Tú, el mar y el cielo

Tú, el mar y el cielo

“No sé si aún me recuerdas / nos conocimos al tiempo / tú, el mar y el cielo…” Sonó la inconfundible voz del grupo La Oreja de Van Gogh y me agarré fuerte al volante para saborearla. El fin de semana en el pueblo había sido fecundo en recuerdos por cuenta de mi madre. Apoyada en mi brazo y su bastón, recorrimos las calles al ritmo que le permiten sus muchos años, quizás para darle tiempo a contar la historia que le sugiere cada rincón. Asombra la frescura y el detalle con el que cuenta cada una de las vivencias guardadas en los repliegues del corazón.

Ahora la canción volvía a poner en primer plano los recuerdos. Conducía con tranquilidad por una carretera de rectas interminables, por en medio de sembrados maduros que el sol de atardecer bañaba de luz dorada: “Más de cincuenta veranos / hace hoy que no nos vemos / ni tú, ni el mar, ni el cielo…” Volver la mirada a lo pasado sin nostalgia, sin entorpecer el presente, sin anclarnos en el antes; revivir aquel momento, hacerlo presente de nuevo para disfrutarlo es volver a vivir. Ese sentido positivo del recuerdo me llevó a la historia que cuenta Ernesto Juliá en un libro titulado “Desde la ribera”.

“Pedro era tan buen abogado como tímido para las relaciones sociales; de joven tan apenas consiguió salir más de un mes seguido con dos o tres conocidas y en vista del escaso entendimiento, decidió centrarse en el trabajo. Recién estrenada la decena de los sesenta, una tarde le asaltó una duda y consultó el libro de derecho penal que usaba en la facultad. Entre las hojas encontró una nota escrita a mano, firmada por Rosa “espero que los apuntes te sean útiles”. Se quedó pensativo ¿quién era? Repasó mentalmente los nombres de clase y no encontró ninguna Rosa. A la mañana se despertó con esa inquietud y quiso averiguar de quien se trataba. Llamó a Ramón, antiguo compañero de Derecho; entre los dos localizaron tres chicas en la clase con ese nombre. Supuso quien de ellas era la de la nota; aunque su relación con ella no había pasado de conversaciones esporádicas sobre los estudios, recordó que durante un tiempo se ponía colorado cuando sus miradas se cruzaban. Aquel papel algo desvaído le despertó inquietudes dormidas; se sorprendió cuando la idea de llamarla le empezó a rondar con frecuencia. Sonó el teléfono ¿está la señora? “un momento” contestó una voz de niña de siete años, se oyó correr por el pasillo ¡abuela, supongo que preguntan por ti! ¿Rosa? soy Pedro de la facultad ¿Pedro? No conozco… La conversación no fue fácil porque a Pedro no le salían las palabras; fue ella quien a base de preguntas unió el lazo deshecho al acabar la carrera. Rosa se había trasladado a otra ciudad, donde enviudó hacía diez años; con cinco hijos, todo este tiempo había sido intenso, muy dedicada a sacar la familia adelante. Ahora, la última hija estaba a punto de casarse y la dejaría sola. Volvieron a hablar al cabo de un mes, aunque a ella la imagen de Pedro le acompañó esos días al recordar que, durante un tiempo en la facultad, se fijaba en aquel chico discreto y le hacía tilín. Quedaron en verse y al regreso, los nietos notaron que la abuela sonreía con cara de felicidad. No tardaron en conocer la historia y en aplaudir cada vez que la veían arreglarse para la visita. Recibió la aprobación de todos los hijos cuando insinuó la posibilidad de boda. Nadie habló de nuevas ramas en troncos viejos, ni de locura colectiva. La ceremonia se celebró con sencillez y desbordada emoción cuando el novio y la abuela se miraron a los ojos para decir el ¡sí quiero! ante Dios”.

Bien podría sonar para ellos el estribillo “Más de cincuenta veranos / hacía hoy que no nos vemos / tú, el mar y el cielo…”

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

09/07/25

Tonos y Pili

Tonos y Pili

Jorge es un tipo de saber polifacético que lo vierte con suavidad en las conversaciones pausadas. Coincidimos todas las semanas en la reunión del Patronato de una labor social y esperamos con inquietud el momento informal de la comida, una vez resueltos los puntos que el orden del día marca para avanzar en la misión que se nos ha encomendado. Es la oportunidad de compartir novedades, de ponernos al corriente de los derroteros por los que transitamos, tan ricos y variados como la paleta multicolor del artista pintor. Y de ese abanico temático deriva el enriquecimiento de la conversación que hilvana el primer plato con el segundo y el postre con el café hasta que el tiempo se agota y cuesta despedirse porque no encontramos el momento para el punto final.

