Abr 29, 2026 | Escritos
Puse un mix de música en el ordenador mientras ordenaba la mesa al acabar un trabajo que me había llevado más tiempo del previsto. Estas tardes de abril engañan con su luz alargada, se había hecho tarde. Abrí la ventana, respiré hondo el aire suavemente perfumado con las primeras rosas que despuntan en el jardín y dejé rodar la mirada hasta detenerse en la sierra allá al fondo, salpicada en la cumbre de pinceladas blancas de nieve aún visible, en contraste con el azul disperso de un cielo en retirada. El sonido cálido y melódico de una trompeta atrajo mi atención, abandoné la contemplación del atardecer y me acerqué a la pantalla con la curiosidad nerviosa de quien acude a una cita deseada. Las notas del adagio central de la obra musical El Concierto de Aranjuez, quedaban flotando en el ambiente y me arropaban como si el relente de la noche se anticipara. Allí de pie, con el aliento contenido y la atención centrada en la solista que tocaba el fliscorno con emoción, pasaron unos minutos hasta que el resto de instrumentos de viento-metal de la banda de música pusieron el punto final a la interpretación.
Lo que había sonado era una escena de la película Brasse off (Tocando el viento); la busqué y el siguiente fin de semana la vimos en casa. Ambientada en un pueblo del norte de Inglaterra que vive del carbón, los mineros mantienen viva la tradición de la banda de música desde hace tres generaciones. Aquellos tipos que salen de la mina sin personalidad, todos unificados por el mono amarillo, la cara tiznada y la linterna sujeta al casco, reviven su personalidad diversa por las tardes en el local de la banda de la mina. Horas de ensayo, de hacer sonar la boquilla metálica y mover pistones, válvulas o varas, les convierten en el orgullo de un pueblo que crece con estas manifestaciones culturales.
Frente a mi casa en el pueblo, al otro lado de la plaza, se levanta lo que fue un convento, un caserón singular de líneas sobrias y proporciones destacadas sobre las casas que le rodean. Cuando la desamortización de Mendizábal pasó a propiedad del Ayuntamiento, aunque luego lo cedió a los agustinos, escolapios, franciscanos y finalmente quedó vacío. En mis años de monaguillo, aquellas dependencias tenían el atractivo de lo prohibido. Grandes habitaciones de techos altos, paredes desconchadas y ventanas desajustadas, eran el territorio apetecido para las incursiones secretas. Una restauración acertada y costosa en tiempo y medios, devolvió el edificio a la vida y se dedicó a Casa de la música: en sus dependencias convivían la escuela de música, la banda, la coral y la rondalla. Por la noche, mientras en casa cenábamos tranquilamente (es un decir cuando a la mesa se sientan seres diminutos e inquietos), nos llegaban las notas -repetidas una y otra vez- de la banda que ensayaba hasta muy tarde. El mecánico, un carpintero, otro tendero, varios campesinos, un fontanero, el chapista y unos cuantos más, transformaban el esfuerzo por disfrutar de una afición en una seña de identidad colectiva, en una oportunidad de acercar la belleza de la música al alcance de los vecinos, en un motivo de crecimiento cultural que refuerza la dignidad de la persona.
