May 29, 2024 | Escritos
¡Melón, que eres un melón! me decía mi hermano cuando quería provocarme ante los roces habituales; me irritaba, lo tomaba como un insulto vejatorio que atentaba contra mi dignidad y, para defenderla, entraba al choque en el cuerpo a cuerpo con todo mi orgullo, pero las fuerzas eran proporcionales a la edad y siempre salía mal parado. Quizás por eso, estuve a punto de borrar el mensaje que recibí con el enlace a una canción que tiene por título “corazón de melón”, si no fuera porque Miguel Ángel que me conoce bien, escribía: “escúchala que te va a interesar; además, nada tiene que ver con la que cantaban las hermanas Benítez en una película de Cantinflas de 1958. Esta es de Marta Santos, una joven sevillana que ahora suena con fuerza y engancha con su ritmo.”
Por la tarde habíamos quedado en asistir a una jornada sobre “educar en la belleza”; aproveché el viaje para escuchar la canción y estar preparado por si surgía en la conversación. A la primera me dejé llevar por el sonido flamenquito a ritmo de guitarra y palmas; a la segunda descubrí que la letra tenía un mensaje de amor, positivo y vibrante, que sirve tanto para el amor humano como para el divino. A la tercera me sorprendí tarareando algunas frases: “Ay corazón de melón, cuánto te quiero; ayer mientras dormía, te dibujaba en sueños” “Dime si bajaste del cielo, porque con tu sonrisa mi mundo es más bello” “Mi corazón ya no cabe en mi pecho, porque la vida ahora es más hermosa, te tengo a ti, eso es lo que importa” “Desde que tú llegaste, ya no he vuelto a ser la misma; me cambiaste los planes, tú me has hecho brujería” “Libre como el viento, sin remordimientos; y no tengas miedo a caer que todo tiene cura, aunque a veces duela, contigo siempre estaré”
¿Qué te pasa? Me preguntó Miguel Ángel cuando me vio llegar sonriendo; le hice un gesto de tocar palmas entonando ¡ay corazón de melón! y nos reímos los dos. El vestíbulo estaba lleno a la espera de que abrieran la sala. Me llamó la atención un tipo bajito de aspecto curioso por su indumentaria peculiar, a quien mucha gente se acercaba a saludar.
Después de las dos primeras intervenciones hubo un descanso. A continuación, presentaron al siguiente ponente y me puse en alerta dando un respingo en el asiento: era el señor del vestíbulo y resultó ser catedrático de estética. El presentador se alargó comentando su currículum y acabó citando el último libro que había publicado; presumió de tenerlo dedicado por el autor y dijo que lo conservaba como una joya.
Desde el atril, el conferenciante dedicó las primeras palabras a ese libro, para aclarar que es la primera vez que de manera monográfica había escrito sobre la belleza: “pero no vayan Vds. a buscar grandes planteamientos, porque en realidad el libro va dirigido a mi mujer. Ese año se cumplían los veinticinco de casados y era mi regalo de bodas de plata. Con el libro quería decirle básicamente “Mamen te quiero” y me salieron doscientas y pico páginas. No se nota, bueno Vds. no lo notarán, pero ella sí lo notó. Además, la portada son unas flores que ella cultiva con mucho cariño”.
Las alertas que se me habían disparado levantando una muralla defensiva, cayeron por los suelos en pocos minutos; en varias ocasiones volvió a citar a Mamen como alguien que está muy presente en su pensamiento y en su corazón. Con esos comentarios nos hizo reír, a la vez que por los poros de la piel transpiraba el cariño y admiración que le tiene.
La conferencia resultó muy amena; aquel tipo sabía mucho y lo decía muy bien. Pero lo que de verdad me impactó no fue su sabiduría, si no su corazón enamorado, un auténtico corazón de melón.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
29/05/2024
May 15, 2024 | Escritos
Desde hace muchos años colaboro con una Asociación Familiar que organiza actividades para chavales en el tiempo libre; es decir, para ellos todo el que transcurre desde que salen del colegio por la tarde hasta que vuelven por la mañana. En cambio, para las madres el verbo “tiempolibrear” no tiene cabida en su vocabulario. Y para los padres, pues muy parecido, pero con algún matiz; a su favor tienen que son ellos quienes se ocupan de las actividades, con más intensidad los viernes y el fin de semana.
