Un caballo cualquiera

Un caballo cualquiera

“La penumbra somnolienta envolvía las caballerías y las dibujaba fijas como las figuras de plástico que los niños usan en sus juegos; ni el chirriar de la puerta ni el rayo de luz han distraído su calma.

Desde el fondo de la cuadra llegaba el golpeteo de cascos contra el adoquín del suelo y el relincho quedo de un animal inquieto; resoplaba nervioso, sacudiendo la cola, cabeceando arriba y abajo, como quien espera que llegue la hora de la cita.”

Así imaginaba la escena en aquella antigua finca Santa María del Pino a las afueras de Jerez de la Frontera, que ahora toma el nombre del pozo y el albero que le rodea, enclavado donde los caminos del paseo se cruzan. Hace ahora veinticinco años que pasé allí el mes de agosto en un curso de verano. En el recuerdo queda el blanco de las paredes encaladas; el verde de pinos, palmeras y cipreses en distintos tonos; el amarillo albero de los caminos que serpean el jardín. Los paseos adoquinados que se recorren a la sombra del atardecer, la plaza enchiná que reúne los edificios de la vivienda, los soportales que acogen las tertulias al fresco de la noche.

La finca conserva los lagares y las cuadras, ahora habilitadas para otras actividades. El olor a uva en los días de vendimia y el relincho de los caballos que otrora se utilizarían, los percibía en el ambiente. Acoplado en el sillón de mimbre trenzado, con los ojos entornados a la brisa de los pinos, dejé correr la película que había empezado a pasar por mi cabeza.

“Una tarde a la hora de la siesta, cuando los hombres dormitaban su cansancio y las mujeres trajinaban silenciosas en la cocina, D. Manuel salió de la casa -él solo- hacia la cuadra.

El animal sabía que era su día; lo intuía desde que hubo movimiento a su alrededor por la mañana, cuando trajeron un arnés completo con olor de piel nueva. Ahora cerraba los ojos y quedaba relajado al notar las caricias en la frente, el cepillo sobre la piel y unas palmadas de cariño. Mansamente jugaba a ser cómplice del estreno y facilitaba el movimiento para que le colocara el cabezal de borlajes y la montura con baticola, festoneadas de cascabeles dorados.

Antes de la próxima feria quería probarlo con tranquilidad -solos los dos-, por los caminos sombreados del jardín. Desde la casa hasta el pozo, entre acacias, palmeras, pinos y plátanos, repetían pasos de dos, de tres, trote suave, cambios de ritmo, giros y arreones.

De regreso, con engallamiento airoso y paso campanera, caminaba confiado, orgulloso de la carga, levantando la cola como una cascada de espuma, dócil a la mano suave que le sujeta las riendas en corto.

Atraídos por el sonsonete trotón, los hombres han salido uno a uno por la puerta, bostezando su pereza, a sentarse en el banco de piedra del porche enchinado.

Al repicar en el patio empedrado se han puesto de pie para recibirlos bajo los arcos. Terminaba la prueba sonriente, satisfecho. Con una mano le acariciaba el cuello y con la otra le acercaba la oreja para susurrarle algunas palabras. Le ha despedido con una palmada y el caballo ha marchado -sólo- hacia la cuadra.

En corro, los hombres comentaban su sorpresa y se admiraban del arte de D. Manuel, que toma un caballo cualquiera -uno más de la cuadra-, lo enjaeza gustosamente y en sus manos es un animal inteligente, fuerte, temperamental.”

Me removí en el sillón, volví a la realidad y pensé que también en la vida he tenido esa experiencia, la de convivir con personas extraordinarias que no se dan importancia al ayudar a los demás y pasan desapercibidas como otra cualquiera.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

19/06/2024

Eso que tú me das

Eso que tú me das

Conocí a Javier una mañana de junio. Se incorporaría al curso siguiente como profesor de lengua. El director de la ESO le acompañó hasta el despacho para que le explicara la documentación que necesitaba para el contrato; hizo las presentaciones y nos dejó solos. Seguía las explicaciones con una ligera sonrisa, atendía con interés y siempre que levanté la vista me encontré con su mirada como si me quisiera decir que le importaba lo que yo decía. Con el tiempo me di cuenta de que a Javier lo que de verdad le interesan son las personas, que por eso seguía con atención lo que yo le contaba; los papeles van después.

