¡Vaya con la cajera!

¡Vaya con la cajera!

Me los encontré en la última reunión del colegio. “A ver si te vienes a cenar en julio, cuando estemos todos más tranquilos”. Hace unos días me llamó y quedamos para el jueves siguiente. Aquella tarde fui al supermercado para unas compras que necesitaba.

La cena en el jardín fue muy grata, con ellos siempre te sientes acogido; no era la primera vez, pero no por eso deja de llamarme la atención. En la sobremesa hice un comentario sobre la cajera que me había atendido en el super.

Sus miradas se cruzaron, esbozaron una sonrisa y se les iluminaron los ojos. “Yo era cajera en un hipermercado; llevaba dos años cuando él empezó a trabajar de reponedor.” “Por mi puesto tenía movilidad dentro de la tienda y alguna vez tuve que hablar con ella”.

El ambiente se volvió íntimo, en el silencio de la noche el corazón dejaba salir recuerdos guardados celosamente; hablaban con naturalidad delante del hijo y de la hija, ya universitarios, que conocían la historia, pero la escuchaban de nuevo sin pestañear.

“Al poco tiempo me fijé en ella: trabajadora, amable, alegre, servicial”. Cuando él habla, ella le mira embobada.

“Conocía su nombre, nos habíamos saludado por asuntos del trabajo y nada más” Ahora es él quien bebe sus palabras, como si fueran nuevas.

“En horario de trabajo era imposible hablar de asuntos personales. La ocasión vino cuando mi padre compró coche; un día se lo pedí y me fui a trabajar con el Peugeot 206. Fui a verla: tengo coche nuevo, si quieres a la salida te lo enseño. Y dijo que sí”

Aquello acabó en boda; pero antes cambió de trabajo porque querían estar juntos: le ofrecían promocionar con movilidad por toda la geografía. Se puso de camionero. Cuando llegaron los hijos, se propuso mejorar. Retomó los estudios que había dejado para trabajar en el hiper. Empezó ingeniería sin dejar el camión. Fueron años duros para los dos: el trabajo, los niños, la casa y los estudios; el apoyo y la ayuda de ella fueron fundamentales. Lo consiguieron. Cambió a una empresa de informática con muchas horas de trabajo y buen sueldo. Luego surgieron nuevas inquietudes y ahora es profesor de Formación Profesional. Ella también dejó el hiper y es administrativa en una oficina de cara al público, donde se siente feliz ayudando a los demás a resolver problemas. No dejan de dar gracias a Dios por todo lo conseguido.

Los miro como se miran y miro a los hijos como los miran: esas miradas a cuatro son el mejor resumen de los casi veinticinco años de matrimonio.

El tiempo ha pasado volando, levantamos la velada; me acompaña hasta la puerta y a modo de despedida me dice sonriendo: ¡vaya con la cajera!

De regreso me entra la duda ¿se refiere a la mía o a la suya? Y también sonrío.

02/08/23

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Atraído por la belleza

Atraído por la belleza

Como los últimos veranos, espero que también éste venga a Madrid y pueda acompañarle a visitar algún museo. Con sus explicaciones, entiendo por qué me siento atraído por la belleza.

Nos conocimos en mayo de 1979, en una actividad con gente de su curso; la amistad surgió fácil y permanece viva con encuentros frecuentes a pesar de los seiscientos kilómetros que la vida puso de por medio.

Su tía, la madrina, intuyó que aquel crío tenía un don para descubrir la belleza donde los demás sólo vemos lo que vemos; y arte para plasmarlo en el papel. A los cinco años le regaló una caja de pinturas, a los seis una de pinceles y desde entonces no ha dejado de pintar.

En BUP repitió curso, al siguiente lo dejó sin acabar; los estudios no eran lo suyo, le dijo el tutor, y mejor que se pusiera a trabajar. Le hizo caso y se puso con su padre, aunque él lo que quería era pintar. Como la viña y el trozo de tierra no daban para los dos, se fue a Barcelona. Trabajó en lo que pudo mientras pintaba. Hizo varias exposiciones, bien de crítica y escasas de ventas. La realidad se imponía, difícil vivir de la pintura. Fue repartidor, mozo de almacén, portero en un colegio. Le ofrecieron impartir un taller de arte y tuvo lista de espera. Se animó, quiso explorar ese camino. Con veintiocho cumplidos superó la prueba de acceso a la Universidad para mayores y empezó Bellas Artes. Trabajo, estudio y pintura, sin descuidar los amigos y las excursiones. Cinco años de renuncias y esfuerzo culminaron con la ceremonia de graduación y al nuevo Licenciado le contrataron de profesor. Enseñaba lo que llevaba en la sangre, disfrutaba con lo que hacía y pintaba. Después de una pausa, siguió con el curso de doctorado. Hace cinco años defendió su trabajo de investigación y el flamante Doctor ahora también imparte clases en la Universidad.

