Isidoro

Isidoro

La respiración de Isidoro fue perdiendo fuerza durante la noche; con noventa y siete años, nos dejó al amanecer del martes, cuando el hospital despertaba y la actividad empezaba a recorrer pasillos y habitaciones. Le cerré los ojos; antes de dar el aviso, recé un rato ante aquel rostro sereno que tanto me sugería. Pasaron por mi cabeza las historias contadas y las vividas durante los años que le he acompañado.

Vivió con pasión su profesión de periodista y la empapó de un espíritu profundamente cristiano. Quiso que le lleváramos a su pueblo, en tierras palentinas; allí descansa ahora junto a los suyos. Aunque supongo que donde se los habrá encontrado, será en el cielo. Aquí lo que nos deja es su ejemplo, el bien y el afecto que repartió, a pesar de que el carácter se le salía de tono de vez en cuando, por motivos de la enfermedad.

Fue muy emotivo ver pasar a despedirse a todas las enfermeras, auxiliares y médicos, que durante años le han atendido en el Hospital Laguna. Gente que trabaja con profesionalidad y añaden un plus de cariño al trato. Y querían corresponderle.

Isidoro tenía estudios, títulos, distinciones, condecoraciones. Nada de eso queda en la caja enterrada bajo tierra. Fuera, lo que cuenta es lo que ha dejado en los corazones de quienes hemos estado a su lado.

Le gustaba cantar y podía presumir de buena voz. Aunque no estoy a su nivel, le acompañaba en sus arranques; pasábamos de una canción a otra sin agotarlas, porque no sabíamos la letra completa y la inventábamos sobre la marcha. Una de ellas, era parte del poema de San Juan de la Cruz: al atardecer de la vida te examinarán del Amor.

En ese momento hablábamos de la muerte con naturalidad y algo de humor. En broma le decía: “Isidoro, conviene que tú pases primero el examen porque sacarás buena nota y así me podrás ayudar cuando me toque a mí”. El calendario ha confirmado la previsión; espero acertar también en la calificación.

Ahora le pido que nos ayude, a mí y a todo el que se lo encomiende, a recorrer nuestro camino sembrando paz y alegría por todos los rincones, aunque haya contrariedades; con una actitud abierta para colaborar con todos, también con los que no piensan como nosotros, porque esta vida es corta y poco el tiempo que tenemos para tanto bien que podemos hacer.

¡Ah! Isidoro no te olvides de decirle a San Pedro que soy amigo tuyo (por lo de la nota del examen).

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26 de junio de 2020

La paloma

La paloma

Me puse a revisar la propuesta de inicio de curso que me habían enviado desde el colegio. En estos días de #YoMeQuedoEnCasa, son tantas las incertidumbres a corto plazo, tantas las variantes a tener en cuenta, que empezaba a sumirme en el desánimo delante del documento. Había entrado en la espiral del derrotismo y faltaba claridad en las ideas.
Entonces llegó ella, la paloma que otras mañanas viene a visitarme. Posada en las ramas del árbol que casi toco desde mi ventana, la vi relajada, confiada, picoteando con despreocupación los brotes tiernos, mecida por el viento, disfrutando de las oportunidades que le ofrecía la vida. No parecía preocupada por el futuro, pero consciente de que, sin la comida de hoy, no habría un mañana.

Me entretuve durante un rato en contemplarla absorto; hasta me pareció que mi cabeza se movía al son de su vaivén. Sonreí, respiré hondo y volví a la propuesta con ánimo renovado. Las mismas incertidumbres, las mismas variantes y una paloma que ayudó a simplificar la solución.
Después me acordé de algunas personas que en mi vida también me han ayudado. En todas descubro una característica en común: la sencillez.
¡Ay! Uno no para de aprender en esta vida: a todas esas personas ¡muchas gracias!… incluso a la paloma.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

El mendigo: ambiente de Navidad

El mendigo: ambiente de Navidad

Fue el 19 de diciembre de 2019. Salí del taxi con mi “movilidad limitada” apoyado en las muletas. Unos días antes me había roto el tobillo y estaba escayolado; avancé poco a poco hasta llegar al portal del número 9, cinco minutos antes de la hora. Estaba cerrado. Miré hacia el panel de los timbres, buscando el piso del notario.

