Ene 14, 2026 | Escritos
Bailar pegados es la canción que representó a España en el Festival de Eurovisión de 1991. Aquel sábado del mes de mayo en los estudios Cinecittà de Roma, el cantante Sergio Dalma conquistó al público con esta balada romántica, su voz quebrada y la sonrisa pícara. El cuarto puesto fue un trampolín que lanzó a la canción y al artista, y desde entonces ha sonado con la misma fuerza, en público o privado, en los rincones más insospechados o en el momento menos esperado. Es lo que me pasó ayer mientras escuchaba un audio grabado por un sacerdote joven, en el que a diario comenta el evangelio para ayudar a rezar. No sólo citó la canción y leyó una estrofa, sino que puso el estribillo durante unos segundos. La percepción que yo tenía de la pieza no encajaba en ese escenario; me revolví en el asiento y sacudí la modorra que sobrevolaba el sillón con la amenaza de aislarme del mundanal ruido. Si lo que pretendía era llevarnos por caminos que nos acerquen a Dios y al prójimo, no me parecía que aquella referencia fuera la más acertada. Presté atención y descubrí, una vez más, que conviene estar abierto a todos los mensajes, sin filtros que seleccionen sólo lo que coincide con mi modo de ver y entender la vida. De toda la letra, sólo dos estrofas le servían para el objetivo que pretendía y le fueron suficientes: “bailar pegados es bailar igual que baila el mar con los delfines, corazón con corazón” “bailar de lejos no es bailar, es como estar bailando solo”. Nos invitó a ensanchar el corazón con todas aquellas personas que pasan o están a nuestro lado y animaba a ser próximos -bailar pegados- con cada una de ellas; a veces basta una mirada, una sonrisa, una palabra amable. Bailar de lejos es bailar sólo.
Conecté con ese planteamiento porque desde hace unos días le daba vueltas a los interrogantes que se formulan en la película “una quinta portuguesa”, que habíamos visto en casa la semana anterior. Unos protagonistas que recrean su identidad con relaciones personales que aparecen y desaparecen. Manolo, un jardinero que anda solo en la vida, presume de estar libre de ataduras y cambia con frecuencia de ciudad, así no se compromete con nadie. Fernando, profesor universitario, se queda descolocado en la vida cuando le abandona su mujer, pero encuentra un nuevo lugar donde rehacerse. Amalia, propietaria de la quinta que fue de su abuela, ha tenido que dar la espalda a su pasado; libre para viajar, cuando está lejos sabe que tiene un lugar a donde volver y eso le da paz. Personas buenas, vulnerables -con heridas en el currículum por los zarpazos que da la vida- hablan de soledad, de perdón, de amor, de hogar.
Y ahora, removido por la osadía de la grabación que había oído, entendí que también esos personajes hablaban el lenguaje del baile: la vida es rozarse, tejer relaciones, es bailar como el mar baila con los delfines, corazón con corazón, es bailar pegado.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
14/01/2026
Dic 10, 2025 | Escritos
Guardo el recorte del periódico en la carpeta de historias permanentes, de las que no pierden actualidad; esas con las que disfrutas de nuevo como en la primera vez, o quizás un poco más porque en cada lectura descubres un matiz que antes te ha pasado desapercibido. No importa saber el desenlace, da lo mismo conocer el final de la historia; aquí el espóiler no trunca el interés por la lectura, más bien al contrario, porque te permite prestar atención a la frase, centrarte en la expresión, sin las prisas por llegar al “punto y aparte” para comenzar un nuevo párrafo.
Abrir la carpeta donde guardo esos recortes es como subir al desván; una vez que abres la puerta, la magia del recuerdo te envuelve y estimula la imaginación en cada objeto que te sale al paso para revivir, volver a vivir, las historias que conforman tu vida como losas de granito del camino firme que has recorrido hasta aquí. Brotan de nuevo los sentimientos de aquella primera ocasión que, al pasar ahora por el tamiz de la experiencia, mejoran el propósito y refuerzan la voluntad de solar con nuevas piezas el sendero hacia el horizonte que a cada uno espera.
