Nov 26, 2025 | Escritos
David sale de madrugada. Estas últimas noches, el cielo está despejado, frío, iluminado por una luna blanca, oronda, que ciega las estrellas. La puerta del garaje se abre pausadamente, ruge el motor y ella sonríe. El coche se asoma despacio, la saluda antes del giro. Su rostro redondo, sereno y alegre, lanza un guiño; se cuela a través del cristal, entra inquieta, se acurruca. En el primer tramo de calles oscuras le ilumina el camino. Ya en la carretera, aumenta la velocidad y se sujeta al asiento, asustada; en el trayecto es confidente, compañera en el rezo. Antes del túnel se apea discreta y le deja, con los suyos que nunca va solo. A la salida ya no está; el cielo, oscuro sin ella, entristece la circulación, hoy espesa. Avanza hacia el este con lentitud, contrapunto del reloj del salpicadero que se mueve con agilidadh. Por entre los bloques altos, en un claro que provoca el parque, la primera luz tenue que anuncia el alba, difumina el negro. A contraluz del suave resplandor, se recortan las siluetas nítidas de los edificios; en breve, los más alejados quedaran bañados de rosicler en su camino hacia la luz completa. Nueva parada, ahora la vista descansa en la foto familiar sostenida por un discreto marco adherido; los repasa uno a uno. No hace tanto que se ha despedido y cómo la echa en falta.
Teresa se levanta pronto, cuando todos duermen aún. Le encanta recorrer el pasillo acompañada del silencio, con la taza caliente entre las manos; piensa en ellos, los ve con los ojos del corazón, los oye en el murmullo del descanso, repasa con cada uno los planes que hablaron anoche, les dicta consejos que de día no podrán oír. Se detiene ante los suspiros de la pequeña, la tos a trompicones de su hermana o el dormir inquieto del mayor. De la habitación del fondo se cuela un resplandor; al poco él sale despacio en un despertar lento, atraído por el olor a café que le guía hasta la cocina. Uno al lado del otro, remueven callados, no hablan, se miran; ella le arregla un pequeño detalle del pelo, él le coge la mano: “cada mañana me cuesta dejarte”. Es la hora, los dos se funden en uno, “cuídate, hasta la noche”; cierra la puerta, apoyada en la espalda, cierra los ojos y respira hondo, ¡guárdalo!
De nuevo el silencio domina la casa; es su tiempo, el momento de leer, de escribir, de hablar con Dios, de preparar el día. Suena el despertador, enciende luces, besa uno a uno, ayuda uno a uno, anima, urge, reprende si es el caso. Mochilas, carteras, abrigos, bufandas, el bolso y el portátil, todo entra en el ascensor.
Antes de pulsar el botón, la pregunta de rutina ¿tenéis todo? Suspira, se contesta bajito “faltas tú”; luego los mira, sonríe y ¡chicos, nos vamos!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
26/11/25
Oct 8, 2025 | Escritos
Levanté la mirada, estaba parado en la puerta sin decirse a entrar. Hice a un lado los papeles y salí a su encuentro. Aquel tipo joven de treintaypocos, alto, moreno, de espaldas anchas y manos más hechas a dar que a pedir, tenía un aspecto abatido.
El amasijo de emociones, tensiones y preocupaciones que traía, ahogaron su voz y en lugar de palabras, la primera expresión fue con lágrimas, no muchas porque se esforzaba por taponar la fuente y se las tragaba antes de salir. Aquel hombrón sentado al otro lado de la mesa bajó la cabeza y cerró los puños en un intento de controlar sus sentimientos; respeté su silencio y acerqué la caja de pañuelos de papel que miró como algo raro que nunca había usado. Respiró hondo, recuperó la serenidad y pidió disculpas con sencillez; incluso hizo una broma por cuenta de la llorera. El acento de alguna de sus expresiones nos llevó a iniciar la conversación hablando de su pueblo; le cambió la cara, le brillaron los ojos y se le soltó la lengua.
