Pascua en familia

Pascua en familia

El domingo pasado nos juntamos toda la familia en torno a mi madre, para la celebración pendiente de sus 100 años cumplidos en enero. Allí estábamos hijos, nietos y bisnietos, arropándola en la nueva etapa centenaria que empieza a recorrer. También ese domingo iniciamos la celebración de la Pascua, que desde la óptica de la fe da sentido a todo lo vivido en la Semana Santa. Era pues, una doble celebración con un denominador común: el estreno de un nuevo tiempo.

Estos días he recordado con frecuencia las dos visitas que he tenido la suerte de hacer a Tierra Santa. En el corazón de la ciudad vieja de Jerusalén se encuentra la basílica del Santo Sepulcro, también conocida como “iglesia de la Resurrección”. En su interior encontramos el Calvario -lugar de la crucifixión y muerte de Jesús- y la Tumba desde la que resucitó al tercer día. Los dos santos lugares son inseparables, como lo son el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Quedé impactado con un viacrucis de figuras sobrias y sencillas, pero de una belleza singular, que se encuentra en la capilla de la Aparición en el interior de la basílica. Me llamó la atención la última escena que representa la Resurrección (el viacrucis tradicional acaba con el entierro de Jesús). Sin Resurrección, la Pasión sería un sinsentido.

De alguna manera simboliza otras situaciones dolorosas por las que podemos pasar en la vida y que conducen a que nazca en nosotros algo nuevo. El amor y el dolor van con frecuencia de la mano (en el matrimonio, en la familia), como bien lo escribió el poeta: “Mi ciencia es toda de amor / y si en amor estoy ducho / fue por arte del dolor / pues no hay amante mejor / que aquel que ha llorado mucho”.

Mi madre es una mujer de fe sólida que nos la ha transmitido con el ejemplo de su vida más que con discursos doctrinales, de los que no va muy sobrada. Por eso el domingo tenía para ella un doble motivo de alegría, celebrar la Pascua y vernos a su lado. No se trataba de batir un récord al juntar cuatro generaciones, si no de manifestarnos una vez más el cariño que nos tiene a cada uno, un amor cribado a lo largo de un camino recorrido con esfuerzo, con superación, en el que no han faltado contradicciones, sinsabores, dolores y sufrimientos, a modo de viacrucis que precede a la Pascua. De ella hemos aprendido que la felicidad llega no tanto de las alegrías que da la vida, si no de las que tú das a los demás. Las despedidas las dejamos para otro momento porque ella todavía tiene muchas cosas por hacer, no se habitúa a vivir de rutinas cómodas. Su corazón lo llenan personas, que ya hace tiempo se desprendió de lo poco material que atesoraba; por eso piensa en la nieta y en los nietos, en cada una de las bisnietas y bisnietos o en el que está en camino y engrosará la familia dentro de unos meses. Aunque sus días no se cuentan por triunfos ni su carácter sea un modelo inmaculado de virtudes, su actitud en el modo de proceder es como una música ambiental que surge de su interior y nos atrae con su melodía de agradecimiento a la vida y a las personas.

Nos pareció que el domingo era algo pobre lo que le ofrecíamos, poco más que un rato de compañía. Para ella era mucho, porque podía iniciar una nueva Pascua en su vida, del modo que más valora: en familia.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

23 de abril de 2025

La escoba de oro

La escoba de oro

Esta publicación es un homenaje que dedico a Evarist, fallecido en octubre de 2024, pocos días después de escribirla:

Acerté al salir pronto de casa porque encontré la circulación algo espesa aun siendo una hora temprana. Y tuve suerte con el aparcamiento, pues nada más girar la esquina un coche dejaba el hueco que buscaba. Aquella era una calle de tránsito vecinal, tranquila; tanto que el paso de peatones no tenía semáforo. Crucé sin mirar a derecha ni izquierda, confiado en el silencio que anunciaba ausencia de peligro, con el pensamiento puesto en el encuentro que me esperaba y la marcha apresurada de quien llega tarde, aunque no fuera el caso porque tenía unos minutos de margen. Cuando puse el pie en el otro lado, pendiente del bordillo roto en un tramo de la acera, me sorprendió un ¡buenos días! que de momento me sobresaltó, porque me pillaba encerrado en mi mundo. Me detuve, levanté la vista y miré en la dirección del saludo. Respiré hondo, la sangre se acumuló en la cara al sentirme avergonzado, sonreí un poco forzado y respondí con otro “buenos días”; recuperé la serenidad y añadí una frase de arrepentimiento “disculpe, no le había visto”. El barrendero un poco oculto entre los coches, que me había visto cruzar -éramos los únicos pobladores de aquel micro mundo- seguramente pensaría “otro que va acelerado”, y quiso regalarme una sonrisa para alegrarme el arranque de la mañana. Antes de entrar en el edificio me volví para buscarle con la mirada; le vi limpiar, vaciar una papelera y hablar con un anciano que paseaba con el perro en una mano y el bastón en la otra.

