Aprender a escuchar

Aprender a escuchar

Julio es un joven padre de familia, al que los hijos le han hecho madurar algo más rápido que a sus compañeros de clase. Se le nota por fuera, aunque le trae sin cuidado que se lo digamos; pero sobre todo se le nota cuando habla, cuando opina, cuando aconseja, cuando cuenta su día a día sin alardes. Disfruta con su trabajo de médico y le encanta trabajar en urgencias, porque considera que es allí donde mejor puede vivir a fondo su vocación profesional. Es uno de los habituales al desayuno tempranero de los sábados, un encuentro semanal que mantiene viva la llama de la amistad del grupo del instituto; es inflexible con la hora de marchar, porque le espera la logística con la pandilla de casa y la lista de la compra. Conversador ameno, pero sobre todo buen provocador de conversación y consigue que los demás hablen porque se sienten escuchados, virtud que le acompaña tanto con los amigos, como en casa o en el hospital.

El último día contaba el caso de un matrimonio mayor que llegó a urgencias en busca de un informe que necesitaban. En la recepción trataron de explicarle que allí no se lo podían hacer y le daban indicaciones para que se dirigieran al sitio adecuado. La mujer estaba tensa, no atendía a razones, resoplaba, se movía inquieta como quien se encuentra ante un muro insalvable. Afloraron los nervios, surgieron las críticas y se le escapó alguna amenaza. El hombre tenía la mirada ausente, de vez en cuando decía frases inconexas.

Julio pasó por allí, se dio cuenta de que algo no funcionaba y ofreció su colaboración. Ella, asustada, agobiada, volvió a pedir el informe con maneras destempladas. Se los llevó a una consulta, la escuchó y poco a poco volvió la calma. María y Juan llevan 80 años largos a la espalda y algo más de 50 de casados. A él le afecta una demencia progresiva y los últimos meses han sido muy difíciles. Sus hijos fuera, ella le cuida y se ocupa de todo. Está agotada; quiere estar junto a él, pero no puede atenderle como necesita y los dos empeoran. Ha decidido llevarle a una residencia y le piden un informe.

Julio habló por teléfono con la trabajadora social y quedaron para el día siguiente; se ofreció para ayudarles en todo lo que necesiten. Durante la conversación, María acariciaba la mejilla de su marido mientras le decía “y tú serás siempre mi Juan”. Se despidieron, apoyado en el umbral del despacho, los vio alejarse de la mano y pasar por el mostrador para pedir disculpas y dar las gracias porque ya estaba solucionado.

Después, Julio añadía que, con el tiempo, en su trabajo ha aprendido dos cosas; la primera que hay personas que cuando te hablan, por dentro piensan “Sólo te pido que me escuches; no hace falta que me des consejos, ni que me cuentes una historia que conoces parecía a la mía. Sólo pido que me escuches”. Y la segunda, que a esas personas se les cura con la escucha y eso no se despacha con una receta para la farmacia; hace falta algo de tiempo y algo de actitud. Y eso cuesta, pero con un poco de buena voluntad y otro poco de esfuerzo, se aprende a escuchar.

 

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

10/06/2026

El gotero

El gotero

Le llamé para saber lo que le había dicho el médico, una visita programada en la revisión anterior después de la operación. “Me han ingresado otra vez”; aparentemente todo iba bien, pero ya se ve que sólo en apariencia porque el galeno no dudó en retenerlo cerca. Se abrió una temporada larga de visitas diarias al caer la tarde, cuando la actividad en los pasillos da paso a la tranquilidad y en las habitaciones se hace la calma.

El primer día, antes de subir a la planta, pasé por la capilla. Me cautivó el recogimiento, la paz, el silencio de aquel lugar, con una luz centrada en el sagrario que invitaba a rezar. Allí me quedé un rato y pedí por los enfermos, por sus familias, por todo el personal que los cuida. Repetí en cada visita y así llegaba al encuentro con las pilas cargadas