En una de las últimas ocasiones antes de las vacaciones de Navidad, escuchábamos con interés su actividad en el campo de la moda, tanto desde la docencia en la Universidad como en el asesoramiento de una marca de ropa en expansión. Hablaba de tendencias, de colores, de texturas, de combinaciones; hablaba sobre todo de personas, porque concibe ese mundo al servicio de las personas para resaltar sus valores y hacer más agradable la relación entre ellas. Hablaba de la elegancia como un concepto abierto con unos cánones que se actualizan en cada época, en cada generación. La persona elegante tiene un toque vanguardista, un sello personal, un estilo peculiar que sobrepone a la moda sin dejarse arrastrar por ella. Seguir ciegamente la moda nos despersonaliza, nos convierte en objetos moldeados, resultamos aburridos: conocido uno, conocidos todos. La elegancia requiere cierta exigencia, incompatible con la entrega cómoda e incondicional a la moda. Se alcanza con el esfuerzo de la inteligencia; el gusto se perfecciona, no es algo que se tiene y ya está. Saber escoger lo mejor se ensaya en cada elección personal; cada uno es elegante a su manera porque somos irrepetibles. Nos decía que no se trata de “ponerse elegante” si no de “ser elegante” y eso tiene mucho que ver con la sencillez y riqueza interior más que con el adorno de unas ropas, que la elegancia sale de dentro a fuera.

Mientras Jorge nos tenía con la cuchara suspendida a medio camino entre el plato y la boca para no perder el hilo de su exposición, me acordé de Pili la de Tonos, como la llama mi madre, aunque ya hace años que traspasó el negocio. Tonos es una tienda de telas en el pueblo y Pili era la propietaria, además de dependienta, asesora, confidente y amiga de quien entraba en aquel reducido local. Su gusto y sencillez lo reflejaba el minúsculo escaparate, del que fui asiduo contemplativo cada vez que iba al pueblo a visitar la familia. Aquel rincón perfumado con el aroma de la elegancia me atraía para contemplar en silencio la composición con la que mostraba los tejidos por temporadas. Recogido con mirada atenta, descubría la belleza que la luz de su interior alumbraba. Sensibilidad, claridad, orden, paz, calidez, humanidad; aquella decoración reflejaba un modo de entender la vida.

Escenografías pensadas al detalle, elementos traídos de Dios sabe dónde, porque la pereza no tiene acomodo en su diccionario: una máquina de coser a pedal con base de hierro fundido, una escalera de madera, una cómoda con los cajones entreabiertos de los que sobresalían mantones de bobiné, el carro del afilador con el que recorría las calles afilando cuchillos, un espantapájaros de tamaño natural hecho con tela de saco. Recreaciones según la época del año: un rincón de aula con pupitre, pizarra, mapas y mesa de profesor; una chimenea de fuego bajo dando ambiente al salón de la casa; un cuadro compuesto con hojas secas otoñales y unas calabazas gigantes en la base; un mueble viejo recubierto con un tul transparente en tono fucsia adornado con motivos navideños.

Unos días después de aquella comida, aparqué al lado de una tienda que me llamó la atención. Me acerqué expectante: muchos metros de escaparate en la calle principal y la entrada al doblar la esquina. Estaba bien, pero continué caminando. El ruido del tráfico, las prisas de los viandantes, el frío de la tarde; esbocé una sonrisa, me arrebujé en el abrigo y con la imaginación volví al remanso humano y cálido de Tonos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

7 de mayo de 2025

Solos en la Alhambra

Solos en la Alhambra

La primera vez que me hablaron de “Recuerdos de la Alhambra” supuse que se trataría de un libro y tuve que añadir a mi historial una nueva metedura de pata; bien es verdad que como por entonces era muy joven, no me afectó mucho al orgullo. Aprendí que era una pieza para guitarra clásica compuesta en 1896 por el famoso guitarrista español Francisco Tárrega. Y que a través de la música también se cuentan historias. Con esa lección aprendida, más adelante comprobé que mi simpatía por Granada se alimentaba exclusivamente de canciones; hasta que en 1998 pasé allí unos días del mes de abril, asistiendo a un curso organizado por un colegio del Sacromonte. Los paseos por el Albaicín y la visita nocturna a la Alhambra multiplicaron el atractivo por la ciudad y busqué más leña para alimentar aquel fuego; la encontré en el libro “Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving escrito en 1829. Este americano enamorado del embrujo de la misteriosa Alhambra, recopiló leyendas, fábulas y cuentos transmitidos de generación en generación, convirtiéndolos en historias apasionantes, donde destaca lo legendario y fantástico.

