Jun 10, 2026 | Escritos
Julio es un joven padre de familia, al que los hijos le han hecho madurar algo más rápido que a sus compañeros de clase. Se le nota por fuera, aunque le trae sin cuidado que se lo digamos; pero sobre todo se le nota cuando habla, cuando opina, cuando aconseja, cuando cuenta su día a día sin alardes. Disfruta con su trabajo de médico y le encanta trabajar en urgencias, porque considera que es allí donde mejor puede vivir a fondo su vocación profesional. Es uno de los habituales al desayuno tempranero de los sábados, un encuentro semanal que mantiene viva la llama de la amistad del grupo del instituto; es inflexible con la hora de marchar, porque le espera la logística con la pandilla de casa y la lista de la compra. Conversador ameno, pero sobre todo buen provocador de conversación y consigue que los demás hablen porque se sienten escuchados, virtud que le acompaña tanto con los amigos, como en casa o en el hospital.
El último día contaba el caso de un matrimonio mayor que llegó a urgencias en busca de un informe que necesitaban. En la recepción trataron de explicarle que allí no se lo podían hacer y le daban indicaciones para que se dirigieran al sitio adecuado. La mujer estaba tensa, no atendía a razones, resoplaba, se movía inquieta como quien se encuentra ante un muro insalvable. Afloraron los nervios, surgieron las críticas y se le escapó alguna amenaza. El hombre tenía la mirada ausente, de vez en cuando decía frases inconexas.
Julio pasó por allí, se dio cuenta de que algo no funcionaba y ofreció su colaboración. Ella, asustada, agobiada, volvió a pedir el informe con maneras destempladas. Se los llevó a una consulta, la escuchó y poco a poco volvió la calma. María y Juan llevan 80 años largos a la espalda y algo más de 50 de casados. A él le afecta una demencia progresiva y los últimos meses han sido muy difíciles. Sus hijos fuera, ella le cuida y se ocupa de todo. Está agotada; quiere estar junto a él, pero no puede atenderle como necesita y los dos empeoran. Ha decidido llevarle a una residencia y le piden un informe.
Julio habló por teléfono con la trabajadora social y quedaron para el día siguiente; se ofreció para ayudarles en todo lo que necesiten. Durante la conversación, María acariciaba la mejilla de su marido mientras le decía “y tú serás siempre mi Juan”. Se despidieron, apoyado en el umbral del despacho, los vio alejarse de la mano y pasar por el mostrador para pedir disculpas y dar las gracias porque ya estaba solucionado.
Después, Julio añadía que, con el tiempo, en su trabajo ha aprendido dos cosas; la primera que hay personas que cuando te hablan, por dentro piensan “Sólo te pido que me escuches; no hace falta que me des consejos, ni que me cuentes una historia que conoces parecía a la mía. Sólo pido que me escuches”. Y la segunda, que a esas personas se les cura con la escucha y eso no se despacha con una receta para la farmacia; hace falta algo de tiempo y algo de actitud. Y eso cuesta, pero con un poco de buena voluntad y otro poco de esfuerzo, se aprende a escuchar.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/06/2026
Abr 1, 2026 | Escritos
El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. Para que esa puerta se abra, llevamos muchos días preparando el momento. Quienes viven la fe, han recorrido el camino de la cuaresma, cuarenta días de preparación interior para encontrarse con la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Hay quienes lo hacen como una tradición empapada de sentido religioso, que mantiene unido a un pueblo en torno a sus raíces; estos porque participan y sostienen las procesiones, aquellos porque regresan al pueblo a contemplarlas.
Desde que tengo uso de razón he crecido en el ambiente que se vive en torno a los preparativos de estos días. Desde finales de enero, las bandas de tambores se reunían al atardecer para ensayar, distribuidas por los cuatro puntos cardinales alrededor del pueblo y llenaban con sus redobles la calma de las primeras sombras de la noche. También porque mi padre era el secretario de una cofradía a la que dedicaba tiempo y esfuerzo, y en casa todos colaborábamos en las tareas necesarias.
Pero el Domingo de Ramos traía un interés añadido para los pequeños. La costumbre dictaba que había que estrenar algo ese día. Eran tiempos en que la hucha de los ahorros familiares andaba muy menguada; mi madre, como tantas otras, se las ingeniaba para tejer en casa lo que el escaparate de la tienda ofrecía y el bolsillo no alcanzaba. Y como los críos viven pegados a lo inmediato, éramos ajenos al esfuerzo que ponía por arañar tiempo para hacernos un jersey, coser un pantalón o sacar una camisa de otra prenda.