– ¿puedo ayudarle en algo?

Me giré, un mendigo zarrapastroso me ofrecía su mano con una sonrisa amable. Estaba a mi lado, con el gorro de lana que en su día fue amarillo, bien calado en la cabeza; el cabello largo desaseado; la barba enredada; la cara ennegrecida por el sol y la suciedad; una prenda larga a modo de abrigo.

– Pues sí; si es tan amable, llame al 2º A.

Sonó el zumbido de apertura, pero fui incapaz de mover el portón de hierro.

– Deje, deje, yo le abro.

Una vez dentro le di las gracias y me excusé:

– Disculpe, no llevo algo que pueda darle.

– Ni falta que hace, quédese tranquilo; hoy por ti, mañana por mí. Que tenga buen día y se recupere pronto.

Le vi alejarse despacio, arrastrando un carro de la compra con las ruedas desgatadas, donde llevaría sus tesoros. Le perdí entre tantas personas que pasaban por aquel trozo de acera amplia, todas con prisa, ocupadas en sus cosas. Él no tenía prisa para llegar a ninguna parte, ni cosas propias en las que ocuparse; en cambio, sí que tenía sensibilidad para detectar necesidades, porque convivía con ellas a diario; y un corazón agradecido para devolver tantos favores que le ayudaban a salir adelante.

Quedé un rato inmovilizado, impactado por lo que había vivido. Reaccioné, volví a la realidad y me enfrenté a un pequeño tramo de escaleras antes del ascensor. Al coronar la última, me volví con la sensación de que el mendigo me había ayudado de nuevo a superar aquella dificultad. No estaba, pero tuve la seguridad de que su gesto me había dado fuerza para muchos días.

En el vestíbulo, las luces del árbol parpadeaban y una suave música de villancicos reforzaba el ambiente de Navidad.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

El otoño

El otoño

He salido al jardín a respirar el aire del otoño, a empaparme de sus colores, sin intermediarios. El cielo, los árboles, las piedras, el silencio… me retienen con su mensaje.

La lluvia fina resbala por la capucha, mientras contemplo absorto el manto de hojas que cubren la hierba y los amarillos que se sobreponen a los verdes.

Antes vibré con la vida que brotaba de sus yemas, luego me emocioné con las flores que salpicaban el jardín. Mañana me cubrirá la nostalgia del invierno con sus ramas desnudas.

La vida te sorprende a cada paso, te ofrece la emoción de las cosas sencillas.

Cuando miras con cariño (a las personas, al paisaje), se despierta en tu interior la sensación de que la vida es algo más que hacer cosas.

18-11-2019

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Ni él ni ella están solos

Ni él ni ella están solos

A la señora de la foto se le murió el marido hace trece años, tal día como hoy: era veintitrés de septiembre.

La instantánea recoge uno de tantos momentos que pasan a solas. Pero ni él ni ella están solos.

El la tiene a ella. Y a ella, el recuerdo no la bloquea; le aviva el cariño, la impulsa a estar activa para los demás: favores entre vecinas, compañía a enfermos, visitas a la familia, tardes con las amigas, siempre pendiente de los suyos.

Los paseos frecuentes al cementerio y la oración continua, actualizan el amor que les unió. Y un corazón que ama transmite alegría, contagia optimismo; atrae porque a su lado se está bien. Siempre se siente acompañada.

Ella es mi madre y él, mi padre.

Cuatro hijos, un quinto se fue con los ángeles a los tres meses; cuatro nietos, cinco bisnietos. En nombre de todos: gracias mamá, gracias papá.

23-09-2019

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader