Jul 9, 2025 | Escritos
“No sé si aún me recuerdas / nos conocimos al tiempo / tú, el mar y el cielo…” Sonó la inconfundible voz del grupo La Oreja de Van Gogh y me agarré fuerte al volante para saborearla. El fin de semana en el pueblo había sido fecundo en recuerdos por cuenta de mi madre. Apoyada en mi brazo y su bastón, recorrimos las calles al ritmo que le permiten sus muchos años, quizás para darle tiempo a contar la historia que le sugiere cada rincón. Asombra la frescura y el detalle con el que cuenta cada una de las vivencias guardadas en los repliegues del corazón.
Ahora la canción volvía a poner en primer plano los recuerdos. Conducía con tranquilidad por una carretera de rectas interminables, por en medio de sembrados maduros que el sol de atardecer bañaba de luz dorada: “Más de cincuenta veranos / hace hoy que no nos vemos / ni tú, ni el mar, ni el cielo…” Volver la mirada a lo pasado sin nostalgia, sin entorpecer el presente, sin anclarnos en el antes; revivir aquel momento, hacerlo presente de nuevo para disfrutarlo es volver a vivir. Ese sentido positivo del recuerdo me llevó a la historia que cuenta Ernesto Juliá en un libro titulado “Desde la ribera”.
“Pedro era tan buen abogado como tímido para las relaciones sociales; de joven tan apenas consiguió salir más de un mes seguido con dos o tres conocidas y en vista del escaso entendimiento, decidió centrarse en el trabajo. Recién estrenada la decena de los sesenta, una tarde le asaltó una duda y consultó el libro de derecho penal que usaba en la facultad. Entre las hojas encontró una nota escrita a mano, firmada por Rosa “espero que los apuntes te sean útiles”. Se quedó pensativo ¿quién era? Repasó mentalmente los nombres de clase y no encontró ninguna Rosa. A la mañana se despertó con esa inquietud y quiso averiguar de quien se trataba. Llamó a Ramón, antiguo compañero de Derecho; entre los dos localizaron tres chicas en la clase con ese nombre. Supuso quien de ellas era la de la nota; aunque su relación con ella no había pasado de conversaciones esporádicas sobre los estudios, recordó que durante un tiempo se ponía colorado cuando sus miradas se cruzaban. Aquel papel algo desvaído le despertó inquietudes dormidas; se sorprendió cuando la idea de llamarla le empezó a rondar con frecuencia. Sonó el teléfono ¿está la señora? “un momento” contestó una voz de niña de siete años, se oyó correr por el pasillo ¡abuela, supongo que preguntan por ti! ¿Rosa? soy Pedro de la facultad ¿Pedro? No conozco… La conversación no fue fácil porque a Pedro no le salían las palabras; fue ella quien a base de preguntas unió el lazo deshecho al acabar la carrera. Rosa se había trasladado a otra ciudad, donde enviudó hacía diez años; con cinco hijos, todo este tiempo había sido intenso, muy dedicada a sacar la familia adelante. Ahora, la última hija estaba a punto de casarse y la dejaría sola. Volvieron a hablar al cabo de un mes, aunque a ella la imagen de Pedro le acompañó esos días al recordar que, durante un tiempo en la facultad, se fijaba en aquel chico discreto y le hacía tilín. Quedaron en verse y al regreso, los nietos notaron que la abuela sonreía con cara de felicidad. No tardaron en conocer la historia y en aplaudir cada vez que la veían arreglarse para la visita. Recibió la aprobación de todos los hijos cuando insinuó la posibilidad de boda. Nadie habló de nuevas ramas en troncos viejos, ni de locura colectiva. La ceremonia se celebró con sencillez y desbordada emoción cuando el novio y la abuela se miraron a los ojos para decir el ¡sí quiero! ante Dios”.
Bien podría sonar para ellos el estribillo “Más de cincuenta veranos / hacía hoy que no nos vemos / tú, el mar y el cielo…”
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/07/25
May 28, 2025 | Escritos
Pues entonces quedamos el lunes a las ocho y diez de la mañana; recuerde que tiene que venir en ayunas. Había salido de una reunión para atender la llamada. Dije que sí sobre la marcha para no entretenerme y, nada más colgar, me di cuenta de que no era el día apropiado. Conseguí no darle más vueltas y volví a centrarme en la reunión.
No recuerdo cuando empecé a notar que los lunes mi biología se resiste y se hace la remolona. Al final todo queda en nada, porque tampoco recuerdo algún lunes que haya salido tarde. Sólo que durante la mañana me delata la expresión ridícula que acompaña a la seriedad excesiva.