Salió de casa por primera vez para ir a la mili; allí dejaba familia, amigos y una moza que no sabía cuánto la quería hasta ese momento. La distancia hizo madurar la relación y al acabar volvió a por ella, decididos a emprender el vuelo por su cuenta. Pero el pueblo no garantizaba el futuro que imaginaba para los suyos y marchó a la capital como avanzadilla para preparar el desembarco. Trabajó duro en la construcción, bien pagada en aquellos años de economía boyante. Malvivía compartiendo habitación, por ahorrar y ofrecer a su futura esposa un estreno digno. Tras el viaje de bodas, alquilaron un piso estrecho y algo oscuro, que a ellos les parecía un palacio. Andaban escasos de espacio, pero sobrados de cariño y de ganas de trabajar para hacer realidad su sueño. En su nuevo empleo de vigilante, por responsable y trabajador le ofrecieron el turno de noche para mejorar el salario; y después le hicieron encargado. A final de mes compartía con su mujer la alegría de una nómina que nunca pudieron imaginar. A la par, ella que empezó con unas horas de limpieza, ya tenía jornada completa. Había llegado el momento de dar el salto a la compra de un piso nuevo; tenían ahorros para dar la entrada y con sus nóminas garantizaban una hipoteca para cubrir el resto. Eran los primeros años del nuevo milenio, cuando los carteles de “nueva promoción de viviendas” se sustituían a los dos días por el de “promoción vendida”. En el barrio unos vecinos les hablaron del colegio y allí matricularon a la hija y a los dos años al pequeño. Llevaban ocho años en la nueva vivienda cuando estalló la crisis; le recortaron categoría, complementos, horas y finalmente se quedó en la calle. Para ese momento, ella también había perdido el empleo.
Ahora vivían de las reservas y se había encendido la luz roja. Si no encontraba trabajo, tendrían que renunciar al piso y marchar al pueblo. Mientras, procuraba que sus hijos no notaran la angustia que le corroía cuando cada día volvía de la calle cargado de negativas. Le dolía el orgullo de padre que no tiene nada que llevar a sus hijos. Y ahora tenía el dilema de los recibos del comedor del colegio. Si los pagaba no alcanzaban a la hipoteca; si priorizaban la hipoteca, renunciaban a la única comida que hacían. Encontramos una solución que le daba tranquilidad para los siguientes meses; marchó agradecido. En junio volvió para despedirse; el apretón de manos y su gesto de bondad me los guardé en un repliegue del corazón.
También a mí me llegó la hora de marchar, aunque vuelvo al colegio con frecuencia. La semana pasada me contaron que aquella familia había pasado a saludar y que después de quince años habían rescatado el piso y volvían para empezar de nuevo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/10/25
Sep 17, 2025 | Escritos
Los primeros capítulos de la nueva vida de Laura y Ramón transitaron por caminos distintos a los del guion de la novela que habían soñado el día de su boda, de eso hacía trece años. La alegría del primer embarazo llamó enseguida a la puerta y María se presentó con una parálisis desde la cintura a los pies. El segundo fue Javier, un síndrome de Down precioso y simpático que tenía su propio código de comunicación. Laura y Ramón se abrazaron a la realidad como se hace con quien más quieres en esta vida y la alegría de sus rostros era el resplandor del cariño que se respiraba en aquella casa. Después, Pedro, Carmen y Pablo llenaron los escasos huecos que quedaban en el piso, con un derroche de vitalidad que cubría su cupo y el de los dos mayores.
El matrimonio planeó reorientar los proyectos profesionales, porque aquella empresa familiar requería cabeza, corazón y tiempo. Laura era directiva en una gran empresa y aunque sus ingresos estaban por encima de los del marido, decidieron que diera un parón a sus actividades mientras los hijos la necesitaran. Ramón se multiplicó para aportar algo más de lo habitual y amortiguar las estrecheces económicas que se avecinaban.
Las rutinas organizativas de la familia cambiaban los fines de semana, cuando aprovechaban para hacer planes todos juntos. Los sábados los dedicaban a la compra en el centro comercial con un añadido en forma de helado. Los domingos iban andando a misa a la parroquia cerca de casa y luego de visita a los abuelos que vivían a dos manzanas.