La pieza musical tiene el mismo título que el libro, si entendemos que recuerdos y cuentos se mezclan y entrelazan ficción y realidad; es quizás la obra más célebre del mundo para guitarra sola, inspirada en el espectacular conjunto de palacios y jardines de la Alhambra. Y si dejas volar la imaginación, también en las leyendas que se cuentan en el libro. Por ser una obra tan célebre ha tenido infinidad de versiones para todo tipo de instrumentos y de estilos. De las versiones vocales guardo especial cariño por “Solos en la Alhambra” (1983) del grupo español Mocedades. La música tiene la virtud de evocar recuerdos y emociones vinculadas a situaciones específicas de nuestra vida. Escuchar una canción que estuvo presente en un momento significativo, puede refrescar emociones ligadas a esa circunstancia y nos conecta con nuestro pasado de una manera intensa. Cuando suena el estribillo “Pasas junto a mí / y vuela mi sombra / hombre entre mil hombres / solos en la Alhambra”, en mi interior se mezclan las historias de Irwing con la música de Tárrega y la imaginación recorre las estancias de la Alhambra en busca de la sombra anhelada.

El mes pasado volví a la Alhambra; al acabar las sesiones del congreso al que asistía, nos habían preparado una visita para dos grupos reducidos, una vez que se cierra el horario del público. La tarde se había quedado fría y el tiempo de espera hizo que encogiéramos el cuello y nos aisláramos del otro. La guía, una tipa joven muy bien preparada, detectó el ambiente y se empleó a fondo desde el primer momento: con gracia, con profesionalidad, provocando nuestro interés, conectando con detalles personales. Poco a poco estiramos el cuello, salimos de nuestro yo y volvimos a ser grupo; incluso pareció que el tiempo mejoraba, seguramente por cada uno había mejorado la actitud. Es lo mismo que sucede en la vida, cuando ante las dificultades tendemos a escondernos en la cueva y estamos más pendientes de lo mío que de lo tuyo.

Cuando pasamos por el Patio de los Arrayanes la guía nos animó a hacernos una foto aprovechando que el viento había parado y el agua del estanque parecía un espejo. Por la noche en la habitación del hotel, recibí un mensaje con la foto que me habían hecho. Al abrirla me pareció que sonaba un fondo musical -o quizás fue sólo en mi interior- con la canción de Mocedades, porque también nosotros estábamos solos en la Alhambra.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

13/11/24

Lugar de vivos

Lugar de vivos

El viernes por la tarde estuve de visita en el cementerio, uno de los varios que tiene Madrid; la tarde se había quedado preciosa después de la lluvia de la mañana. Unos cuantos coches marchaban cuando llegamos; dentro imperaba el silencio custodiado por los cipreses inmóviles que absorbían los comentarios de las pocas personas que aún quedaban. Por encima de las paredes de nichos que cierran los patios, nos cubría el cielo limpio de azul intenso, salpicado de nubes corridas que el sol de la tarde coloreaba de naranja pálido. Recorrimos sin prisa el camino que separa las tumbas conocidas, contagiados del ambiente tranquilo, respirando hondo la paz que flotaba en el aire. Delante de la lápida gris, sin más adornos que la cruz y los nombres grabados de quienes allí reposan, rezamos por su eterno descanso y recordamos anécdotas vividas o contadas. El grito del empleado alteró nuestro relajo; junto con las voces hacía gestos señalando el reloj. Se nos había pasado la hora y hacía quince minutos que tenía que haber cerrado; un tanto avergonzados le pedimos disculpas por alargar su jornada en un día tan intenso. Algo tenía aquel lugar que nos había retenido más de lo esperado.

En el pueblo, el cementerio está separado de la carretera por un camino amplio bordeado de cipreses que enmarcan la puerta de entrada. Aprendí de mi madre a rezar por los difuntos, cada vez que pasábamos por delante con el tractor camino de las tareas del campo. Luego, cuando quedó viuda, la he acompañado con frecuencia a rezar por mi padre, por los abuelos y por aquellos familiares que se han añadido a medida que la vida pasa. Al principio, ella salía dando un paseo y pasaba muchos ratos a solas con él; pero ni él ni ella estaban solos. El la tenía a ella; y a ella, el recuerdo nunca la ha bloqueado; en todo caso le avivaba el cariño, la impulsaba a estar activa para los demás: vecinas, enfermos, familia, amigas, siempre pendiente de los suyos. Los paseos frecuentes al cementerio y la oración continua, actualizaban el amor que les unió. Y un corazón que ama, transmite alegría, contagia optimismo, atrae porque a su lado se está bien. Y por eso siempre se ha sentido acompañada.

