Los domingos comían despacio, porque estaba su padre y había segundo plato: garbanzos con arroz, gallina (era su destino cuando dejaban de poner huevos) y manzanas de su tía, porque su padre no tenía frutales en el campo. Pero a Joselín le costaba aguantar sentado hasta el final; medio sentado, medio de pie, comía el postre inquieto, porque hacía tarde; sólo la paga le frenaba; esperaba con ansiedad el momento en que su madre sacaba el monedero del armario y repartía la paga a los dos hermanos. Y eso no sucedía hasta que no hubiera pasado el parte. A su padre le gustaba oír la radio, las noticias, y sólo los días que comía en casa podía escuchar el parte del mediodía. En ese momento bajaban la voz y escuchaban en silencio: “Al oír la última señal serán las catorce horas treinta minutos: pí, pí, pííí; Radio Nacional de España, diario hablado del mediodía”. A los pocos minutos, el ambiente se relajaba y Joselín volvía a los nervios, las prisas, la paga. Ahora recibía un duro, ¡una fortuna! Se acordaba de cuando le daban tres pesetas, luego pasaron a cuatro y ahora ¡cinco! En ese momento, su padre fingía una suave protesta porque él no tenía paga. Joselín marchaba corriendo, contento con su duro, después de besar alegre a su madre, alocadamente y con cuidado a su padre: el padre de Joselín se afeitaba los domingos por la tarde.

Ahora ya podía ir algunos domingos a butaca, con sus amigos. Hasta entonces iba siempre a general, porque butaca valía cuatro pesetas. Pero aquel domingo no iba al cine, porque había fútbol y en el fútbol el señor de las entradas les dejaba pasar cuando ya hacía un rato que había empezado el partido y no entraba más gente. Era buen hombre y conocía a un amigo de su padre; cuando llevaban un buen rato esperando y no molestaban, les daba lástima y los dejaba pa­sar a general, en el sol.

Ese domingo había fútbol, tenía prisa por llegar el primero a jugar a canicas, antes de ir al fútbol; si no llegaban los primeros, los mayores les quitaban el gua y no podían jugar en el rellano de piedra. Las escaleras de la Parroquia eran de losas grandes y tenían un rellano amplio, con guas arañados en la piedra en los que ya había jugado su padre, cuando vivió en el pueblo antes de marchar al campo, porque en la guerra una bomba les dejó sin casa.

Era primavera, el sol de aquella hora temprana apelmazaba el ambiente de la tarde. Sólo algún chiquillo bajaba la calle corriendo, en busca de la golosina esperada toda la semana. A ras de suelo, la partida reunía a Joselín y sus amigos alrededor del gua. Su madre le reñía por las rodillas, por las puntas peladas de los zapatos buenos del domingo, por los bolsillos del pantalón corto siempre cargados de bolas. Joselín tenía buena puntería y estilo propio; tenía buen ganar y buen perder y no le faltaban amigos para jugar al gua.

(Recuerdos autobiográficos, 1964/65)

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

08/07/2026

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