Entre hamburguesas

Entre hamburguesas

Que tenemos que quedar, que a ver cuándo nos vemos… y pasaban las semanas sin aterrizar el propósito. Por fin encontramos la oportunidad hace un par de sábados y nos citamos a comer en la terraza de un bar junto al parque, con horas por delante para ponernos al día. Pero el día se puso feo, tapado, con un ligero viento que desaconsejaba sentarse al exterior y amenazaba lluvia. No estábamos dispuestos a luchar contra los elementos, así que nos fuimos al McDonald’s que había al otro lado de la calle. Al fin y al cabo, lo que queríamos era hablar a la par que matar el gusanillo de mediodía.

El local era una planta baja que se barría de un vistazo, con ambiente cálido por el tipo de público que llenaba casi todas las mesas. Nos plantamos delante del panel de autoservicio con cara de expertos, como quien maneja con soltura ese modo impersonal de pedir en un restaurante de comida rápida. Hay un prurito a quedar mal si ante un quiosco digital tienes que leer las instrucciones y vas lento al marcar. Pero ni a Iñaki ni a mí nos importó tener que anular la operación por segunda vez y volver a empezar. Mientras él esperaba que prepararan el encargo, me senté en una mesa junto al ventanal para no quedarnos sin sitio. Fueron unos minutos en los que disfruté recorriendo las mesas con la mirada, como si fueran los fotogramas de una película que me arrancaba sonrisas y estimulaba la imaginación como en el cine mudo.

Al resguardo del mostrador, por la parte que se apoya en la pared, una mesa alargada con ambiente de celebración familiar. De entre pequeños y mayores, destacaba la figura esbelta de la abuela, un rostro enjuto como se adivinaba toda ella, de pelo plateado recién peinado y modales exquisitos; daba cuenta de una royaldeluxe sin perder la verticalidad sobre el plato y atendía los requerimientos de los nietos que la acompañaban en la aventura, cada uno afanado con la suya.

Delante de la nuestra, la mesa de cuatro la ocupaban un matrimonio joven y tres hijos que habían comido más rápido que los padres y ahora les dejaban hablar, sin reclamar su atención. El padre, con el bocado a mitad de camino entre el plato y la boca, escuchaba con atención a la madre, como si a su alrededor no hubiera nada más que ella.

En el rincón, una mesa medio escondida por las de al lado, la ocupaba una pareja de adolescentes en estado puro. Esperaban el pedido, no tenían nada que hacer y mataban el tiempo con gestos y muecas, allí no había conversación. El chaval con cara de cansado, gesto de aburrimiento y pelo desordenado tapándole la cara, adoptaba una posición entre sentado y tumbado. Ella mejor arreglada y bien sentada, lo miraba con ojos de “todo lo que haces me encanta”.

Al otro lado del panel, dos pequeños que casi no llegaban al tablero, gozaban con las patatas fritas que untaban en la salsa, bien sujetas por la punta para acertar al llevarlas a la boca. Sus padres seguían atentos cada movimiento de aquellos críos, para quienes la felicidad de todo el mundo se concentraba en el estuche de nuggets y patatas que tenían delante.

Con este ambiente, no parece que nadie nos prestara atención, ni cuando delante de la pantalla estudiábamos el menú, ni cuando sentados junto a la ventana nos comimos una auténtica Big Mac, ni cuando se nos pasó la hora hablando, ni cuando recogimos los restos al contenedor y salimos a la calle. Nos despedimos; antes de separarnos me giré hacia el restaurante; a través de los ventanales bajos se veían los grupos que habíamos dejado. Volví a sonreír, quién me iba a decir que pasaría un rato tan agradable entre hamburguesas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

25/03/26

Esperando la primavera

Esperando la primavera

El sábado nos despertó con cara de pocos amigos; el cielo cubierto de nubarrones feos nos ocultaba el sol y el aire enfriado por la nieve que ha vuelto a cubrir la sierra en estos días diluía las ganas de paseo. El tiempo desapacible aconsejó modificar los planes y buscar alternativas de interior, consolando el ansia de naturaleza con miradas a través del ventanal. Pero ¡ay el domingo! el domingo nos sorprendió vestido de fiesta y nos invitó a salir, a empaparnos de luz y sol, a recorrer calles, plazas y parques, a disfrutar del perfume de la primavera que asoma, de los colores vivos que salpican los jardines y anuncian su llegada.