La entrevista salió mejor de lo que esperaba y cuando volví al exterior, la mañana me parecía más cálida, tenía ganas de sonreír y de volver a encontrarme con aquel buen hombre. Le vi en la plaza al fondo, fui en su busca, le agradecí el gesto y el saludo inicial porque me bajó a tierra y llegué a la visita más centrado. Estuvimos hablando un rato y antes de despedirnos le pregunté si este Ayuntamiento también entregaba cada año “la escoba de oro”. Se lo tomó a broma y soltó una carcajada porque eso le sonaba a jugador de fútbol, a espectáculo de masas. Bajando el tono y con una sonrisa que le iluminaba la cara me dijo que su trabajo pasa escondido, que habitualmente nadie se fija en lo que hace y que a él no le hacen falta premios para intentar hacer bien su trabajo y ser amable con las personas.

Ese día le puse cara al protagonista de la historia que nos contaba Evaristo. En Barcelona a finales de 1974, un amigo me llevó por el local de una asociación de actividades para jóvenes. De aquella primera visita recuerdo la alegría bulliciosa que llenaba el pasillo estrecho, una charla sobre la Navidad que ya asomaba por la esquina y la narración de Evaristo durante la merienda: nos habló del barrendero de su barrio varias veces premiado. Decía que el Ayuntamiento otorgaba cada año la “escoba de oro” al empleado de la limpieza que más puntos sacaba por la valoración de su trabajo y de su comportamiento con los vecinos y comercios de la zona. Era un gran comunicador, nos metió a todos en la historia escenificando posturas y movimientos, y nos tuvo con la boca abierta pendientes del relato. Aquel día Evaristo me hizo un hueco en su corazón y me añadió a la lista de amigos; durante años hemos pasado juntos muchas horas. De vez en cuando le pedíamos que nos contara la historia y siempre me causó el mismo impacto de la primera vez. Como les pasa a los niños con los Reyes Magos, nunca quise saber si el personaje era real y la leyenda cierta o era una novela que nos contaba para entretenernos; y desde luego que nos entretenía, tanto como nos divertía y nos transmitía una actitud en el trabajo que él se esforzaba por vivir.

Cuando me despedí de mi barrendero me acordé de Evaristo y me entraron ganas de escribirle para decirle que le perdono si el suyo no era de verdad; porque personas como aquel existen. Yo me lo he encontrado, aunque ahora no le den la escoba de oro.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18/09/24

Pon un master en tu vida

Pon un master en tu vida

Mi relación con el mundo académico quedó interrumpida por derribo; mientras trabajaba en el banco hice el COU nocturno por insistencia de un amigo que se puso pesado con razonamientos de futuro. Después me matriculé en Económicas en el turno de la tarde, pero al acabar el primer trimestre saqué bandera blanca y no volví a aparecer por la facultad.

Cuarenta años después he tenido la oportunidad de volver a la Universidad, para hacer un Máster, de los de verdad, de los de dos años dale que te pego lunes y jueves.

Me llegó la información cuando andaba buscando alguna actividad que mejorara mi formación humanista, me atrajo el título y me conquistó el programa; en la conferencia de presentación rematé la decisión, solicité plaza y conseguí colarme por la gatera para sentarme en el aula como uno más. Del programa y de los profesores estaba al corriente, sabía que me esperaba un nivel alto y la realidad ha respondido a las expectativas. Pero la auténtica sorpresa, más allá de contenidos y docentes, han sido las personas que me han acompañado en esta aventura. Las intervenciones en clase y las conversaciones fuera del aula, han permitido conocernos, generar confianza, valorar las diferencias y cohesionar el grupo, que se ha convertido en una auténtica escuela de la vida, de donde he salido enriquecido.

