parecido al cuervo) de vuelos acrobáticos que rompían el silencio con sus graznidos. La ropa se secó enseguida y la amenaza de resfriado no fue a mayores; para celebrarlo, paramos en un camping y rebobinando la excursión se nos puso el sol.
Cuando Chema puso punto final al relato, otro le pidió a José Luis que diera su valoración ya que es de la zona; fue parco en palabras y nos arrancó una risa con su resumen: ni tan mal, oye.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/08/25
Feb 21, 2024 | Escritos
Se casaron a mediodía del último sábado de enero; hubo un poco de nervios porque la semana anterior estuvo lloviendo y con temperaturas bajas. Pero es que el clima había querido colaborar con el festejo anticipando el trabajo para luego tomarse unas vacaciones hasta después de la boda. Les regaló un despertar de cielo limpio y sol de primavera que caldeaba el ambiente; hasta los jardines daban síntomas de querer unirse a la fiesta.
Aquella mañana acompañé al novio y sus padres desde primera hora; en casa reinaba un sorprendente estado de serenidad que facilitaba el trabajo de la fotógrafa. Salimos a la calle cuando el reloj de un campanario cercano difundía por el barrio el toque de las doce. El trayecto en coche fue con la máxima prudencia, como quien avanza con un objeto delicado entre las manos; dentro, sin embargo, la conversación era distendida y relajada, alimentada con los asuntos que nos llamaban la atención por el camino. ¡Mira un almendro en flor! La madre señaló un jardín a la derecha y aflojamos la marcha para disfrutar de sus flores blancas. Entramos en la plaza que abraza la iglesia con el sol a nuestra espalda; su luz dorada hacía más esbeltas las dos torres que flanquean la fachada. El semáforo nos dio el tiempo suficiente para observar los invitados que ya ocupaban las escaleras de la entrada atentos a nuestra llegada, aunque me perdí el recibimiento por no interrumpir el tráfico más de lo imprescindible.
Roger vio llegar a Teresa desde el presbiterio con la sonrisa que le caracteriza y un brillo en los ojos que competía con las lámparas que cuelgan sobre el altar. El encuentro de los novios, arropado por las voces de un coro magistral, nubló los ojos de cuántos fui capaz de alcanzar con la mirada, incluidos los míos. Y desde ese momento hasta la salida, los dos vivieron con intensidad la ceremonia que envolvía su sí ante Dios y ante los presentes, desde ahora y para siempre. Tuve el privilegio de firmar como testigo de ese “sí”, y también podría haber añadido otros muchos que se han dado durante el camino del noviazgo, para superar miedos, dudas y reafirmarse en el amor que quieren vivir como entrega.
La inquieta espera a la salida del templo se transformó en explosión de alegría cuando su figura se recortó en el contraste entre la luz de la calle y la oscuridad de la nave. Cuando el sacerdote les dijo “os declaro marido y mujer”, notaron que la felicidad les corría por las venas y ahora la querían compartir con todos los que les arropaban. Así fue en ese momento, y siguió durante la tarde y hasta que bien entrada la noche se marcharon los últimos invitados y los camareros apagaron las luces. Tuvieron palabras y gestos de cariño para cada uno de los presentes en un continuo ir y venir por las mesas; también para los ausentes que les acompañaban a distancia, en la tierra y desde el cielo. Así son ellos, de los de tú primero, de esos que el yo casi no lo conjugan.
Los recuerdos que los primeros días revoloteaban con la alegría de lo vivido, poco a poco se reposan a medida que se alejan de aquel momento. Los afanes de cada día los cubren hasta que una ráfaga entra impetuosa y los remueve para hacerlos presentes de nuevo. Es lo que me ha sucedido hoy que he visitado el parque la Quinta de los Molinos y he paseado por en medio del espectáculo de color que ofrecen los almendros en flor.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
21/02/24
Dic 13, 2023 | Escritos
He subido a la terraza para contemplar el atardecer de este sábado de octubre en Caspe, que amaneció despejado y ahora se ha nublado por el poniente. Parece que me quedaré sin repetir el espectáculo de la puesta de sol que disfruté ayer; apoyado en la barandilla me dejaba bañar por el azul intenso del cielo limpio y los destellos de sol rojizo que se escondía por la margen del río Ebro.
