Nov 1, 2023 | Escritos
El último sábado de octubre amaneció radiante; un día de otoño cálido, limpio y claro. Después de comer la tarde invitaba a disfrutar del cielo intenso, del sol directo. Salí con mi madre a dar un paseo hasta el cementerio. El ambiente estaba tranquilo, la carretera en silencio roto sólo por algún coche que de tanto en tanto pasaba lento, contagiado por el entorno; apetecía caminar despacio, saborear la conversación hecha de comentarios sencillos, de noticias recientes sobre la gente del pueblo. En los campos quemaban ramas, hierba y algún rastrojo, para dejar la tierra a punto antes de la siembra tardana; el humo blanco subía calmoso y se disipaba en tenues capas, como si fueran nubes blanditas sostenidas por una columna desde el suelo.
Otros grupos habían tenido la misma idea y el cementerio estaba muy concurrido. Cruzamos la puerta, avanzamos sin prisa saludando a unos y otros; se afanaban en limpiar cristales, fregar mármoles, reponer flores, ir y venir a la fuente o pedir la escalera, anhelos por dejar aquel lugar preparado para la fiesta de los fieles difuntos que ya se acercaba.
Allí parecía que el tiempo había perdido su valor, que en esta tarde no se tenía en cuenta. Nuestro recorrido empezó con la visita a los nichos de los abuelos y el del tío que en unos días cumpliría su aniversario. Después de rezarles continuamos el paseo; para mi madre cada lápida un recuerdo. Pasamos al otro lado, donde están los otros abuelos: les dedicamos una oración y algo de limpieza con el material que llevamos. Continuamos hacia la salida hablando bajo, como lo hacen todos para no quebrar el ambiente. Las paradas se repiten cada pocos pasos hasta que por fin llegamos a la puerta.
Ya en la calle, por la misma acera viene hacia nosotros un señor mayor de rostro enjuto, boina calada, manos recogidas en la espalda, ligeramente encorvado avanzando despacio. Mi madre le saluda “buenas tardes, tió Manuel” “buenas tardes, Maria”; “¡cómo pasa el tiempo ¿cuánto hace que la tiene aquí?” “¡diez años ya, María!”.
La respuesta es rápida, como quien lo tiene bien contado. Aquella expresión pronta, serena y cálida, me pilló de sorpresa; comprendí que dentro de aquel buen hombre había mucho más de lo que su imagen podía reflejar. Su aspecto rudo envolvía un corazón enamorado que le daba fuerzas para caminar hasta el cementerio donde reposaba su mujer; nos contó que allí acudía a diario para hablar un ratico con ella, a recordar tantos buenos momentos compartidos y algunos no tan buenos, a decirle que anhelaba el momento de fundirse los dos en un abrazo eterno, para siempre.
“Que vaya bien tió Manuel” ¡adiós, María, adiós! En el camino de regreso anduve despistado, tuve que hacer esfuerzo por atender a lo que mi madre contaba, porque por dentro había un runrún de la conversación con el tió Manuel y el impacto que me llevaba de aquella visita al cementerio.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
01-11-2023
Sep 13, 2023 | Escritos
El verano es una buena oportunidad para el encuentro con amigos a los que la vida no da facilidades para verlos a menudo, por muchas ganas que haya. Es lo que sucedió con Ramón uno de los días que estuve en el pueblo. Quedamos temprano para ir a la granja. Desde que se ha jubilado, la ha dejado en manos de los dos hijos; pero cada día va a dar vuelta, supervisa, aconseja, se entretiene. La familia y la granja han sido su vida y ahora disfruta de las dos de una manera distinta.
Se ha reconvertido en hortelano y en un trozo de la finca ha plantado frutales, hace hortaliza o siembra flores para Pepi, su mujer. Cogimos higos frescos; alguno lo probamos sobre la marcha, otros me los puso en una caja para mi madre, junto con los últimos racimos de uva dulce que colgaban de la parra. Y cuando el sol ya se dejaba notar, nos sentamos a la sombra de la higuera.
La conversación se volvió personal y pausada; la familia, los nietos, inquietudes, alegrías. Sonó el aviso de un mensaje. “Será Pepi que me envía la lista de la compra”. Así era. “Desde que se jubiló del Instituto, ha cambiado las clases por la casa; le cuesta salir. Intento hacer planes con ella, pero se excusa en que la absorbe mucho, que mantenerla limpia exige dedicación”. Hizo una pausa. “Pues a mí no me importaría llegar a casa y encontrarme la mesa con polvo; al menos le podría escribir ¡Pepi, te quiero!”. Continuó hablando, pero la frase se me quedó rebotando en el interior y me distrajo.