Ahora ya no está para paseos largos y vamos juntos. Se detiene delante de un nicho, de una tumba; se acerca para ver la foto, la reconoce, le sale el recuerdo fresco como si fuera de ayer. En algunas tumbas, el paso del tiempo ha borrado la numeración y las letras grabadas sobre la piedra arenisca; el musgo extendido sobre la lápida dificulta la localización. La parada se repite, avanzamos despacio, son historias de vivos porque las cuenta en presente, las adorna con mil detalles porque las vive y me las hace vivir, para ella es la vida de entonces y para mí la de ahora porque la vivo con ella.

El viernes, ya en la calle, una vez pasado el susto de que podíamos habernos quedado encerrados en el cementerio, sonreí con el recuerdo de los paseos con mi madre tan parecidos al de aquella tarde. Marché contento con el pensamiento de que todo el bien que han hecho esas personas sepultadas, todo el ejemplo que nos han dado, la luz que han arrojado con su comportamiento, no se apaga con el paso del tiempo como puede suceder con su nombre sobre la piedra; ha quedado impregnado en el ambiente para beneficio de quienes venimos detrás y hacen que el cementerio parezca un lugar de vivos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

06/11/24

Cordones desatados

Cordones desatados

¡Señora, los cordones! ¿Qué? ¡Que lleva los cordones desatados! Aquella señora mayor cargada con una bolsa en cada mano, no entendía lo que la motorista le decía; el casco amortiguaba las palabras, ella con sus noventayuno ya no estaba fina de oído y, además, estaba fatigada del paseo y del peso de la compra y de la vida; hizo un gesto de ¡es igual! y continúo cruzando el paso de peatones. Beatriz se había detenido con el semáforo en rojo, dejó la moto en marcha, corrió hasta alcanzar a Nuria, se arrodilló sin quitarse el casco, le ató el cordón, volvió corriendo a por la moto, el semáforo se puso verde y Nuria la vio desaparecer en medio del tráfico sin tan siquiera verle la cara.

Era un martes del pasado mes de junio a mediodía, en el cruce de la calle Muntaner y General Mitre en Barcelona.

En casa de Nuria, las estanterías del salón están repletas de libros; y los cajones de la mesa guardan unas cuantas libretas donde escribe cuentos infantiles. A la tarde, con calma, quiso agradecer el detalle que había vivido y en una de esas libretas redactó una carta al periódico. No solamente la publicaron, si no que una emisora local se hizo eco en un programa que comentan noticias de los periódicos. Aquel día Beatriz dejó a los niños en el colegio y volvió a casa, no tenía que ir al despacho. Puso la radio y se quedó de piedra cuando el locutor leyó la carta y se reconoció ¡esa soy yo! Sus padres que también conocían la historia la llamaron ¿has oído la radio? Llama y diles que eres la protagonista; ¡pero si no tiene mayor importancia! Pasión de padres, lo hicieron ellos; el periódico La Vanguardia juntó a las dos mujeres en un encuentro emotivo y publicó un reportaje.

Acerté a leer la noticia y me enganchó desde el primer momento, porque el cariño que Beatriz puso en el detalle de atar los cordones de Nuria, como si se lo hiciera a su madre, convertía aquel gesto ordinario en extraordinario. También porque ese paso de peatones lo cruzo con frecuencia cuando voy a Barcelona a ver a mi madre, que pasa buena parte del año en casa de mi hermana allí cerca, y me situaba perfectamente en la escena.

Envié el recorte de la noticia a un matrimonio amigo, que siempre han vivido en esa zona de Barcelona y ahora están asentados en Lisboa por motivos de trabajo. Ella me contestó enseguida: ¡qué coincidencia! mi madre es amiga de la hermana de Nuria. Lo que me faltaba, mi alegría se había multiplicado como si yo estuviera implicado en la historia; aquello que nos alegra tendemos a contarlo, a compartirlo: el bien es difusivo. Por eso, este escrito quiere rendir homenaje a las dos mujeres protagonistas de la historia. Y como dice Nuria en el inicio de una de sus obras: los cuentos no se escriben para dormir a los niños, si no para despertar a los mayores.

Esta historia que es real, de las de verdad, consigue el mismo efecto que pretende Nuria con sus cuentos: despertar a los mayores. Será por eso por lo que desde que la leí procuro ir un poco más despierto por la vida, atento a las necesidades de los otros, y descubro que hay muchas maneras de llevar los cordones desatados.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

07/08/24