Jun 24, 2026 | Escritos
Aquel mes de octubre de 1972, las mañanas amanecían inusualmente frescas en Barcelona. Sin embargo, el martes día 10, era bien temprano y estaba sudando. El lunes me había presentado en el departamento de personal del banco y me asignaron una sucursal en el Paseo de Gracia. Era mi primer día de trabajo y quería asegurar la puntualidad. Madrugué, tomé el metro, equivoqué la salida y me desorienté. Por fin encontré el lado de los impares y empecé a caminar con desasosiego, comprobando que de un número a otro había varios portales y me entraron sudores de inquietud por si llegaba tarde. A eso se sumó la majestuosidad de los edificios, los espacios infinitos y las prisas de la gente; aquel cóctel fue difícil de digerir para un chaval recién llegado del pueblo y me tuve que parar, respirar hondo y esperar a que se pasara el mareo.
El recorrido se me hizo familiar; no era consciente de que pasaba por delante de algunos edificios representativos del modernismo, que se concentraban en la misma manzana de aquella ancha avenida: la casa Batlló, la casa Amatller, la casa Lleó Morera o la casa Mulleras. Cuando la confianza me ayudó a pasear relajado, descubrí los escaparates y las fachadas de los edificios. Me sorprendía la joyería Bagués y los mosaicos en la fachada de la casa Battló. Además, la sucursal del banco estaba frente a la casa Milá, más conocida por La Pedrera, otro edificio singular que atraía muchos visitantes. Por entonces me hablaron de Antonio Gaudí y me familiaricé con su historia. Algunos domingos iba a misa a la cripta de la Sagrada Familia y a la salida contemplaba las cuatro torres y la única fachada levantada. Más adelante, frecuentamos el Parque Güell con los chavales de la catequesis de Can Serra, un barrio de L´Hospitalet de Llobregat; el dragón, la figura más conocida del Parque, pasó a ser como uno más de nuestros juegos.
En las obras de Gaudí abundan los elementos vegetales y animales de la naturaleza, en formas generalmente curvas que revestía con trozos irregulares de cerámica, vidrio o mármol de colores brillantes y duraderos que en las superficies ondulantes potencian el brillo y los efectos plásticos. A esta técnica se le conoce como trencadís, uno de sus sellos más personales. Veía en esos trozos de distintos colores la belleza de la arquitectura; era una metáfora perfecta de su obra: la unión de mil fragmentos humildes para crear un conjunto glorioso y luminoso.
Cuando el Papa visitó Madrid a principios de junio, tuve la oportunidad de asistir al encuentro en el estadio Santiago Bernabéu. Era la primera vez que accedía después de la transformación integral que ha tenido; la aproximación al estadio, el acceso, el recorrido por los pasillos y la vista de las gradas desde la boca, me transportaron a aquellos primeros recorridos por el Paseo de Gracia. Desde mi puesto, dejé transcurrir el tiempo hasta que llegó el Papa recorriendo con la vista las gradas a rebosar de puntos diminutos, piezas de colores brillantes. Cada peregrino en su asiento, era como un trozo irregular de cerámica que se adaptaba a la forma curva y ondulante de la grada. La luz matizada al atravesar la cubierta retráctil producía destellos luminosos al impactar con cada uno de aquellos puntitos; el movimiento de los abanicos daba vida a la superficie multicolor, un vaivén pendular imaginario. La unión de aquellos setenta mil fragmentos humildes, unidos por la argamasa del cariño al Santo Padre, creaban un conjunto glorioso inspirado en la técnica del trencadís. Me resultó familiar, noté la presencia de Gaudí en el Bernabéu
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/06/2026
Jun 17, 2026 | Escritos