Tan pronto como pude, salí con el ánimo contagiado del ambiente que había contemplado desde la ventana, calzado con las botas andariegas en dirección a la Casa de Campo, un parque generoso en rutas y extenso de perímetro. Allí se cruzaban los caminantes y los ciclistas, los corredores y los excursionistas; solitarios, en pareja o en grupo; en animada conversación o enfundados en su música; quienes bien abrigados y otros en manga corta. El contraste de temperatura entre el sol y la sombra era propio de estos días marceros; aguanté un buen rato hasta que el calor corporal pedía desprenderse de alguna prenda. Aproveché para conectar los cascos y distraerme con noticias. Sintonicé una emisora que se recibía con nitidez y acoplé el ritmo de los pasos con la respiración en modo automático. El locutor hablaba con rapidez, el tono un poco alto, pronunciación impecable; daba gusto oírle. Contaba la agitación que tenían en la redacción para atender a todos los eventos del día, cargado de noticias de sumo interés. Ya sean las elecciones a la presidencia de un Club, las votaciones autonómicas de una parte del país o la ceremonia de los Oscar y, a la vez, pendientes de lo que pasa en el conflicto del Golfo. El estado de alerta que me provocaba la invasión de noticias en tono de alarma, de superimportante, de no te lo puedes perder, chocaba con la paz que me aportaba la caminata y el contacto con la naturaleza que me rodeaba. Opté por desconectar y centrarme en la belleza que contemplaba a cada paso. En el collage de la vida encontramos alegrías y tristezas, armonías y contradicciones. Y ahora tocaba aprovechar el despuntar de la primavera que estamos esperando.  Me permití retocar la poesía que una monja carmelita nos regaló en tiempos de pandemia:

“Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Para que recorra las calles de nuestros pueblos ahora soleados, colgando en nuestros balcones la magia de sus geranios. Que deje su sonrisa esculpida en nuestros campos, pintando nuestros jardines de verde, de rojo y blanco. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando llegue nos verá en las calles, en los barrios, podrá escuchar en el parque el paso de los ancianos, y el bullicio siempre alegre de los chiquillos jugando. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando estalle jubilosa llenando de puntos blancos los almendros, los ciruelos, los jazmines, los naranjos… una lluvia de azahar refrescando nuestros patios. Y vea que a la Virgen la engalanan para el Paso, tejiendo una alfombra a sus pies con pétalos y con nardos. Si sabrá la primavera que ya la estamos soñando… Asomados al balcón de la Esperanza, esperamos como nunca, que ella vuelva y nos regale el milagro de ver florecer la vida que cada día nace en nuestras manos… ¡Bienvenida, primavera! Hueles a incienso y a ramos, con tu traje de colores y los cantos de tus pájaros. Ven a pintar de azul-cielo esta tierra que habitamos. ¿No sentís que en este mundo algo nuevo está brotando? Si será la primavera que está apresurando el paso…»

A última hora de la tarde me acerqué a casa de Teresa y Roger para llevarles un recado que tenía desde hacía días. Estaban en plena operación cena, con María en brazos sin hacer mucho caso al biberón y Pablo en su silla alta, chapurreando un idioma ininteligible para mí, dando golpes con la cuchara como quien no está por la labor de lo que ahora toca. La calma y sonrisa de los padres para atenderles a ellos y a la visita, me hizo pensar que allí también están esperando la primavera.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18/03/26

La madre de Gabriel

La madre de Gabriel

La madre de Gabriel estaba abatida, se le esfumaba el escaso resto de esperanza que la sostenía después de un año de sufrimiento por la agonía y la muer­te anunciada de su único hijo varón; nacido nueve años después de la cuarta hija, de al­guna manera era más su hijo, quizá porque le había he­cho redescubrir su propia maternidad, cuando ya en su interior había enterrado para siempre esa riqueza de su cuerpo y de su espíritu.