Desde entonces mantengo encendido el agradecimiento a todos los que dedican su tiempo libre a actividades que benefician a los demás. Por eso conecté con la película de la banda de la mina, por eso me enorgullezco cada vez que en el pueblo veo desfilar la banda de música.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
29/04/26
Abr 8, 2026 | Escritos
Las hierbas altas que habían crecido a los lados del camino me acompañaban en el paseo del sábado, sin destino fijo. Me recordaban las procesiones que hemos vivido unos días antes, largas filas de pie en las aceras señalando el recorrido por las calles, Quizás por eso, en mi soledad buscada, rememoraba la jota del encuentro cantada desde el balcón del Ayuntamiento a la Madre que llora frente a su Hijo cargado con la cruz, abajo en la plaza: Madre mía dolorosa / la noche de Martes Santo / cuando encuentras a tu Hijo / te deshaces en un llanto. Resentía el aire frío del miércoles por la noche -ese cierzo helador que algunos tenemos el gusto de conocer desde la cuna- cuando acompañamos al Cristo que visita las ermitas de la parte vieja en el vía crucis del silencio. Resonaban bien cerca aún, los tambores, bombos y trompetas en la procesión del Entierro, llevado a hombros y paso lento hasta depositarlo en el sepulcro simulado, sellado ante los mayordomos de las cofradías que aseguran el cuidado del mayor tesoro. ¿Y si todo acabara aquí? ¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos discípulos desorientados, desnortados? Llegó el sábado con un chorro de luz sin filtro, el sol calentó la calle y las gentes salimos a festejar la Resurrección anunciada por las bandas con un redoble de fiesta que llena todos los rincones de la noche. Vuelve la vida, el campo se abre a mi alrededor lleno de verde, bajo la capa azul sereno del cielo despejado; verde y azul espiritual, verde y amarillo vivo de pinceladas sueltas, verde y rojo amapola, verde y plata del río embalsado, verde y ocre de tierra yerma, verde y rosa pálido del cerezo en flor, verde y amarillento pardo de las lastras de arenisca salpicadas de musgo, verde y beige de la piedra que sostiene el lentisco. ¿Y si todo hubiera acabado allí? Aquí ha vuelto la vida, la naturaleza lo canta en un himno de olor y color que llena el silencio de la tarde. Y pone a vibrar los corazones: del que me contaba con emoción que su mujer se había volcado con él para suplir las limitaciones que padece por un traspiés tonto; del que compartía la alegría de que tras un calvario laboral, su hija había recobrado la paz; del que dedica tiempo y esfuerzo en resolver necesidades primarias de inmigrantes transeúntes; del matrimonio que no se imagina la vida sin el otro y se lo dicen mirándose a los ojos delante de mí; de los abuelos jóvenes que han renunciado a viajar por acoger hijos y nietos y te lo dicen con sencillez; del que pone el broche a una semana agotadora, después de horas y horas de ensayos, con el orgullo de haber servido a su pueblo; de quien ante el Monumento en una iglesia apartada, decide renunciar algo bueno desde un punto de vista humano, porque quiere que su corazón vuele más alto.
¿Y si todo hubiera acabado allí? Pues el hombre no estaría de nuevo de paseo por la Luna, ni la naturaleza nos mostraría su belleza en cada estación, ni el corazón del hombre se llenaría de ambiciones nobles que le hacen progresar. Amar el mundo y amar a Dios, es la idea central de una de las últimas canciones de una conocida artista que está en boca de todos; otros lo han dicho de otras maneras también acertadas, pero ella le ha puesto música y suena mejor. Hemos llegado al Domingo de Resurrección.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/04/26
Feb 25, 2026 | Escritos
Cuando Laura llegó a la parada, Pablo ya estaba esperando apoyado en la pared con las manos en los bolsillos. Se incorporó para saludarla. Habían quedado con los compañeros de clase y eran los primeros en llegar. Ese miércoles tenían una jornada en la universidad, evento que les mantenía nerviosos conscientes de que estaban a punto de abandonar la zona confortable de la escuela y se adentraban en un territorio por descubrir.
Pablo tenía apariencia de tímido, escondido tras el pelo enmarañado que le tapaba la frente y ocultaba unos ojos negros de mirada serena. Laura le hablaba con desparpajo, acompañaba la palabra con el movimiento airoso de las manos, la barbilla un pelín levantada para facilitar el movimiento de cabeza a un lado y otro, con gracia, para centrar la melena sedosa que le caía hasta media espalda. Se conocieron en primero cuando llegaron con seis años, habían crecido juntos, compartido muchas horas de patio, muchas salidas con la clase, muchas conversaciones. Aunque fuera del cole tenían pandillas distintas, dentro había una querencia a buscarse. La pinta de parado que aparentaba Pablo era simple fachada y Laura lo sabía, lo conocía bien; jugaba al fútbol con un equipo del barrio, tocaba en un grupo musical, daba catequesis en la parroquia y en los estudios sacaba buenas notas a base de esfuerzo para suplir lo que a ella la naturaleza le había regalado con generosidad.