Mientras esperaba que llegara la hora de ir a misa con la familia, me senté a ojear el periódico; estaba de invitado y, aunque me sentía en mi casa, hay momentos en que nada puedes hacer. El mes de diciembre estaba avanzado, de eso hace seis años, por eso no me sorprendió el título de la columna “cuento de navidad” firmado por Francisco Robles. Leía los primeros párrafos con mediano interés, el suficiente para no desconectar guiado por la curiosidad de encontrar algo que justificara la atención prestada. Y apareció hacia el final del párrafo donde parecía que todo se iba al garete: “… y no hace falta que traigas nada, ni vinos de reserva ni champán del bueno, porque lo único que quiero es que vengas tú”. Me removí en el sillón, abrí un poco más las hojas del diario para acercarlas a la vista y volví a deletrear despacio “porque lo único que quiero es que vengas tú”.
Allí estaba con las piernas cruzadas, los brazos en cruz sosteniendo el papel y la cabeza repitiendo “me importas tú por encima de todo lo demás; aunque no hubiera “lo demás”, me sigues importando”. ¡Nos vamos! y salimos todos. Más tarde, la mesa se quedaba pequeña para acoger a las bisabuelas, hijos y nietos; las risas y lloros se sobreponían a los villancicos que la televisión emitía sin que nadie le prestara atención; la conversación, de momento, no era fácil. Los dos iban y venían a la cocina con la alegría de tenernos allí. Cuando se sentaron, la tele enmudeció, los peques se calmaron y en aquel momento de paz, una de las bisabuelas incoó una oración de acción de gracias y en recuerdo de los ausentes.
Como decía el cuento, aquel piso no era un apartamento de lujo ni el frigorífico una despensa gourmet. Pero hubiera pavo o mortadela en la mesa me iba a dar lo mismo, porque el cuento se había hecho realidad. Cada uno de los que allí estábamos, percibía aquel “me importas tú”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/12/25
Nov 26, 2025 | Escritos
David sale de madrugada. Estas últimas noches, el cielo está despejado, frío, iluminado por una luna blanca, oronda, que ciega las estrellas. La puerta del garaje se abre pausadamente, ruge el motor y ella sonríe. El coche se asoma despacio, la saluda antes del giro. Su rostro redondo, sereno y alegre, lanza un guiño; se cuela a través del cristal, entra inquieta, se acurruca. En el primer tramo de calles oscuras le ilumina el camino. Ya en la carretera, aumenta la velocidad y se sujeta al asiento, asustada; en el trayecto es confidente, compañera en el rezo. Antes del túnel se apea discreta y le deja, con los suyos que nunca va solo. A la salida ya no está; el cielo, oscuro sin ella, entristece la circulación, hoy espesa. Avanza hacia el este con lentitud, contrapunto del reloj del salpicadero que se mueve con agilidadh. Por entre los bloques altos, en un claro que provoca el parque, la primera luz tenue que anuncia el alba, difumina el negro. A contraluz del suave resplandor, se recortan las siluetas nítidas de los edificios; en breve, los más alejados quedaran bañados de rosicler en su camino hacia la luz completa. Nueva parada, ahora la vista descansa en la foto familiar sostenida por un discreto marco adherido; los repasa uno a uno. No hace tanto que se ha despedido y cómo la echa en falta.
Teresa se levanta pronto, cuando todos duermen aún. Le encanta recorrer el pasillo acompañada del silencio, con la taza caliente entre las manos; piensa en ellos, los ve con los ojos del corazón, los oye en el murmullo del descanso, repasa con cada uno los planes que hablaron anoche, les dicta consejos que de día no podrán oír. Se detiene ante los suspiros de la pequeña, la tos a trompicones de su hermana o el dormir inquieto del mayor. De la habitación del fondo se cuela un resplandor; al poco él sale despacio en un despertar lento, atraído por el olor a café que le guía hasta la cocina. Uno al lado del otro, remueven callados, no hablan, se miran; ella le arregla un pequeño detalle del pelo, él le coge la mano: “cada mañana me cuesta dejarte”. Es la hora, los dos se funden en uno, “cuídate, hasta la noche”; cierra la puerta, apoyada en la espalda, cierra los ojos y respira hondo, ¡guárdalo!