Y seguramente por eso, cuando las explicaciones llegaban al final, me preguntó alguna cuestión que abrió otra ventana de conversación y nos aventuramos en un aterrizaje suave a cuestiones más personales. Aunque nos alargamos mucho más tiempo del previsto, se me había pasado la contrariedad inicial por aquella visita imprevista que iba a retrasar el trabajo entre manos. Le acompañé hasta la salida y, al despedirnos, me quedó la sensación de que nos conocíamos de toda la vida. En poco tiempo, su conversación me había dejado huella.

Volvimos a encontrarnos con el curso empezado; en la sala de profesores, en el comedor, en los patios, siempre le veía con gente; era más de escuchar que de hablar. Discreto, sonriente, se había ganado a la clase donde era tutor por el cariño que ponía en el trato con los alumnos a la vez que sabía ponerles metas exigentes. Organizaba partidos de futbol a mediodía, aprovechando el tiempo libre entre las clases de la mañana y la tarde. El deporte no era lo suyo, evitaba el balón sin que se notara mucho, pero a cambio animaba a todos, les implicaba en el juego y conseguía hacer equipo. Al acabar, se les veía en un rincón de las gradas, a la sombra, comiendo el bocadillo entre risas y alguna palabrota.

A final de curso, el día que se entregan las notas y ya sólo queda trabajo interno, nos íbamos todos a comer al campo. Era una tradición que se mantenía con fuerza y se esperaba con ilusión. Aquel año, después de la comida nos acomodamos en la sombra de la alameda; algunos en silla, otros sentados en el suelo recostados en el tronco. Los vasos del café corrieron el rondo y Antonio nos unió en torno a sus recuerdos de los primeros años del colegio. Luego apareció la guitarra y cantamos distendidos una de esas de todos. ¡Javier ahora tú! Le pasaron la guitarra, rasgueó unos acordes para ajustar el ritmo y entonó la canción. Me pilló hablando con el de al lado, oí su voz sin prestar atención; se había hecho el silencio y también callé a la segunda estrofa: “Eso que tú me das / no creo que lo tenga merecido…” Un cosquilleo me recorrió el cuerpo “Eso que tú me das / es mucho más de lo que te pido…” “Gracias por estar / por tu amistad y compañía…” No era sólo su voz, también la música y la letra se me colaban y me elevaban como un globo por encima de las copas de los árboles en busca del cielo abierto: “Gracias a ti / seguí remando contra la marea…” “Me ayudaste a remontar / a superarme día a día…” “Eso que tu me das / es mucho más de lo que pido” “Eso que tú me das / no creo que lo tenga merecido…”

Para cuando acabó la canción me había levantado y alejado; necesitaba pasear, estirar las piernas, respirar hondo y saborear aquellas estrofas que se convertían en oración de la que brota en conversación de tú a tú con ese a quien quieres. Desde la distancia vi el grupo con la mirada fijada en Javier que se arrancaba con otra. El bisbiseo de las hojas movidas por la brisa me impidió distinguir la nueva canción, pero daba lo mismo; había entrado en bucle con el estribillo de la anterior que resonaba con gozo en mi interior “Eso que tú me das…”

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

20/03/24

“Eso que tú me das” es una canción del grupo Jarabe de Palo que puedas escuchar pinchando aquí

Tan fácil

Tan fácil

Los conocí un atardecer de invierno cuando salían del portal, riendo con brillo en los ojos como quien está con quien quiere estar, más que ninguna otra cosa en la vida; lo demás era lo de menos. Era viernes y como cada viernes quedé con José Luis para apoyar una actividad deportiva que se organizaba en las instalaciones del colegio con chavales del barrio. Al acabar le llevé a casa y en la puerta coincidimos con su hija y el novio, dos universitarios que se ponían el mundo por montera y el horizonte se les quedaba pequeño de las ganas de vivir que tenían. Me los presentó, fue una conversación de un instante y con la oscuridad de la noche no grabé bien sus rostros.

Una mañana de primavera regresaba de una gestión en el banco y al cruzar el vestíbulo en dirección al despacho, un matrimonio joven que estaban sentados esperando se levantaron y vinieron a saludarme. Se debió notar mucho que no acertaba a identificarlos en mi base datos interior; fueron unos segundos incómodos hasta que ella se adelantó a sacarme del atolladero: “soy Lucía la hija de José Luis; mi marido Dani. Hemos venido a pedir plaza para Pilar, nuestra primera hija; no queríamos marchar sin saludarte”. Habían pasado unos años desde aquel encuentro exprés y, aunque su padre me iba contando sobre ellos y el resto de la familia, la grabación de aquel atardecer de invierno se había difuminado.