La primera vista del salón de actos resultaba simpática, con los alumnos de cada colegio agrupados por zonas, separados por asientos vacíos que rellenaron los rezagados a costa de estar lejos de los suyos. Para cuando Jaime subió al estrado, el ambiente ya se había caldeado: habían aplaudido varias veces y contestado con “siii” “nooo” cada vez más fuerte. Mientras proyectaba unas imágenes, Jaime les contó que entró a trabajar en el departamento de contabilidad nada más acabar los estudios de FP. Vivía fuera de Madrid, se desplazaba en moto; aquel viernes por la tarde regresaba a casa con una sonrisa amplia bajo el casco. La jefa le había llamado al despacho para hacer un repaso de sus seis primeros meses y le había puesto buena nota; además le esperaban en la fiesta de cumpleaños de un amigo y asistiría Isa, con la que había empezado a salir. Había llamado a su madre para avisarle de que llegaba en media hora y que cenaba fuera. La moto se movía con agilidad, contagiada del buen ánimo del conductor; conocía el camino con los ojos cerrados. No recuerda si los cerró, pero sí recuerda que cuando los abrió no estaba en su casa, ni en la fiesta de cumpleaños. Ambulancias, policía, lío de gente y la moto empotrada contra la pared por un coche. Volvió a nacer y dio gracias por la nueva vida. Siguieron dos años de hospitales, entradas y salidas del quirófano con la incertidumbre del hasta cuándo. Y tocó aprender a vivir de otra manera, ahora sin el brazo bueno. Ocho años después sigue en el departamento de contabilidad, juega a pádel, monta en bici y está recién casado. Aquí la muchachada estalló en una ovación espontánea. Cuando callaron los aplausos, Jaime hizo un silencio e introdujo dos nuevos personajes en la historia. La vida no sólo había cambiado para él; su madre tenía ahora un hijo con otras necesidades; y él no era el chaval completo del que Isa se había enamorado. Su esfuerzo no sólo era comprenderse en su nueva situación, también tenía que comprender a quienes están a su lado y a los que él les ha cambiado la vida.
Pablo se removió inquieto en su asiento, aquel enfoque de Jaime hacia el otro le había descargado una corriente que le recorrió de arriba abajo; quiso compartirlo con Laura que, sentada a su lado, había seguido toda la intervención despreocupada de la melena, atenta a la historia. Vio que las lágrimas le corrían por las mejillas sonrojadas y se mordía el labio inferior en un gesto que podía ser un sollozo retenido o una sonrisa esbozada. Estiró la pierna y posó su pie sobre el de Laura, presionando con suavidad como si de un abrazo disimulado se tratara.
Durante la entrega de diplomas alternada con la intervención de un rapero, se volvieron a oír las risas y acabaron con un fuerte aplauso, como un ¡gracias! sonoro.
El grupo de clase se despidió al salir del metro; Laura y Pablo continuaron juntos hasta la esquina. “Pablo tengo que darle vueltas a lo que nos ha dicho Jaime; me parece que cuando pienso en mi madre, no pienso en ella si no en mí” Y no se atrevió a decirle “y me da que cuando pienso en ti, no pienso en ti si no en mí”. Y guardó la pregunta que iba a continuación, aunque se moría de ganas por conocer la respuesta: ¿y tú?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
25/02/26
Ene 28, 2026 | Escritos
Pasaba unos días en el pueblo a finales del verano. Una tarde salí a dar un paseo. Me senté al borde de una piedra, los pies colgando, el horizonte allá lejos. Estaba sólo pero no aislado. La vista infinita que contemplaba abrió las puertas del corazón y me llevó con el pensamiento a recorrer rincones y personas queridas.
En mi casa aprendí a vivir confiando en las personas; las puertas estaban siempre abiertas. Sólo se cerraban cuándo había miedo. Así viven algunas personas, encerradas en sí mismas por miedo: a la enfermedad, al fracaso, al cambio, al que no piensa como tú. Suelen ser pesimistas, tristes. En contraste con aquellas otras que se abren a los demás con generosidad; su cara refleja alegría.