Mucho antes de que el diagnóstico se instalara en su casa como huésped incómodo, ya había frecuentado espacios de sufrimiento. Todas las semanas acompañaba a unas amigas a vi­sitar la cárcel y hacer un rato de compañía a las reclusas. Y también a una residencia a dar de comer a unas enfermas ancianas y desahuciadas. Allí aprendió que el amor es más que un sentimiento cuando te lleva a la entrega y que no hay mayor libertad que la de elegir acompañar al que sufre.

Desde el primer momento, los médicos les hablaron con una claridad casi cruel: visto lo avanzado del proceso, las probabilidades de detener la expansión del tumor y de una curación eran escasas; cualquier medida que se le quisiera aplicar no tendría más utilidad que la de prolongar la agonía del pequeño. Se resistieron a aceptar la derrota sin in­tentar antes todo lo que estuviera a su alcance, y deci­dieron poner en marcha una auténtica batalla contra el enemigo.

Vinieron horas y horas de suspiros en hospitales y clínicas. El marido después de las primeras reacciones de ternura, se agobió con el lento avanzar de la enfermedad, se refugió en el trabajo, se alejó con viajes y la dejó. Ella decidió quedarse. En la soledad de las salas de espera, soportó el dolor del hijo y el aguijón de la culpa por si algún error pasado habría sembrado la semilla del mal. Incluso tuvo que cargar con el reproche cruel de un esposo que le recordaba que él «ya había sugerido abortar».

Con el tumor del hijo crecía también el cansancio y el agotamiento de la madre. El abandono del marido le resultaba despiadado y había perdido hasta las fuerzas para sublevarse. No era muy creyente, desde joven había borrado cualquier referencia a Dios en su vida; pero una tarde de vuelta de unas compras, pasó por delante de la Catedral y más como una sonámbula que como una persona consciente, cruzó el umbral. Sin sabérselo explicar, se en­contró arrodillada, contemplando un Crucificado. Y comenzó a hablar en voz alta sus pe­nas y angustias. No sabía muy bien lo que hacía, ni a Quien se dirigía, pero tenía clara conciencia de que nadie le había acogido jamás con brazos tan abiertos. Desde lo alto de la cruz el Cristo parecía dispuesto a escucharle y ofrecerle la fuerza que necesitaba para ser el trono de carne y hueso que su hijo necesitaba.

Aquel 5 de enero, la tarde estaba tem­plada, y el cielo completamente al raso. Al cruzarse su mirada con el gesto suplicante de Gabriel, la madre no lo dudó. Bien arropado, con su mejor abrigo y su ropa más elegante, Gabriel se vio en brazos de su madre camino del puente como en años anteriores.

La Cabalgata de los Reyes Magos se acercaba y la comitiva de Melchor tardaría po­co en aparecer. Gabriel comenzó a agitarse levemente; ya no sentía el transcurrir del tiempo, y sólo conseguía hacer un esfuerzo para que el paso del Rey Mago no le encontrase con los ojos cerra­dos. Convertido en un leve conjunto de huesos, la madre notó que el cuerpo de su hijo se volvía más ligero, como si se preparara para elevarse. Le hizo señas a su madre para que lo alzara un po­co; y cuando vislumbró que el refulgor estaba muy cer­ca de sus ojos, con un hilo de voz, le dijo al Rey Mago: Melchor, yo también voy a ver a Jesús.

La madre contuvo las lágrimas. El recuerdo del naci­miento de su hijo le invadió la imaginación, la mente, todo su espíritu. No olvidaría nunca su suave y dulce adiós. Hizo un gesto a su hija, y volvieron rápidas a casa.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

11/02/26

Este relato es una adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”, capítulo “Una pregunta a Melchor”.

 

Vivir confiado

Vivir confiado

Pasaba unos días en el pueblo a finales del verano. Una tarde salí a dar un paseo. Me senté al borde de una piedra, los pies colgando, el horizonte allá lejos. Estaba sólo pero no aislado. La vista infinita que contemplaba abrió las puertas del corazón y me llevó con el pensamiento a recorrer rincones y personas queridas.

En mi casa aprendí a vivir confiando en las personas; las puertas estaban siempre abiertas. Sólo se cerraban cuándo había miedo. Así viven algunas personas, encerradas en sí mismas por miedo: a la enfermedad, al fracaso, al cambio, al que no piensa como tú. Suelen ser pesimistas, tristes. En contraste con aquellas otras que se abren a los demás con generosidad; su cara refleja alegría.