Fue el inicio de una amistad de las que dejan poso, con encuentros entrañables, conversaciones íntimas y momentos duros compartidos. El segundo, Javi, nació con una enfermedad no diagnosticada y la fueron conociendo a base de sustos. Detrás vendrían Santiago y Nacho con embarazos complicados que minaron la salud de la madre. Pero si de algo iban sobrados en aquella casa, era de alegría. De comodidades andaban más bien escasos, pero la vivienda que un día estrenaron, cuatro paredes desnudas, la habían convertido en hogar a base de darle la vuelta a los contratiempos, de poner cada día un detalle de cariño en cada uno; y por eso todos querían volver allí cada tarde.

Un sábado me llamó para tomar un café a eso de las seis; venía de dejar la pandilla en casa de los abuelos y quería darle tiempo a ella para que se arreglara. Habían quedado para salir a cenar. Faltaba una hora para pasar a recogerla y me confesó que ya notaba el cosquilleo en el estómago como cuando novios, que esos nervios antes de verla habían madurado, pero no desaparecido; habían mutado la fogosidad en intensidad y sólo se calmarían cuando le diera un abrazo. Nos despedimos y me quedé embobado viéndole marchar.

Al poco vinieron a una conferencia para familias; llegaron cuando el ponente se estaba presentando y se sentaron tres filas delante de mí. Aquel tipo hablaba bien, lo que decía interesaba a los asistentes, nos cautivó enseguida; al referirse a la familia dio unas pautas para el trato con los hijos, que también sirven para el matrimonio: reíros juntos (se miraron y sonrieron); sed los mejores amigos (ella apoyó la cabeza en su hombro); haz que se sienta apoyada (puso su mano sobre la de ella y la apretó); asegúrate de que se siente querido (le dio un beso en la mejilla). Les esperé a la salida ¿qué nota habéis sacado? ¡Un diez! Y, una vez más, se rieron mirándose a la cara.

Ella me cogió del brazo y me apartó un poco para decirme : pero es que con Dani ¡es taaaan fácil!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

06/03/24

La derrama

La derrama

Formo parte de un grupo inquieto por fomentar actividades de carácter cultural y darles difusión para despertar el interés por la búsqueda de la belleza en las distintas manifestaciones del arte. Descubrir que somos capaces de asombrarnos ante la belleza, nos ayuda a apreciar también lo verdadero y lo bueno.

Este grupo es abierto e informal, no tiene carácter asociativo, por lo que somos más amigos que socios de una entidad. Y aunque nos une un motivo tan loable, la realidad es tozuda y nos dice que si queremos encender la luz, estar calientes o ir al baño, hay que sufragar los gastos que se originan. Tenemos establecida una pequeña cuota mensual que habitualmente es suficiente. Digo habitualmente porque en 2022 nos quedamos cortos; el precio de la luz se puso por las nubes y todo subió una barbaridad. El que lleva las cuentas nos dijo que los números no cuadraban y propuso una “derrama”. A mí me da que ese concepto no tiene mucho que ver con la belleza, porque la mayoría se quedaron inmóviles como para ganar tiempo mientras buscaban en su acervo cultural el significado de la palabra. Todo el mundo dijo que ¡por supuesto! seguramente sin saber muy bien que eso afectaba directamente al bolsillo. Algunos se enterarían al llegar a casa y ver la reacción de su mujer. Como la cosa salió bien, el administrador le ha cogido afición a la palabra mágica y para el 2024 ha vuelto a proponer otra “derrama”; en esta ocasión nos ha pillado preparados y, además, el importe es más asumible.

El asunto es que hace unos días quedé con uno del grupo, un sevillano muy salao. Nos sentamos en una terraza y en el reparto de papeles, a mí me tocó el de escuchar. La conversación la mantenía animada, en palabras y en gestos; contando un sucedido me dice “… y cuando lo nombró, me entró una tiritera igual que cuando oigo la palabra esa, la de cuadrar las cuentas…” ¿derrama? ¡eso, la derrama! Me reí con ganas; mira por dónde, un concepto tan terrenal había entrado a formar parte del cielo cultural de algunos, consiguiendo el mismo efecto que el horizonte, que junta el cielo y la tierra.