A las cinco de la tarde, cuando Lorenzo cae a plomo sobre los pobladores de nuestro hemisferio sin amortiguadores que suavicen su impacto, nos presentamos en la zona donde el Papa iba a visitar el Centro de Cáritas. Por la mañana salió el comentario en el desayuno, uno de los presentes -que no aprobó el curso de profeta- aventuró que seguramente habría poca gente porque el recorrido no estaba bien anunciado y propuso asistir para rescatar la convocatoria de la soledad profetizada. Allí nos presentamos con el coche bien repleto en la confianza de que sería fácil aparcar y esperar a la sombra. Cuando hicimos el giro a la derecha para enfilar la avenida que sube en cuesta los quinientos metros hasta la entrada del Centro, nos vimos envueltos de una multitud de asistentes a un lado y otra multitud de policías al otro que nos impidió detenernos; obligados a continuar hasta que el cordón de seguridad se diluyó, nos alejamos del epicentro lo suficiente como para que empezara a sobrevolar la sensación de fracaso. Mis acompañantes se apearon y anduve callejeando hasta encontrar un hueco para el coche. Renuncié a encontrarme con ellos y avancé poco a poco, abriéndome paso entre las gentes estáticas, satisfechas de una posición que les reportaba la esperanza de alcanzar su deseo. Llegue a la altura de la fachada de la iglesia que también visitaría el Santo Padre. El templo estaba en lado sombra, al público nos tocaba en frente, lado sol, bien juntitos para aprovechar el espacio, sin huecos por los que se colara un suspiro de aire; la espesura humana se extendía a derecha e izquierda hasta donde la vista alcanzaba, que por estar en un cambio de rasante tenía una visión amplia. Quedaba una hora y los ánimos estaban como si la llegada fuera inminente. A la derecha, un grupo peruano de Chiclayo amenizaba la espera con cantos y flauta dulce; algunas de ellas vestidas con traje típico de falda ancha con vuelo, camisa blanca y sombrero. A la izquierda, un grupo parroquial se decantaba por corear frases que manifestaban el cariño al Papa. Una simple cinta señalizadora sujetada de árbol en árbol, hacía de baliza para fijar la línea que no debíamos traspasar; el policía asignado en aquella zona, alto como una de las torres de la Sagrada Familia que a los tres días veríamos por la tele, nos miraba sonriente y atento, entre la seriedad del trabajo encomendado y la familiaridad que se respiraba en el grupo; bajo la gorra y tras las gafas oscuras, se escondía un tipo avezado en estas lides que nos cuidaba como ángel de la guarda. Cuando ya había pasado casi una hora, le vimos abalanzarse sobre la acera y se armó un poco de revuelo. Atento como estaba a cada uno de nosotros, advirtió que una de las peruanas cargadas de ropa se desvanecía y llegó a tiempo de sujetarla hasta que sus compañeras la pudieron asistir. Con agua, abanicos y cariño, se recuperó enseguida. Detrás de mí se apostó un joven negro, alto como dos cabezas por encima de la mía, de sonrisa generosa; acerté a situarle cuando una joven estirada de pelo rizado, dos filas por delante, se giró para saludarle; le señaló el rosario blanco que resaltaba en su mano negra, se hablaron con la mirada más que con las palabras y continuaron en su posición. La espera y el sol hicieron mella y se oyeron algunos lamentos “y encima igual no lo vemos”; otro le respondió “pues al menos habremos rezado por él”. En uno de los giros y movimientos necesarios para desentumecer los músculos, me llamó la atención una familia apartada de las primeras líneas; aquel joven matrimonio había buscado la sombra de un árbol para proteger a las tres niñas, que se entretenían jugando con la tierra del alcorque. A mi lado, una señora bajita agotaba el frasco de la paciencia y empezaba a refunfuñar por cualquier cosa: la señal de tráfico que le tapaba la vista, la señora que tenía el baile san vito y la ponía nerviosa, los cantos que no la dejaban oír; aún con todo nos hizo reír en una de aquellas salidas de cascarrabias, cuando un señor a su lado se pulverizó agua para refrescarse y una parte le cayó a ella “oiga, a ver si apunta bien que me ha caído a mí toda ¡para una vez que me pinto!»