Ese domingo amanecía temprano porque los nervios son incompatibles con el sueño. Llegar puntuales a la procesión era un objetivo para nosotros que pasaba por delante de cualquier otra obligación. A mi madre le hubiera encantado compartir ese criterio, pero los varios frentes abiertos le hacían ser más realista. Cuando por fin estábamos listos, la salida de casa daba rienda suelta a las emociones en forma de sonrisa dibujada en la cara, por la alegría del estreno, por el ramo de laurel tan chulo que nos había traído mi padre y por el orgullo de ir de la mano con mi madre.
Han pasado los años y la foto del último domingo recoge a los mismos personajes con idénticas emociones: la alegría que da el cariño renovado cada día -como de estreno-, el ramo de laurel que ella luce y el orgullo de salir de casa cogidos de la mano para llegar puntuales a la procesión del Domingo de Ramos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
01/04/26
Mar 25, 2026 | Escritos
Que tenemos que quedar, que a ver cuándo nos vemos… y pasaban las semanas sin aterrizar el propósito. Por fin encontramos la oportunidad hace un par de sábados y nos citamos a comer en la terraza de un bar junto al parque, con horas por delante para ponernos al día. Pero el día se puso feo, tapado, con un ligero viento que desaconsejaba sentarse al exterior y amenazaba lluvia. No estábamos dispuestos a luchar contra los elementos, así que nos fuimos al McDonald’s que había al otro lado de la calle. Al fin y al cabo, lo que queríamos era hablar a la par que matar el gusanillo de mediodía.
El local era una planta baja que se barría de un vistazo, con ambiente cálido por el tipo de público que llenaba casi todas las mesas. Nos plantamos delante del panel de autoservicio con cara de expertos, como quien maneja con soltura ese modo impersonal de pedir en un restaurante de comida rápida. Hay un prurito a quedar mal si ante un quiosco digital tienes que leer las instrucciones y vas lento al marcar. Pero ni a Iñaki ni a mí nos importó tener que anular la operación por segunda vez y volver a empezar. Mientras él esperaba que prepararan el encargo, me senté en una mesa junto al ventanal para no quedarnos sin sitio. Fueron unos minutos en los que disfruté recorriendo las mesas con la mirada, como si fueran los fotogramas de una película que me arrancaba sonrisas y estimulaba la imaginación como en el cine mudo.
Al resguardo del mostrador, por la parte que se apoya en la pared, una mesa alargada con ambiente de celebración familiar. De entre pequeños y mayores, destacaba la figura esbelta de la abuela, un rostro enjuto como se adivinaba toda ella, de pelo plateado recién peinado y modales exquisitos; daba cuenta de una royaldeluxe sin perder la verticalidad sobre el plato y atendía los requerimientos de los nietos que la acompañaban en la aventura, cada uno afanado con la suya.
Delante de la nuestra, la mesa de cuatro la ocupaban un matrimonio joven y tres hijos que habían comido más rápido que los padres y ahora les dejaban hablar, sin reclamar su atención. El padre, con el bocado a mitad de camino entre el plato y la boca, escuchaba con atención a la madre, como si a su alrededor no hubiera nada más que ella.
En el rincón, una mesa medio escondida por las de al lado, la ocupaba una pareja de adolescentes en estado puro. Esperaban el pedido, no tenían nada que hacer y mataban el tiempo con gestos y muecas, allí no había conversación. El chaval con cara de cansado, gesto de aburrimiento y pelo desordenado tapándole la cara, adoptaba una posición entre sentado y tumbado. Ella mejor arreglada y bien sentada, lo miraba con ojos de “todo lo que haces me encanta”.
Al otro lado del panel, dos pequeños que casi no llegaban al tablero, gozaban con las patatas fritas que untaban en la salsa, bien sujetas por la punta para acertar al llevarlas a la boca. Sus padres seguían atentos cada movimiento de aquellos críos, para quienes la felicidad de todo el mundo se concentraba en el estuche de nuggets y patatas que tenían delante.
