Las farolas de la calle sonreían a nuestro paso con la alegría de quien se sabe útil por prestar ayuda a quien circula por aquel tramo en obras a una hora tan temprana. Tan contentas que nos acompañaron hasta donde las últimas casas dejan de verse en el retrovisor y te quedas solo en la carretera. Por delante la noche cerrada, arriba el firmamento oscuro salpicado de estrellas diminutas que brillan con tintineo intermitente. Los cuerpos se resistían a contravenir el ritmo de la naturaleza, el reloj biológico marcaba todavía la hora del sueño. Nadie a quien adelantar, nadie que nos adelante. En el horizonte se encendió una luz tenue y difusa; la silueta de la sierra se dibujó sobre un fondo claro. Las figuras se removieron, se desperezaron con unos estiramientos contenidos, el gallo imaginario había cantado para anunciar la salida del sol. Aquel punto de luz era el telonero del disco que emergía, tiñendo de rojo cálido los rastrojos. La conversación empezó con monosílabos espaciados y, como el astro rey, despegó sin sobresaltos hasta encarrilarse en un diálogo continuo con ritmo vivace.

La explanada nos esperaba preparada, acogedora; la silueta del santuario destacaba su arquitectura rectilínea sobre un cielo azul, limpio. Los cipreses esbeltos permanecían enhiestos, ni una brizna de viento. La jornada convocaba a familias llegadas de rincones esparcidos por toda la geografía, por medios que ponen a prueba iniciativa e imaginación. Era una ocasión para el encuentro, pero no esperaba encontrarme con él; nos fundimos en un abrazo. Me llevó hasta los suyos, conocidos sólo de lo mucho que habla de ellos. “Aunque parezca mi hija mayor, Elena es mi mujer” y continuó con tres de los peques; el resto de una pandilla numerosa se había quedado con los abuelos. Arturo viene cada año al colegio a impartir un seminario al claustro; su presencia anima la sala de profesores, el comedor y cualquier oportunidad de mantener conversación. Pendiente de todo y todos, habla de su familia con la naturalidad del cariño que sale por los poros. Alguien le llamó, me quedé con Elena. “No nos acostumbramos a estar separados; no son muchas veces, pero lo extraño como al principio. Con vosotros estoy muy tranquila, porque sé que le cuidáis y siempre regresa muy contento”. Le conté que para nosotros es una alegría, por los conocimientos que transmite y por su actitud, por el testimonio de vida y de familia. Concluí con “es un tipo muy majo”. Se le iluminó la cara con una sonrisa ilusionada, se ruborizó ligeramente y con una mirada embelesada, contestó con un ¿verdad que sí?, una pregunta que no esperaba respuesta, una afirmación que no quería ser rotunda, una alegría compartida con quien también lo ha descubierto, aunque nada tuviera de secreto.

De regreso acompañamos de nuevo al sol, ahora en su retirada. Mientras se escondía tras la montaña, alumbraba el horizonte en una franja interminable que fue apagándose en un ocaso eterno. La primera estrella asomó en el firmamento, el lucero de la tarde me hacía guiños, entendí que era un mensaje luminoso como el que usan los faros con los barcos. Iniciamos una conversación que los demás no detectaron; hablamos de la jornada, de Arturo y Elena, del suspiro/pregunta/afirmación que me había impactado, de ese estar el uno en el otro sin que les afecte el paso del tiempo; o a lo mejor porque cada año, cada hijo, les mete más en el otro. Me llegó una respuesta a base de puntos, rayas y guiones, el código Morse habitual entre las estrellas: “no olvides que la felicidad no se consigue con una vida cómoda, si no con un corazón enamorado” ¿verdad que sí?

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

16/09/26

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