Un domingo se cruzaron por la calle con una joven que empujaba un carrito con una criatura sana y robusta; se miraron sin llegar a decirse adiós. Laura quiso recordar aquella cara, la había visto antes y no acertaba a situarla. Dos semanas después, bajó al parque con María y Javier, a esperar que los otros tres llegaran del colegio. Al poco la vio llegar con el carrito, pero se quedó un poco apartada. Habría pasado media hora cuando la criatura empezó a toser y llorar; la madre nerviosa no sabía bien lo que hacer y pidió ayuda. Laura se acercó corriendo y entendió lo que estaba pasando; el crío se había atragantado, había empezado a cambiar de color y no respiraba. Lo tomó en sus brazos y con la experiencia de quien ha pasado por esa situación, lo volvió cara al suelo, le golpeó la espalda, le hizo unos movimientos en el pecho, en la garganta, y consiguió liberar la obstrucción. Calmada la madre y el hijo, se sentó con ellos para acompañarlos hasta que se recuperaran del susto. Todavía con los ojos humedecidos por las lágrimas de impotencia, la joven le dio las gracias por todo lo que su hijo le debía. Le contó que Laura y su familia no pasaban desapercibidos en el barrio y que ella y su marido se habían fijado en ellos en más de una ocasión; aunque él rechazaba aquel planteamiento de familia porque no quería tener hijos, ella sentía admiración. Cuando se quedó embarazada, el ambiente en su casa se volvió tenso y se vio sometida a presión, también por la familia del marido. Llegó un momento que aquello le superó y aceptó una propuesta que le partía el corazón. La mañana que les habían citado en la clínica, parados con el coche en el semáforo, comenzaron a pasar uno detrás de otro los cinco hijos de Laura: el discapacitado ayudaba al mayor a empujar el carrito de la paralítica, los otros dos iban tan contentos de la mano de la madre. Se le hizo un nudo en la garganta y rompió a llorar. Notó que su marido le pasaba la mano por el hombro, la recogía en un abrazo y que las lágrimas que caían sobre la blusa no eran sólo suyas. Se miraron como nunca lo habían hecho en un diálogo mudo que salía del corazón y regresaron a casa.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/09/25
Adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”.
Sep 3, 2025 | Escritos
Han pasado casi cinco años de aquella mañana que Ingresé en urgencias a primera hora. Me había roto el tobillo y los médicos decidieron operar. Había que esperar a que se produjera hueco en el quirófano y me advirtieron que podía pasar varias horas allí. Acertaron con la advertencia.
Estuve distraído, aquel lugar no era apropiado para sestear o pensar en las musarañas. El trajín de las entradas y salidas, el ruido de los aparatos, los suspiros lastimeros y alguna voz fuera de tono, configuraban un cuadro de alerta permanente. El contrapeso lo ponía el personal sanitario que atendía la sala: aportaba calma, serenidad, amabilidad y cariño en cada una de sus intervenciones.
Recostado en la cama sin muchas ataduras, me entretuve con las historias que se sucedieron a mi alrededor.
Como la de aquel tipo con pintas de indigente, tostado por las horas de sol en algún rincón al rebrigo del frío callejero. Aquel día se había pasado con la dosis mañanera para desentumecer los músculos, trastabilló al cruzar la calle y los municipales lo trajeron para que le curaran. Debía tener los huesos duros a base de dormir a la intemperie, porque nada se había roto. En cuanto se espabiló, discutió con las auxiliares y se marchó sin atender a razones. No debía ser la primera vez: ellas sabían su alias y él conocía bien el camino.
A media mañana ingresó una señora de cara menudita pelo blanco y mirada serena; con cuidado la trasladaron a la cama frente a la mía. Cuando abría los ojos reflejaba entereza, pero los abría poco porque el dolor se los cerraba. La enfermera detectó la situación ¿le duele mucho? “sí” ¿viene con algún familiar? “no” ¿vive sola? “sí” Y se volcó con ella en detalles, aunque aquella buena mujer nada pedía. Debía tener algo serio porque se la llevaron enseguida, marchó con la misma paz que había llegado y de propina me dejó una muesca en el corazón.