En el curso 2016/17 inauguramos nueva sede, aunque la instalación estaba todavía por terminar. Los primeros viernes tenían la emoción de descubrir los avances materializados durante la semana. A finales de octubre, una tarde me llevé la sorpresa de que en una de las salas habían colocado una máquina de escribir Underwood como elemento decorativo, una auténtica maravilla en su momento y ahora. Con una prima hermana de ésta aprendí a teclear con soltura cuando me preparaba para opositar en un banco; teníamos la clase de mecanografía a las ocho de la mañana, el frío entorpecía el movimiento de los dedos y el golpeteo de las yemas con las teclas fortalecía el carácter y alguna otra cosa más. Fue muy popular durante la primera mitad del siglo XX; tiene el cuerpo de hierro fundido, esmaltado en negro, con el logotipo dorado y aberturas laterales para ver el mecanismo; resulta sólida y elegante.
Mientras me deleitaba con lo que veía y con los recuerdos que me traía, Alex entró como una exhalación huyendo de otro jovenzuelo que le perseguía. Era un adolescente en estado puro que desprendía energía por todos los poros de la piel, de mirada avispada, pelo negro liso que le caía por la frente y medio ocultaba los ojos aceitunos. Me miró, giró la cabeza hacia la mesa y preguntó sorprendido ¿Y esto qué es? Tardó un segundo en arrodillarse delante de la máquina; yo algo más en pensar por dentro aquello de “me alegro de que me hagas esta pregunta”.
Pero no dio muchas opciones a que le contara, porque con intuición y desparpajo empezó a usarla con bastante acierto, hasta que de repente se paró con las manos suspendidas en el aire a la vez que con la mirada recorría de lado a lado el teclado, se volvió con cara de extrañeza y exclamó con una mueca ¿dónde está la tecla de suprimir?
Respiré hondo para ganar tiempo y preparar una respuesta ajustada a sus entendederas. Quería decirle que en la etapa mecánica se usaba el típex para disimular las equivocaciones, pero que siempre quedaba algo de rastro; como en la vida, vamos, que los errores siempre nos dejan una señal por dentro o por fuera, depende del resbalón, y uno aprende a convivir con las cicatrices. En la etapa informática tenemos el riesgo de trasladar el borrado perfecto de la pantalla al mundo real y no aceptamos que somos imperfectos, que nos equivocamos y que avanzamos a base de rectificar y volver a empezar. La tiranía del éxito se cuela en el ambiente y la imaginación monta falsas ilusiones que nos desplaza al universo irreal que confundimos con el verdadero. Si lo que sucede no se ajusta a nuestros deseos e ilusiones, damos paso a la queja que, como música de fondo, marca el ritmo pesaroso de nuestro día. Soñar, imaginar, ilusionarse está muy bien porque nos mueve a luchar, a esforzarnos por nuestro proyecto personal; pero sin confundir el sueño con lo real. La vida tiene límites, imperfecciones, sombras, que lejos de desencantarnos nos han de ayudar a enamorarnos de ella tal como es.
Todo esto que pasó por mi cabeza como un relámpago, me pareció que se llevó varios minutos y me inquieté al comprobar que Alex seguía allí, arrodillado con la cabeza inclinada hacia arriba, esperando una respuesta. Le contesté “no tiene”, se conformó, dio por concluida la prueba y salió a la misma velocidad que había entrado. De pie delante de la Underwood, esbocé una ligera sonrisa y asentía con un suave movimiento de cabeza, orgulloso de todo lo que una máquina prima hermana de aquella me había enseñado, gracias a que no tenía la tecla de suprimir.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15-05-2024
May 8, 2024 | Escritos
La primera vez que pasé junto a la valla, tuve la impresión de haber roto la armonía de aquella tarde tranquila de domingo estival. El perro vino a ladrarme desde el otro lado, los niños dejaron de jugar con el futbolín de plástico apoyado en cajas de fruta, la señora apartó la cortina con las manos mojadas para ver desde dentro de la casita de planta baja, el hombre barrigudo, adormecido en la hamaca a la sombra del único pino que cubría el diminuto jardín, levantó ligeramente el sombrero de paja que le protegía la cara de las moscas pesadas.
Sudoroso, jadeante, saludé con la cabeza intentando que pareciera normal que, en aquel lugar, en aquella hora y fecha, pasara un señor corriendo por la carretera. Estoy seguro de que no les convencí y, tal vez por eso, yo mismo pensé que a lo mejor no era tan normal.
