¡Vivan los novios! Hay costumbres que permanecen en el tiempo, detalles que hilvanan una generación con la siguiente, comportamientos que identifican a los hijos de este tiempo con los del anterior. Los avances materiales condicionan los modos de vida y acortan la duración de las generaciones, ese tiempo que mide lo permanente en el modo de pensar y vivir de las personas. Diríamos que el mundo que encontramos al amanecer, ha quedado superado al anochecer; que los conocimientos adquiridos hasta ayer, hoy son de una versión obsoleta que necesita ser actualizada. Quizás por eso nos produce alegría pararnos a contemplar la naturaleza, un paisaje, la luna llena; sentarnos a leer un libro o escuchar música; visitar un museo con tope de tiempo para no saturarnos, pasar de una sala a otra a la velocidad del caracol, porque es más importante empaparnos de lo que vemos que empacharnos para luego arrojarlo sin dejar huella. Las prisas pasan al ritmo que caen las hojas del calendario vital; la necesidad de estar siempre ocupado, en continua actividad y movimiento, se parece a la espuma de la gaseosa que llena enseguida el vaso interior y desaparece en un soplo, dejando un vacío que reclama ser rellenado con avidez a riesgo de entrar en una espiral sin fin.
¡Vivan los novios! Fue la expresión de júbilo desde que llegaron a la iglesia por la mañana, hasta que se apagaron las luces del baile por la noche. Puede que la primera reacción fuera de fastidio, algo así como ¡ya empezamos! Puede que mi actitud estuviera equivocada si pretendía encontrar en una boda la misma calma que en un museo. Tampoco es que el festejo se tenga que convertir en una competición ruidosa entre los de un lado y los del otro; pero cuando abrumadoramente son mayoría los amigos de la pareja, gente joven con ganas de lío, hay riesgo de que sea así. Y no llegó a serlo, pero se le pareció. Hubo calma y atención durante la ceremonia, las palabras del sacerdote llegaron claras y pausadas a todos los rincones, acertadas en la forma, esperanzadas en el fondo, con las que dibujó un cuadro animoso del matrimonio, con pinceladas de colores vivos, cálidos y algún otro oscuro que ponía el contraste y acercaba a la realidad. La bendición accionó el crono de la hyrox double -carrera en pareja- a la que han llegado bien preparados. Los pétalos a la salida en lugar del arroz, alargaron las buenas sensaciones que vibraron en el interior del templo.
Nuestra mesa era de familiares en distinto grado y de edades dispersas; la conversación fluía con naturalidad en un abanico de temas que repartía la iniciativa de un lado a otro, sólo interrumpida cuando desde una de las mesas de los amigos de la novia se lanzaba con euforia el deseo de larga vida a los novios y el alborozo se contagiaba en forma de ola que recorría el salón. Al poco de hacerse la calma, el oleaje partía de otro punto, ahora de los amigos del novio y la corriente de regocijo ruidoso inundaba de nuevo la sala. La geolocalización de nuestra posición quedaba un tanto escorada en el mapa del festejo y me permitía observar sin ser arrastrado por la marea, pero compartiendo la alegría de la celebración: que un hombre y una mujer se comprometan de por vida delante de Dios, de la familia, de los amigos y de la sociedad, tiene muchos motivos para ser festejado y para ofrecerles el apoyo en el camino que empiezan. Que esto ya lo hacían las generaciones anteriores y permanece como señal de identidad. Por eso, aunque no me ponga de pie y voltee la servilleta al aire, con la misma serenidad con que se contempla un paisaje, se lee un libro o se escucha música, me uno al grito secular de ¡Vivan los novios!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/10/26
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.