Con este ambiente, no parece que nadie nos prestara atención, ni cuando delante de la pantalla estudiábamos el menú, ni cuando sentados junto a la ventana nos comimos una auténtica Big Mac, ni cuando se nos pasó la hora hablando, ni cuando recogimos los restos al contenedor y salimos a la calle. Nos despedimos; antes de separarnos me giré hacia el restaurante; a través de los ventanales bajos se veían los grupos que habíamos dejado. Volví a sonreír, quién me iba a decir que pasaría un rato tan agradable entre hamburguesas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
25/03/26
Mar 18, 2026 | Escritos
El sábado nos despertó con cara de pocos amigos; el cielo cubierto de nubarrones feos nos ocultaba el sol y el aire enfriado por la nieve que ha vuelto a cubrir la sierra en estos días diluía las ganas de paseo. El tiempo desapacible aconsejó modificar los planes y buscar alternativas de interior, consolando el ansia de naturaleza con miradas a través del ventanal. Pero ¡ay el domingo! el domingo nos sorprendió vestido de fiesta y nos invitó a salir, a empaparnos de luz y sol, a recorrer calles, plazas y parques, a disfrutar del perfume de la primavera que asoma, de los colores vivos que salpican los jardines y anuncian su llegada.
Tan pronto como pude, salí con el ánimo contagiado del ambiente que había contemplado desde la ventana, calzado con las botas andariegas en dirección a la Casa de Campo, un parque generoso en rutas y extenso de perímetro. Allí se cruzaban los caminantes y los ciclistas, los corredores y los excursionistas; solitarios, en pareja o en grupo; en animada conversación o enfundados en su música; quienes bien abrigados y otros en manga corta. El contraste de temperatura entre el sol y la sombra era propio de estos días marceros; aguanté un buen rato hasta que el calor corporal pedía desprenderse de alguna prenda. Aproveché para conectar los cascos y distraerme con noticias. Sintonicé una emisora que se recibía con nitidez y acoplé el ritmo de los pasos con la respiración en modo automático. El locutor hablaba con rapidez, el tono un poco alto, pronunciación impecable; daba gusto oírle. Contaba la agitación que tenían en la redacción para atender a todos los eventos del día, cargado de noticias de sumo interés. Ya sean las elecciones a la presidencia de un Club, las votaciones autonómicas de una parte del país o la ceremonia de los Oscar y, a la vez, pendientes de lo que pasa en el conflicto del Golfo. El estado de alerta que me provocaba la invasión de noticias en tono de alarma, de superimportante, de no te lo puedes perder, chocaba con la paz que me aportaba la caminata y el contacto con la naturaleza que me rodeaba. Opté por desconectar y centrarme en la belleza que contemplaba a cada paso. En el collage de la vida encontramos alegrías y tristezas, armonías y contradicciones. Y ahora tocaba aprovechar el despuntar de la primavera que estamos esperando. Me permití retocar la poesía que una monja carmelita nos regaló en tiempos de pandemia:
“Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Para que recorra las calles de nuestros pueblos ahora soleados, colgando en nuestros balcones la magia de sus geranios. Que deje su sonrisa esculpida en nuestros campos, pintando nuestros jardines de verde, de rojo y blanco. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando llegue nos verá en las calles, en los barrios, podrá escuchar en el parque el paso de los ancianos, y el bullicio siempre alegre de los chiquillos jugando. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando estalle jubilosa llenando de puntos blancos los almendros, los ciruelos, los jazmines, los naranjos… una lluvia de azahar refrescando nuestros patios. Y vea que a la Virgen la engalanan para el Paso, tejiendo una alfombra a sus pies con pétalos y con nardos. Si sabrá la primavera que ya la estamos soñando… Asomados al balcón de la Esperanza, esperamos como nunca, que ella vuelva y nos regale el milagro de ver florecer la vida que cada día nace en nuestras manos… ¡Bienvenida, primavera! Hueles a incienso y a ramos, con tu traje de colores y los cantos de tus pájaros. Ven a pintar de azul-cielo esta tierra que habitamos. ¿No sentís que en este mundo algo nuevo está brotando? Si será la primavera que está apresurando el paso…»
A última hora de la tarde me acerqué a casa de Teresa y Roger para llevarles un recado que tenía desde hacía días. Estaban en plena operación cena, con María en brazos sin hacer mucho caso al biberón y Pablo en su silla alta, chapurreando un idioma ininteligible para mí, dando golpes con la cuchara como quien no está por la labor de lo que ahora toca. La calma y sonrisa de los padres para atenderles a ellos y a la visita, me hizo pensar que allí también están esperando la primavera.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
18/03/26
Feb 11, 2026 | Escritos
La madre de Gabriel estaba abatida, se le esfumaba el escaso resto de esperanza que la sostenía después de un año de sufrimiento por la agonía y la muerte anunciada de su único hijo varón; nacido nueve años después de la cuarta hija, de alguna manera era más su hijo, quizá porque le había hecho redescubrir su propia maternidad, cuando ya en su interior había enterrado para siempre esa riqueza de su cuerpo y de su espíritu.
