Aquel mes de octubre de 1972, las mañanas amanecían inusualmente frescas en Barcelona. Sin embargo, el martes día 10, era bien temprano y estaba sudando. El lunes me había presentado en el departamento de personal del banco y me asignaron una sucursal en el Paseo de Gracia. Era mi primer día de trabajo y quería asegurar la puntualidad. Madrugué, tomé el metro, equivoqué la salida y me desorienté. Por fin encontré el lado de los impares y empecé a caminar con desasosiego, comprobando que de un número a otro había varios portales y me entraron sudores de inquietud por si llegaba tarde. A eso se sumó la majestuosidad de los edificios, los espacios infinitos y las prisas de la gente; aquel cóctel fue difícil de digerir para un chaval recién llegado del pueblo y me tuve que parar, respirar hondo y esperar a que se pasara el mareo.

El recorrido se me hizo familiar; no era consciente de que pasaba por delante de algunos edificios representativos del modernismo, que se concentraban en la misma manzana de aquella ancha avenida: la casa Batlló, la casa Amatller, la casa Lleó Morera o la casa Mulleras. Cuando la confianza me ayudó a pasear relajado, descubrí los escaparates y las fachadas de los edificios. Me sorprendía la joyería Bagués y los mosaicos en la fachada de la casa Battló. Además, la sucursal del banco estaba frente a la casa Milá, más conocida por La Pedrera, otro edificio singular que atraía muchos visitantes. Por entonces me hablaron de Antonio Gaudí y me familiaricé con su historia. Algunos domingos iba a misa a la cripta de la Sagrada Familia y a la salida contemplaba las cuatro torres y la única fachada levantada. Más adelante, frecuentamos el Parque Güell con los chavales de la catequesis de Can Serra, un barrio de L´Hospitalet de Llobregat; el dragón, la figura más conocida del Parque, pasó a ser como uno más de nuestros juegos.

En las obras de Gaudí abundan los elementos vegetales y animales de la naturaleza, en formas generalmente curvas que revestía con trozos irregulares de cerámica, vidrio o mármol de colores brillantes y duraderos que en las superficies ondulantes potencian el brillo y los efectos plásticos. A esta técnica se le conoce como trencadís, uno de sus sellos más personales. Veía en esos trozos de distintos colores la belleza de la arquitectura; era una metáfora perfecta de su obra: la unión de mil fragmentos humildes para crear un conjunto glorioso y luminoso.

Cuando el Papa visitó Madrid a principios de junio, tuve la oportunidad de asistir al encuentro en el estadio Santiago Bernabéu. Era la primera vez que accedía después de la transformación integral que ha tenido; la aproximación al estadio, el acceso, el recorrido por los pasillos y la vista de las gradas desde la boca, me transportaron a aquellos primeros recorridos por el Paseo de Gracia. Desde mi puesto, dejé transcurrir el tiempo hasta que llegó el Papa recorriendo con la vista las gradas a rebosar de puntos diminutos, piezas de colores brillantes. Cada peregrino en su asiento, era como un trozo irregular de cerámica que se adaptaba a la forma curva y ondulante de la grada. La luz matizada al atravesar la cubierta retráctil producía destellos luminosos al impactar con cada uno de aquellos puntitos; el movimiento de los abanicos daba vida a la superficie multicolor, un vaivén pendular imaginario. La unión de aquellos setenta mil fragmentos humildes, unidos por la argamasa del cariño al Santo Padre, creaban un conjunto glorioso inspirado en la técnica del trencadís. Me resultó familiar, noté la presencia de Gaudí en el Bernabéu

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

24/06/2026

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