Con el añadido de la visita al ambulatorio, estaba cantado que el arranque de aquel sería más espeso. Puse algo más de empeño sin mejorar la situación. La puerta se me escapó al cerrar y dio un portazo. El portón del garaje se abrió con la lentitud habitual, pero me dio la sensación de que lo hacía con algo más de parsimonia. La rotonda recoge mucha circulación y cuesta incorporarse a esas horas, pero tuve la impresión de que habían soltado todos los coches a la vez. En el mostrador del vestíbulo pregunté a dónde debía dirigirme y percibí una contestación amorfa, carente de toda empatía. En la sala de espera opté por saludar con la mirada para ahorrar palabras, pero me pareció que todos apuntaban al suelo con la suya. Citaron mi nombre y pasé; me recibió una enfermera menudita, vivaracha, que se movía con una agilidad impropia de un lunes tan temprano. Se aseguró de que mi identidad correspondía con la de los tubitos que había preparado. Saludó a otra enfermera que entró a retirar un material y se rieron, algo incomprensible para mí en ese momento, lejos de intuir que la sonrisa es capaz de levantar el estado de ánimo del tipo más alicaído. ¿Derecho o izquierdo? me preguntó. “Me da lo mismo”, le contesté sin palabras con el gesto instantáneo de subir los hombros hasta media cabeza. Pues entonces el izquierdo, dijo con la sonrisa dibujada en el rostro como quien disfruta con lo que está haciendo. Cuando ya estaba todo preparado, se detuvo y me habló mirándome a la cara ¿está preocupado? “Un poco” ¿no será por el pinchazo? Disimulé con un “no” entre dientes. Le veo muy serio y esto no es para tanto. Y con la misma sonrisa continuó contándome chascarrillos intrascendentes, arrancándome contestaciones cada vez un poco más largas, hasta que encontramos puntos en común a partir de una estampa de la Virgen de su pueblo que dieron paso una conversación amena y me reí con ella.
Cuando salí, las personas que estaban esperando respondieron al saludo que les dirigí; “que tenga buen día” le dije al señor de recepción y me devolvió la contestación con una sonrisa como si fuera alguien distinto al que me había recibido. En la rotonda me costó entrar, como otros días, pero no me di cuenta porque iba tarareando una tonadilla que me había recordado la enfermera. Cuando llegué al trabajo tardé en encontrar aparcamiento, como cada día, pero tuve la impresión de que lo había conseguido enseguida. En la oficina vi caras de martes o miércoles y, desde luego, la mía ya no era de lunes. Caí en la cuenta de que ellos eran los de siempre, que las cosas estaban sucediendo como casi todos los días y que, si alguien había cambiado, ese era un servidor.
Se dice que la sonrisa es el detonante para un posible entendimiento; que la persona generosa suele regalar sonrisas porque le entusiasma hacer felices a los demás. Y me había pasado a mí, que salí del ambulatorio contagiado por la sonrisa de la enfermera.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/05/2025
Abr 30, 2025 | Escritos
(Recuerdos autobiográficos)
Los domingos comían despacio porque estaba su padre y había más platos: garbanzos con arroz, gallina con patatas y manzanas que les daba su tía (su padre no tenía frutales en el campo). Pero a Joselín le costaba aguantar sentado hasta el final; medio sentado, medio de pie, comía el postre inquieto, porque hacía tarde; sólo la paga le frenaba; esperaba con ansiedad el momento en que su madre sacaba el monedero del armario y repartía la paga a los dos hermanos. Y eso no sucedía hasta que no hubiera pasado el parte. A su padre le gustaba oír la radio, las noticias, y sólo los días que comía en casa podía escuchar el parte del mediodía. En ese momento bajaban la voz y escuchaban en silencio: “Al oír la última señal serán las catorce horas treinta minutos: pí, pí, pííí; Radio Nacional de España, diario hablado del mediodía”. A los pocos minutos, el ambiente se relajaba y Joselín volvía a los nervios, las prisas, la paga. Ahora recibía un duro, ¡una fortuna! Se acordaba de cuando le daban tres pesetas, luego pasaron a cuatro y ahora ¡cinco! En ese momento, su padre fingía una suave protesta porque él no tenía paga. Joselín marchaba corriendo, contento con su duro, después de besar alocadamente a su madre y con cuidado a su padre: el padre de Joselín se afeitaba los domingos por la tarde.
Los domingos después de comer iba al cine; ahora ya podía ir a butaca con sus amigos. Hasta entonces iba siempre a general, porque butaca valía cuatro pesetas. Pero aquel domingo no iba al cine; había fútbol y en el fútbol el señor de la puerta les dejaba pasar después de que había empezado el partido y ya no entraba más gente. Era buen hombre y conocía a un amigo de su padre; cuando llevaban un buen rato esperando y no molestaban, les daba lástima y los dejaba pasar a general, en el sol.
Ese domingo tenía prisa por llegar el primero a jugar a canicas, antes de ir al fútbol; si no llegaban los primeros, los mayores les quitaban el guá y no podían jugar en el rellano de piedra. Las escaleras de la Parroquia eran de losas grandes y tenían un descanso amplio, con guás arañados en la piedra en los que ya había jugado su padre, cuando vivió en el pueblo antes de marchar al campo, porque en la guerra una bomba les dejó sin casa.
