Estuve con Pedro tomando un café a finales de junio, un sábado por la tarde que tenía la familia fuera. “Este año adelanto un poco las vacaciones por organización familiar; también porque a primeros de agosto viene un amigo americano que estará en casa tres días, camino de Granada para una reunión internacional de su empresa”. Luego hemos estado casi dos meses sin vernos, porque sus vacaciones se han solapado con las mías. La semana pasada nos volvimos a encontrar con ganas de ponernos al día. Cuando ya llevábamos un buen rato de cháchara le pregunté por su amigo ¿qué tal lo ha pasado? ¡Toma! ¿cómo quieres que se lo pase? Pues fenomenal porque me lo curré a base de bien. Ya el día de su llegada, me encontré con un atasco camino del aeropuerto para recogerlo que, no es por nada, pero si le pilla a otro no llega ni a cenar; pero me espabilé y conseguí sortear los puntos críticos para llegar a tiempo, justo cuando anunciaban el aterrizaje de su vuelo. Aún así, me tocó esperar un buen rato después de que ya había salido todo su pasaje; apareció muy nervioso porque le habían perdido la maleta y tardaron en encontrarla. En lugar de agradecerme que estuviera allí, venga a darle vueltas al tema de la maleta que no había forma de hablar de otra cosa. No es por nada, pero si da con otro lo deja allí plantado hablando con la farola de la dichosa maleta. A continuación, en el viaje, se le fue pasando poco a poco y recuperó la cordura habitual. Cuando llegamos a casa le había preparado un buen recibimiento, que mi esfuerzo me costó -no es por nada-, que las cosas no salen solas y hay que pensarlas y trabajarlas. Admirado se quedó de la habitación, nada del otro mundo, pero con unos cuantos detalles personalizados; y la sorpresa de la comida, con guiños a sus gustos que me los conozco muy bien. En esos días visitamos un par de museos que, mal está que lo diga yo, mi trabajo me costó encontrar entrada para los días y horario que nos encajaban; además, preparé un recorrido para aprovechar bien el tiempo, con una guía impresa en inglés, porque de castellano va muy pillado; me quedó magnífica, mucho mejor que las que te ofrecen a la entrada. A la salida paseamos por el casco histórico, explicándole los detalles de edificios y monumentos que salían al paso, con tal soltura y naturalidad que ni los que acompañan a las personalidades lo hacen mejor; aunque eso no era gratuito, unos días antes trabajé la ruta porque hacía mucho tiempo que no pasaba por allí. Suerte tiene mi amigo de que mi nivel de inglés es muy bueno, de lo contrario lo hubiera pasado fatal sin enterarse de la misa la mitad. Fíjate que nos sentamos en una cafetería de caché, muy frecuentada por turistas, donde los camareros están acostumbrados a desenvolverse en varios idiomas y al oírnos hablar me tomaron por americano. La verdad es que salió todo redondo, por eso mi amigo marchó muy contento y desde luego, motivos no le faltaban. No es por nada, pero da con otro y no es lo mismo.
Vale que Pedro tiende a ponerse medallas, es cierto; tan cierto como que tiene un corazón generoso, que se desvive por los que están a su alrededor, que es amable, servicial y un gran profesional. Y además le adorna una agudeza intelectual, alimentada con dedicación y esfuerzo, con la que te ayuda al hacer fácil lo difícil, sencillo lo complicado y le convierte en ameno comunicador. Y como el cariño todo lo justifica, coincido con el americano en el orgullo de tener un amigo así.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
26/08/2026
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.