A las cinco de la tarde, cuando Lorenzo cae a plomo sobre los pobladores de nuestro hemisferio sin amortiguadores que suavicen su impacto, nos presentamos en la zona donde el Papa iba a visitar el Centro de Cáritas. Por la mañana salió el comentario en el desayuno, uno de los presentes -que no aprobó el curso de profeta- aventuró que seguramente habría poca gente porque el recorrido no estaba bien anunciado y propuso asistir para rescatar la convocatoria de la soledad profetizada. Allí nos presentamos con el coche bien repleto en la confianza de que sería fácil aparcar y esperar a la sombra. Cuando hicimos el giro a la derecha para enfilar la avenida que sube en cuesta los quinientos metros hasta la entrada del Centro, nos vimos envueltos de una multitud de asistentes a un lado y otra multitud de policías al otro que nos impidió detenernos; obligados a continuar hasta que el cordón de seguridad se diluyó, nos alejamos del epicentro lo suficiente como para que empezara a sobrevolar la sensación de fracaso. Mis acompañantes se apearon y anduve callejeando hasta encontrar un hueco para el coche. Renuncié a encontrarme con ellos y avancé poco a poco, abriéndome paso entre las gentes estáticas, satisfechas de una posición que les reportaba la esperanza de alcanzar su deseo. Llegue a la altura de la fachada de la iglesia que también visitaría el Santo Padre. El templo estaba en lado sombra, al público nos tocaba en frente, lado sol, bien juntitos para aprovechar el espacio, sin huecos por los que se colara un suspiro de aire; la espesura humana se extendía a derecha e izquierda hasta donde la vista alcanzaba, que por estar en un cambio de rasante tenía una visión amplia. Quedaba una hora y los ánimos estaban como si la llegada fuera inminente. A la derecha, un grupo peruano de Chiclayo amenizaba la espera con cantos y flauta dulce; algunas de ellas vestidas con traje típico de falda ancha con vuelo, camisa blanca y sombrero. A la izquierda, un grupo parroquial se decantaba por corear frases que manifestaban el cariño al Papa. Una simple cinta señalizadora sujetada de árbol en árbol, hacía de baliza para fijar la línea que no debíamos traspasar; el policía asignado en aquella zona, alto como una de las torres de la Sagrada Familia que a los tres días veríamos por la tele, nos miraba sonriente y atento, entre la seriedad del trabajo encomendado y la familiaridad que se respiraba en el grupo; bajo la gorra y tras las gafas oscuras, se escondía un tipo avezado en estas lides que nos cuidaba como ángel de la guarda. Cuando ya había pasado casi una hora, le vimos abalanzarse sobre la acera y se armó un poco de revuelo. Atento como estaba a cada uno de nosotros, advirtió que una de las peruanas cargadas de ropa se desvanecía y llegó a tiempo de sujetarla hasta que sus compañeras la pudieron asistir. Con agua, abanicos y cariño, se recuperó enseguida. Detrás de mí se apostó un joven negro, alto como dos cabezas por encima de la mía, de sonrisa generosa; acerté a situarle cuando una joven estirada de pelo rizado, dos filas por delante, se giró para saludarle; le señaló el rosario blanco que resaltaba en su mano negra, se hablaron con la mirada más que con las palabras y continuaron en su posición. La espera y el sol hicieron mella y se oyeron algunos lamentos “y encima igual no lo vemos”; otro le respondió “pues al menos habremos rezado por él”. En uno de los giros y movimientos necesarios para desentumecer los músculos, me llamó la atención una familia apartada de las primeras líneas; aquel joven matrimonio había buscado la sombra de un árbol para proteger a las tres niñas, que se entretenían jugando con la tierra del alcorque. A mi lado, una señora bajita agotaba el frasco de la paciencia y empezaba a refunfuñar por cualquier cosa: la señal de tráfico que le tapaba la vista, la señora que tenía el baile san vito y la ponía nerviosa, los cantos que no la dejaban oír; aún con todo nos hizo reír en una de aquellas salidas de cascarrabias, cuando un señor a su lado se pulverizó agua para refrescarse y una parte le cayó a ella “oiga, a ver si apunta bien que me ha caído a mí toda ¡para una vez que me pinto!»

El ruido de las motos, los helicópteros sobrevolando, los policías tensos en sus puestos y el grito esperado ¡que llega el Papa! La comitiva entró en la calle del Centro de Cáritas, algunos vimos un punto blanco bajar del coche que nos ayudó a rezar con más intensidad y de nuevo la espera abonada de comentarios y suposiciones. Nadie sabía lo que iba a pasar, pero nadie se movió de su sitio. La periodista de una televisión asentada en nuestra zona, nos informaba de lo que veía a través de su pantalla. Acabó la actuación, el Papa entró un momento en la iglesia y a la salida, nos saludó desde la balconada que protege la escalera. La gente a mi alrededor me superó en fuerza y entusiasmo para lanzar muestras de cariño hasta que el último rastro de los acompañantes del Papa desapareció avenida abajo.

Lentamente fuimos marchando, como quien no quiere renunciar a lo vivido, alargando la vivencia sobre el terreno hasta que la realidad se impone. No tenía prisa, recuperar el coche y los amigos me llevaría tiempo y allí estuve disfrutando del impacto que me había producido sentirme en medio de una muchedumbre que vibraba de cariño por el Papa, uno más entre muchos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

17/06/2026

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