Mucho antes de que el diagnóstico se instalara en su casa como huésped incómodo, ya había frecuentado espacios de sufrimiento. Todas las semanas acompañaba a unas amigas a visitar la cárcel y hacer un rato de compañía a las reclusas. Y también a una residencia a dar de comer a unas enfermas ancianas y desahuciadas. Allí aprendió que el amor es más que un sentimiento cuando te lleva a la entrega y que no hay mayor libertad que la de elegir acompañar al que sufre.
Desde el primer momento, los médicos les hablaron con una claridad casi cruel: visto lo avanzado del proceso, las probabilidades de detener la expansión del tumor y de una curación eran escasas; cualquier medida que se le quisiera aplicar no tendría más utilidad que la de prolongar la agonía del pequeño. Se resistieron a aceptar la derrota sin intentar antes todo lo que estuviera a su alcance, y decidieron poner en marcha una auténtica batalla contra el enemigo.
Vinieron horas y horas de suspiros en hospitales y clínicas. El marido después de las primeras reacciones de ternura, se agobió con el lento avanzar de la enfermedad, se refugió en el trabajo, se alejó con viajes y la dejó. Ella decidió quedarse. En la soledad de las salas de espera, soportó el dolor del hijo y el aguijón de la culpa por si algún error pasado habría sembrado la semilla del mal. Incluso tuvo que cargar con el reproche cruel de un esposo que le recordaba que él «ya había sugerido abortar».
Con el tumor del hijo crecía también el cansancio y el agotamiento de la madre. El abandono del marido le resultaba despiadado y había perdido hasta las fuerzas para sublevarse. No era muy creyente, desde joven había borrado cualquier referencia a Dios en su vida; pero una tarde de vuelta de unas compras, pasó por delante de la Catedral y más como una sonámbula que como una persona consciente, cruzó el umbral. Sin sabérselo explicar, se encontró arrodillada, contemplando un Crucificado. Y comenzó a hablar en voz alta sus penas y angustias. No sabía muy bien lo que hacía, ni a Quien se dirigía, pero tenía clara conciencia de que nadie le había acogido jamás con brazos tan abiertos. Desde lo alto de la cruz el Cristo parecía dispuesto a escucharle y ofrecerle la fuerza que necesitaba para ser el trono de carne y hueso que su hijo necesitaba.
Aquel 5 de enero, la tarde estaba templada, y el cielo completamente al raso. Al cruzarse su mirada con el gesto suplicante de Gabriel, la madre no lo dudó. Bien arropado, con su mejor abrigo y su ropa más elegante, Gabriel se vio en brazos de su madre camino del puente como en años anteriores.
La Cabalgata de los Reyes Magos se acercaba y la comitiva de Melchor tardaría poco en aparecer. Gabriel comenzó a agitarse levemente; ya no sentía el transcurrir del tiempo, y sólo conseguía hacer un esfuerzo para que el paso del Rey Mago no le encontrase con los ojos cerrados. Convertido en un leve conjunto de huesos, la madre notó que el cuerpo de su hijo se volvía más ligero, como si se preparara para elevarse. Le hizo señas a su madre para que lo alzara un poco; y cuando vislumbró que el refulgor estaba muy cerca de sus ojos, con un hilo de voz, le dijo al Rey Mago: Melchor, yo también voy a ver a Jesús.
La madre contuvo las lágrimas. El recuerdo del nacimiento de su hijo le invadió la imaginación, la mente, todo su espíritu. No olvidaría nunca su suave y dulce adiós. Hizo un gesto a su hija, y volvieron rápidas a casa.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
11/02/26
Este relato es una adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”, capítulo “Una pregunta a Melchor”.