Me acordé de Martin, un chavalín de año y medio que ya llevaba tres operaciones por una anomalía de nacimiento. Su tía -una religiosa que encarna el ángel visible, siempre pendiente de los demás- me avisó con tiempo para que rezara antes de la última intervención porque se presentaba complicada. Al acabar, enseguida me puso al corriente, cinco horas de quirófano y toda la esperanza del mundo a flor de piel.

Me envió una foto recortada para salvaguardar la privacidad y centrar la atención en un gesto que cautiva: la mano diminuta del hijo agarra suavemente un dedo del padre. Lleno de tubos, el niño duerme confiado en que lo tiene allí, a su lado. El padre no le ha evitado el dolor de la operación, pero su compañía le conforta.

Unas voces a mis espaldas me confirmaron que estaba en la tierra y que el reloj no se había detenido; había que desandar el camino antes de que oscureciera. De regreso hice el propósito de que si un día me encuentro con Martín -su tía me dice que crece sano-, le agradeceré que me haya enseñado lo mismo que mis padres: a vivir confiado.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

28/01/2026

Me importas tú

Me importas tú

Guardo el recorte del periódico en la carpeta de historias permanentes, de las que no pierden actualidad; esas con las que disfrutas de nuevo como en la primera vez, o quizás un poco más porque en cada lectura descubres un matiz que antes te ha pasado desapercibido. No importa saber el desenlace, da lo mismo conocer el final de la historia; aquí el espóiler no trunca el interés por la lectura, más bien al contrario, porque te permite prestar atención a la frase, centrarte en la expresión, sin las prisas por llegar al “punto y aparte” para comenzar un nuevo párrafo.

Abrir la carpeta donde guardo esos recortes es como subir al desván; una vez que abres la puerta, la magia del recuerdo te envuelve y estimula la imaginación en cada objeto que te sale al paso para revivir, volver a vivir, las historias que conforman tu vida como losas de granito del camino firme que has recorrido hasta aquí. Brotan de nuevo los sentimientos de aquella primera ocasión que, al pasar ahora por el tamiz de la experiencia, mejoran el propósito y refuerzan la voluntad de solar con nuevas piezas el sendero hacia el horizonte que a cada uno espera.

Mientras esperaba que llegara la hora de ir a misa con la familia, me senté a ojear el periódico; estaba de invitado y, aunque me sentía en mi casa, hay momentos en que nada puedes hacer. El mes de diciembre estaba avanzado, de eso hace seis años, por eso no me sorprendió el título de la columna “cuento de navidad” firmado por Francisco Robles. Leía los primeros párrafos con mediano interés, el suficiente para no desconectar guiado por la curiosidad de encontrar algo que justificara la atención prestada. Y apareció hacia el final del párrafo donde parecía que todo se iba al garete: “… y no hace falta que traigas nada, ni vinos de reserva ni champán del bueno, porque lo único que quiero es que vengas tú”. Me removí en el sillón, abrí un poco más las hojas del diario para acercarlas a la vista y volví a deletrear despacio “porque lo único que quiero es que vengas tú”.

Allí estaba con las piernas cruzadas, los brazos en cruz sosteniendo el papel y la cabeza repitiendo “me importas tú por encima de todo lo demás; aunque no hubiera “lo demás”, me sigues importando”. ¡Nos vamos! y salimos todos. Más tarde, la mesa se quedaba pequeña para acoger a las bisabuelas, hijos y nietos; las risas y lloros se sobreponían a los villancicos que la televisión emitía sin que nadie le prestara atención; la conversación, de momento, no era fácil. Los dos iban y venían a la cocina con la alegría de tenernos allí. Cuando se sentaron, la tele enmudeció, los peques se calmaron y en aquel momento de paz, una de las bisabuelas incoó una oración de acción de gracias y en recuerdo de los ausentes.

Como decía el cuento, aquel piso no era un apartamento de lujo ni el frigorífico una despensa gourmet. Pero hubiera pavo o mortadela en la mesa me iba a dar lo mismo, porque el cuento se había hecho realidad. Cada uno de los que allí estábamos, percibía aquel “me importas tú”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

10/12/25