Las conversaciones de aquellos días hicieron mella en los dos; nos sumergimos en temas que allí venían rodados y que fuera parecen forzados. En el hospital, al lado de los enfermos, la vida adquiere otra dimensión, los problemas de la calle son menos problemas; la importancia se pone en otros asuntos. El ruido de la calle, las prisas de la gente, los conflictos permanentes que nos ofrecen los medios de comunicación, vistos desde la ventana del hospital sujetado a un gotero, son de un calibre diminuto. Se considera el silencio por encima de la distracción, convertida en el valor por antonomasia en contraposición al silencio, un mal del que hay que huir por el medio que sea. Se valora la actuación de profesionales que, al interés por cumplir un contrato, añaden un cariño que sitúan la relación humana en un nivel superior. La sonrisa no puede ser impuesta por un reglamento, pero transforma lo que podría ser un lugar frío en un espacio acogedor. Se agradece la compañía por amistad, por amor, porque sí, sin reglas, porque quiero, porque te quiero; y porque en la calle, sin amor y sin amistad las relaciones se dirimen con tribunales y abogados, en una deriva progresiva hacia la judicialización de la vida social. El amor, la amistad, no surge del miedo, de la imposición, si no de la voluntad; ama el que quiere. Se descubre el error de confundir felicidad con bienestar, porque con frecuencia esta depende del dinero y el dinero no se puede compartir, si no repartir; y entonces vienen las discordias (como pasa en las herencias) y en la discordia nadie es feliz.

Celebramos el día que le dieron el alta, pero tanto o más celebramos que la enfermedad nos hubiera brindado la oportunidad de bucear en intimidades que la calle no propicia. Y es que la vida se ve distinta desde la ventana de un hospital, sujeto a un gotero.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

03/06/26

El rosal de Doña Encarna

El rosal de Doña Encarna

Doña Encarna era mi maestra de párvulos en la escuela de la calle Alta; un caserón viejo del Ayuntamiento, que usaba de almacén en la planta baja. En el primer piso tenía dos aulas grandes con el suelo de madera crujiente y techos muy altos; o a lo mejor es que nosotros éramos muy bajitos. En la clase de al lado estaba doña Julia; en el recreo siempre estaban juntas, pero luego nunca nos mezclaban, eran dos mundos distintos, dos modos de trabajar. La una cariñosa; la otra exigente. Con doña Encarna, hacíamos el mes de mayo: en ese mes, cada día uno de nosotros traía unas flores y se las ponía a la Virgen; antes de salir por la tarde, nos juntaba alrededor de la imagen y le cantábamos a coro con un ligero balanceo. Después de la primera comunión pasé con don Emilio y de allí al Instituto. Aquellas angelicales prácticas quedaron desplazadas por letras y números, a veces acompañados de un palmetazo que te devolvía a la realidad si te quedabas distraído. Nuevas ilusiones impulsaban a salir corriendo hacia el cole, otras emociones nos esperaban fuera de clase; y así los días se vivían intensos.

Pasa el tiempo y descubres que en tu interior hay un almacén como el del Ayuntamiento en la planta baja de la escuela de la calle Alta; y que allí hay recuerdos de vivencias que saltan a la superficie cuando el diapasón de la vida entra en sintonía con ellos. Ahora que el jardín nos ofrece un abanico de rosales, y en el paseo disfruto de sus formas, olores y colores, se me ilumina la cara con la sonrisa del párvulo que canta el mes de mayo. Con la fresca de la mañana, la tijera corta aquí y allá, para adornar un rincón, alegrar la mesa o acompañar una imagen.

De entre todos, hay un rosal que me atrae de un modo especial; lo plantaron muy al principio, escondido, apartado, rodeado de vegetación. Por una mezcla de descuido y abandono, se estropeó el riego; pasó sed de agua y hambre de cariño. Pero era recio, resistió el envite y se sobrepuso. Desde entonces sólo saca tres o cuatro rosas en toda la temporada, una tras otra, nunca dos a la vez. Valen su peso en oro: aterciopeladas, vistosas, olorosas. Cuando me acerco a saludarlo, se enorgullece de ofrecerme su rosa, se contonea y susurra la canción del mes de mayo, aquella que cantábamos los pequeños alumnos de doña Encarna.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

13/05/26

Juntos en Aranjuez

Juntos en Aranjuez

El Concierto de Aranjuez es la obra más importante de toda la literatura musical española, compuesta por el maestro Joaquín Rodrigo, interpretada en todo el mundo por grandes solistas que la han elevado a la categoría de obra maestra mundial; de paso, ha despertado el interés por conocer la ciudad. A mitad de camino entre Madrid y Toledo, en la confluencia de los ríos Tajo y Jarama, Aranjuez ha crecido favorecida por su entorno natural y situación estratégica, lugar de descanso para la monarquía española que le dio un impulso notable a partir de la mitad del siglo XVIII con las modas y gustos del último barroco italiano.