Las vivencias personales compartidas y los comportamientos sinceros en el aula han jalonado el recorrido, añadiendo al curso una dimensión personal, humana, que las materias impartidas no podían dar. En estos dos años hemos tenido cinco nietos, entre los de Fernando y los de Concha; nos ha nacido una hija de María, que a las dos semanas asistía a clase en su carrito; hemos celebrado las bodas de plata de Javi; hemos publicado un libro con Elvira; nos hemos ido al Líbano con Marta. En clase nos hemos removido inquietos en el asiento cuando Natalia expresaba sus dudas en voz alta, porque nos sacaba de nuestra zona de confort; conteníamos el aliento cuando Pilar levantaba súbitamente la mano; escuchábamos con atención las intervenciones de Don Mario impregnadas de serenidad y profundidad. Hemos arropado a Iakov con las noticias de Rusia; hemos acompañado a Josefina con las elecciones argentinas y a Paulina con las de México. Hemos superado algunas crisis de quienes estaban por tirar la toalla y abandonar el curso porque les costaba seguir el ritmo y hemos dicho adiós a otros que lo han dejado, pero han seguido unidos con los mensajes del grupo. Y en el día a día también han aportado su quehacer ordinario Rocío, Paulina, Isa, Chantal, las dos Anas, María Teresa, Gema, Cristina, Juan Andrés, Vicente, Luchy, Mari Carmen, Mercedes, Mar, Bea, Don Oscar, Álvaro, Elena, Roxana y Jaime, eficazmente coordinados por Carmen y muy bien representados por la otra Rocío. Con las puntadas de cada semana se ha tejido un paño que nos arropaba, un tapiz de nudos con los colores variados de cada uno que configuraban un conjunto armonioso.

El curso se proponía ayudarnos a encontrar conocimientos avanzados para comprender los problemas y desafíos del mundo actual en todos sus aspectos: intelectuales, históricos, sociales, científicos, artísticos, literarios, filosóficos y teológicos. Pero es que además me llevo de propina una relación personal valiosa. Si al final, el contacto personal y la relación con el otro es lo que más valoro del máster, y también eso lo tengo cada día en la familia, en el trabajo o en la calle, igual estoy cursando un máster desde hace muchísimos años y no me he enterado.

Por eso, esta experiencia me lleva a compartir un consejo: sea en la calle o en la Universidad, pon un Máster en tu vida.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

10/07/24

El día de las buenas personas

El día de las buenas personas

Me pregunto si el jueves pasado sería el día de las buenas personas, una de esas celebraciones internacionales que se difunden ahora y que te enteras a toro pasado al cabo de un tiempo. No me sorprendería que hubiera sido así y que al día de autos le caracterice lo mismo que a las buenas personas: pasan desapercibidas.

Todo empezó con algo que escribí en octubre de 2015 y que esa mañana encontré mientras buscaba otro papel:

“Desayuno con unos amigos. Mientras se prepara la mesa, Guillermo coge el periódico y va directo a las páginas deportivas. Comenta en voz alta lo que lee y se anima el ambiente fresco de esta mañana otoñal.

¡Mira lo que dice Vicente del Bosque!, que prefiere ser buena persona a ser buen entrenador. Luego compruebo que no es exactamente lo que ha dicho, pero ya está liada.

Felipe entra en liza con ganas de polémica: vamos a ver, entonces ¿o eres buena persona o buen entrenador? No, no… interviene Raimundo, sereno y profundo, no es eso lo que quiere decir. Para ser buena persona hay que procurar ser buen profesional, y para ser buen profesional hay que procurar ser buena persona. A un chapuzas o a un vago no se le puede añadir «pero es buena persona»; a un malaje o a un egoísta no se le puede añadir «pero es un profesional como la copa de un pino». Para ser buen entrenador, o buen estudiante o buen marido, hay que esforzarse por ser buena persona.

Guillermo a lo suyo, tercia con una noticia sobre Nadal. El tintineo de las tazas y el aroma del café nos distrae de la conversación; pasamos a otros temas de relevancia internacional, dispuestos a arreglar el mundo en un plis plás.

Y a mí me queda un run run por dentro, pienso en éste Del Bosque y su frasecica, que tiene tela: ser buena persona ¡ahí es ná!”

