Sultans of Swing, Mark Knopfler, Dire Straits, elogio del trabajo en la sombra. Para mí son como peldaños de una escalera; el primero me lleva al segundo y de este al tercero para llegar a la importancia del trabajo bien hecho y desapercibido.

En un bar al sur de Londres, un viernes por la tarde de un día lluvioso y desapacible en 1977, unos tipos amenizan el ambiente con una actuación de swing -una variante de jazz- sobre el escenario encajado al fondo del local, sin mucho éxito ante el escaso público. No son profesionales, viven de su trabajo y se juntan por las tardes para ensayar y tocar en algún pub cuando les dejan; allí dan rienda suelta a su pasión por la música y se entregan sin reservas en cada canción. A esas horas, cuatro jóvenes juegan al billar ajenos a lo que les rodea; en una mesa próxima a la entrada, las jarras de cerveza se acumulan en cada ronda y las voces subidas de tono delatan que los tipos han pillado el punto. Sigue la música al fondo, el repicar de las bolas en la mesa de billar y las machadas sobradas de alcohol detrás de cada trago.

Mark Knopfler había nacido en Glasgow en 1949; a los nueve años se trasladó con la familia a Newcastle. Bajo la influencia de su tío se aficionó a la guitarra y desarrolló su singular estilo sin púa. Se graduó en Filología Inglesa, lo que le permitió trabajar de profesor. Pero en 1973 decidió dejarlo y marchar a Londres para intentar vivir de la música. Junto con su hermano y dos amigos formaron un grupo al que acabaron llamando Dire Straits, que podría traducirse como grandes apuros o situación desesperada. A Mark le gustaba recoger en sus canciones escenas de la vida ordinaria, con un estilo de rock tranquilo que contrastaba con lo estridente y vertiginoso que entonces se imponía. No encontraban la oportunidad que buscaban y por eso el nombre del grupo reflejaba bastante bien la situación en la que vivían.

En 1977 preparaban una maqueta con varias canciones para darse a conocer en otros círculos. De regreso a casa, Mark entró a tomar una pinta en un bar para quitarse el frío húmedo que se le había pegado en el paseo. Su afición por el jazz hizo que prestara atención a la banda que tocaba en el escenario del fondo. Fue el único que contestó cuando el solista se despidió: “Buenas noches y gracias, es hora de ir a casa” y cuando ya se iba volvió al micro para decir algo que se había olvidado: “¡ah! Somos los Sultanes del Swing” (algo así como los reyes, los amos, lo más del swing).  A Mark le cayó bien aquel tipo, pletórico de optimismo ante lo que otros valorarían como fracaso y porque la grandiosidad del nombre contrastaba con la realidad. Pero aquella vivencia había sembrado la semilla de una idea que Mark desarrolló en cuanto llegó a casa. Escribió la letra de una canción inspirada en aquella banda, que captura la pasión de los músicos que a menudo pasan desapercibidos. Pero las primeras pruebas con la guitarra National Steel no tenían garra. Más adelante pudo comprar la mítica Fender Stratocaster y entonces cambió por completo. La maqueta llegó a manos de un crítico y presentador musical que la puso en su programa de la BBC. Eso era en 1978 y había empezado la andadura que llevaría Dire Straits a ser una de las grandes bandas de la década de los 80 y Sultans of Swing un clásico, una canción emblemática que ha resistido la prueba del tiempo.

Aquella banda de jazz con su trabajo en apariencia desapercibido, fue el desencadenante de uno de los mayores éxitos de la música y de que Dire Straits nos haya deleitado con piezas magníficas que de otra manera nos habríamos perdido ¡gracias Sultans of Swing!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

21/10/26

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