La visité por primera vez en el 2000, acompañado de Monto, Pepe y Xavi que estaban de paso por Madrid. Después he vuelto en otras ocasiones, pero es aquella primera vez la que siempre me viene al recuerdo cuando he de hablar de Aranjuez.

Eso mismo le pasó al maestro Rodrigo, cuando pasó la luna de miel en Aranjuez a principios de 1933 y atesoró recuerdos del sonido de las fuentes, los paseos por la ribera del Tajo, el canto de los pájaros y el perfume de las magnolias. En 1938 el famoso guitarrista Regino Sáinz le propuso que escribiera un concierto para guitarra, técnicamente difícil para conseguir que el sonido de la guitarra no quede tapado por la orquesta. Mientras regresa a París, le da vueltas al reto y se le ocurre establecer un diálogo entre la guitarra y la orquesta, alternando el sonido de una y otra. Sería una obra en tres tiempos con el título el Concierto de Aranjuez para evocar los años de esplendor del sitio real, en la que volcaría los recuerdos de su primera estancia. Con esto tenía resuelta la técnica, pero no la temática de la obra.

Joaquín había nacido en Sagunto en 1901, era el menor de diez hermanos; a los tres años, un brote de difteria le dejó ciego. Fue a un colegio de niños ciegos y a partir de los siete años empezó a recibir clases de solfeo, piano y violín. A los 22 años acabó la carrera de piano, a los 23 estrenó su primera obra. A los 26 decide seguir los pasos de grandes músicos a los que admiraba y se marcha a París para seguir sus estudios. En los ambientes musicales parisinos conoce a Falla, Ravel y Stravinski. En 1929 le presentan a la pianista Victoria Kamhi (nacida en Constantinopla) con quien se casa en 1933 y se quedan a vivir en Valencia. La familia de Joaquín entra en bancarrota y el matrimonio vuelve a París. En 1939 sucede el fatal desenlace, el peor momento de su vida: su hijo nace muerto y su mujer muy enferma puede morir. Rodrigo aparece muy abatido por la situación, ya que su mujer era todo para él: la luz de sus ojos, compañera inseparable, la más asidua colaboradora que le ayudaba a transcribir las obras que escribía en braille. Fueron momentos de soledad y tristeza por la pérdida del hijo, pero también de esperanza por ver recuperarse a su mujer. Fue entonces cuando le surge el 2º movimiento de la obra de un modo natural y espontáneo mientras pide dos cosas a Dios: que cuide de su hijo y que no se lleve a su mujer. De las noches pasadas en el hospital con ella, resuena en su mente el pulso del latido del corazón que marcaba un monitor en la habitación. Con ese incesante sonido de la frecuencia cardiaca metido en su cabeza, Rodrigo experimenta lo que llama una experiencia sobrenatural, un momento de inspiración inexplicable; toda la melodía del tempo lento del adagio le brota en su mente sin interrupción. Comienza con la guitarra emulando los sonidos del corazón. Continúa un diálogo entre Joaquín que es la guitarra y Dios que es el grueso de la orquesta: le increpa, le reprocha a Dios, le manifiesta su incomprensión por la muerte de su hijo y la situación en que se encuentra su mujer. La orquesta acaba imponiéndose al hilo melódico de la guitarra, oscureciendo, ensombreciendo el lamento de la guitarra, aunque ella insiste en su pesar una y otra vez. Pasado el punto álgido, la cumbre de este movimiento, llega el monologo final de la guitarra, un fragmento de gran virtuosismo, un pasaje de puro llanto y rabia por lo sucedido que culmina con la calma de la aceptación, con un Joaquín que queda en paz con Dios.

La obra se estrenó en Barcelona en 1941 con gran éxito y a partir de 1950 empezó a difundirse por todo el mundo. Fueron años de mucho trabajo y grandes reconocimientos para el maestro Rodrigo. En medio de tanta actividad y éxitos, también se hizo presente el dolor. A veces entraba en depresiones; en todas sus obras intentó capturar el alma y transformarla en notas; para componer tantas obras desde el corazón, se requiere entrar muy dentro del alma y allí, en ocasiones, la oscuridad genera desasosiego. Cuando Joaquín volvía a salir a la luz, encontraba a su mujer esperándole con una sonrisa.

