En la primera quincena de agosto coincidí con Antoni y recordamos nuestros primeros encuentros en estos cursos de verano, cuando se estrenaba como director de un periódico local. En su haber tiene la publicación de La Plumilla, una columna diaria en la contraportada del periódico, desde 1989. De trato fácil y conversación amena, era habitual que al atardecer le rodeáramos en animada tertulia cuando el calor amainaba y salíamos al jardín. A la sombra de las palmeras que protegen los bancos de madera junto a la rosaleda, ponía voz a sus columnas donde a los hechos que son la materia prima del periodismo, añade la presencia humana con sus errores y aciertos, genialidades y vulgaridades, alegrías y tristezas. Sus temas van desde lo excepcional a lo cotidiano, transcritos con una sabiduría rica en matices humanísticos, en un estilo sencillo y seductor, riguroso y positivo, constructivo y coherente, educado y elegante. Consciente de que la vida ya es bastante triste para la mayoría de la gente, se propone utilizar la columna para señalar que vivimos en un mundo infinitamente bello donde abunda la gente fascinante, los hechos alentadores y las sonrisas, y que Dios está en su cielo. Nos tenía embobados con sus historias a riesgo de perder la cena, porque escribe y habla como es, hombre de fe, optimista, de fina ironía y espíritu bondadoso

Me impactó la tarde que nos habló del Dr. Puigvert, famoso médico urólogo, a quien le dedicó una Plumilla el día que falleció en mayo de 1990. Al acabar el primer curso de medicina, uno de sus profesores le ofreció ser su practicante y desde entonces ya no dejó de trabajar. Se especializó en París y Berna, atendió a numerosos jefes de estado y personalidades internacionales incluido el Papa, pero siempre mantuvo el principio de que la dignidad del paciente está por encima de cualquier condición social. Fue exigente y riguroso en el trabajo, pero afable en la relación personal; gran orador y divulgador, con fino sentido del humor y enorme capacidad para conectar con personas de muy diversos niveles sociales y culturales.

Antoni nos contó: “Atendió a 80.000 pacientes. Este es un dato estremecedor, porque además los atendió bien. De otro modo no habría alcanzado la fama que le siguió desde su juventud y los enfermos no se hubieran disputado ser operados por él. Era un médico formidable. ¿Y como persona? Sólo le conocí con ocasión de un almuerzo con media docena de periodistas. Nos presentaba su libro de memorias, llenas de anécdotas de sus comienzos en la medicina y de sus contactos con pacientes famosos. Era, pues, ocasión de pasar revista a su vida, y así lo hizo con la chispa con que amenizaba todas sus conversaciones. Cuando hablaba, utilizaba la ironía de quien ha vivido mucho y ha conocido la miseria humana, pero también con la pasión de quien ha sido luchador de una causa. Su vida era devolver la salud y la alegría a quienes acudían a su consulta o se le sometían en el quirófano. Le preguntamos sobre sus tres matrimonios, y habló de las mujeres de su vida como si hablara de personas muy distantes. Pero a continuación salió a relucir algún recuerdo de su madre y entonces sucedió algo inesperado: comenzó a llorar. No es que se emocionara un poco, es que dejó de comer y se puso a llorar ocultándose con la servilleta.”

Antoni se detuvo, respiró hondo para recuperar el tono de voz que se le había quebrado al hablar de la madre; supuse que había pensado en la suya. No me sorprendió sentir también la misma emoción al recordar la mía, porque estoy acostumbrado a contagiarme de los sentimientos que Antoni transmite a diario con sus historias de La Plumilla.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

14/10/26

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