Es habitual el comentario de que uno descubre la ciudad dónde vive cuando la tiene que enseñar a otros. Así me pasó hace cuatro años, en estos últimos días de agosto a caballo entre el regreso de las vacaciones y la espera a incorporarnos a la actividad habitual. Fueron tres días de circuitos urbanos enriquecedores, con visitas intercaladas a museos y monumentos que se convirtieron en un curso acelerado de historia del arte, no en balde el acompañante era profesor de esa materia en la universidad. En una de las iglesias que visitamos, nos llamó la atención el cartel que habían puesto junto al desconchado de una columna: “no rasquen la pintura, debajo no hay piedra”. La estética del aviso no guardaba relación con la monumentalidad de lo que más adentro nos esperaba; sin embargo, la conversación a la salida se centró en esa advertencia y dejamos de lado la maravilla del retablo en madera que habíamos contemplado. La situación recordaba el refrán castellano “dónde no hay, no se puede sacar”, si bien su carácter peyorativo hace que se aplique con sentido negativo a personas que no dan más de sí. Sucede en nuestras relaciones a diario, que nos molestamos porque el otro no responde como esperamos. Y puede que el problema sea nuestro, por no hacer el esfuerzo de conocerlo mejor y saber lo que puede dar. Si le pido peras a un manzano, el problema es mío y no del manzano. Tal vez habría que convertir en positivo el refrán para quedarnos con “saca de lo que hay”.
Después de la reflexión seria, nos reímos un rato con el recuerdo de Andrés, un chaval por entonces de diez años que participaba en las actividades de tiempo libre que organizábamos en una asociación del barrio. Era muy aficionado a los bichos -lo que hoy llamamos un friki- y animador de la actividad de biología. Una vez vino de campamento; el primer día por la tarde tocaba partido de fútbol. Andrés no quería jugar porque prefería ir a descubrir naturaleza, pero por falta de jugadores le insistieron hasta convencerlo de que jugara de portero. A los cinco minutos ya había descubierto un hormiguero en la base del poste y se entretuvo con las hormigas. El primer balón que llegó a puerta, entró como Pedro por su casa. Los de su equipo pillaron un rebote morrocotudo con él y los monitores tuvimos que intervenir para que aquello no fuera a mayores. Andrés era muy creativo y de imaginación desbordante, sus relatos nos mantenían con la boca abierta y podía pasar horas hablando, sobre todo de animales. Pero pedirle que jugara al fútbol era como pedirle peras al manzano.
El arte de la buena convivencia pasa, primero por el conocimiento propio. Y luego por el conocimiento del otro; estar juntos no es suficiente. Hace falta un interés por los pequeños detalles, las preferencias y los gustos de la otra persona; es preciso prestar atención a lo que dice, porque con frecuencia hablamos de lo que somos. Conocer también es querer, y quien quiere sabe descubrir en la conducta del otro lo que esa persona es. Y entonces tenemos más posibilidades de acertar al pedir, porque sabremos sacar de lo que hay y nos evitaremos el cartel de “no rasquen la pintura”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
19/08/2026
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.