El ruido de las motos, los helicópteros sobrevolando, los policías tensos en sus puestos y el grito esperado ¡que llega el Papa! La comitiva entró en la calle del Centro de Cáritas, algunos vimos un punto blanco bajar del coche que nos ayudó a rezar con más intensidad y de nuevo la espera abonada de comentarios y suposiciones. Nadie sabía lo que iba a pasar, pero nadie se movió de su sitio. La periodista de una televisión asentada en nuestra zona, nos informaba de lo que veía a través de su pantalla. Acabó la actuación, el Papa entró un momento en la iglesia y a la salida, nos saludó desde la balconada que protege la escalera. La gente a mi alrededor me superó en fuerza y entusiasmo para lanzar muestras de cariño hasta que el último rastro de los acompañantes del Papa desapareció avenida abajo.
Lentamente fuimos marchando, como quien no quiere renunciar a lo vivido, alargando la vivencia sobre el terreno hasta que la realidad se impone. No tenía prisa, recuperar el coche y los amigos me llevaría tiempo y allí estuve disfrutando del impacto que me había producido sentirme en medio de una muchedumbre que vibraba de cariño por el Papa, uno más entre muchos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/06/2026
Abr 8, 2026 | Escritos
Las hierbas altas que habían crecido a los lados del camino me acompañaban en el paseo del sábado, sin destino fijo. Me recordaban las procesiones que hemos vivido unos días antes, largas filas de pie en las aceras señalando el recorrido por las calles, Quizás por eso, en mi soledad buscada, rememoraba la jota del encuentro cantada desde el balcón del Ayuntamiento a la Madre que llora frente a su Hijo cargado con la cruz, abajo en la plaza: Madre mía dolorosa / la noche de Martes Santo / cuando encuentras a tu Hijo / te deshaces en un llanto. Resentía el aire frío del miércoles por la noche -ese cierzo helador que algunos tenemos el gusto de conocer desde la cuna- cuando acompañamos al Cristo que visita las ermitas de la parte vieja en el vía crucis del silencio. Resonaban bien cerca aún, los tambores, bombos y trompetas en la procesión del Entierro, llevado a hombros y paso lento hasta depositarlo en el sepulcro simulado, sellado ante los mayordomos de las cofradías que aseguran el cuidado del mayor tesoro. ¿Y si todo acabara aquí? ¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos discípulos desorientados, desnortados? Llegó el sábado con un chorro de luz sin filtro, el sol calentó la calle y las gentes salimos a festejar la Resurrección anunciada por las bandas con un redoble de fiesta que llena todos los rincones de la noche. Vuelve la vida, el campo se abre a mi alrededor lleno de verde, bajo la capa azul sereno del cielo despejado; verde y azul espiritual, verde y amarillo vivo de pinceladas sueltas, verde y rojo amapola, verde y plata del río embalsado, verde y ocre de tierra yerma, verde y rosa pálido del cerezo en flor, verde y amarillento pardo de las lastras de arenisca salpicadas de musgo, verde y beige de la piedra que sostiene el lentisco. ¿Y si todo hubiera acabado allí? Aquí ha vuelto la vida, la naturaleza lo canta en un himno de olor y color que llena el silencio de la tarde. Y pone a vibrar los corazones: del que me contaba con emoción que su mujer se había volcado con él para suplir las limitaciones que padece por un traspiés tonto; del que compartía la alegría de que tras un calvario laboral, su hija había recobrado la paz; del que dedica tiempo y esfuerzo en resolver necesidades primarias de inmigrantes transeúntes; del matrimonio que no se imagina la vida sin el otro y se lo dicen mirándose a los ojos delante de mí; de los abuelos jóvenes que han renunciado a viajar por acoger hijos y nietos y te lo dicen con sencillez; del que pone el broche a una semana agotadora, después de horas y horas de ensayos, con el orgullo de haber servido a su pueblo; de quien ante el Monumento en una iglesia apartada, decide renunciar algo bueno desde un punto de vista humano, porque quiere que su corazón vuele más alto.