Vicky, como él la llamó siempre, había dejado su carrera como pianista para estar a su lado, no sólo como esposa si no como la colaboradora más importante: le inspiraba, le ayudaba en la mayoría de las piezas y le hacía de copista. Fue sus ojos hasta el último instante, para leerle noticias o describir el color y forma de las cosas. Unos días antes del fallecimiento de ella en 1997, aún se les ve tocando el piano a cuatro manos.

El maestro Rodrigo nos ha dejado un legado musical universal y un ejemplo de vida de superación; a pesar de las dificultades vivió con pasión y alegría entregado a la música y a su mujer, sostenido por su fe en Dios.

Falleció dos años después de su mujer, en 1999 a punto de cumplir los 98, y fueron enterrados juntos en Aranjuez.

 

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

06/05/26

Una vida entregada

Una vida entregada

A mi tía Ignacia, la hermana de mi abuelo materno, le añadíamos el apelativo cariñoso y familiar de “la monja”, para distinguirla de la otra Ignacia, hermana de mi madre. Desde muy joven tuvo claro que quería ser monja de clausura, esos misterios que no se explican de modo racional, porque no era una familia especialmente religiosa ni había tenido un trato intenso con las monjas del pueblo. Su padre volvió enfermo de la guerra de Cuba y murió joven, dejando viuda y cinco hijos. El campo daba de comer a base de jornadas duras y muchas horas de sol a sol; para ellos no hubo excepción. La madre debió hacer un “máster en administración de escasos recursos en condiciones adversas”, porque de estar en segunda línea, fuera de los focos como era lo habitual en aquellas mujeres, pasó a ser la administradora eficaz que sacó la familia adelante. Llegaron los años de abandonar el nido y uno tras otro se casaron José, Rafael, Magdalena y Pilar. Lo de que Ignacia quería ser monja lo tenían todos claro y estaban por la labor; ella se había hecho el compromiso interior de no ingresar en religión mientras viviera la madre. Fue un descanso para todos y una alegría verla atender la casa y cuidar a la madre hasta el último suspiro. Optimista, activa, directa y cariñosa, era la tía de todas las sobrinas que acudían a ella en busca de consejo y a depositar confidencias. Marchó al monasterio cisterciense cuando estaba para cumplir los treinta años. El primer recuerdo que tengo de ella es de una visita que le hicimos cuando mi hermano hizo la primera comunión; el último, quince años más tarde cuando fui a verla con mi hermana. En medio, le escribí muchas cartas que me dictaba mi abuela; además de cuñadas, eran buenas amigas. “Querida Ignacia, espero que al recibo de la presente estés bien como nosotros, gracias a Dios. Sabrás que…” así empezaban todas las cartas, que para mí acababan con premio: la propina que me daba mi abuela, además de un mantecado y un vaso de gaseosa. Las visitas, las cartas, los recuerdos que mi madre cuenta de ella con frecuencia, se sostienen en una imagen risueña, de alegría serena, de interés por todos, de buenos consejos. La última vez, en el convento nuevo a las afueras de Zaragoza, nos acompañó hasta la puerta apoyándose en el bastón, con pasos cortos y aire de despedida.

El sábado pasado estuve en la ceremonia de profesión solemne de una religiosa de clausura en la orden de la Merced. Después de siete años de formación y discernimiento, de entregas temporales, llega la consagración definitiva, la confirmación del sí para siempre. Con la entrega del anillo y el escudo con la cadena, se convirtió en monja de pleno derecho; cuando se dio la vuelta para recibir el abrazo de sus hermanas de comunidad, nos emocionó con su alegría radiante disimulada con una mirada vergonzosa y unos pómulos sonrojados. Una a una se acercaron a felicitarla, empezando por las jóvenes postulantes. Cerraba la fila la de más edad, también porque era la más lenta en el andar, caminando despacio con pasos cortos; dejó el bastón a la que le acompañaba para poder entregar un abrazo envuelto en una sonrisa serena.

Aquellas dos mujeres me representaron a mi tía Ignacia, la monja; la una tenía su edad cuando ingresó en el convento, la otra la de la última vez que nos vimos. Entre la una y la otra, una vida de entrega a Dios; apartada del mundo, pero con una presencia notable en el corazón de toda la familia, porque en su corazón estábamos todos. La vida de estas mujeres no es una vida apartada, es una vida entregada.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

15/04/26