Pero limitar la derrama a cuestiones crematísticas me parece que es empobrecerla o condenarla a un significado peyorativo. Por eso propongo aplicarla también a otros aspectos de la vida. Por ejemplo, al dolor; quien se haya operado de algún hueso, sabe que el despertar de la anestesia añade al dolor general una derrama que dura unas horas de la primera noche. O también se puede aplicar al cariño; lo cuentan las madres con cada hijo que llega. Les parece que en su corazón ya no hay sitio para más y resulta que en cada parto aportan una derrama de cariño y ¡ala! caben todos.

El domingo pasado entró en la iglesia un matrimonio joven con cinco hijos que fueron corriendo a sentarse con los abuelos, maternos digo yo porque la madre y la abuela tenían la misma cara. Poco a poco se serenaron, la madre los repartió unos con el padre en el banco de delante, otros con ella y los abuelos. Después se arrodilló y se recogió en oración, o mejor lo intentó; el pequeño que sostenía en brazos era como un rabo de lagartija que no paraba de moverse; a la izquierda, una de las niñas reposaba la cabeza en su hombro y ella la acariciaba; otro a su derecha quería decirle algo, ella con gesto amable y el dedo índice en los labios le pedía silencio; del banco de delante, otro se giró y le dio un beso en la frente. A ratos me distraje de la misa, me dejé cautivar por el cuadro que tenía delante, asombrado por la belleza que contemplaba. Y me acordé de la derrama, concepto que aquella madre manejaba con soltura a la hora de repartir cariño.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

28/02/24

El marcapáginas

El marcapáginas

El marcapáginas que usaba en el libro que estaba leyendo, era una postal con el dibujo de una joven hindú que baila descalza un día de lluvia pisando los charcos.

Al acabar la reunión Esteban me sugirió que fuéramos juntos dando un paseo hasta la estación de metro; mientras se ponía el abrigo con el libro en la mano, se cayó la postal, la recogí del suelo y antes de dársela me quedé un instante mirándola porque algo me llamaba la atención.

Ya en la calle hablamos de algunos puntos que habían salido en la reunión, estábamos satisfechos del buen ambiente y del tono con que se habían tratado los temas. Sin venir a cuento, la imagen del marcapáginas se me hizo presente y lo comenté. “Esteban, no sé qué tiene esa postal que me ha enganchado, al recogerla del suelo me he quedado mirándola porque me dice algo”.

Pues a mí me pasó lo mismo cuando me la dieron; de momento la guardé en el cajón y el otro día la puse en el libro que he empezado a leer. Quizás el contraste de los colores suaves resulta atractivo, hace que te fijes en el dibujo, te relaja, te anima a respirar hondo y transmite paz. Puedes quedarte en el dibujo de la chica que baila bajo la lluvia y ya está. Para mí no es todo, porque también me sugiere una actitud ante la vida que comparto, un modelo de persona que quiero para los míos; aquí se cumple aquello de que una imagen vale más que mil palabras.

Te explico. Mira, la vida está salpicada de dificultades, unas que nos vienen y otras que nos las buscamos solitos. Eso es lo que refleja la lluvia. Fíjate en su expresión, cómo avanza confiada, con los ojos cerrados y la sonrisa esbozada. Podemos educar en la desconfianza, en la prevención, en levantar barreras que nos protejan y separen de los demás. Pero es mejor fomentar la actitud confiada, aun sabiendo que más de uno nos va a fallar, o que uno mismo se puede equivocar. Con todo, serán más los aciertos que los fracasos y es preferible respirar con paz que con inquietud. Esa chica camina descalza, ajena al frío, con la fortaleza necesaria para sortear los charcos del camino. Una persona fuerte no significa que sea bruta; comportarse con delicadeza supone el dominio de uno mismo. Desarrollar la sensibilidad, educar los sentimientos, nos lleva a la renuncia de tendencias naturales que nos embrutecen; ahí tienes la fortaleza. Y esa chica la combina con la delicadeza y sensibilidad que transmite en la posición de las manos y el movimiento de su cuerpo, al compás de una música que le suena dentro.

Te aseguro que hay personas así: fuerte ante las dificultades, confiada ante la vida, pendiente de los demás, que transmite paz a su alrededor, que disfruta y se emociona ante los detalles de cada día.

Y mientras Esteban describía ese tipo de persona, el recuerdo de mi abuela Agustina se iba dibujando en aquel marcapáginas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

31/01/24