Era primavera, el sol de aquella hora temprana apelmazaba el ambiente de la tarde, el silencio de la siesta amortiguaba el inoportuno ruido de un motor o los gritos de algún chiquillo que bajaba la calle corriendo en busca de la golosina esperada toda la semana. A ras de suelo, la partida reunía a Joselín y sus amigos alrededor del guá. Su madre le reñía por las rodillas, por las puntas peladas de los zapatos buenos del domingo, por los bolsillos del pantalón corto siempre cargados de bolas. Joselín tenía buena puntería y estilo propio; tenía buen ganar y buen perder, por eso no le faltaban amigos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
30 de abril de 2025
Abr 9, 2025 | Escritos
¡Por fin en casa! es el suspiro que me salió al abrir la puerta y notar en la cara la caricia de la brisa familiar que flota en el ambiente nada más dar el primer paso en el vestíbulo. El tipo que se reflejaba en el espejo del mueble perchero se parecía un poco al que salió por la mañana, le daba un aire. Eso me recordó que mejor pararse un instante, respirar hondo, arreglarse el pelo, la ropa y sonreír para ir al encuentro de la pandilla.
Después de la cena, un buen rato de sobremesa hasta que el “buenas noches” de unos y otros va minorando la conversación y el silencio se adueña del salón. Repasé el correo personal y me detuve en un vídeo que me enviaba Pedro: te va a gustar, te conozco,,, y no dura ni medio minuto. Con esa recomendación no dudé en darle al play: es de un partido de fútbol entre chavales de seis años; uno de los jugadores, después de sacar de banda se gira para abrazar a su hermano de tres años que le está animando; luego sigue corriendo con la jugada. La escena es supersimpática y cariñosa. La repetí dos veces más y me vino el recuerdo de una conversación de aquella mañana con un profesor del colegio:
“Fíjate cuanto trabajo tienen, que muchos días no puede ni llamarme a media mañana”. Es lo que me decía Jorge al referirse a su mujer; Marina trabaja en la UCI de un hospital grande.
“Cuando tiene turno de día, hablamos un instante en el momento que para a tomar un café”. Jorge y Marina tienen veintisiete años de matrimonio, dos hijos en la universidad y un algo que les brilla en los ojos cuando se miran.
Me impactó la importancia que para ellos tiene esa llamada. Fue una manifestación de cómo el cariño encuentra cualquier resquicio para manifestarse, sin descuidar lo que estamos haciendo. Puede ser con el marido, con la mujer, con Dios… o con un hermano, como en el vídeo que acababa de ver por tercera vez.
¡Ese futbolista es mi héroe! Y de mayor… será como Jorge.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/04/25
Abr 2, 2025 | Escritos
Después de tantos días de lluvia sin ver el sol, el ánimo andaba un tanto replegado; aunque uno pone buena voluntad de su parte, faltaba la ayuda que presta la naturaleza para alegrarnos la vida; echaba en falta el cielo limpio que te llena de luz y produce el mismo efecto que un sorbo de energía.
Me entretuve en el trabajo más de lo previsto, se había hecho tarde y regresaba a casa con ganas de llegar cuanto antes, con esas prisas que a uno le entran de estar con los suyos. La circulación estaba espesa, la jornada había sido intensa y llevaba tensión acumulada. Por si fuera poco, se encendió la luz del aviso de la gasolina. El drama estaba servido, en esa situación cualquier tontería se eleva a la categoría de tragedia. En mi interior resonaron dos voces: la primera me recordaba que era tarde, que estaba cansado, que me esperaban en casa, que mejor madrugar al día siguiente y pasar por la gasolinera. Estaba convencido de que tenía razón y había que hacerle caso. Pero entonces se oyó la segunda que me recordaba que mejor ahora, que si me desviaba un poco, encontraría una gasolinera en el camino y así me ahorraría el susto por la mañana. Triunfó la segunda todavía no sé por qué, giré a tiempo, di un pequeño rodeo y la encontré en un plis plas.
Era el único cliente, parece que me estaban esperando. Enseguida me atendió un empleado joven que me recibió con un amable “buenas noches” para, a continuación, ofrecerme un tipo de gasolina que tiene mejor rendimiento y … No presté atención a todo lo que me decía, porque no estaba para muchas historias y quería acabar pronto aquella operación. Me salió un “no gracias” sin pensarlo demasiado, algo seco. No se lo tomó a mal y con la misma cara alegre continuó “¿y qué tal el día?”
La pregunta me pilló dando vueltas a mis asuntos. Le miré, sonreía a la espera de una respuesta con la intención de sacarme de mi encierro y provocar una conversación mientras se llenaba el depósito. Me sorprendió que, a esas horas, alguien se interesara por mí. Respiré hondo para evitar una frase evasiva, empecé con un “bien, nada especial” y acabé contándole un par de anécdotas que me habían sucedido en el colegio. Nos reímos y él también respondió con un chascarrillo divertido. Cuando regresé de pagar estaba con otro cliente, levantó la vista y con un gesto expresivo se despidió “que descanse”.
Llegué a casa con el ánimo cambiado, como si el sol tan esperado hubiera salido en aquellas horas de la noche; fue fácil sonreír cuando al oírme entrar, alguien a quien le importo y que me esperaba preguntó desde el fondo del pasillo ¿qué tal el día?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
02/04/25