Por la tarde fui a una oficina de Correos; llovía finamente y la temperatura había bajado para recordarnos que aún estamos en invierno. Entré encogido con las solapas del abrigo levantadas y la gorra calada que orientaba la vista hacia el suelo. Después de coger el número, mientras me despejaba la cabeza y estiraba el cuerpo, me encontré con una cara sonriente al otro lado del mostrador que me miraba antes de que la pantalla avisara mi turno y me hizo un gesto para que me acercara. Me recibió con un comentario sobre el tiempo, se interesó por lo que necesitaba “¿envío ordinario o certificado?”, decliné su invitación a participar en un sorteo solidario que derivó en una conversación interesante. “No se olvide la gorra, que pase buena tarde” y me despidió con la misma sonrisa que me había recibido.

Aquella señora dejó en mí el impacto que dejan las buenas personas, esas que son de carne y hueso, que tienen que afrontar conflictos porque su vida no es monótona y previsible, que tienen que superar contratiempos para conseguir lo que se proponen y no siempre lo consiguen, que se sobreponen a los altibajos del camino porque así es la ruta del mapa vital; y con todo eso en la mochila, te reciben con una sonrisa, se preocupan de lo que necesitas, te dan conversación y te despiden como si fueras lo único que ha pasado en su día.

No sé el nombre de aquella señora, pero lo añado a la lista junto con el de Juana, Antonio, Lucero, Rafael, Felipe, Julio, María, Isabel, Manuel, Carmen, Xavi, Jaime, Ricardo, Eduardo, Ester, Gonzalo, Lourdes, Sergio, Irene, Miguel Ángel, Amparo, Carmen, Martina, Jorge, Paquita, Inmaculada, Pedro, Samuel, Julián, Dani… y muchos otros que componen una lista interminable de personas que han dejado su buen sabor en mi vida.

Y si el jueves pasado no era su día, estoy por iniciar una recogida de firmas para que por fin se instituya «el día de las buenas personas».

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

14/02/24

El zapatero

El zapatero

Una tarde regresaba a casa con Esteban; me advirtió que pararíamos un momento porque tenía que recoger los zapatos que había dejado unos días antes para arreglar. Aparcó como pudo y le esperé en el coche. Volvió contento de cómo habían quedado y se pasó el resto del trayecto hablando del zapatero y de lo bien que trabajaba.

Yo llevaba una temporada sin zapatero, porque al que acudía habitualmente había cerrado. Así que desde aquel día he acudido a éste cuando lo he necesitado. La última fue la semana pasada; pasé el miércoles por la tarde a recoger los zapatos, el día que me había dicho. Cuando llegue estaba en la máquina con ellos: «les falta un poco» me dijo añadiendo un guiño; opté por quedarme allí esperando a un lado para no molestar.

Al poco me sentí atraído por su forma de trabajar, dejé la revista que había sacado y disfruté del espectáculo que me ofrecía: agilidad de movimientos, seguridad delante de la máquina, rapidez para combinar tareas y ganar tiempo; miraba, observaba, volvía a darle un poco más. Pasaba la mano, asentía, ahora sí; a por el otro.

Mientras estaba con mis zapatos, atendió dos clientes. A uno le entregó unas zapatillas, le explicó lo que había hecho y porqué, le dio consejos sobre cómo las tenía que mantener. A otra señora le resolvió dudas sobre el color de la crema apropiada para los zapatos; le enseñó alternativas, le explicó lo que convenía para aquel tipo de material.

Cuando nos quedamos a solas, le pregunté si le gustaba su trabajo. “Llevo veintisiete años en este oficio, disfruto mucho; si no fuera así ya lo habría dejado. Además, la gente no sabe lo que lleva entre manos (en este caso entre pies), en general compran por estética y por precio, no conocen el material. Aquí les oriento, les doy seguridad en algo de lo que no entienden y procuro que la reparación resuelva su necesidad.

Aquel tipo me estaba contagiando el entusiasmo, la pasión por su trabajo; me hubiera quedado allí toda la tarde. “Te cobro los filis y las tapas; pero el cosido que he hecho aquí para que quede seguro, te lo regalo”.

Mira por dónde me encontré con una propina inesperada; aunque el verdadero motivo para marchar contento de allí, era lo que había disfrutado y aprendido de aquel zapatero.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18/10/23