Ya repartían la comida cuando entró un retablo de dolores en silla de ruedas, empujada por una señora que tan sólo sobresalía un palmo por encima del hombre sentado. Se adivinaba que los años la habían disminuido, pero conservaba fuerza para empujar y agilidad manejar la situación. Los ¡ay! que salían de aquella garganta como saetas disparadas con cadencia programada, se clavaban en los oídos y alteraban los ánimos. Grande debía ser su dolor en aumento por momentos, porque las interjecciones se convirtieron en exclamaciones contra el mundo en general y contra quienes le atendían en particular, incluida su esposa. Ella le acariciaba, le repetía frases cariñosas al oído y le disculpaba ante los demás: “él no es así, es que le duele mucho; lleva toda la noche sufriendo hasta que nos hemos decidido a venir.” Y a las enfermeras “por favor no se lo tengan en cuenta, hagan lo que puedan para calmarlo”. Agotado por el dolor, se durmió bajo los efectos del analgésico. A su lado, la mujer le sostenía la mano y le limpiaba la cara con un pañuelo humedecido en colonia suave. Despertó, abrió los ojos y se encontró con una sonrisa que le estaba esperando: “hola, cariño ¿estás mejor?” Lo que se dijeron desprendía el aroma de un amor fraguado en años de matrimonio que ha superado numerosas dificultades. Bien se conocían y mucho se querían. De aquel corazón también salieron palabras de agradecimiento para cada una de las personas que le habían atendido y no dejó de pedir disculpas a todos repitiendo que, por favor, le perdonaran las molestias. Se marcharon a pie, despacito, empujando la silla vacía. En la puerta se dieron la vuelta y saludaron con la mano a quienes habíamos compartido con ellos aquel momento duro: el dolor une.
Antes del verano he vuelto a urgencias, ahora como acompañante. Sentado a la cabecera del enfermo, volví a revivir historias parecidas: cambian las personas, flota el mismo ambiente; esa combinación serena hecha a base del dolor del enfermo, la generosidad de los profesionales y el cariño de tantos.
.Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader03
03/09/2025
Oct 9, 2024 | Escritos
“En las sobremesas, solíamos sentarnos frente a frente y charlábamos. A veces callábamos. Nos bastaba sabernos y mirarnos. Nada importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente” así lo cuenta Nicolás, prestigioso pintor en horas bajas, protagonista de la novela de Miguel Delibes “Señora de rojo sobre fondo gris”, un monólogo en homenaje a su mujer Ana y al amor que les une, fuente de su creación artística.
No hacía mucho que había leído la novela cuando me crucé por la calle con Carmen y Vicente, un matrimonio del barrio conocidos de toda la vida. Las ramas desnudas de los árboles dejaban pasar los rayos del sol tibio que caldeaba la mañana. Caminaban sin prisa, con las manos entrelazadas; su conversación se tejía con palabras suaves, silencios y miradas. Se detuvieron para saludarme y nos alargamos por su interés en saber de mis asuntos y de la familia. Por la bondad de su sonrisa y el calor del cariño con que me trataban, se me pasó el tiempo en un satiamén. Nos despedimos y al poco me volví para contemplarlos. Recordé la imagen descrita en la novela, hecha de presencia, de silencio, de estar juntos.
“A veces callábamos”. El corazón habla un lenguaje que también utiliza miradas de diversa intensidad. En ocasiones no hay algo nuevo que decir; entonces simplemente buscamos acompañar y sentirnos acompañados. Estar al lado del otro tiene una dimensión afectiva que va mucho más allá de lo que podemos contar en una conversación. Buscamos la compañía de las personas porque las cosas materiales, los objetos se quedan cortos; tienen un recorrido limitado en nosotros: cuando el triciclo se nos queda pequeño queremos la bicicleta, después la moto, luego el coche y cuando nos damos cuenta de que nada de eso nos colma, buscamos la persona con la que compartir la vida, o a Dios. La felicidad no consiste en tener más, si no en amar más que es lo propio de la persona. Un corazón lleno de cosas materiales está frío; y como de lo que llena el corazón habla la boca, de esas personas sale indiferencia y olvido. Una persona que tiene el corazón caldeado por el amor, habla con cordialidad, mira con cariño, sonríe con simpatía, saluda con un cálido apretón de manos o un beso en la mejilla.
Doblaron la esquina, se ocultaron a la vista y siguieron presentes en el impacto del ratito pasado a su lado. Si aquella mañana la reflejara en un cuadro, sobre el fondo gris de lo ordinario destacarían dos manchas de color, dos pinceladas de trazo grueso que atraerían la atención de lo extraordinario, tanto como el sabor que me dejó aquel encuentro con mis vecinos, señor y señora de rojo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/10/24