De nuevo el silencio domina la casa; es su tiempo, el momento de leer, de escribir, de hablar con Dios, de preparar el día. Suena el despertador, enciende luces, besa uno a uno, ayuda uno a uno, anima, urge, reprende si es el caso. Mochilas, carteras, abrigos, bufandas, el bolso y el portátil, todo entra en el ascensor.
Antes de pulsar el botón, la pregunta de rutina ¿tenéis todo? Suspira, se contesta bajito “faltas tú”; luego los mira, sonríe y ¡chicos, nos vamos!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
26/11/25
Oct 1, 2025 | Escritos
Aquella tarde en la feria quedó botando en mi alma y de vez en cuando se asoma atraída por algún impacto, como sucedió la semana pasada cuando en el avión de regreso se atenuaron las luces durante el despegue y nos quedamos en penumbra. En el colegio que visité por la mañana, querían renovar el mobiliario de dos aulas. En verano las vaciaron a la espera del nuevo, se retrasaba la entrega y empezaban las clases. Recuperaron del almacén unos pupitres que dormían el sueño de los justos; aunque la estructura metálica necesitaba una mano de pintura, el tablero de madera estaba impecable. El agujero para el tintero y la hendidura para la plumilla, removieron los recuerdos de aquellos años sentado en un aula parecida.
Mi padre no era muy de manifestar sentimientos; eso no nos afectaba porque era mi padre y el cariño nos envolvía. Cuando llegaba del campo, bajábamos corriendo para abrir la puerta y ayudarle, aunque seguramente seríamos más un estorbo que una ayuda. Le veíamos marchar temprano y regresar tarde; por eso aquel día me llamó la atención que viniera a comer a casa. Era dos de noviembre, un día medio laborable porque en el pueblo estábamos de ferias. En la comida nos dijeron que por la tarde iríamos a la plaza; se dispararon los nervios, la siesta de mi padre se me hizo eterna y mi madre tardó en arreglarse un mundo. El circo lo habían puesto en el patio de las escuelas, la feria de ganado y maquinaria en el surtidor. Por allí pasamos rápido para llegar con tiempo a la plaza del Ayuntamiento donde estaba el ambiente de las atracciones, tómbolas y barracas. La emoción de lo que me esperaba, hacía que me agarrara con fuerza a la mano de mi padre, no fuera a salir volando arrastrado por la imaginación. Montamos en los autos de choque; mi padre sentado a la izquierda conducía con una mano y con la otra me sujetaba; mi hermano a la derecha hacía de copiloto. Mi madre seguía nuestras peripecias desde un lateral y nos animaba. En la churrería había cola, aspirando el olor a la espera de que salieran calentitos. Nos detuvimos en los caballitos, pero no quise subir porque me parecía que ya era muy mayor, aunque por dentro me moría de ganas. En otro puesto compramos algo de merienda: a mi padre le encantaba el coco, mi hermano algodón de azúcar, mi madre un guirlache y yo una manzana acaramelada de un rojo irresistible. En la tómbola fue mi madre la que se detuvo con la mirada chispeando en el juego de sartenes y en la olla exprés; el señor del micro se dio cuenta y empezó a cantar las excelencias de lo que a mi madre le hacía tilín. Compró unos boletos y los abrimos entre todos; por poco nos toca la olla. Nos llevamos un exprime limones de plástico amarillo que duró muchos años de tan poco uso. Me había acabado el caramelo y quedaba la manzana, verde y dura; la tiré. En la caseta de tiro mi padre no tuvo mucha suerte. Se había echado la noche, el frío empezaba a notarse y mi madre nos puso el abrigo. Estaba cansado, el bullicio, el caramelo rojo y las emociones hicieron un revoltijo en el estómago; mi padre se dio cuenta y me cogió en brazos; desde la altura, la vida tenía otra visión. Me quedé dormido en el hombro de mi padre; cuando desperté, la música de la feria se oía a lo lejos, doblamos la esquina y nuestra casa se veía al fondo de la calle. En un segundo reviví las imágenes de la tarde y las emociones sentidas; de todo, lo que más me alegraba era estar los cuatro juntos.
El temblor del avión al tocar tierra apagó las luces del ayer y encendió las del hoy; en un rato estaría de nuevo en casa, me sentaría a la mesa y disfrutaría de estar con todos los de ahora, la misma alegría de aquella tarde en la feria.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
01/10/25
Ago 20, 2025 | Escritos
El paseo de la playa dibuja una curva en forma de abrazo enorme, como si quisiera acoger en su seno todo el mar. Una sólida barandilla separa dos ambientes; el de la arena para los bañistas y el de la ronda salpicada de bancos y terrazas para aquellos que, como nosotros, prefieren dar un garbeo. Como el paseo tiene forma de U, siempre tienes delante la arena y el mar sin olas; la bravura del Cantábrico se frena a la entrada custodiada por un monte a cada lado. En el recorrido de un extremo a otro, algunas escenas quedan grabadas en el recuerdo.
A primera hora, cuando algunas personas empiezan a bajar a la playa para tomar posiciones y marcar territorio, un matrimonio pasea tranquilamente con los pies en el agua. Destacan por su porte, elegancia, atuendo y edad. Ella lleva un vestido sobre el bañador y un capazo de rafia donde guarda los zapatos; él los lleva en una mano y con la otra toma la de ella. Alto, delgado, sus pasos lentos bien marcados. Viste un pantalón de tergal fresco con raya que remarca su altura y camisa de lino de manga larga abotonada con unos gemelos informales. De cara enjuta, pómulos algo salientes, nariz con personalidad y pelo blanco que peina todavía con raya. La mirada serena se alterna entre las olas para evitar que alguna les sorprenda, la arena donde pisan y ella. Sonríe cuando la vista se pierde en el horizonte, cuando se fija en lo concreto, cuando la contempla. La conversación es de pocas palabras, les basta el gozo de saberse juntos.
Un padre juega a pala con su hijo; procura que los golpes a la pelota sean fáciles de devolver y a veces falla intencionadamente, pero con tal disimulo que el crío brinca de alegría porque le ha ganado un punto a su padre.
En la arena junto a la pared que sostiene la barandilla, una madre pone crema a su hijo con rasgos síndrome de Down. El niño no colabora y ella lo convence contándole una historia divertida. El olor a crema invade ese trozo de paseo.
Dos niñas y un niño han hecho una piscina redonda excavada en la arena, de un metro de diámetro y un palmo de profundidad. Tan apenas caben, pero los tres chapotean, ríen y disfrutan ajenos al mundo que le rodea.
Cuatro chicas jóvenes usan la toalla como tapete y juegan una partida de cartas; las miradas se entrecruzan dos a dos. La que tengo de frente toma una carta, la incorpora a la mano, la mira, levanta la vista hacia su compañera y sonríe pícaramente.
El padre y la niña que lleva el mismo bañador con el que vino al mundo, construyen un castillo de arena humedecida; cada vez que ella trae un puñadito en una sola mano y la coloca en lo más alto, el padre aplaude y ella vuelve radiante a por más.
Una señora mayor y una chica joven empujan una silla de ruedas con dirección al agua; llevan un mozalbete fuerte y largo que debe pesar lo suyo, con síntomas de alguna enfermedad degenerativa. A pesar del esfuerzo, avanzan con alegría y le cuentan lo bien que lo van a pasar en el agua.
Faltan doscientos metros para llegar al final del paseo cuando unos gritos nos sorprenden y detienen nuestros pasos hasta que localizamos la procedencia. En la arena dos mujeres corren al encuentro con los brazos extendidos y gritan ¡pero qué alegría! ¡quién me lo iba a decir después de tanto tiempo! ¡no me lo puedo creer! La niña pequeña un poquito apartada contempla admirada el abrazo largo de su madre con la amiga. El marido de ésta se ha hecho a un lado y las deja hablar ¡una posibilidad de entre 1000! ¡pues mira que nunca entro por estas escaleras! Continuamos el paseo y al llegar a la punta damos la vuelta, volvemos y todavía están allí, hablando en ese tono alto que refleja alegría, la alegría del encuentro.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/08/25