Pronto para montar el caballete y trasladar su visión al lienzo con una paleta de colores vivos y matices mediterráneos, pinta lo que los demás no vemos y nos atrae sin saber por qué.

Que eso es un artista, y un amigo artista no lo tiene cualquiera. Bueno, yo sí; pero es que me lo puso muy fácil. Tanto como cuando le acompaño al museo y con sus explicaciones entiendo por qué también él se siente atraído por la belleza.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/07/23

Gracias Narciso

Gracias Narciso

Un lunes por la tarde del pasado mes de marzo, asistí a una conferencia. El tema era de mi interés, pero Morfeo me enredó y por unos momentos me ganó el pulso. Oí citar a Narciso Yepes, di un respingo y recuperé la atención. El conferenciante contaba una anécdota sobre este famoso músico, del que yo conocía sólo su relación con el Concierto de Aranjuez. Poco había contado, pero suficiente para despertar mi curiosidad, buscar más información y descubrir un gigante.

Humilde de cuna y de espíritu, nació en Lorca (Murcia) en 1927 en una familia campesina. Es conocido mundialmente por su trabajo como guitarrista clásico español, pero el éxito no le afectó al interior de su ser.

Cuando doy un concierto, el instante más emotivo y feliz para mí es ese momento de silencio que se produce antes de empezar a tocar. Entonces sé que el público y yo vamos a compartir una música, con todas sus emociones estéticas. Conservo en mí el alma de campesino que sabe levantar la mirada hacia el cielo. He intentado aceptar y desarrollar el don recibido. Creo que la respuesta de un hombre es agradecer lo que le es dado y ponerse al servicio de los demás, intentando transmitirlo. Espero dejar huella para los jóvenes que no escatiman el esfuerzo”.

Mi vida de cristiano tuvo un largo paréntesis de vacío, que duró un cuarto de siglo. Me bautizaron al nacer, y ya no recibí ni una sola noción que ilustrase y alimentase mi fe. Fue una conversión súbita, repentina, inesperada y muy sencilla. Yo estaba en París, acodado en un puente del Sena, viendo fluir el agua. Era por la mañana. Exactamente, el 18 de mayo. De pronto, le escuché dentro de mí. Quizás me había llamado ya en otras ocasiones, pero yo no le había oído. Aquel día yo tenía «la puerta abierta» Y Dios pudo entrar. No sólo se hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida”.

Su vida no fue fácil, su hijo Juan de la Cruz murió de accidente con 18 años. El a partir de los 66 años limitó sus apariciones por el fuerte dolor que le causaba la enfermedad y murió con 69.

Enamorado de su mujer Marysia, a la que conoció siendo una joven polaca estudiante de filosofía; de sus hijos, de sus amigos. Ella le dedicó el libro “Amaneció de Noche” en el que narra los últimos años de su vida, un canto al amor que da sentido al sufrimiento.

Después de haber descubierto un gigante y con la confianza que me da tener el mismo origen campesino, me atrevo a decir ¡Gracias Narciso!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

05/07/23

El espíritu del niño que permanece en ti

El espíritu del niño que permanece en ti

El día de Reyes te levantaste inquieto, algo nervioso, sin perder la serenidad y afabilidad de tu porte externo. Pendiente de todo y de todos, animabas el desayuno con tu conversación mientras te anticipabas a servir las preferencias de cada uno. Me decías que el corazón se te agitaba cada vez que pasabas por delante del cuarto que guardaba los regalos, deseando que llegara pronto el momento del reparto, pero sin desperdiciar ningún minuto de los muchos que aún faltaban, atento a la casa, las personas o el teléfono. El esmero que ponías en cada una de tus acciones, la sonrisa dibujada en tu cara, nada hacía presagiar la llama interior que alimentaba tu fiesta de Reyes. El espíritu del niño que un día fuiste seguía vivo cincuenta años después. Las cargas de una vida profesional dilatada, la responsabilidad familiar compartida, la implicación en varios proyectos sociales, tu participación en iniciativas ciudadanas, no habían alejado de tu interior la capacidad de ilusionarte ante un acontecimiento sencillo, ni la sensibilidad de emocionarte por un pequeño detalle. Te habías hecho hombre sin dejar de ser niño.

Disfrutaste de la fiesta. Te alegrabas con cada uno de los regalos que recibían los demás y se te iluminó la cara con los tuyos. Abrías los ojos expectantes mientras desenvolvías los paquetes y nos contagiabas tus sentimientos. Llegó el final y nadie se dio cuenta de que eras tú quien recogía, ordenaba y limpiaba, a la vez que te interesabas por uno y otro: ¿te gusta?, ¿estás contento?.