¿Y si todo hubiera acabado allí? Pues el hombre no estaría de nuevo de paseo por la Luna, ni la naturaleza nos mostraría su belleza en cada estación, ni el corazón del hombre se llenaría de ambiciones nobles que le hacen progresar. Amar el mundo y amar a Dios, es la idea central de una de las últimas canciones de una conocida artista que está en boca de todos; otros lo han dicho de otras maneras también acertadas, pero ella le ha puesto música y suena mejor. Hemos llegado al Domingo de Resurrección.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/04/26
Mar 25, 2026 | Escritos
Que tenemos que quedar, que a ver cuándo nos vemos… y pasaban las semanas sin aterrizar el propósito. Por fin encontramos la oportunidad hace un par de sábados y nos citamos a comer en la terraza de un bar junto al parque, con horas por delante para ponernos al día. Pero el día se puso feo, tapado, con un ligero viento que desaconsejaba sentarse al exterior y amenazaba lluvia. No estábamos dispuestos a luchar contra los elementos, así que nos fuimos al McDonald’s que había al otro lado de la calle. Al fin y al cabo, lo que queríamos era hablar a la par que matar el gusanillo de mediodía.
El local era una planta baja que se barría de un vistazo, con ambiente cálido por el tipo de público que llenaba casi todas las mesas. Nos plantamos delante del panel de autoservicio con cara de expertos, como quien maneja con soltura ese modo impersonal de pedir en un restaurante de comida rápida. Hay un prurito a quedar mal si ante un quiosco digital tienes que leer las instrucciones y vas lento al marcar. Pero ni a Iñaki ni a mí nos importó tener que anular la operación por segunda vez y volver a empezar. Mientras él esperaba que prepararan el encargo, me senté en una mesa junto al ventanal para no quedarnos sin sitio. Fueron unos minutos en los que disfruté recorriendo las mesas con la mirada, como si fueran los fotogramas de una película que me arrancaba sonrisas y estimulaba la imaginación como en el cine mudo.
Al resguardo del mostrador, por la parte que se apoya en la pared, una mesa alargada con ambiente de celebración familiar. De entre pequeños y mayores, destacaba la figura esbelta de la abuela, un rostro enjuto como se adivinaba toda ella, de pelo plateado recién peinado y modales exquisitos; daba cuenta de una royaldeluxe sin perder la verticalidad sobre el plato y atendía los requerimientos de los nietos que la acompañaban en la aventura, cada uno afanado con la suya.
Delante de la nuestra, la mesa de cuatro la ocupaban un matrimonio joven y tres hijos que habían comido más rápido que los padres y ahora les dejaban hablar, sin reclamar su atención. El padre, con el bocado a mitad de camino entre el plato y la boca, escuchaba con atención a la madre, como si a su alrededor no hubiera nada más que ella.
En el rincón, una mesa medio escondida por las de al lado, la ocupaba una pareja de adolescentes en estado puro. Esperaban el pedido, no tenían nada que hacer y mataban el tiempo con gestos y muecas, allí no había conversación. El chaval con cara de cansado, gesto de aburrimiento y pelo desordenado tapándole la cara, adoptaba una posición entre sentado y tumbado. Ella mejor arreglada y bien sentada, lo miraba con ojos de “todo lo que haces me encanta”.
Al otro lado del panel, dos pequeños que casi no llegaban al tablero, gozaban con las patatas fritas que untaban en la salsa, bien sujetas por la punta para acertar al llevarlas a la boca. Sus padres seguían atentos cada movimiento de aquellos críos, para quienes la felicidad de todo el mundo se concentraba en el estuche de nuggets y patatas que tenían delante.
Con este ambiente, no parece que nadie nos prestara atención, ni cuando delante de la pantalla estudiábamos el menú, ni cuando sentados junto a la ventana nos comimos una auténtica Big Mac, ni cuando se nos pasó la hora hablando, ni cuando recogimos los restos al contenedor y salimos a la calle. Nos despedimos; antes de separarnos me giré hacia el restaurante; a través de los ventanales bajos se veían los grupos que habíamos dejado. Volví a sonreír, quién me iba a decir que pasaría un rato tan agradable entre hamburguesas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
25/03/26
Mar 18, 2026 | Escritos
El sábado nos despertó con cara de pocos amigos; el cielo cubierto de nubarrones feos nos ocultaba el sol y el aire enfriado por la nieve que ha vuelto a cubrir la sierra en estos días diluía las ganas de paseo. El tiempo desapacible aconsejó modificar los planes y buscar alternativas de interior, consolando el ansia de naturaleza con miradas a través del ventanal. Pero ¡ay el domingo! el domingo nos sorprendió vestido de fiesta y nos invitó a salir, a empaparnos de luz y sol, a recorrer calles, plazas y parques, a disfrutar del perfume de la primavera que asoma, de los colores vivos que salpican los jardines y anuncian su llegada.
Tan pronto como pude, salí con el ánimo contagiado del ambiente que había contemplado desde la ventana, calzado con las botas andariegas en dirección a la Casa de Campo, un parque generoso en rutas y extenso de perímetro. Allí se cruzaban los caminantes y los ciclistas, los corredores y los excursionistas; solitarios, en pareja o en grupo; en animada conversación o enfundados en su música; quienes bien abrigados y otros en manga corta. El contraste de temperatura entre el sol y la sombra era propio de estos días marceros; aguanté un buen rato hasta que el calor corporal pedía desprenderse de alguna prenda. Aproveché para conectar los cascos y distraerme con noticias. Sintonicé una emisora que se recibía con nitidez y acoplé el ritmo de los pasos con la respiración en modo automático. El locutor hablaba con rapidez, el tono un poco alto, pronunciación impecable; daba gusto oírle. Contaba la agitación que tenían en la redacción para atender a todos los eventos del día, cargado de noticias de sumo interés. Ya sean las elecciones a la presidencia de un Club, las votaciones autonómicas de una parte del país o la ceremonia de los Oscar y, a la vez, pendientes de lo que pasa en el conflicto del Golfo. El estado de alerta que me provocaba la invasión de noticias en tono de alarma, de superimportante, de no te lo puedes perder, chocaba con la paz que me aportaba la caminata y el contacto con la naturaleza que me rodeaba. Opté por desconectar y centrarme en la belleza que contemplaba a cada paso. En el collage de la vida encontramos alegrías y tristezas, armonías y contradicciones. Y ahora tocaba aprovechar el despuntar de la primavera que estamos esperando. Me permití retocar la poesía que una monja carmelita nos regaló en tiempos de pandemia:
“Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Para que recorra las calles de nuestros pueblos ahora soleados, colgando en nuestros balcones la magia de sus geranios. Que deje su sonrisa esculpida en nuestros campos, pintando nuestros jardines de verde, de rojo y blanco. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando llegue nos verá en las calles, en los barrios, podrá escuchar en el parque el paso de los ancianos, y el bullicio siempre alegre de los chiquillos jugando. Si sabrá la primavera que la estamos esperando… Cuando estalle jubilosa llenando de puntos blancos los almendros, los ciruelos, los jazmines, los naranjos… una lluvia de azahar refrescando nuestros patios. Y vea que a la Virgen la engalanan para el Paso, tejiendo una alfombra a sus pies con pétalos y con nardos. Si sabrá la primavera que ya la estamos soñando… Asomados al balcón de la Esperanza, esperamos como nunca, que ella vuelva y nos regale el milagro de ver florecer la vida que cada día nace en nuestras manos… ¡Bienvenida, primavera! Hueles a incienso y a ramos, con tu traje de colores y los cantos de tus pájaros. Ven a pintar de azul-cielo esta tierra que habitamos. ¿No sentís que en este mundo algo nuevo está brotando? Si será la primavera que está apresurando el paso…»
A última hora de la tarde me acerqué a casa de Teresa y Roger para llevarles un recado que tenía desde hacía días. Estaban en plena operación cena, con María en brazos sin hacer mucho caso al biberón y Pablo en su silla alta, chapurreando un idioma ininteligible para mí, dando golpes con la cuchara como quien no está por la labor de lo que ahora toca. La calma y sonrisa de los padres para atenderles a ellos y a la visita, me hizo pensar que allí también están esperando la primavera.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
18/03/26