Ramón es más bien serio, formal, poco dado a manifestaciones emocionales, con un corazón grande (por eso los enfados, cuando llegan, le duran unos días), generoso, siempre dispuesto a prestar el favor que le pidas o sin que lo pidas. Con ese carácter y después de cuarenta y tres años de casados, me impactó esa manifestación de cariño a Pepi. Fue una buena lección de cómo se puede vivir enamorado aunque pasen los años, que el amor no entiende de edades.
Y claro, un corazón así, en cuanto le das una oportunidad suelta un ¡Pepi, te quiero!
13/09/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Ago 18, 2020 | Escritos
Me llamó mi hermano ¿qué haces en Semana Santa? Me quedo por aquí, pendiente de unos asuntos que están al caer. Pues mira si haces hueco para venir a comer el viernes, que tus sobrinos te reclaman. Después nos acompañas a los oficios y a la procesión, y así nos ayudas; Teresa está un poco cansada estos días y quiere estar disponible para lo que necesite el párroco.
Llegué con tiempo y, antes de subir, pasé por la iglesia a rezar por ellos en el monumento que hacen en la capilla; un canto a la sencillez y buen gusto, con un ambiente recogido, centrado en el sagrario.
Al momento entraron Vicente y Carmen, con quienes de vez en cuando he hablado y de los que tengo abundantes referencias por la amistad que tienen con mi hermano, vecinos de la misma escalera. Nos saludamos con la mirada, estuvieron un ratito y se fueron.
Al salir, los vi más adelante en la misma acera, retuve el paso para contemplarlos. Caminaban sin prisa con las manos entrelazadas, hablaban, se miraban; me despertaron la admiración de su fidelidad, asentada en años de matrimonio, de dificultades, de alegrías, de luces y alguna sombra.
Al acabar la mili, Vicente se quedó en Madrid a buscar trabajo; su noviazgo con Carmen daba sus primeros pasos en el pueblo y quería ofrecerle un horizonte donde cumplir sus sueños. No tardaron en casarse y se instalaron en un barrio sencillo, unos bajos que en sueños les pareció un palacio. Nació Pedro, un chavalote cargado de energía y sonrisa amplía. Cambiaron de piso, esta vez un tercero sin ascensor. María y Vicente completaron los gozos del matrimonio y se esforzaron como jabatos para sacarlos adelante.
Volvieron a estrenar vivienda, la definitiva, en una zona por entonces de reciente construcción y donde todos los vecinos eran nuevos. Pedro pasó a la universidad y acabó Ingeniería Informática. María fue una chica inquieta, alegre, que revolucionaba la casa. Los últimos años del Instituto empezó a salir con un grupo del barrio, bajó rendimiento en estudios, pero consiguió entrar en la universidad. El ambiente que frecuentaba preocupaba a sus padres, sufrían en silencio y un día marchó de casa; dejó la familia, los estudios y le perdieron la pista. Vicente también tenía muchos amigos en el Instituto y los mantuvo en la Universidad. Colaboraba con la parroquia, ayudaba en catequesis y en las actividades deportivas. Empezó a salir con una compañera de clase sin dejar a los amigos; organizaban excursiones y celebraban las fiestas en casa de unos y otros. En 4º de Físicas acabó de madurar la idea que le rondaba en su interior y un día sentó a sus padres: quiero ser sacerdote. Al acabar la carrera se fue al seminario.
Pedro tiene un buen trabajo, es muy apreciado en la empresa; les ha dado la alegría de los nietos. Vicente está en la Parroquia de un barrio cercano y va por casa con frecuencia. María volvió, mal, muy mal, pero tuvo la valentía de llamar a la puerta y abrazar a su madre. Dicen que se curará, que la recuperación depende del entorno y de su fuerza de voluntad; cariño, comprensión y fortaleza no le van a faltar.
Vicente está jubilado y con Carmen vuelven a vivir una nueva etapa en su vida; participan juntos en actividades del Centro Cultural del barrio, ayudan en tareas asistenciales de la Parroquia, cuidan los nietos siempre que hace falta; son queridos en la escalera y allí donde se les conoce. Y pasean su cariño por la calle con la misma naturalidad y sencillez con la que viven.
Llegamos juntos al portal de la casa, nos saludamos y pasamos al ascensor. Poco tiempo, pero suficiente para que me pregunten por todos los míos y se interesen por mí. Ellos continúan; me quedo en el rellano un instante, antes de llamar al timbre, para digerir todas las emociones que me han despertado en tan poco rato. Aún así, cuando me abre Teresa me pregunta ¿qué te pasa? Pues que he venido con tus vecinos y… ¡son un encanto! me dice.
Sí, y un ejemplo en vida; muchas gracias Carmen y Vicente, sencillez y cariño.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
18 de agosto de 2020