Tus regalos quedaron sobre la mesa. Cómo nos reímos, cuando contabas que a la mañana siguiente te habías despertado con el relincho de los caballos y saliste de la cama disparado para ver qué les pasaba; no distinguías si habían sido de verdad o eran parte del sueño que te envolvía aquella madrugada. Con la misma sencillez decías que, si no es en esta vida, al menos en la otra querrías tener muchos caballos, para que todos tus amigos podamos pasear contigo y enseñarnos todo lo que tú has aprendido con lo que te traen los Reyes año tras año.

Mientras lo contabas, pensaba que tus amigos no necesitamos un caballo para estar a gusto a tu lado, ni nos hace falta esperar a la otra vida para disfrutar contigo. Y aunque compartamos contigo la afición por los caballos, no es eso lo que nos lleva a buscarte, si no el espíritu del niño que permanece en ti.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Carmen y Vicente, sencillez y cariño

Carmen y Vicente, sencillez y cariño

Me llamó mi hermano ¿qué haces en Semana Santa? Me quedo por aquí, pendiente de unos asuntos que están al caer. Pues mira si haces hueco para venir a comer el viernes, que tus sobrinos te reclaman. Después nos acompañas a los oficios y a la procesión, y así nos ayudas; Teresa está un poco cansada estos días y quiere estar disponible para lo que necesite el párroco.

Llegué con tiempo y, antes de subir, pasé por la iglesia a rezar por ellos en el monumento que hacen en la capilla; un canto a la sencillez y buen gusto, con un ambiente recogido, centrado en el sagrario.

Al momento entraron Vicente y Carmen, con quienes de vez en cuando he hablado y de los que tengo abundantes referencias por la amistad que tienen con mi hermano, vecinos de la misma escalera. Nos saludamos con la mirada, estuvieron un ratito y se fueron.

Al salir, los vi más adelante en la misma acera, retuve el paso para contemplarlos. Caminaban sin prisa con las manos entrelazadas, hablaban, se miraban; me despertaron la admiración de su fidelidad, asentada en años de matrimonio, de dificultades, de alegrías, de luces y alguna sombra.

Al acabar la mili, Vicente se quedó en Madrid a buscar trabajo; su noviazgo con Carmen daba sus primeros pasos en el pueblo y quería ofrecerle un horizonte donde cumplir sus sueños. No tardaron en casarse y se instalaron en un barrio sencillo, unos bajos que en sueños les pareció un palacio. Nació Pedro, un chavalote cargado de energía y sonrisa amplía. Cambiaron de piso, esta vez un tercero sin ascensor. María y Vicente completaron los gozos del matrimonio y se esforzaron como jabatos para sacarlos adelante.

Volvieron a estrenar vivienda, la definitiva, en una zona por entonces de reciente construcción y donde todos los vecinos eran nuevos. Pedro pasó a la universidad y acabó Ingeniería Informática. María fue una chica inquieta, alegre, que revolucionaba la casa. Los últimos años del Instituto empezó a salir con un grupo del barrio, bajó rendimiento en estudios, pero consiguió entrar en la universidad. El ambiente que frecuentaba preocupaba a sus padres, sufrían en silencio y un día marchó de casa; dejó la familia, los estudios y le perdieron la pista. Vicente también tenía muchos amigos en el Instituto y los mantuvo en la Universidad. Colaboraba con la parroquia, ayudaba en catequesis y en las actividades deportivas. Empezó a salir con una compañera de clase sin dejar a los amigos; organizaban excursiones y celebraban las fiestas en casa de unos y otros. En 4º de Físicas acabó de madurar la idea que le rondaba en su interior y un día sentó a sus padres: quiero ser sacerdote. Al acabar la carrera se fue al seminario.

Pedro tiene un buen trabajo, es muy apreciado en la empresa; les ha dado la alegría de los nietos. Vicente está en la Parroquia de un barrio cercano y va por casa con frecuencia. María volvió, mal, muy mal, pero tuvo la valentía de llamar a la puerta y abrazar a su madre. Dicen que se curará, que la recuperación depende del entorno y de su fuerza de voluntad; cariño, comprensión y fortaleza no le van a faltar.

Vicente está jubilado y con Carmen vuelven a vivir una nueva etapa en su vida; participan juntos en actividades del Centro Cultural del barrio, ayudan en tareas asistenciales de la Parroquia, cuidan los nietos siempre que hace falta; son queridos en la escalera y allí donde se les conoce. Y pasean su cariño por la calle con la misma naturalidad y sencillez con la que viven.

Llegamos juntos al portal de la casa, nos saludamos y pasamos al ascensor. Poco tiempo, pero suficiente para que me pregunten por todos los míos y se interesen por mí. Ellos continúan; me quedo en el rellano un instante, antes de llamar al timbre, para digerir todas las emociones que me han despertado en tan poco rato. Aún así, cuando me abre Teresa me pregunta ¿qué te pasa? Pues que he venido con tus vecinos y… ¡son un encanto! me dice.

Sí, y un ejemplo en vida; muchas gracias Carmen y Vicente, sencillez y cariño.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18 de agosto de 2020