Me acordé de Martin, un chavalín de año y medio que ya llevaba tres operaciones por una anomalía de nacimiento. Su tía -una religiosa que encarna el ángel visible, siempre pendiente de los demás- me avisó con tiempo para que rezara antes de la última intervención porque se presentaba complicada. Al acabar, enseguida me puso al corriente, cinco horas de quirófano y toda la esperanza del mundo a flor de piel.
Me envió una foto recortada para salvaguardar la privacidad y centrar la atención en un gesto que cautiva: la mano diminuta del hijo agarra suavemente un dedo del padre. Lleno de tubos, el niño duerme confiado en que lo tiene allí, a su lado. El padre no le ha evitado el dolor de la operación, pero su compañía le conforta.
Unas voces a mis espaldas me confirmaron que estaba en la tierra y que el reloj no se había detenido; había que desandar el camino antes de que oscureciera. De regreso hice el propósito de que si un día me encuentro con Martín -su tía me dice que crece sano-, le agradeceré que me haya enseñado lo mismo que mis padres: a vivir confiado.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/01/2026
Dic 31, 2025 | Escritos
Gracias a la insistencia de Miguel Ángel y JoseRa ayer disfruté de un magnífico día en la montaña. Aunque me gusta, mis preferencias deportivas se encaminan por otros derroteros y cuando algo no lo practicas con frecuencia, cuesta ponerse en marcha. Ellos en cambio, salen todas las semanas y lo tienen muy por la mano; por eso lo hacen fácil y me lo pusieron fácil. Fue muy sencillo dejarse llevar y recrearse con los muchos detalles con los que salpican la excursión. Así da gusto y estoy dispuesto a volver.
De regreso, cuando ya los había dejado a cada uno en su casa y conducía sólo, sonó la canción de “carta sin remitente” de Melendi, bien conocida de ocasiones anteriores pero que ahora me llamó la atención cuando dice: “pero siempre te voy a estar / eternamente agradecido / por esas cosas que sin ti / yo solo por mi cuenta, nunca habría aprendido”
Flotaba en mi mundo interior la sensación agradable de la experiencia montañera vivida y el reconocimiento a estos dos que habían puesto los medios para que los acompañara; la canción venía a expresar mi agradecimiento y se la dediqué con una ligera adaptación “por esas cosas que sin vosotros / por mi cuenta no habría vivido”. El semáforo rojo me detuvo al lado de una sucursal bancaria y mira por dónde, la cabeza fue dando saltos de un sitio a otro por asociación de ideas. Y allí apareció el Sr. Burillo con quien compartí los últimos cinco años de mi paso por la banca. Era el director de una oficina de la que me nombraron subdirector, recién estrenados mis primeros veinticuatro años. Todos los empleados, incluido el propio director, eran conscientes de que aquello me venía un poco grande de momento. Todos se daban cuenta menos yo, imbuido de un punto de inconsciencia y atrevimiento propio de quien, por ser joven, el mundo se le hace pequeño. Fueron cinco años de aprendizaje a su lado, de mucha paciencia por su parte para reconducir algún desaguisado que organicé, de hacerme partícipe de decisiones que podía tomar él sólo pero que lo hacía para enseñarme a valorar los distintos aspectos, que aprendiera a levantar la mirada y contemplar más allá de mis narices. Cuando dejé la banca, quien salió por la puerta de aquella sucursal era la misma persona que había entrado, pero muy mejorada. De aquella relación profesional fraguó una amistad personal y familiar; pasé entonces a llamarle José y aunque cambié de ciudad más tarde, estuvimos unidos en la distancia hasta que falleció. El agradecimiento que le profeso se mantiene vivo y por eso sale por los poros en cuanto tiene una oportunidad, como me pasó ayer al juntarse Miguel Ángel, JoseRa, Melendi y una sucursal bancaria.
Otras personas hay en mi vida a quienes tributo sentimiento de gratitud. Hoy, treinta y uno de diciembre, se presta al balance por ser el último día del año y ahí aparecen todas ellas para pedirles perdón por las veces que les fallé y darles las gracias que se merecen por haberme ayudado a ser lo que soy. Y lo hago con la letra y música de Melendi que desde ayer llevo pegada: “pero siempre te voy a estar / eternamente agradecido / por esas cosas que sin ti / yo solo por mi cuenta, nunca habría aprendido”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
31/12/2025