En los días siguientes retrasé la hora, buscando una temperatura menos asfixiante. No encontré ese alivio, pero conseguí mejorar mis relaciones con el entorno. Ahora, cuando llegaba aquel punto de la carretera, justo al iniciar el leve descenso hasta el cruce, el pino alto de la casa pequeña me saludaba con el acompasado vaivén de sus ramas; el perro se acostumbró a mi trote apurado, primero dejó de ladrar y, después, ya no se movía de su refugio en la sombra. Los niños acabaron por saludarme con sus sonrisas sin interrumpir el juego. El señor, perpetuo asiduo de la hamaca bajo las ramas, recibía mi paso con indiferencia mientras veía la corrida de toros en la televisión portátil, merendaba o hablaba con la señora que nunca vi fuera de la casa.
La tarde del último día, al pasar por la casa pequeña del pino grande quería decirles con un gesto sin palabras “hasta la próxima”, que a lo mejor otro año volvería a pasar mis vacaciones de agosto en aquella tierra seca de sombras escasas.
Pero en aquel momento el señor orondo, desde la hamaca que le sostenía quejosa, hablaba a voces con la señora que como siempre estaba dentro, seguramente en la cocina. Cuando llegué a su altura, ella acababa una frase que no pude oír. Aquel buen hombre, sudoroso tal vez por el esfuerzo en las voces de la conversación, sentenció «¡pues eso es un mal vicio!». La frase retumbó en mi interior como el eco y me olvidé de la despedida. Seguí corriendo despreocupado del ritmo, mientras mi cabeza intentaba encontrar la explicación: ¡un mal vicio!… pero ¿cuáles son los vicios buenos? La pregunta quedó botando sin respuesta y decidí que, si al año siguiente volvía por allí, entraría en la casa del pino junto a la carretera y se lo preguntaría al señor de la hamaca.
Durante dos años seguidos asistí a un curso de verano en un hotel a las afueras de un pueblo de Murcia. De eso han pasado treinta años y desde entonces no se ha presentado la oportunidad de volver. Aunque la pregunta se quedó sin responder entonces, con el paso del tiempo y el cambio de costumbres a las que el cuerpo te obliga, me temo que ahora no la haría por si estaban hablando de mi afición a correr a aquellas horas de un mes de agosto por aquellos lugares, porque eso… ¡sí que era un mal vicio!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/05/24
Mar 13, 2024 | Escritos
Abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Aunque era laborable, ese día no había clases y en el colegio las empleadas de cocina también hacían fiesta. El cuerpo arrastraba la inercia de los días de trabajo y le envió una señal por si se había quedado dormida; además, el gato no entendía el calendario laboral y allí estaba pidiendo el desayuno como cada mañana. Se lo sirvió como a un señor, con una caricia de propina, y volvió a la cama. El sueño flotaba a un palmo de su cabeza como una nubecilla que no acaba de descargar sobre sus párpados; aunque los tenía cerrados permanecía despierta.
Dio media vuelta, se ajustó el edredón. Pensó en él, casi veinticinco años juntos y no se acostumbraba a su ausencia. Estos viajes de trabajo se repetían al menos una vez al año; “me acostumbraré” pensó con el primero. Aunque no quiso decir nada para no hacerle sufrir, su cara era un poema y se lo notó nada más volver. No hacían falta palabras, en la otra orilla la situación era una fotocopia y se lo dijeron todo en un abrazo.
Se levantó con el rezo que abre el día; mientras calentaba el agua repasó las habitaciones. La mayor en la universidad, los dos siguientes en el trabajo; la pequeña dormía profundamente con el reloj biológico apagado y también el digital. La besó suave, la tapó con delicadeza. “Hay que cambiarle el colchón, se le ha quedado corto”.
Sentada frente al balcón con la taza caliente entre las manos, se mojaba los labios con la infusión. La bruma matinal se había deshecho con los primeros rayos de sol; la panorámica desde la altura de un noveno se extendía de norte a sur, dejó vagar la vista por encima de la silueta de la ciudad y fue a su encuentro. Oyó su voz sin ver su rostro, le contó los planes de “un día en tu ausencia”.
Dejó el desayuno preparado para la dormilona y salió a comprar. En la parada se encontró una vecina que la distrajo con su conversación hasta la entrada del supermercado. Delante de la estantería, llamó al hijo para aclarar una duda; también se acordó del encargo de la mayor. Para la pequeña se llevó un postre especial pues especial era el día ya que iban a comer juntas y solas. Y para la segunda, una crema que le hacía falta, aunque no se la había pedido.
En el autobús de regreso pidió parada a mitad de trayecto, así andaría un poco. Atravesó la plaza, entró en la iglesia y arrodillada en el último banco pidió por cada uno de ellos; añadió una compañera de trabajo, una amiga, su hermana y una vecina de la escalera de al lado, cada una con lo suyo.