Ahora sentado entre las macetas de mi madre que lucen esplendorosas, anoto en el cuaderno las impresiones del ambiente que me rodea, acompañado del zumbido constante de las moscas, pesadas y quisquillosas en esta época, que me obligan a interrumpir la escritura para alejarlas a manotazos.
Un sinfín de pájaros llenan con sus cantos esta hora tranquila. Palomas, vencejos, golondrinas y otros para mí desconocidos, ponen movimiento entre el bosque de antenas estáticas de los tejados cercanos y son la señal de vida. Si no fuera por ellos, diría que estoy delante de un cuadro.
Los cipreses del huerto frente a la casa, altos como corresponde a un buen ciprés, me saludan por entre la barandilla, meciéndose suavemente de izquierda a derecha; en su movimiento pendular, ahora tapan, ahora descubren el caserón viejo otrora pletórico convento de franciscanos, antes de dominicos, y de siempre el Instituto.
Desde la calle llegan los gritos de unos chiquillos que juegan alborotados en discusión permanente. La voz de la madre que les llama a retirada provoca el silencio. La tarde avanzada, sin sol se ha quedado fresca; el frío me toca el alma y arranca recuerdos. Cierro los ojos y dejo que salgan.
Cuando los abro, me llega un rayo de sol que se filtra entre el nublado de tormenta. Viene a despedirse y me brinda un abanico de matices otoñales. Otra puesta de sol que grabo en la retina y alimenta el deseo de volver.
Por hoy tengo suficiente, se ha levantado la brisa, la ropa ligera de verano ya no me protege del fresco, los pájaros se retiran en bandadas, se llevan sus cantos y me he quedado sólo. Yo también me voy.
Escrito el 4.X.95
Revisado y publicado el 13/12/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Sep 28, 2023 | Escritos
En la película “El tigre y la nieve” de Roberto Benigni, el protagonista Attilio es poeta y padre de dos niñas. Una noche les explica a sus hijas por qué se hizo poeta: “una tarde salí a jugar al jardín y un pajarito que estaba en lo alto de un árbol, al verme empezó a volar y cantar, descendió poco a poco haciendo círculos y se posó en mi hombro. Me quedé quieto con los brazos a medio levantar como si fuera un árbol, conteniendo la respiración. El pajarito cantaba, daba brincos, se pasaba de un hombro a otro. A mí me latía el corazón como si fuera a salir del pecho. Cuando se fue volando, salí corriendo para contárselo a mi madre. Por la emoción, los nervios y la respiración alterada, sólo supe gritar “¡mamá un pajarito, aquí!” señalando el hombro; “¡mamá un pajarito!”. Ella dijo “¡ah qué susto! Creí que era algo importante” y siguió con lo suyo sin hacerme caso. Regresé al jardín con la pena de no haberle explicado bien lo que había sentido; no supe transmitirle la emoción que yo había vivido. Me quedé tan mal que me dije ¿Habrá alguna profesión en el mundo que encuentre las palabras justas y las sepa unir de tal manera que cuando me late el corazón, logre hacérselo latir a los demás? ¡Ese día decidí ser poeta!”
El artista es un tipo que ve más allá, descubre en la realidad aspectos que al común de los mortales nos pasan desapercibidos. Los extrae, los interpreta y los plasma en el lienzo, en el papel, en el mármol o en la música, para hacerlos asequibles a los demás y que puedan admirar lo que a él le ha cautivado, vibrar con la misma emoción que él ha vibrado, notar el latido del corazón como el suyo ha latido.
En el comedor de la casa de mis padres cuelga un cuadro que pintó Joan un fin de semana que estuvo en Caspe. Aquel sábado de marzo ventolero fuimos a Pallaruelo, un campo que tuvo mi padre toda la vida, hasta que lo vendió después de retirarse del oficio. Las ráfagas doblaban las ramas de los empeltes y las zarandeaba como si quisiera arrancar el olivo de raíz. Aquel campo yo lo había recorrido palmo a palmo miles de veces; podía ir de espaldas, con los ojos cerrados o haciendo el pino; por la mañana, a mediodía o por la tarde; de madrugada o al anochecer, me da lo mismo. Pero nunca, nunca en tanto tiempo, vi lo que Joan vio en una tarde.
Ahora, cada vez que contemplo el cuadro me sobrecoge el zumbido del aire, el color del cielo, la aridez de la tierra, la figura de la torre. Y como Attilio cuando el pajarito se le posó en el hombro, también a mí me late el corazón.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/09/23