A punto de entrar en el portal le sonó el teléfono; lo había guardado entre las bolsas de la compra y tardó en encontrarlo. Al mirar la pantalla, el corazón le dio un sobresalto; pensó lo peor, a estas horas no lo esperaba. “Me han cancelado una visita y tengo unos minutos para saludarte. Se me hace largo esperar hasta la noche” Le salió un suspiro hondo antes de articular palabra y se le dibujó una sonrisa en la cara que llamaba la atención. Saludó al portero bajando un instante el teléfono; en el ascensor la cobertura no era buena, no quiso arriesgarse a perder la llamada y lo detuvo tres pisos antes. Se sentó en el rellano, sin notar que el mármol estaba frío o tal vez le daba igual. “Adiós… yo también” Colgó y continuó sin moverse de aquella postura. Un minuto después, la puerta de un piso por encima la devolvió a la realidad. De pie, se estiró para desentumecerse, respiró hondo y acabó de subir hasta su rellano. Al entrar en casa saludó “He hablado con papá” … “quería saber lo que hacemos un día de fiesta en su ausencia”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
13/03/24
Mar 6, 2024 | Escritos
Los conocí un atardecer de invierno cuando salían del portal, riendo con brillo en los ojos como quien está con quien quiere estar, más que ninguna otra cosa en la vida; lo demás era lo de menos. Era viernes y como cada viernes quedé con José Luis para apoyar una actividad deportiva que se organizaba en las instalaciones del colegio con chavales del barrio. Al acabar le llevé a casa y en la puerta coincidimos con su hija y el novio, dos universitarios que se ponían el mundo por montera y el horizonte se les quedaba pequeño de las ganas de vivir que tenían. Me los presentó, fue una conversación de un instante y con la oscuridad de la noche no grabé bien sus rostros.
Una mañana de primavera regresaba de una gestión en el banco y al cruzar el vestíbulo en dirección al despacho, un matrimonio joven que estaban sentados esperando se levantaron y vinieron a saludarme. Se debió notar mucho que no acertaba a identificarlos en mi base datos interior; fueron unos segundos incómodos hasta que ella se adelantó a sacarme del atolladero: “soy Lucía la hija de José Luis; mi marido Dani. Hemos venido a pedir plaza para Pilar, nuestra primera hija; no queríamos marchar sin saludarte”. Habían pasado unos años desde aquel encuentro exprés y, aunque su padre me iba contando sobre ellos y el resto de la familia, la grabación de aquel atardecer de invierno se había difuminado.
Fue el inicio de una amistad de las que dejan poso, con encuentros entrañables, conversaciones íntimas y momentos duros compartidos. El segundo, Javi, nació con una enfermedad no diagnosticada y la fueron conociendo a base de sustos. Detrás vendrían Santiago y Nacho con embarazos complicados que minaron la salud de la madre. Pero si de algo iban sobrados en aquella casa, era de alegría. De comodidades andaban más bien escasos, pero la vivienda que un día estrenaron, cuatro paredes desnudas, la habían convertido en hogar a base de darle la vuelta a los contratiempos, de poner cada día un detalle de cariño en cada uno; y por eso todos querían volver allí cada tarde.
Un sábado me llamó para tomar un café a eso de las seis; venía de dejar la pandilla en casa de los abuelos y quería darle tiempo a ella para que se arreglara. Habían quedado para salir a cenar. Faltaba una hora para pasar a recogerla y me confesó que ya notaba el cosquilleo en el estómago como cuando novios, que esos nervios antes de verla habían madurado, pero no desaparecido; habían mutado la fogosidad en intensidad y sólo se calmarían cuando le diera un abrazo. Nos despedimos y me quedé embobado viéndole marchar.
Al poco vinieron a una conferencia para familias; llegaron cuando el ponente se estaba presentando y se sentaron tres filas delante de mí. Aquel tipo hablaba bien, lo que decía interesaba a los asistentes, nos cautivó enseguida; al referirse a la familia dio unas pautas para el trato con los hijos, que también sirven para el matrimonio: reíros juntos (se miraron y sonrieron); sed los mejores amigos (ella apoyó la cabeza en su hombro); haz que se sienta apoyada (puso su mano sobre la de ella y la apretó); asegúrate de que se siente querido (le dio un beso en la mejilla). Les esperé a la salida ¿qué nota habéis sacado? ¡Un diez! Y, una vez más, se rieron mirándose a la cara.
Ella me cogió del brazo y me apartó un poco para decirme : pero es que con Dani ¡es taaaan fácil!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
06/03/24